El novelista premiado, Juan Murillo



Este encabezado pomposo y redundante le debe su existencia a las exigencias del SEO. En cualquier caso, el cuento es mío y si lo quieren leer está en Specimens-mag, editada por Salvador Luis, aquí:


Specimens Mag Mayo 2013


La foto del Esteban Chinchilla siempre me ha gustado porque salgo con cara de valiente, cosa que no soy: efecto inevitable de verme reflejando en el lente de una cámara, que es como decir el ojo de un dios ciclopeo y hambriento.


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Pájaros en la boca, Samanta Schweblin



Pájaros en la boca, el ya famoso libro de cuentos de Samantha Schweblin, llega a Costa Rica gracias a la edición de Editorial Germinal.

Lleno de pequeñas obras maestras, yo lo veo como un homenaje a Cortázar escrito con el estilo de Carver. Scweblin es, sin duda, una de las mejores cuentistas narradoras de America.

Esta es la reseña en La Nación: Pájaros en la boca

 

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Balada clandestina, Faustino Desinach




Esta es la reseña de la colección de cuentos de Faustino Desinach, Balada Clandestina, que ganó el premio nacional 2011. La publicó La Nación, pero no la subieron al web del periódico de modo que la reproduzco acá.





Balada Clandestina
Faustino Desinach
134 pp., edición de autor, 2011

Creer en fantasmas


Balada clandestina, la colección de cuentos de Faustino Desinach, compartió este año el premio Aquileo J. Echeverría de cuento con Puta vida, una colección de cuento y novela corta escrita por Virgilio Mora.

Balada clandestina está compuesta por veintidós relatos conectados, narrados por Vinicio del Gato, un josefino con una visión romántica de su soledad y enfrascado en un etéreo romance lleno de exabruptos sobrenaturales con su amada Berenice. Berenice es también el nombre del primer cuento gótico de Edgar Allan Poe, en el que un amor desdichado acaba en el entierro en vida de la amada y la locura del protagonista.

La referencia no es casual. Balada clandestina forma parte de una corriente literaria naciente en Costa Rica, que bien podría denominarse “gótico tropical”, en el que la parafernalia gótica –la locura, los fantasmas, cementerios, sesiones espiritistas, la brujería y la transmigración de las almas– cohabita con un naturalismo apenas descriptivo que utiliza escabrosos problemas sociales de la ciudad de San José como ambientación para historias que no tienen intención de explorar en profundidad estos asuntos –en este caso la prostitución infantil, la orfandad, la violencia doméstica, el alcoholismo, el sicariato y el narcotráfico–. En ocasiones el relato logra mezclar en una sola figura un elemento gótico –el monge loco, en este caso un cura– con un tema social –el travestismo–.

En esta colección, como en otras obras de esta corriente, los males que aquejan a la sociedad suelen tener un origen paranormal, lo que desarticula de antemano cualquier posibilidad de comentario social. Esto pareciera reforzar la idea de que el propósito de la violencia y la miseria en Balada clandestina es apenas el de crear una ambientación propicia para lo sobrenatural, alejándose así diametralmente de las preocupaciones del realismo.

En el aspecto formal los cuentos están escritos en un estilo sencillo que evita el uso de figuras retóricas, con dos notables excepciones: las introducciones de los cuentos en las que el autor interpela directamente al lector y un par de odas amorosas escritas en un estilo densamente lírico que –junto con un cuento que es una especie de fábula- parecieran estar realmente fuera de lugar en el proyecto estilístico de la colección.

La economía extrema de recursos literarios en narrativa tiene la intención de eliminar obstáculos para que el lector pueda ver surgir por implicación las emociones o significados contenidos en el texto. Los cuentos de Ernest Hemingway y Raymond Carver son dos ejemplos magistrales de esta técnica. En Balada clandestina, sin embargo, la parquedad y la ausencia de elaboración no parecen buscar facilitar ningún descubrimiento y más bien generan una sordina emocional que produce apenas fantasmas donde se esperaba encontrar gente de carne y hueso.



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Gustavo A. Chaves sobre En contra de los aviones



Este es el texto que materializa el comentario que hizo Gustavo A. Chaves sobre mi libro En contra de los aviones en la presentación del pasado 18 de agosto. Pasada la presentación, abusando de la amabilidad de Gustavo y haciendo gala de la falta de vergüenza que me caracteriza en todo lo que no involucre decirle cosas a un micrófono, le pedí que lo escribiera para ponerlo en este blog. Aquí lo cuelgo con orgullo y doblemente agradecido. 

En contra de Juan Murillo



"Buenas noches.

Cuando Juan me pidió que presentara su libro, se me ocurrió que lo más justo que podría hacer era escribirle a todos los autores a los que Juan, como crítico, ha reseñado de manera negativa y, con las quejas que recibiera de vuelta, hacer una especie de reivindicación de esos autores que se han visto acribillados por la pluma de Juan, ahora que Juan vuelve a publicar cuentos y se ha convertido en un blanco fácil. Así que esto que les voy a leer lleva por título “En contra de Juan Murillo”.

(Esa fue una broma fácil para romper el hielo con la audiencia; mi manera de dar las gracias y reconocer su presencia. En realidad yo no leí nada esa noche. Había empezado esa tarde a redactar lo que iba a decir luego en la presentación del libro de Juan, y de pronto recordé lo que me cuesta seguirle el hilo a la gente que lee en público. La elocuencia de la frase mil veces revisada casi nunca le llega bien a la gente cuando uno está más preocupado por no saltarse una línea del documento que por mirar directamente las caras que nos siguen y reconocer en sus gestos el aburrimiento o el acuerdo con lo que uno dice (ejemplo: esta última oración). Es mi experiencia, nada más. Yo, igual que Nabokov, soy un niño cuando hablo; pero al menos soy un niño que trata de hacerse entender, no un adulto solipsista. Por eso y muchas cosas más, estas notas que el lector tiene en su pantalla son apenas el recuerdo de lo que dije aquella noche ayudado por una hojita amarilla, y la puesta en Calibri-punto-once de lo que quise decir respecto al nuevo libro de Juan Murillo, ahora que de todo aquello me separan muchos días.)

Esa noche de la presentación había empezado como un cuento de Juan Hernández: Me había quedado de ver con una chica en un café de Los Yoses. Todo el día me la pasé texteando, confirmando lugar y hora. Al final, nada. La chica no apareció. La velada tuvo entonces un vuelco guillermobarquereano: La chica estaba enferma. Una rara enfermedad estomacal que le echó a perder las últimas horas de esa tarde lluviosa; un acceso de perfidia biliar que ni el mismo doctor Semmelweis hubiese entendido y que ningún libro rojo ha explicado hasta la fecha. Mandé todo a la mierda, como un personaje de Warren Ulloa, y me fui a la presentación del libro de Juan bien portado, del brazo de A., que tiene hacia mí la paciencia y la distancia de una amante heribertorodrigueana. Por eso fue que al final de la velada salí huyendo, sin despedirme de nadie. Me escabullí y regresé a casa, donde A. y yo nos bebimos en silencio nuestra angustia y nuestros paisajes. Hoy pienso en todo aquello y quisiera ser Juan Murillo para tener los adjetivos y los símiles suficientes para explicarles lo que llevaba en mi alma esa noche. Espero que esta confesión no esté prohibida.

Todo esto para decir esto otro: a diferencia de aquella chica que no llegó, el cuento en Costa Rica goza de buena salud. No lo amarran ni el egocentrismo generalizado de la poesía, ni la gran ambición que tiene la novela por ser un lienzo de la realidad política, psicológica o cultural de nuestro Ser Histórico. El cuento no sufre la presión comercial de ser un éxito de ventas, ni tampoco las fuertes ansiedades de influencia oficialista (mientras los poetas pierden el tiempo insultando tribalmente a Laureano Albán, los cuentistas están en casa tomando aguadulce y galletas maría con Salazar Herrera. Debe ser por eso que se les ve tan alentados). Sobre todo, lo que más me satisface es que casi que no hay dos cuentistas que se parezcan en su trabajo (valga el indiscreto ejem-ejem, dirigido otra vez a los poetas).

Al cuento costarricense parece que lo patrocina el INS: Libre, Crezca, Fecundo. Y bueno, cuando uno está asegurado, vale la pena soltarse un poco la faja y tomar algunos riesgos. Debe ser de ahí que saca el cuento esa pinta actual de galán en convertible.

Parece una tontería decirlo, pero el riesgo que más frecuentemente se toma el cuento, y que lo hace sobresalir de entre los otros géneros, es el de no temerle a la imaginación. Porque es imaginación, sobre todo, lo que se necesita para salir de uno mismo y contar historias más envolventes y precisas, menos constreñidas por la propia personalidad y más enriquecidas por la propia sensibilidad e inteligencia. Después de tantos poemas sobre botellas vacías y novelas autobiográficas en las que los protagonistas son siempre escritores o la trama va de aquella-vez-que-fuimos-allá-y-tú-me-dijiste–que-no-me-amabas, hay que dar gracias cuando uno lee un cuento que no se parece tanto a la vida de los autores (que es la vida de todos, en este tiquísimo valle entre Alajuela y Cartago).  

Es la imaginación la que expande la realidad en cuentos como “La interpretación de los signos” y en el mismo “En contra de los aviones” que le da título al nuevo libro de Juan Murillo. De hecho, “En contra de los aviones” es, a mi juicio, uno de los cuentos mejor ejecutados de la ficción reciente del país. Es una mezcla de historia, especulación narrativa y drama, con un humor y una solvencia al mezclar los registros que me hizo pensar en el mejor Alessandro Baricco. En este cuento, Juan Murillo logra un equilibrio envidiable entre las acciones y pensamientos que narra y el lenguaje que utiliza. Por su parte, “La interpretación de los signos” es un cuento que logra esa tan perseguida quimera: hacer interesante una ciudad como San José. Es un cuento que, sin llegar a probar lo que propone, sugiere una realidad urbana mucho más compleja y excitante que la que se ofrece a simple vista. El narrador omnisciente es efectivísimo aquí a la hora de aportar la rapidez psicológica que necesita el cuento. Ambos son cuentos de una imaginación alegre, con grandes intuiciones, arriesgados y al mismo tiempo inteligentes. Además, son cuentos de entre catorce y veinte páginas—no es fácil mantener esa tensión verbal por tanto tiempo, y Juan Murillo lo logra con éxito.

“Pájaros negros” es un magnífico cuento-testimonio. A pesar de estar escrito en clave de leyenda (con personajes que se llaman Segua, Cadejos, Tule), lleva por dentro el retrato de una pérdida generacional profunda. Se puede leer como un homenaje al bajo fondo, pero más que nada hay una observación solidaria del descontento, la revisión de cierta edad vista sin idealismos y cada vez más hundida en la violencia y la enfermedad. La noche de la presentación dije que, en este cuento, Juan Murillo quizá había encontrado el tono para la novela que escribe actualmente sobre David Maradiaga. Tal vez, como me dijo Juan días después, sea imposible tocar una canción tan larga con tan pocas notas. Pero en “Pájaros negros” hay un germen vasto. Lean el cuento “Ríos que van al mar”, del primer libro de Juan, Algunos se hacían dioses, y podrán notar la ardua indagación que Juan ha emprendido para narrar cierta época reciente y las actitudes existenciales que hemos heredado de ella. A diferencia de otros relatos del libro como “La soledad de la batalla” o “Desde un lugar de parajes”, la cercanía del autor con la historia narrada no es obstáculo, en “Pájaros negros”, para que el lector se sienta cercano e involucrado de algún modo con lo que sucede en la página.

A propósito de estos últimos dos cuentos, los riesgos narrativos que se toma Juan Murillo tienden a menudo hacia la desproporción. Esta desproporción está íntimamente vinculada con la aparición de un narrador introspectivo que a menudo, como en “La soledad de la batalla”, puede terminar ahogando al lector lo mismo que al personaje. No era broma lo que escribí antes sobre los adjetivos y los símiles en Juan Murillo. De verdad pesan y dan la sensación de un artificio obvio, literario. Hay que reconocer, sin embargo, que a menudo Murillo acierta con los símiles: “La abuela dormía esa siesta que era como una batalla” (del cuento “El final del día”). Pero en otros cuentos, sobre todo en “Desde un lugar de parajes” se nota un paroxismo de adjetivos y vaguedades. El narrador nos madruga (en la línea diez) con esta letanía: “tus largas piernas blancas tersas” (moraleja: el acento predominante del español es el grave).  Luego el narrador disfraza un adjetivo y lo hace pasar como sustantivo, pero igual califica todo lo que existe: “oscuridades preñadas de posibles y tus piernas blancas y tus ojos negros” (por si se les había olvidado: las piernas son blancas). No faltan breves homenajes al truco más viejo del trascendentalismo: “los vagos aromas de la nostalgia” y “el vidrio astillado de su angustia” (“ficticios goces”, los llamaba Gombrowicz en un artículo que hace un tiempo puso a circular Juan Murillo contra los poetas).

Estos excesos no tienen que ver sólo con el estilo. De hecho, afectan la eficacia de los relatos y ocultan con niebla verbal la casi siempre precisa construcción dramática de los cuentos. El lenguaje de estos relatos termina convirtiéndose en una barrera entre el narrador y el lector, y dejan en el texto una capa oscura de improbabilidad. “La soledad de la batalla” es un cuento hermoso, pero el lenguaje que el niño de la historia utiliza para narrar su muerte por ahogo (y justificarla con un vuelvo estético en la última frase del relato), tendría más sentido si el cuento se llamara “Emil Cioran en Aquamanía”, tal es la desproporción entre la experiencia y los medios verbales para narrarla.

Hay una cierta indiferencia o soledad cósmica que rodea a los personajes de En contra de los aviones. Está muy claro en los relatos “El final del día” y “La soledad de la batalla”. Algunos personajes van acompañados, pero casi siempre respiran abandono. Estos no son ambientes fáciles de describir ni de entender. Juan Murillo ha asumido riesgos en estos cuentos y los resultados han sido diversos. Sin embargo, quiero insistir en que la salud de un buen relato depende en gran medida de los riesgos que asuma. En las distintas formas de la exuberancia y la imaginación es donde veo sus mayores logros, y en En contra de los aviones veo uno de los libros que mantendrá vigente el cuento en nuestro país por mucho rato.

Pues nada: ha hablado mi memoria. Gracias por haberme escuchado hace unos días, o por haberme leído hoy en este sitio."


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Sobre En contra de los aviones



Juan Murillo, Gustavo A. Chaves y Rodrigo Soto.
Foto de Luissiana Naranjo
Esto es lo que leí en la presentación de mi libro En contra de los aviones el 18 de agosto del 2011.  Está basado en un prólogo que la Editorial acertadamente me sugirió que no incluyera.  Lo dejo aquí para los que no pudieron ir o tienen curiosidad.

Sobre En contra de los aviones

Mil novecientos noventa y cinco fue mi último año de juventud.  Hasta ese momento mi vida ha sido simplemente el arrojo despreocupado del que no logra imaginarse su propia muerte.  Feliz sin saberlo, seguro de mí mismo, descuidadamente lo arriesgo todo cada noche como si no tuviera nada que perder.  Soy inmortal por todo lo que no sé. No sé aún, por ejemplo, que la inmortalidad no dura para siempre, que es un estado de gracia que nace de la inocencia, de no entender lo que significa la muerte.

    En setiembre de ese año, viviendo en Cayo Hueso, comunicándome con mi novia y amigos y familia cada dos meses, como se hacía en los tiempos anteriores a la red, me entero que David Maradiaga está desaparecido.  Aparece muerto, un mes después, en la morgue judicial.  David me lleva un par de años y comparte conmigo el amor por la literatura y por las cervezas, pero lo que en mí es el alegre descuido de la juventud, en él es violencia y claridad.  Él corteja a la muerte porque la siente cercana, esperando en cada bocacalle, compañera inevitable; y ahora está muerto, finalmente.  En la soledad la preocupación por la muerte se amplifica.  Para mí, David no tiene entierro ni tumba y nada lo diferencia de mí.  Sí él puede morir, puedo morir yo también, puede morir cualquiera, podemos morir todos.


    En la soledad hirviente de aquella isla blanca las resacas de pronto se transforman en agonías, en la angustia del que sabe que está muriendo y la nitidez del mundo iluminado aumenta cruelmente para mostrarmelo todo nuevo, recreado en la luz terrible de la finitud.  Ese momento final, que aún no llega, pero llegará, redefine para mí el mundo.  Con la muerte, todos los sueños quedarán inconclusos, todos los planes fallarán, se romperán todas las promesas. Cada acto será de pronto el último.  La última vez que hablé con mi madre.  La última vez que besé a mi novia. La última vez que me ría, de noche, cerveza en mano, con mis amigos, será para siempre la última.  Desaparecerán todas las versiones de mi padre dándome consejos, el sonido del mar, el viento, el olor del sexo, el sabor del agua, la sensación de estar soñando.  En la noche no habrá estrellas, ni oscuridad.  Ya no estaré confundido, ni claro, ni temeroso.  No habrá ya nadie a quién pedirle perdón, nadie a quien mentirle, nadie a quien tocar.  Mi voz, con la voz de todos, y con el resto de los sonidos del universo, callarán en ese instante.  Me doy cuenta que nunca se es demasiado joven para morir.  Cualquier momento es malo para la destrucción total, y cualquier momento es propicio.  Comprendo, por fin, con claridad, que mis días están contados y con ellos, los días de todas las cosas y personas que he visto y amado, de todo lo que guardo en mi memoria y que sólo yo he visto.  La muerte es el fin del mundo, mi mundo, que se acerca a toda velocidad a mi encuentro.


    De ese estado mental, de ese fin de milenio que era el fin de los tiempos, surgieron algunas de las piezas que componen esta colección.  La primera y la última las escribí, en cambio, en el 2009, como límites al libro, una entrada a las tinieblas y una salida a la luz.  Estos cuentos son mi intento de acercarme a esa absurda pero bellísima tragedia que es estar vivo para luego tener que morir.  Este libro termina con su última palabra, y al salir de él no nos queda, por fortuna, más alternativa que seguir viviendo, una suerte tan maravillosa que resulta difícil de explicar y tal vez para eso es que existen estos cuentos.


    Ahora, sería mentira decir que todos los cuentos fueron escritos con ese tema en mente.  Este es un análisis es más bien posterior, algo que nota el autor una vez que el libro toma su forma final y que solo puede resultarle evidente a él porque ha sido una preocupación latente y al leer el conjunto, le salta a la vista.


    La verdad es que el acercamiento inicial a cada cuento normalmente es una mezcla de impulsos e ideas dispares y no parte de un plan homogéneo.  Muchas veces ese impulso de escribir nace de la admiración.  En mi caso, de mi admiración y cariño por la obra de autores como Foster Wallace, Nabokov, Cortázar, Borges o Ibargüengoitia.


    En un mundo en el que una obra literaria sería más valiosa por ser totalmente original y no parecerse en nada a lo escrito antes declarar estas influencias sería un pecado.  Decir que la obra de uno es derivativa de la de otros escritores es confesarse de algún modo como un escritor de segundo orden, cuando mucho.  Pero la verdad es que nada se escribe en el vacío. Lo que escribimos es finalmente una continuación de una tradición a la que pertenecemos y renegar de esas influencias y fingir ansiosamente que uno es totalmente original es un acto de arrogancia ingenua y un poco ridícula.  Lo que leemos nos influencia, y los que escribimos somos siempre, primero, lectores.


    El Dragón, es un pequeño tributo a Borges, que dejó la trama de este cuento apenas esbozada en su cuento El Zahir; un pequeño pastiche de su estilo, que en manos mías resulta algo monstruoso, que es lo mismo que decir que es más mío que de Borges, y sin embargo también es de él.  En contra de los aviones es un vano intento por acercarme al humor fácil y vital de Ibargüengoitia, una especie de homenaje a los 25 años de su muerte.  En la interpretación de los signos hay un interpretador que lee el mundo un poco como el interpretador de la docena de Nabokov, pero con un desenlace más tropical, digamos.  En la obra de David Foster Wallace hay también un niño que vuela hacia una piscina, aunque la preocupación de Wallace sea otra totalmente distinta.  Desde algún lugar de parajes, que se llama como una de las últimas líneas de Rayuela, quisiera acercarse la respiración de algunas de las piezas más líricas de Cortázar. En fin, que el libro es también una declaración de amor y admiración por la obra de otros escritores.


    Estos cuentos tienen además el sello inevitable de otras preocupaciones mías: la marginación y violencia que ejercemos sobre los que son diferentes para mantener un orden social que produce un confort muy parecido a la somnolencia; la recuperación de lugares que lentamente con el tiempo se transforman en otros muy distintos y sin embargo quedan íntegros en nuestra memoria como escenarios de las personas que alguna vez fuimos; lo que significa escribir ficción, un acto extraño en el que los materiales de la memoria se reordenan siguiendo un patrón desconocido para producir una nueva verdad, tal vez la única que necesitamos para comprender el mundo en que vivimos y poder vivirlo más intensamente.


    Esas cosas veo yo cuando leo mi libro, ahora, como un lector más.  Pero la verdad es que los materiales de los que está hecho nunca fueron míos, los estilos y los sucesos todos vienen del mundo y ahora vuelven a él.  Ahora que está publicado es de quién lo quiera leer y lo transforme al encontrar en él la mezcla de lo que viene en el texto y de lo que al momento de leerlo aporte su memoria y su imaginación.  Ese momento, durante la lectura, es el único momento en el que vive el libro.  Para eso se publica, para que cada uno de ustedes en su momento lo actualice y le permita existir.
 


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Rodrigo Soto sobre En contra de los aviones



Rodrigo Soto: Foto de Luissiana Naranjo


Rodrigo Soto amablemente se apuntó a discurrir sobre mi último libro de cuentos, En contra de los aviones, en la presentación del mismo. Con la gratitud y cariño que me merece, aquí dejo su texto para que lo conozcan los que no estuvieron presentes.



La Luz sitiada 

Un vistazo a los últimos cuentos de Juan Murillo
Rodrigo Soto
Como sin duda todos los aquí presentes sabemos, “En contra de los aviones” es el segundo libro de cuentos de Juan Murillo. El primero, “Algunos se hacían dioses”, fue publicado por la Editorial de la Universidad de Costa Rica en el remoto año de 1996. Leí el libro en su momento y recuerdo que me causó una buena impresión. Luego pasaron muchos años en los que, literariamente hablando, no volvimos a saber nada de Juan, hasta hace algún tiempo, cuando regresó con renovados bríos: reseñando libros en medios electrónicos e impresos, promoviendo iniciativas literarias diversas, fundando con Guillermo Barquero Ureña una atractiva editorial… Y, por supuesto, escribiendo…

Digo “por supuesto” porque, aunque eso no lo sabíamos con certeza, era fácil de suponer. Juan es uno de esos bichos que lleva la literatura en su sangre, y difícilmente alguien como él podría contentarse con leer, reseñar y publicar libros ajenos.

Este segundo libro de cuentos que nos ofrece Juan ahora, incluye siete narraciones. Leyéndolas, es fácil concluir que fueron escritas en diferentes momentos, incluso con años de distancia, algo que el autor me confirmó personalmente. Se trata, entonces, de una recopilación de cuentos que presumiblemente da cuenta de la producción cuentística de Juan desde la publicación de su anterior libro, hasta el día de hoy. Si los dedos de mi mano no me fallan, pasaron 15 años desde 1996. Quince años de los cuales Juan nos ofrece aquí una cosecha de siete cuentos.

A pesar de ser una recopilación de trabajos escritos en tan dilatado tiempo, los cuentos incluidos en el libro tienen una sugestiva y sutil unidad, de la que hablaré más adelante. Diría que, salvo en un caso, estamos ante cuentos que sin dificultad podemos calificar de “realistas”, y que, salvo en otro caso, podemos afirmar sin temor que se trata de “literatura de ficción”, para retomar la clasificación al uso en los Estados Unidos. El cuento que llamamos “no-realista” está escrito en clave simbólico-alegórica, como algunas narraciones de Kafka y otras de Wilde, por citar a dos autores tan disímiles como bien conocidos. El cuento que consideramos “de no ficción” es el que da título al libro y, aunque tiene elementos indiscutiblemente ficcionales, se acerca mucho a una diatriba (así lo anuncia ya la preposición “Contra” del título), y en él Juan recrea y analiza el célebre accidente de aviación en el que murieran los escritores Manuel Scorza, Jorge Ibargüengoitia, Marta Traba y Ángel Rama. Por último, en dos de las narraciones del libro el autor nos propone de entrada una clave realista que, al finalizar el relato, da un giro hacia lo surreal o fantástico.

En tres de los relatos que integran el libro, el personaje principal -a veces también narrador- es un niño o un adolescente; en tres de los relatos, el personaje principal es un ser arrinconado en los márgenes difusos y a la vez dolorosamente precisos de la sociedad. En todos los cuentos -salvo el que hemos considerado “simbólico-alegórico”, los personajes y el escenario son clara e inequívocamente costarricenses, tanto por su forma de expresarse como por la mención de referencias y de sitios que así nos lo confirman.

Esto último, desde luego, no es importante, o tiene apenas una importancia secundaria.

Lo interesante, lo valioso, lo bueno de los cuentos de Juan, es que siendo profundamente costarricenses (en este sentido de la referencialidad) son al mismo tiempo profundamente universales, pues las temáticas y los conflictos en los que nos sumergen, los son también.

Los cuentos que nos ofrece Juan Murillo en este libro hablan de la insoportable precariedad de lo humano, de la dicha siempre amenazada, de lo ominoso y oscuro que acecha a las puertas de lo cotidiano y en apariencia banal. Los textos están atravesados por una tensión permanente entre la luz y la oscuridad, entre la dicha entrevista o apenas acariciada y el zarpazo de la desgracia y de la muerte que se ceban con nosotros a la vuelta de un instante o de una esquina cualquiera. La visión de la vida que se asoma en estos cuentos se acerca mucho a aquella según la cual “los hombres somos como juguetes en manos de los dioses”; entre las ideas clásicas del destino y de la libertad como factores determinantes de la existencia humana, los cuentos de Juan nos dicen que son el destino y su contracara -lo fortuito- los agentes de nuestra dicha y de nuestra desdicha, y que contra ellos de nada valen nuestras pretensiones de libertad ni nuestros anhelos de dicha.

Varios de ellos -en particular los que están narrados por o desde la perspectiva de niños o de jóvenes-, están escritos de una manera que -si el término no estuviera tan manoseado y aún significara algo- me parecería justo llamar “impresionista”, en el sentido de que el texto recoge y transmite las impresiones sensoriales de los personajes, muchas veces en un lenguaje poético y cargado de tropismos. Este “impresionismo” (o quizás mejor “sensasionismo”, para evitar mayores confusiones) abunda, casualmente, en referencias al sol y a la luz, a la oscuridad y a la noche.
Considérense, a modo de muestra, un par de ejemplos:

“En la oscuridad húmeda de la tierra negra bajo el suelo de madera de la casa podía fingir que todo era una película…” (El final del día). “Esos violentos polígonos sobre la pared son su luz por tres días concentrada, seccionada por las franjas oscuras de las vigas. Tras ellas se ve el cielo que a mediodía es blanco hirviente y a medianoche un oleaje negro.” (Desde algún lugar de parajes).

Así pues, la polaridad DÍA/NOCHE, LUZ/OSCURIDAD es una de las claves no solamente interpretativas y simbólicas, sino incluso descriptivas y referenciales, que atraviesan y organizan el libro de Juan.

Traigo a colación esto pues, como nos muestra Gilbert Durand en su fascinante obra “Las estructuras antropológicas del imaginario”, esta polaridad es una de las más profundas de la conciencia humana y de las que organizan toda su actividad.
Quizás sea esta capacidad de interpelarnos a un nivel profundamente humano, una de las claves del atractivo del libro.

Otra, sin duda, es la destreza narrativa del autor, la importancia que concede tanto a la estructura de los relatos, como a su escritura, es decir, a lo propiamente textual.

En cuanto a la estructura, Juan Murillo da muestras de haber aprendido bien la lección de los grandes maestros de la narrativa breve, a saber, que un cuento no es otra cosa que el relato de una sola situación transformadora; una situación en la que el personaje principal muta o se transforma cualitativamente. Saber reconocer o inventar esas situaciones es el primer requisito de un cuentista; el segundo es relatarlas sin que pierdan intensidad ni sorpresa. En los siete textos de este libro Juan Murillo evidencia estas dos cualidades.

En cuanto a lo textual, los cuentos de “En contra de los aviones” están tratados esmeradamente. Como ya se anotó, hay cierta tendencia hacia lo poético en la descripción de las impresiones sensoriales de los personajes. Y cuando ello no es así (como en el cuento que da título al libro), el autor da muestras de gran solvencia y dominio del lenguaje.

Por todo lo dicho, no puedo menos que celebrar la aparición de este segundo libro de cuentos de Juan Murillo, que viene a enriquecer con personajes atractivos y convincentes, imágenes sugestivas y palabras precisas, la reciente producción literaria de Centroamérica.

San José, agosto 2011




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Presentación de En contra de los aviones




El jueves 18 a las 7pm en el Instituto México (Los Yoses, de la Subarú 300 sur) presentamos mi libro de cuentos En contra de los aviones junto con la Editorial Costa Rica, Rodrigo Soto y Gustavo Adolfo Chaves. Habrá vino servido por coquetas aeromozas y, luego del vino, demostraciones espontáneas de las mejores posiciones para aterrizajes de emergencia.

Las Malas Juntas publicó el primer cuento del libro aquí:  La soledad de la batalla

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Presentación de Atrapainsomnios de Heriberto Rodríguez.



Presentación de la colección de cuentos Atrapainsomnios del ganador del premio Joven Creación y de novela de la Editorial Costa Rica, Heriberto Rodríguez.  Instituto México, 300 sur de la Subarú en Los Yoses, martes 28 a las 7pm. 

 

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La soledad de la batalla, por Juan Murillo



El primer cuento de mi nuevo libro, En contra de los aviones, en el número 3 de la revista Las Malas Juntas

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Antología de nuevo cuento costarricense, prólogo original



Este es el prólogo orignal que llevaba la antología de nuevo cuento costarricense, Historias de nunca acabar (ECR 2009) y que por cuestiones editoriales hubo que modificar. En esta versión se explica claramente que la intención era que nuestra antología fuera continuación de la que hicieran Rodrigo Soto, Carlo Cortés y Vernor Muñoz a finales de los 80.


Prólogo a Historias de nunca acabar
Guillermo Barquero y Juan Murillo

Todos los productos que genera el ser humano se basan en el uso de materias primas, de masas en bruto que se hallan en la naturaleza y son dinamitadas, explotadas, modificadas y cinceladas hasta alcanzar una forma acabada en la que se adivina la mano humana. La materia prima de la literatura es la realidad; el cincel, el idioma y todo lo que éste incluye. Por lo tanto, no hay nada más natural que hacer historias, nada más conveniente y sencillo, prefiérase la oralidad en estos relatos o la palabra escrita. No se necesitan pinceles ni gubias ni artilugios de acero complejos y costosísimos: solo hace falta el deseo de narrar y, a lo sumo, un lapicero y una servilleta. Lo del talento y el trabajo son otras historias de nunca acabar.

Debe de ser por todo lo anterior que siempre se han escrito narraciones –el formato, la presentación de ellas es lo que menos importa, puede ser una hoja de una libreta amarilla por los años, una edición de lujo de una historia impresa en papel fino, o la pantalla de plasma de un computador-, se escriben todos los días y se seguirán escribiendo por los que nos reste como raza que busca eternizar y a veces modificar la realidad cotidiana. La escritura de ficción es, por lo tanto, una historia de nunca acabar, un cuento que se repite y se repite sin tregua porque no hay ser más testarudo que el humano, no hay otro que no aprenda de sus errores como nosotros y que no se conforme con su entorno como no nos conformamos nosotros. Mientras haya realidad y quien esté dispuesto a escribirla, habrá historias contadas.

Y no solo basta con la escritura de las historias, sino que está presente, lo ha estado, y estará la afición tan humana a la agrupación, la clasificación, la taxonomía a la manera de un Linneo que pareció entender a cabalidad que no solo basta tener las cosas puestas en la naturaleza (o los productos de esas materias primas), sino que hacía falta ponerles etiqueta y, una vez inventado el término que se ajustase a sus características, empaquetarlas en grupos que las agrupasen por afinidades, semejanzas o cualesquiera otras características no exentas de arbitrariedad. En la literatura, la agrupación es más que un asunto usado para el estudio y el hallazgo de convergencias y divergencias; es también un asunto de compañía, de juntar los cuerpos para no morir de frío en el mundo hostil de afuera. No solo se juntan las obras completas de un autor en la historia de nunca acabar del trabajo académico, sino que se toman también los trabajos de varios escritores y, con criterios históricos, artísticos, estéticos o todos los que se ideen, sus trabajos se juntan. Esta unión de islas, esta fusión de pequeños productos es también una historia de nunca acabar, una historia que agrupa a las historias de nunca acabar que son las narraciones. Tumultuoso el asunto, sin embargo practicable para dos géneros que tienen en común lo corto de sus formas: la poesía y el cuento (a la dramaturgia se le puede aplicar también, pero esa historia se la dejamos a otros). Los productos escritos con este aliento corto pero intenso se prestan para la agrupación y la búsqueda de semejanzas y diferencias, ambos pueden dar una idea de lo que se produce o se ha producido en una época; en el instante, divisible en el tiempo, del nacimiento de alguna escuela estética; o en el afán del antólogo por buscar sus pares que lo acompañan en el desarrollo de las literaturas nacionales.
Nosotros, para seguir la historia de nunca acabar de escribir y leer y etiquetar y agrupar, nos dimos a la tarea de intentar hacer una aproximación a lo que se escribe en narrativa corta en la Costa Rica contemporánea, que al fin y al cabo es la obra que irá marcando el desarrollo de la prosa en nuestro país, en los años por venir.

Carlos Cortés, Rodrigo Soto y Vernor Muñoz, en 1989, se embarcaron en algo muy similar, precediéndonos y casi obligándonos a tomar nosotros el pedacito de madera de la carrera de relevos; en aquel entonces, ellos incluyeron en Para no cansarlos con el cuento, su antología generacional, al grupo de escritores que han marcado el rumbo de la prosa nacional en estas dos últimas décadas, fructíferas en producción, talento, trabajo y calidad. Anacristina Rossi, Rafael Ángel Herra, Hugo Rivas, Klaus Steinmetz, Dorelia Barahona y los mismos antólogos, a la par de otros autores harto conocidos en estos momentos.

Para hacer un trabajo de selección, algún criterio hay que tener. Cortés definió el de ellos en el prólogo de su obra. El nuestro fue muy claro desde el principio, justo desde el momento en que nos sentamos e ideamos toda esta historia de nunca acabar. Puede ser que ambos se parezcan, pero, si se miran fríamente las cosas, cualquier antólogo que se proponga estudiar lo que se produce en una generación, y que quiera hacer un trabajo rescatable, deberá por lo menos buscar dos cosas: un rango de edad y una calidad apreciable. Ellos trabajaron bajo esas premisas, al igual que nosotros. La diferencia es que, unido a estos dos requisitos ineludibles, pensamos de inmediato en una tercera característica que debían tener todos aquellos a quienes fuéramos considerando: debían ser autores con al menos una obra de narrativa publicada.

La definición de una persona a partir de su edad se puede prestar a equívocos o silencios incómodos. Uno no sabe si etiquetar a alguien de “viejo” o “joven” por su edad nominal, por los dos numeritos de una cifra que no mide madurez ni trabajo ni obra desarrollada en su soledad creativa. Pero hicimos el corte, procurando ser justos con todos aquellos autores contemporáneos ya editados, que pertenecen a un grupo sólido que ha visto publicadas sus obras en estos últimos años. Debían ser narradores nacidos después de 1969 y hasta 1989, es decir, sus edades tenían que estar entre los 20 y 40 años. Leyendo la obra editada –y la inédita que muy amablemente nos hicieron llegar muchos de los autores-, no se nota eso de “joven” o “viejo”, solo se aprecia el segundo y necesario requisito, el de la calidad. La obra de autores nacidos, educados y publicados en condiciones tan distintas tiene que ser variopinta y heterogénea, pero, al juntarla y verla naturalmente formar un bloque generacional, nos confirmó que estos dos primeros requisitos eran acertados. A pesar de que hubiera autores nacidos a mediados o inicios de la década de los 80 del siglo pasado junto a sus colegas venidos al mundo a inicios de la década de los 70, lo que en principio pudiera parecer una diferencia de edad grande, apreciamos el hilo invisible que une a todos prosistas leídos y evaluados: el deseo incontenible de contar historias, de reflejar o modificar la realidad a su antojo, de no contentarse con lo que el mundo –aburrido algunas veces; insoportable otras; arrobador muchas- les cuenta a ellos en su realidad cotidiana. En eso la edad tiene poco que ver.

Tan cierto como que una golondrina no hace la primavera, un libro publicado no forma una obra literaria. Pero, para nosotros, establecer la publicación de una obra de narrativa al menos, se volvió algo indispensable. Al buscar autores que hubiesen pasado por ese arduo y muchas veces difícil proceso, nos estábamos asegurando de que los escritores ya hubieran tenido la voluntad de sacar sus escritos de la gaveta y los hubieran sometido al criterio de otros, para terminar compartiéndolos con el lector más exigente: el anónimo, el que nunca conocemos los que hemos publicado, y quien al final decide la suerte de nuestros libros.

Claro está, tiene que haber grandes escritores inéditos, genios que no tienen interés o no han sabido como publicar sus obras o que no ven en esos textos pasados por el tamiz de una editorial un proceso necesario para considerarse escritores con todas las de la ley. Esos casos, por permanecer invisibles a nosotros, evidentemente no fueron considerados. Sabemos que también está la situación de quienes solamente han sido editados en publicaciones periódicas (suplementos culturales y revistas literarias), y que nos podría brindar trabajos de calidad para la antología; sin embargo, no se trata de una obra completa, de una colección que amalgame el trabajo de duros meses (o años) de escritura y posterior publicación. Así son los parámetros para incluir o excluir a los autores en una antología, historias que se repiten y se seguirán repitiendo.

El proceso que seguimos para llegar a estas Historias de nunca acabar es muy fácil de explicar y entender en la teoría, pero extenuante y casi imposible cuando se lo lleva a cabo en la práctica. Al cabo de tres meses de intensa lectura y búsqueda de los trabajos editados de todos los autores, comunicación con ellos por teléfonos y correos electrónicos logramos reunir una colección inicial de diecisiete autores que habían aceptado participar en la antología y que cumplían con los mínimos requisitos necesarios. Un pequeño grupo de autores no pudo participar por distintos motivos: Carla Fonseca, por ejemplo, declinó la invitación por motivos personales, o Jesús Vargas Garita, a quien fue imposible localizar, y algunos otros cuyo material no consideramos adecuado para la antología.

Parte de la labor de lectura que nos impuso este proyecto incluyó la revisión de antologías de narrativa costarricense anteriores a la nuestra que nos pudieran brindar un marco de referencia a nivel histórico. Los primeros trabajos compilatorios los realizó Mario Sotela en 1927. Revisamos la Antología de Literatura Costarricense, de Abelardo Bonilla, publicada en 1961 y cuya primera parte reúne desde escritores que publicaron a finales en el siglo diecinueve, comenzando con Manuel Arguello Mora en 1899, hasta la generación del 40, con obras publicadas a mediados de los cincuenta, como las de Fabián Dobles y Joaquín Gutiérrez. En esta época también se publicaron las antologías El Cuento Costarricense, de Seymour Menton, y El Cuento en Costa Rica de Elizabeth Portuguez, ambos de 1964. Casi diez años después, en 1975, Alfonso Chase recopiló la colección que intituló Narrativa Contemporánea Costarricense, que incluía únicamente autores nacidos en el siglo XX, empezando por Max Jiménez y terminando con el mismo Chase, Gerardo César Hurtado y Édgar Trigueros.

En 1989, la Editorial de la Universidad de Costa Rica publicó una Serie Antológica que pretendía corregir y ahondar las antologías de narrativa corta anteriores y que incluía los siguientes textos: Antología del Relato Costarricense (1890 -1930) de Álvaro Quesada y Antología del Relato Costarricense (1930 – 1970) de Jézer González, que juntas cubrían los mismos periodos que las de Bonilla, Menton, Portuguez y Chase, con la necesaria perspectiva que brinda el paso del tiempo, incluyendo autores o excluyéndolos, según la importancia e interés que habían ido cobrando con el tiempo. El tercer tomo de esta serie fue el ya mencionado Para no cansarlos con el cuento, Narrativa Costarricense Actual, publicado también el 1989 y compilado por lo entonces nóveles escritores Carlos Cortés, Rodrigo Soto y Vernor Muñoz. Su antología incluía autores con edades entre los 20 y los 40 años que habían publicado durante la década de los 80. Esta antología era inusual porque tomaba en cuenta autores recientes o en proceso de formación y cubría un periodo histórico casi inmediato, y en ese sentido era verdaderamente una revista del panorama literario actual de aquel momento, haciendo un aporte hasta entonces inexistente a la labor antológica en el campo de la narrativa corta.

Antologar autores recientes es un trabajo que corre siempre el albur de resultar poco representativo y prematuro, pero sorprendentemente, la antología Para no cansarlos con el cuento pintó un muy certero panorama de lo que vendría luego a ser conocido como la generación del desencanto y que incluyó a una lista muy importante de narradores que hoy son, sin duda, los preeminentes de Costa Rica. La lista de autores incluidos se lee en la actualidad como una lista parcial del canon costarricense de narrativa: Rafael Ángel Herra, Anacristina Rossi, Hugo Rivas, Jorge Mendez-Limbrick, José Ricardo Chaves, Dorelia Barahona, Vernor Muñoz, Rodrigo Soto, Uriel Quesada, Carlos Cortés. Como toda antología de actualidad, la de 1989 a pesar de su profética visión, no pudo incluir autores tardíos que en esa fecha aún no habían publicado, como son los casos de Alexánder Obando, Rodolfo Arias, Fernando Contreras, Adriano Corrales, Magda Zavala, Iván Molina, y tendrá necesariamente que ser complementada con antologías retrospectivas como lo hicieran en su momento González y Quesada con las generaciones de entre el siglo diecinueve y los años setenta del siglo veinte.

Esta revisión expuso dos puntos débiles de la antología que nos proponíamos. El primero, por supuesto, era que su actualidad excluiría a cualquier autor tardío que publicara su primera obra después de la presentación de nuestra colección y ese problema, por insuperable, queda irresoluto. El otro era que había un grupo de excelentes narradores que estaban atrapados entre la época de delimitación de Para no cansarlos con el cuento (autores nacidos entre 1943 y 1963) y la época de delimitación de nuestra antología (autores nacidos entre 1968 y 1988). Siendo que el criterio de la edad era menos importante que nuestro afán por dar un panorama continuo de la narrativa contemporánea, decidimos extender la edad máxima para incluir autores nacidos a partir de 1964. Este cambio nos permitió incluir en el listado nuevos nombres de excelentes escritores como Alí Víquez, Heriberto Rodríguez, Mauricio Ventanas y Alfonso Chacón.

Terminamos, entonces, con una lista final de veintitres narradores que abarcan fechas de nacimiento de entre 1966 a 1986 y con obras publicadas en la última década del siglo veinte o la primera del siglo veintiuno. Vemos esta labor como continuación de la antología de narrativa actual publicada por Soto, Cortés y Muñoz y esperamos que este trabajo sea retomado a futuro por los narradores que vendrán y de ese modo continuar contribuyendo a la memoria colectiva de la narrativa costarricense.

No quisiéramos acabar el recorrido histórico de las compilaciones representativas de la narrativa costarricense sin mencionar el aporte correctivo importante que tuvieron dos antologías enfocadas específicamente en la labor de las narradoras y que corregían un desbalance histórico de la atención que se le da a los escritores hombres en comparación con las escritoras mujeres. En 1993 se publicó Relatos de Mujeres, compilado por Linda Berrón y en el 2006, Narradoras Costarricenses, Antología de Cuentos, recopilada por Willy O. Muñoz, con un total combinado de más de 30 narradoras.

Finalmente vale la pena mencionar las antologías temáticas de cuento de la Editorial Lumbre y de la Editorial Andrómeda, así como la más reciente antología de obra narrativa costarricense en el extranjero: Cuentos del paraíso desconocido, compilada por José Manuel García Gil, publicada en Cádiz, España en el 2008.

Sucedió, entonces, que teníamos una lista preliminar de autores de quienes conseguimos y leímos prácticamente toda la obra de narrativa publicada, además de los aportes inéditos que los autores mismos iban haciendo cuando los contactábamos con la idea de su participación en Historias de nunca acabar. Estas lecturas nos facilitan un panorama amplio de la narrativa actual en Costa Rica, que aunque no nos convierte en expertos, por lo menos nos autoriza a emitir algunas observaciones generales sobre el corpus combinado de estas obras.

El estado del arte, en lo que se refiere a los medios a disposición de los autores más jóvenes para publicar sus novelas y colecciones de cuento, no es sustancialmente distinto al de hace 20 años. La Editorial Costa Rica (ECR) continúa siendo el bastión más importante para la publicación de autores jóvenes, muchas veces respaldados por el Premio Joven Creación de esta casa y en otras por los Premios de Novela o Cuento o por la simple publicación en su catálogo.

La Editorial de la Universidad Estatal a Distancia (EUNED), principalmente, y la Editorial de la Universidad de Costa Rica (EUCR) junto con la Editorial de la Universidad Nacional (EUNA), en menor grado, han también publicado obras de autores jóvenes e inéditos con una producción combinada similar a la de la Editorial Costa Rica. En proporción similar a las publicaciones realizadas por editoriales estatales está la tendencia a la publicación en editoriales privadas de menor tamaño, sea por medios propios o por financiación de la editorial misma; en esta modalidad, destaca el catálogo de Ediciones Perro Azul -en el cual figuran obras de muchos de los antologados-, así como otras en las cuales se han producido una o dos publicaciones, como Editorial Cultural Cartaginesa, Tecnociencia, Uruk o Lulu.com. El punto débil del proceso editorial no es, como se puede ver, la producción misma de la obra publicada, sino, como siempre ha sucedido en nuestro país, la distribución, mercadeo y difusión del libro ya producido. De algún modo, no existe en la industria editorial costarricense aún la cultura comercial de buscarle salida al producto literario, lo cual limita dramáticamente la difusión y lectura de las obras, reduciendo paulatinamente las expectativas del mercado en cuanto al producto y consecuentemente haciendo necesarios tirajes de cada vez menos ejemplares. Este fenómeno ha también repercutido, paradójicamente de manera favorable, en nuestra opinión, en una carencia de directrices comerciales como las que constriñen a los mercados editoriales más fuertes, que limiten u orienten el proceso creativo hacia determinados cauces, algo que resulta evidente en la multiplicidad de enfoques que existe entre las obras de los antologados.

Este vacio de influencias y expectativas ha entonces propiciado muy distintos acercamientos al proceso creativo, lo cual pone en dramático entredicho el concepto de literatura nacional que parecería informar una antología como la que aquí se presenta. Las obras de los autores incluidos carece de rasgos unificadores que permitan agrupar su conjunto formal o temáticamente, de modo que el calificativo ‘costarricense’ que utilizamos en la portada termina siendo tan arbitrario como cualquier otro de los que nos valimos para escoger los cuentos aquí reunidos, siendo que costarricense es simplemente la nacionalidad de los autores y no una característica de los textos. El imaginario mismo de los escritores se expande en estas generaciones más allá de los límites inmediatos de la patria y el locus de las narraciones se traslada al exterior, sea reflejando un desplazamiento entre periferia y metrópoli, o simplemente ubicando la narración en sitios urbanos no determinados y rehusando localizar físicamente la acción en sitios reconocibles del territorio nacional. Investidos de la ubicuidad que aporta la cultura global, la televisión satelital, el Internet y la proliferación de productos comerciales o intelectuales provenientes de otros sitios de la aldea global, la narraciones renuncian a habitar Costa Rica y se desplazan, en la mayoría de los casos, hacia afuera de las fronteras nacionales, o hacia el interior del individuo, lejos de lo inmediato del espacio geográfico.
Los narradores y protagonistas de estas historias, que habitan ahora un espacio liberado, son, en su gran mayoría, muchachos o adultos jóvenes, como se puede esperar de escritores para quienes la madurez y la vejez son tan opacas como el futuro, y las narraciones se desenvuelven casi uniformemente en el territorio del presente y de su realidad etaria.

Tenemos entonces que si espacialmente los límites se expanden o desvanecen, la edad de los autores repercute en las narraciones, circunscribiéndolas a la inmediatez temporal, desenvolviéndolas en la época actual, evitando la reinterpretación histórica -que es una tendencia reconocida de las literaturas contemporáneas centroamericanas-, y limitando el uso de la regresión temporal a algunas pocas historias de niñez, como son el caso de Caravana de Luis Chaves, La ruta de los bárbaros de José Rojas Alfaro o Si mataran los juegos, de Marco Castro Rodríguez.

La voz de estos protagonistas o narradores jóvenes es, también, joven, plagada de la angustia de la proximidad de la adultez; marcada por la -en ocasiones- devastadora intrusión de la sexualidad (como en los relatos de Mario León, Laura Fuentes, Catalina Murillo), la procreación (Alí Víquez), la mortalidad (Guillermo Barquero) o el amor (Jessica Clark) en el recinto de lo cotidiano, o bien empapada de una furia sorda contra un mundo contrahecho que se hereda ineludiblemente de los mayores (Carlos Alvarado). Esa angustia y temor, que a su vez alimentan rencores ineluctables, se traducen en tonos narrativos sarcásticos o irónicos, llenos a veces de extrañamiento, humor negro y sátira, como en el caso de Laura Fuentes, Mauricio Ventanas o Carlos Alvarado; o patéticos y melancólicos, como sucede con David Eduarte, Johann Schoenfeld o Manuel Marín. Los temas directos o metafóricos de estas obras son en general acordes con esos sentimientos subyacentes y hablan de desplazamiento (Alí Víquez, Alfonso Chacón, Albán Mora), de exclusión (David Eduarte, Johann Schoenfeld), sea del mundo adulto, de la humanidad misma (Warren Ulloa, Alfonso Chacón) o del reino invulnerable de la niñez (Randall Roque), de la confrontación con la crudeza de la realidad, que a veces requiere una respuesta o postura igualmente cruda de los protagonistas, como sucede en Las tres divinas personas de Luis Chaves, La musa de Antonio Chamu o Fuera de rango de Alfonso Chacón.

Ante la carencia de requerimientos comerciales o influencias culturales, es de esperar que el tratamiento de los temas no sea uniforme, y quizá en eso radique la verdadera riqueza de la colección. Los textos recurren al realismo y el comentario social, como en los casos de Carlos Alvarado y Catalina Murillo, al guiño del humor autorreferencial, paródico o intertextual de tintes postmodernos como en Juan Murillo o Gustavo Adolfo Cháves, al género del horror o gótico, como en Antonio Chamu, Laura Quijano o Alfonso Chacón, o al desenfadado surrealismo de Randall Roque. Al final, los autores abarcan una sorprendente amplitud de registros que asemejan de algún modo una explosión en un vacío cultural que se expande en todas las direcciones posibles y en completa libertad.

Si hay algo común entre estos autores contemporáneos, es la propuesta narrativa de ficción desde la vivencia, la nostalgia o la imaginación, sin recurrir al discurso político o a la violencia gratuita, tan común en las letras de otros países centroamericanos; la historia ha sido otra, y eso queda irremisiblemente plasmado en las literaturas de los países. Esto no debe confundirse con abulia social: los cuentos cortos de Laura Fuentes y David Eduarte están para demostrar que la denuncia se puede hacer desde la rabia o la misantropía, o, como en el caso de Warren Ulloa, desde la visión del absurdo cinismo de unos pocos manipuladores. Carlos Alvarado, por su parte, recrea con ironización el mito de la Costa Rica del costumbrismo feliz, trastocado con dosis de realidad contemporánea. Sin embargo, queda claro que la imaginación y ese espíritu de fuga (dejando fronteras o apelando más bien a la introspección) son los que guían (o extravían, que es más saludable) a los escritores acá incluidos.

Avezados unos, sin tanta experiencia otros, el conjunto variopinto de estos narradores actuales costarricenses no nos permite caer –por fortuna- en la categorización absoluta a partir de sus temáticas o de sus abordajes creativos: acá solamente está la representación de varias generaciones cercanas que crean en este momento histórico de nuestra narrativa y que demuestran que en la prosa corta de ficción se viven momentos de proliferación con calidad más que visible y –por qué no- una época que marcará el trabajo en este género por los años a seguir.

Historias de nunca acabar, sin proponérnoslo al inicio, pero sabiendo ahora que es perfectamente posible y hasta deseable, se convertirá en uno de esos postes que unen los cableados de varias épocas de la literatura nacional, en cuanto a escritura de cuentos se refiere y a su subsecuente agrupación, que es también visibilización, encuentro y un darse cuenta de que algo pasa en un sitio determinado, en la época en la que nos toca escribir, y que ese algo no tiene nombres rimbombantes ni precisa de grandes juegos pirotécnicos (en una época dominada por la parafernalia de lo que está afuera de los autores, no dentro de ellos), solo de un sitio en el que han venido felizmente a encontrarse y a esperar ser leídos.

Alguien más, en algún momento futuro, tal y como nosotros conseguimos realizar con esta antología, y como otros en el pasado han hecho, se enfrascará en la dura tarea de estudiar, leer, convocar y agrupar, en un conjunto inteligible y palpable, lo que se haga en el cuento costarricense de otra época. Esto no se acaba con este volumen. La materia prima para las historias se seguirá mostrando inagotable.


Guillermo Barquero y Juan Murillo
Setiembre 2008




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Guillermo Barquero, Premio Áncora de Cuento y Novela 2011





Guillermo Barquero obtuvo los  premios Áncora 2011 de cuento y de novela con sus obras Metales Pesados y Diluvio Universal.   Los premios Áncora son otorgados por el Grupo Nación, dueño del diario del mismo nombre.  La nota de La Nación se puede leer aquí.

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La última aventura de Batman, Carlos Cortés



Reseña publicada en La Nación sobre uno de los dos ganadores del Premio Naciona de cuento 2010: La última aventura de Batman de Carlos Cortés.




La última aventura de Batman Carlos Cortés 138 pp., Uruk Editores, 2010

“La realidad es la memoria y no los hechos”, medita la madre del narrador de la nueva colección de cuentos del escritor Carlos Cortés, La última aventura de Batman uno de los ganadores del Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en esa rama.

El libro arranca con epígrafes que advierten que de lo que no se puede hablar hay que escribir, y que averiguar lo que no se sabe es exponerse al dolor.

Los secretos de su familia son la herramienta con la cual Cortés busca terminar de comprender su identidad, la última aventura del hombre que finalmente abandona al niño que fue alguna vez.

Cortés escribe, esencialmente, sobre los hombres de su familia y sobre su propio proceso de convertirse en un hombre.

Sobre cómo un niño o un joven busca llenar el vacío dejado por un padre asesinado durante su más tierna infancia -tema tabú en su familia- con la presencia imponente de tíos que de tan novelescos parecieran inventados con el expreso propósito de generar este libro.

Entre las fracasadas figuras paternas de sus tíos está el tirano benefactor que lo mal aconseja en materia sexual, el típico aventurero que dilapida la herencia que se le encomienda por ser el heredero varón y el tío al que gusta celebrar el fin de año con tiros al aire y cantando rancheras.

Entre estos retratos aparecen además un Joaquín Gutiérrez errante y veinteañero, padre literario de muchos escritores costarricenses, quizá para recordarnos que hasta nuestros padres fueron alguna vez jóvenes.

El segundo tema del libro es precisamente la lucha del muchacho por aprender a amar y relacionarse con las mujeres. Este proceso de comprender y ejercer su masculinidad además se complica por la distancia de sensibilidades que hay entre su generación y la anterior, algo que resulta dolorosamente evidente en casi todos los cuentos.

Este libro, que podría parecer personalísimo, es importante para nuestra literatura, porque deja constancia de los hitos emocionales que demarcan la frontera entre dos muy distintas generaciones de hombres en la sociedad costarricense. La última aventura de Batman está escrita en un estilo accesible e íntimo, que facilita el acercamiento de todos los lectores, distante del delirio excéntrico, pero excitante de la anterior colección de cuentos de Carlos Cortés, Mujeres divinas.



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Edgar Allan Poe, snob



Presentación de el libro Poe Siglo XXI de la Editorial Club de Libros, una antología de cuento de ciencia ficción costarricense en homenaje a Edgar Allan Poe.



Edgar Allan Poe, snob
por Juan Murillo 


Para cuando Stephen King publicó su novela número 14, Misery, ya era indiscutiblemente el autor de literatura de terror más conocido del siglo XX.
Actualmente a publicado 40 novelas de terror, pero ya desde 1987 se daba cuenta que el hecho de publicar lo que en EE.UU. se conoce como ficción de género, específicamente en el género de terror, lo estaba encajonando en el imaginario de sus lectores en una cárcel de la que no le sería fácil escapar.

En Misery, King cuenta la historia de Paul Sheldon, un escritor de novelas románticas, otra de las categorías de la ficción de género, quien sufre un accidente en un lugar apartado y es encontrado, con ambas piernas rotas, por la enfermera Annie Wilkes, fanática de sus novelas. Paul Sheldon, en su última novela ha matado al personaje de la serie, Misery, porque estaba cansado de escribir siempre lo mismo y desea hacer un cambio en su carrera. Annie Wilkes, sin embargo, tiene planes diferentes. Aprovechando que Sheldon no puede caminar y está a su merced, lo obliga a escribir una continuación de la serie en la cual revive a su protagonista muerta, Misery. Cuando, durante la redacción de esta novela forzada, Sheldon empieza a mejorar y recuperar la capacidad de moverse, Annie Wilkes va a su cobertizo, trae un hacha y procede a cortarle, primero los pies, y luego otras partes del cuerpo para que no pueda escapar y termine la novela que ella tanto a esperado y que tanto desea. No hace falta ser muy perspicaz para entender que esta novela de King es una queja alegórica en contra de lo que él siente es una imposición de su público, que lo obliga, en cierta forma a escribir una y otra vez los mismos libros. Libros que, él piensa, quizá lo estén limitando como escritor. Entiende que su público prefiere verlo a él mutilado como escritor que perder los libros que tanto aman, libros predecibles, de receta, que ofrecen historias reconocibles de las que ya se sabe que esperar.

Edgar Allan Poe es el autor de literatura de terror más conocido del siglo XIX, y muchos dirían incluso que es el escritor de terror más importante de todos los tiempos. De hecho cuando se piensa en Poe, se piensa inmediatamente en sus cuentos de terror. Pero Poe no sólo escribía cuentos y poemas terroríficos, aunque eso sea lo que parece haber capturado más profundamente la imaginación de sus lectores. Poe escribió ensayos literarios y científicos, crítica literaria, historias de aventura, humor, parodia y, lo más importante, historias de detectives. Y no sólo escribió historias de detectives, sino que él fue quien inventó la categoría de ficción conocida como ficción de misterio o detectivesca. Su detective, Dupin, es el prototipo de Sherlock y de Poirot y predata a Porfirio Petrovich de Crimen y Castigo y al Inspector Javert de Los miserables.

El detective hipercerebral, obsesionado con el detalle y la distribución espacial de la escena del crimen y la deducción de las motivaciones con base en el comportamiento es un invento de Poe. Pero no es simplemente un invento más, entre sus mucho personajes, sino que quizá sea la verdadera quintaesencia de lo que Poe era como escritor.

Edgar Poe quedo huérfano y luego fue adoptado, como se sabe, por John Allan, un empresario rico que nunca lo quiso, pero que lo llevó a vivir consigo a Inglaterra donde vivió en internados en los que estudió literatura, griego, latín, francés y otras ramas de lo que en esa época se consideraba un educación clásica. Pero al llegar, ya mayor, a la Universidad de Virgina, Poe empezó a vivir la vida por la cual se haría sórdidamente famoso, bebía en exceso, se endeudaba apostando y finalmente John Allan, tras la muerte de la madrastra de Poe, se casó de nuevo y decidió desheredar y desconocer al joven escritor.

Poe se encontró de pronto abandonado a sus propios medios, durante la depresión económica de los 1830, con apenas su educación clásica como única herramienta para tratar de subsistir. Para esa época hubo una explosión de revistas literarias que resultaban atractivas porque publicaban material de mejor calidad que los periódicos y eran más baratas que los libros. Antes del gran pánico de 1937, todas estas revistas pagaban a los escritores que publicaban, por lo que Poe se dedicó entonces a colaborar en ellas, pero siguiendo un plan muy particular. Según sus propias palabras: “La historia de las Revistas demuestra claramente que aquellas que han logrado la celebridad se la debían a artículos similares en naturaleza a Berenice”. Berenice siendo el cuento de Poe en el cual un amante desentierra a su amada muerta y le arranca los dientes sin saber que la habían enterrado viva. Lo que Poe había descubierto era que al público le gustaban las emociones fuertes de lo que se conocía como el terror gótico (castillos malditos, casas embrujadas, personas enterradas vivas, fantasmas, muertos de reviven, cuerpos en descomposición, canibalismo, etc). Del público de estas revistas dijo que “La nariz de la masa es su imaginación. Tirando de ella se la puede guiar mansamente a cualquier parte.” El primer texto de horror gótico de Poe, Metzengerstein, es en realidad una parodia de ese género y los finales de muchos de sus cuentos tienen un carácter melodramático que solo puede ser una deliberada mofa del tremendismo de estas historias. El final de El corazón delator, traducido por Cortázar, es tan buen ejemplo de esto como cualquier otro: “-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí! ¡Donde está latiendo su horrible corazón! “ No cabe duda de que Poe consideraba el horror gótico como un género que estaba por debajo de sus capacidades y quizá sea por eso que a la vez que escribía y publicaba estas historias se burlara abiertamente de otros escritores que hacían lo mismo; como Tomas De Quincey, que en Londres había publicado con Blackwood Magazine sus famosos textos “Las confesiones de un comedor de opio inglés” y “Del asesinato considerado como una de las bellas artes”. Poe, en su parodia titulada “Como escribir un artículo para Blackwood”, burlandose del tipo de literatura de la que el mismo vivía, le atribuía la autoría las confesiones del comedor de opio al mandril mascota del editor de Blackwood. Lo curioso de este caso es que De Quincey era, para todos los efectos, la contraparte inglesa de Poe. Sobreeducado, tratando de vivir miserablemente de los cuentos tremebundos que escribía, publicando en las revistas o editándolas, y adicto al opio como Poe era adicto al alcohol.

El estilo tortuoso, detallado, descriptivo y lleno de explicaciones de Poe permite imaginar en donde se encontraba realmente su corazón literario. Sus historias de detectives, sus artículos dilucidativos y explicativos sobre los mecanismos de la literatura, sus obsesión por la descripción exacta de espacios imaginarios y de cadenas causales de las tramas, su amor por los enigmas y la criptografía son rasgos que lo definen como escritor más que sus historias de horror. Se puede decir entonces que Poe era, en esencia, un especulador, un pensador, un descifrador de enigmas.


La Historia, con H mayúscula, es, discutiblemente, una de las ramas de la literatura. Los historiadores han invertido mucho tiempo y esfuerzo tratando de demostrar que es una ciencia, pero la verdad es que la Historia es siempre un esfuerzo por describir convincentemente hechos que no son evidentes para los que escuchan esa descripción. Las reyertas entre historiadores que defienden versiones incompatibles de ciertos hechos históricos no hacen más que apoyar esta idea. La Historia debe ser, por lo tanto, un ejercicio literario de convencimiento y depende, para su éxito, de la verosimilitud de lo contado. En ese sentido, la Historia no solo es literatura, sino que es una rama del realismo, que pretende que su descripción sea tomada por sustituto de lo que realmente sucedió. Para lograr esta verosimilitud de la forma más impecable posible, los historiadores arman inmensos rompecabezas compuestos de documentos, entrevistas, objetos, etc, que sirvan de soporte a la verosimilitud de la historia que piensan contar. Por eso, no pocas veces se les llama a los historiadores los detectives del pasado.

Hay además otra rama de la literatura que se dedica a lo mismo, pero usando el vector temporal que va en dirección opuesta, o sea, en vez de enfocarse en el pasado, se enfoca en el futuro y esta rama de la literatura es la ficción especulativa, de la cual forma parte la ciencia ficción. La ciencia ficción, al igual que la Historia, depende para existir de su verosimilitud. Las historias de ciencia ficción pueden ser duras, lo cual significa básicamente que el entramado científico que las soporta esta desarrollado extensamente en el relato, o pueden ser suaves, cuando ese fundamento es débil. Cuando el relato de ciencia ficción es demasiado suave empieza a adolecer de un cierto aire de irrealidad y puede perfectamente saltarse la barda y caer en el ámbito de la fantasía, que es su categoría hermana, al igual que cuando la Historia no está bien fundamentada cae en la novela histórica.

Para rendir un tributo apropiado a Poe, un escritor obsesionado con la explicación de los hechos y la mecánica de los eventos, entonces, nada puede ser mejor que las historias de ciencia ficción. Historias que se basan en una premisa de “y que tal si” y que asumen ciertos avances científicos, tecnológicos o simplemente históricos para el mecanismo de la trama pueda existir.
Lo interesante de la antología que presentamos hoy aquí, Poe Siglo XXI, es que usa algunas de las herramientas de la ciencia ficción para actualizar al personaje histórico de Poe, o en la mayoría de los casos, a sus historias de terror. Las historias de este libro son una especie de híbrido, una historia de terror de ciencia ficción, o un tuercegéneros, como dirían los compatriotas de Poe. Un producto literario que quizá lo hubiera complacido mucho más que la simple reproducción de la receta gótica.

Los textos son además variados, lo cual asegura que cada quien encontrará por lo menos algunos que le gusten. Incluidas aquí hay dos adaptaciones de El Curvo, una paródica y otra de terror, una adaptación bastante fiel de La caja oblonga, dos variaciones de El barril de amontillado, una metaliteraria en contra de las adaptaciones de los cuentos de Poe y otra que pretende por lo menos mencionar una vez casi todos los personajes famosos de Poe, un cuento que a la vez es una simulación y una prisión para un Poe convertido en personaje, una adaptación de descenso al Maelstrom que recuerda a los horrores metafísicos de Lovecraft tanto como los de Poe y un cuento que especula sobre un texto que Poe nunca hizo público.

La premisa básica de la antología parece haber sido no hacer, de nuevo, los cuentos de Poe, si no adaptarlos a lo que de maravilloso y extraño tendría este futuro para él y ofrecerle ese mismo asombro del futuro al lector y eso es lo que quizá le hubiese gustado a Poe. El juego de descifrar las lecturas previas en las lecturas futuras, el desandar el camino de la influencia que recorre todo escritor es un juego de detectives en el más clásico estilo de Edgar Allan Poe y un tributo digno de él. El merito superior de esta colección es ese paso más allá de la cárcel de la que advertía King que atrapan a los escritores que escriben para compla
cer y en la que Poe, encerrado en ella por culpa de su pobreza, escribió cuentos insuperables usando una receta manida para crear una literatura inolvidable.



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La Madriguera, Rodolfo Arias Formoso



Esta es la presentación que hicimos del nuevo libro de  Rodolfo Arias Formoso en el marco de la Feria Internacional del Libro en Costa Rica, 2010.




La Madriguera, Rodolfo Arias Formoso
por Juan Murillo



Los libros de Rodolfo son, de hace unos años para acá, parte fundamental del panorama literario costarricense contemporáneo.   Sin embargo, esto no fue siempre así.  Cuando se publicó por primera vez El Emperador Tertuliano y la Legión de los Superlimpios, su primera novela, el texto era decididamente un fenómeno subterráneo.  Parte de las razones para esto eran la libertad formal y el desafuero cómico que era parte esencial de esta obra, pero además, como toda primera novela de ruptura, el establishment literario no sabía bien como recibirla.  Los más jóvenes la encontrábamos fabulosa, pero en definitiva no había consenso en el gremio, -más que entre los lectores, a quienes siempre les gustó-, si la novela era un éxito o un fracaso.  La reedición de El Emperador este año por parte de la Editorial Costa Rica da ya el espaldarazo definitivo a esta novela como una de las más importantes e inolvidables rupturas con los cánones tradicionales de la literatura de nuestro país.  Un aporte que ha influido a autores posteriores, aunque ninguno con un valor y una capacidad transgresora parecida a la que demuestra Rodolfo en esta novela. 

            Después de la publicación de Tertuliano pasaron muchos años antes de que apareciera Vamos para Panamá, una novela de Rodolfo de corte más tradicional pero no por eso menos buena, que utilizaba los monólogos interiores de los personajes para contar la historia de una familia durante un viaje por carretera hacia Panamá.  La novela, que inicialmente aparenta ser simple, no lo es.  Es una novela engañosa que pareciera una detracción del anterior experimentalismo, pero que lo que es en realidad es un refinamiento de los recursos de la novela anterior, una inspección más detallada del interior de los personajes, una observación más justificada de sus pequeñas manías, motivaciones y los pequeños detalles que componen sus vidas y los hacen, a la vez, individuos y representaciones populares de todos nosotros.

            En el 2007, Rodolfo Arias publicó la novela en la que venía trabajando desde hacía muchos años, Te llevaré en mis ojos, que originalmente tenía el título de El alfiler y la mariposa, y que estaba modelada como una épica generacional, representada por un elenco de personajes más amplio que el de las anteriores novelas y que venía a ser un retrato de época y un examen de motivaciones y resultados de los ideales que informaban esa época, un poco como lo hiciera León Tolstoi con su Guerra y Paz en la Rusia zarista.  Esta aparente evolución de su narrativa, que es tan común en artistas con una trayectoria extendida en el tiempo, presentaba un problema ya conocido para los admiradores que ven la obra de un autor cambiar con cada libro que publica.  El fanático de una primera obra que se alimenta de el bravado y la inocencia de la juventud, se siente de pronto lejano de la obra de madurez que busca explorar en detalle ciertos temas nominalmente más serios.  A estos cambios se añadieron las circunstancias de que a la obra le fue otorgado en el 2007 el premio nacional de novela Aquileo Echeverría y que Rodolfo con posterioridad a esta publicación se le ofreció ser colaborador de una sección de la revista dominical del periódico La Nación, con la consecuencia inevitable de que se convirtió irrevocablemente en un autor reconocido e importante a los ojos de un público bastante amplio.

            Aparece ahora La Madriguera, que es la única colección de cuentos de Rodolfo Arias Formoso.  Esta colección es inusual porque los autores, en nuestro país, tienden a escribir cuentos que van publicando con el tiempo en colecciones organizadas con lo último escrito al tiempo que van publicando sus novelas.  La madriguera, en cambio, es la recopilación de toda la obra de narrativa corta escrita por Rodolfo Arias hasta ahora y que no había aún salido a la luz.   En La Madriguera hay cuentos contemporáneos o incluso quizá anteriores a Tertuliano, así como hay cuentos que se terminaron de escribir este año.  Entre esos dos extremos está un grupo de dieciocho cuentos de una variedad que confirma tanto la versatilidad como el amplio rango de capacidades e intereses de Rodolfo como autor.  En La Madriguera hay varios cuentos de una página de extensión, como lo son Horacio y Alfred Mouse, pequeños retratos de personajes inolvidables, así como también hay un cuento de casi cincuenta páginas, El sitio vacío, que es, a su vez, otro retrato, mucho más profundo y detallado de otro personaje que por insólito resulta totalmente real.  Además en este colección podemos ver el rango formal de Rodolfo con cuentos románticos de un corte más tradicional, como Buzón de bronce, que ha resultado ser uno de los cuentos con los que los lectores más se encariñan, pasando por el cuento siamés Carlos y Carlos, cuya estructura son dos historias deliberadamente yuxtapuestas pero totalmente discernibles, a experimentos literarios como el diminuto y lírico Dios prá o al juego de asociaciones numéricas e históricas que es Quinientos, ancianos.

            Es inevitable que haya juego y diversión en estos cuentos, porque ese es uno de los rasgos más notorios de la narrativa de Rodolfo Arias, pero no faltan tampoco los cuentos más sobrios o incluso terribles, cuentos sobre la demencia como Polvo que cae, o sobre la muerte como Yo ya estoy muerta.  Pero no son esos cuentos los que le dan cuerpo a la obra, son en realidad acentos de otra tónica que también es inmediatamente reconocible para cualquier lector de las obras de Rodolfo:  El amor.  El amor es quizá el tema más preponderante en su obra y aquí esta representado por pequeñas joyas como Taijitu en gris o Xinia, historias de amor frustradas, que son, como todas las buenas historias de amor, a la vez una delicia y un dolor.

            Aquí está, entonces, en un libro de ciento ochenta y tres páginas, un microcosmos del universo literario del autor.  El lector que aún no haya leído ningún libro de Rodolfo Arias, puede asomarse rápidamente a este mundo de juego verbal y retratos cálidos de personajes de todos los días, leyendo La Madriguera.


Y esto me trae de vuelta al periplo inicial que dábamos sobre lo que se ha venido a retratar como la evolución de la narrativa de Rodolfo Arias Formoso.  Mi tesis es que, al contrario del concepto de evolución, en el cual nunca hay una vuelta atrás, a los orígenes, lo que sucede en el arte es que hay un rango de sensibilidades que está disponible para cada autor en particular dependiendo de lo que quiera o necesite hacer.  No se pasa de ser un autor irreverente a uno serio con el tiempo.  Si se escriben obras irreverentes alguna vez, y luego obras serias, es porque el autor es capaz de ambos registros.   Los autores acumulan con el tiempo capacidades nuevas, destrezas aprendidas, resultados de experimentos literarios que a veces nunca ven la luz de las imprentas y todo ese aresenal está siempre disponible para ser usado cuando se necesite.  A mí me parece que este libro es un ejemplo, o una demostración, un muestreo digamos, de las amplias capacidades de Rodolfo en los géneros narrativos.  Me parece que La Madriguera complacerá tanto al fanático de experimentalismo divertidísimo del Tertuliano, como al amante de la pasión extensa que habita Te llevaré en mis ojos,  y en particular, creo, deleitará a aquel afortunado que no conozca la obra de Rodolfo, a quien el futuro le depara la maravillosa exploración que es visitar sus historias por primera vez.




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Elogio a la mujer madura, por Juan Murillo



Este es un relato mío que publicó la revista Soho como parte de su especial Cuanto más tiempo mejor.  Tengo que admitir que el tema me intimidaba un poco, hablar de algunas mujeres es como asomarse al Aleph.

Elogio a la mujer madura, por Juan Murillo

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Una ciudad de iglesias, Donald Barthelme (traducción)



Traducción al español de Una ciudad de Iglesias de Donald Barthelme.


Escencialmente cuentísta, Don B pertenece irónicamente a la generación de los maximalistas posmodernos orignales de Estados Unidos entre los que están Pynchon, Gaddis, Coover, Barth, Gass, etc, todos famosos por sus novelas mamut. Los cuentos de Barthelme son usualmente experimentales o fantásticos en el sentido cortazariano, y pintan una realidad exagerada y divertida que se desdobla para mostrar el forro inquietante y a veces maligno. Tiene varios cuentos que son casi perfectos (Me and Ms. Mandible, The Balloon, I bought a little city, A city of churches, etc.), este es uno de ellos.  Los mejores están recopilados en Sixty Stories.


Una ciudad de iglesias
Donald Barthelme

“Si,” dijo el Sr. Phllips, “nuestra ciudad sí que es una ciudad de iglesias.”
Cecilia asintió, mirando lo que señalaba. Ambos lados de la calle estaban solidamente cubiertos de iglesias, hombro con hombro en una variedad de estilos arquitectónicos. La Bautista de Betel estaba junto a la Bautista Libre del Sagrado Mesías, la Episcopal de San Pablo junto a la Alianza Evangélica de la Gracia. Después venían la Primera Científica Cristiana, la Iglesia de Dios, Todas las Almas, Nuestra Señora de la Victoria, la Sociedad de Amigos, la Asamblea de Dios y la Iglesia de los Santos Apóstoles. Los capiteles y torres de los edificios tradicionales se apretujaban junto a los amplios imaginativos vuelos de los diseños “contemporáneos”.
“A todo el mundo aquí le interesan mucho los asuntos de la Iglesia,” dijo el Sr. Phillips.
¿Podré calzar aquí? se preguntó Cecilia. Había venido a Prester a abrir una oficina regional de un negocio de alquiler de carros.
“No soy particularmente religiosa,” le dijo al Sr. Phillips, que trabajaba en bienes raíces.
“Ahora no.” le respondió él. “Aún no. Pero tenemos muchos jóvenes buenos aquí. Se integrará a la comunidad más pronto de lo que cree. El problema más inmediato es, ¿adónde va a vivir? La mayoría, “ dijo, “vive en la iglesia de su elección. Todas nuestras iglesias tiene muchos cuartos adicionales. Tengo algunos apartamentos de campanario que le puedo mostrar. ¿Qué rango de precios estaba considerando?”
Doblaron una esquina y se toparon con más iglesias. Pasaron San Lucas, la Iglesia de la Epifanía, la Ortodoxa Ucraniana de Todos los Santos, San Clemente, la Fuente Bautista, la Unión Congregacional, San Anargyri, el Templo de Emanuel, la Primer Iglesia de Cristo Reformado. Las bocas de todas las iglesias yacían abiertas. Adentro tenuemente se distinguían luces.
“Puedo llegar hasta ciento diez,” dijo Cecilia. “Hay algún edificio que no sea una iglesia?”
“Ninguno,” dijo el Sr. Phillips. “Claro, muchas de nuestras bellas estructuras de iglesias sirven en doble propósito como algo más.” Le señaló una bella fachada Georgiana. “Esa,” dijo, “hospeda a la Metodista Unida y a la Junta de Educación. La siguiente junto a ella, que es la Pentecostal de Antioquia, tiene la barbería.”
Era verdad. Un poste de barbero, de franjas azules y rojas, estaba adosado inconspicuamente al frente de la Pentecostal Antioquia.
“¿Hay mucha gente aquí que alquile carros?” preguntó Cecilia, “o ¿usted cree que alquilarían si hubiera un lugar en dónde hacerlo?”
“No sé,” dijo el Sr. Phillips. “Alquilar un auto implica querer ir a alguna parte. La mayoría de la gente está bastante contenta aquí. Tenemos muchas actividades. Yo no escogería un negocio de alquiler de autos si estuviera empezando en Prester. Pero todo saldrá bien.” Le mostró un edificio pequeño y extremadamente moderno con una fachada de ladrillo, acero y vidrio. “Ese es San Barnabás. Linda gente. Maravillosas cenas de spaghetti.”
Cecilia podía ver algunas cabezas atisbando desde las ventanas. Pero cuando notaron que los miraba desaparecieron.
“¿A usted le parece sano que haya tantas iglesias aglomeradas en un sólo lugar?” le preguntó a su guía. “Parece algo... desbalanceado, no le parece.”
“Somos famosos por nuestras iglesias,” dijo el Sr. Phillips. “Son inofensivas. Ya llegamos.”

Abrió la puerta y empezaron a subir muchos vuelos de escaleras polvorientas. Al final de la escalada entraron en un cuarto de buen tamaño, cuadrado, con ventanas en los cuatro lados. Había una cama, una mesa, dos sillas, lámparas, una alfombra. Cuatro inmensas campanas colgaban en centro exacto del cuarto.
“¡Qué vista!” exclamó el Sr. Phillips. “Venga, asómese.”
“¿Alguna vez suenan estas campanas?” preguntó Cecilia.
“Tres veces al día,” dijo el Sr. Phillips, sonriendo. “Por la mañana, al mediodía y por la noche. Por supuesto, cuando suenan hay que quitarse de en medio a toda prisa. Si una de estas bellezas le da por la cabeza hasta ahí llegó el cuento.”
“¡Santo Dios!” exclamó Cecilia involuntariamente. Luego dijo, “Nadie vive en estos apartamentos de campanario, por eso están desocupados.”
“¿Será?” dijo el Sr. Phillips.
“Sólo se los pueden alquilar a los recién llegados al pueblo,” dijo ella en tono de acusación.
“Yo no haría eso,” dijo Mr. Phillips, “Iría en contra de espíritu de solidaridad cristiana.”
“Este pueblo es medio raro, ¿sabe?”
“Puede ser, pero eso no lo toca a usted decidirlo, ¿cierto? Después de todo usted es nueva aquí. Debería andar con cautela por un tiempo. Si no quiere un apartamento alto también tengo un sótano en la Central Presbiteriana. Tendría que compartir. Ya hay dos mujeres ahí.
“No quiero compartir,” dijo Cecilia. “Quiero mi propio lugar.”
“¿Por qué?” preguntó el hombre de las bienes raíces con curiosidad. “¿Para qué propósito?”
“¿Propósito?” preguntó Cecilia. “No tengo ningún propósito en particular, sólo quiero-“
“Eso no es lo que se acostumbra aquí. La mayoría de gente vive con otras personas, compañeros de cuarto. Ese es el patrón usual”
“Aún así, prefiero mi propio sitio.”
“Eso es muy inusual.”
“¿Tiene lugares así? ¿Aparte de los campanarios, quiero decir?”
“Creo que hay algunos,” dijo el Sr. Phillips con obvia reserva. “Supongo que puedo enseñarle uno o dos.”
Hizo una pausa.
“Es sólo que tenemos valores diferentes, tal vez, a algunas de las comunidades circundantes,” explicó. “Nos han elogiado mucho. Tuvimos cuatro minutos en las Noticias de la Noche de CBS una vez. Hace tres o cuatro años. Una Ciudad de Iglesias, se llamaba.”
“Sí, mi propio lugar es indispensable,” dijo Cecilia, “si voy a sobrevivir aquí.”
“Esa es una actitud algo extraña,” dijo el Sr. Phillips, “¿De qué denominación es usted?”
Cecilia permaneció en silencio. La verdad era que no era de ninguna.
“Dije, ¿A qué denominación pertenece usted?” repitió el Sr. Phillips.
“Puedo controlar mis sueños,” dijo Cecilia. “Puedo soñar lo que yo desee. Si quiero soñar que estoy pasándola bien, en Paris o cualquier otra ciudad, todo lo que tengo que hacer es dormir y soñaré ese sueño. Puedo soñar lo que yo quiera.”
“¿Y qué es lo que sueña, usualmente?” dijo el Sr. Phillips mirándola con detenimiento.
“Cosas sexuales en su mayoría,” dijo ella. No le tenía miedo.
“Prester no es ese tipo de pueblo,” dijo el Sr. Phillips, mirando hacia otra parte.
Bajaron las escaleras.

A ambos lados de la calle las puertas de las iglesias se estaban abriendo. Pequeños grupos de gente salían y se quedaban parados frente a las iglesias, mirando a Cecilia y al Sr. Phillips.
Un hombre joven dió un paso al frente y gritó, “¡En este pueblo cada quien tiene su carro! ¡No hay nadie en este pueblo que no tenga su propio carro!”
“¿Es cierto eso?” le preguntó Cecilia al Sr. Phillips.
“Si,” dijo él. “Es verdad, aquí nadie alquilaría un carro ni en un millón de años”
“Entonces no me quedaré,” dijo ella. “Me iré a otra parte.”
“Pero tiene que quedarse,” le dijo él. “Ya hay una oficina de alquiler de autos para usted. En la Bautista del Monte Moria, en el lobby. Hay un mostrador y un teléfono y un tablero con llaves. Y un calendario.”
“No me quedaré,” dijo ella. “No sin que haya una buena razón de negocios para hacerlo.”
“Pero la necesitamos,” dijo el Sr. Phillips. “Necesitamos que se pare detrás del mostrador de la agencia de alquiler de autos, durante las horas de oficina. Eso completaría al pueblo.”
“No me quedo,” dijo ella. “Yo no.”
“Pero tiene que quedarse. Es esencial.”
“Soñaré,” dijo ella. “Cosas que no les gustarán.”
“Estamos descontentos,” dijo Mr. Phillips. “Terrible, terriblemente descontentos. Algo está mal.”
“Soñaré el Secreto,” dijo ella. “Se arrepentirán.”
“Somos como los otros pueblos, excepto que nosotros somos perfectos,” dijo él. “Nuestro descontento sólo puede contenerse por medio de la perfección. Necesitamos una chica de alquiler de autos. Alguien debe pararse detrás de ese mostrador.”
“Soñaré la vida que más temen,” amenazó Cecilia.
“Usted es nuestra,” dijo él, tomándola por el brazo. “Nuestra chica de alquiler de autos. Compórtese. No hay nada que pueda hacer.”
“Ya veremos,” dijo Cecilia.




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