Sobre los talleres literarios



Nota sobre talleres literarios y mis experiencias personales.


Colectivo literario Octubre Alfil 4, rejuntado de talleres literarios y similares, El Farolito, 1994
Arriba:David Maradiaga, Isaac Rojas, Mauricio Molina, Sandra Zuñiga, Alejandra Castro, Meritxell Serrano
Medio:Natalia Esquivel, Esteban Ureña, Juan Murillo, novia de Patrick, Patrick Cotter
Abajo:Rafael Azofeifa, Melvyn Aguilar, Diego Montero
En esta foto faltan aproximadamente el 90% de los miembros de OA4



Sobre los talleres literarios

Los talleres artísticos y artesanales –ateliers- tienen una historia antigua, pero siempre se vieron restringidos a la producción material de objetos que requerían la participación de más de una persona, fueran estos esculturas, joyas, espadas, etc. Pero el término, aplicado a una de las ramas de la literatura, se usó por primera vez hasta 1905 cuando George Baker creó el 47 Workshop como una extensión de una clase de dramaturgia que impartía en Harvard. Ese Workshop, o Taller, fue el primero ofrecido por una universidad como parte de su curriculum y había sido concebido como un lugar en el que sus alumnos pudieran montar obras de teatro a modo de preparación para entrar en el mundo de la producciones teatrales comerciales con alguna experiencia bajo el cinto. La dinámica estaba basada en las producciones teatrales renacentistas en la que las tropas de teatro discutían abiertamente la mejor manera de montar la obra, contradiciendo si era necesario, al autor, sin importar si este era un bardo o El Bardo. El nombre de Taller se lo apropió Baker de las escuelas vocacionales que en la época instruían a los inmigrantes en oficios manuales para que pudieran integrarse al proceso productivo de los Estados Unidos, algo parecido a lo que él quería hacer con sus alumnos. Se entendía, en 1905, que el término Taller tenía un carácter metafórico.

El Taller es ya, cien años después, una institución añeja que ha trascendido la instrucción literaria y se ha convertido en una metodología de trabajo para cuando es necesaria la participación de muchas personas de un modo relativamente democrático con intención de producir un único resultado; favorecido, por ejemplo y típicamente, por las ONG como formato para obtener resultados representativos válidos.

El taller literario es también actualmente la metodología estándar para los cursos de Escritura Creativa –herederos de los de Baker- en las universidades de Estados Unidos, en los cuales el procedimiento normal es que el director, que debe ser un escritor publicado, se limita a moderar las intervenciones de los participantes del taller, que comentan la obra que alguno de ellos haya leído para esa ocasión. Es costumbre que el director no opine sobre como resolver los problemas de la obra, aunque está autorizado a hacer observaciones sobre lo que está mal. El autor no debe explicar el texto que leyó, ni debe defenderse, debe, preferiblemente, limitarse a escuchar.

Este procedimiento lo que busca es suministrarle al escritor una retroalimentación cruda sobre cómo sus lectores verán la obra que está construyendo; una especie de muestreo. Pero la lógica de quid pro quo del taller, para que funcione, obliga a que todos los lectores sean siempre también escritores. Y lo usual es que no sólo sean escritores sino que además sean escritores en ciernes, por decirlo de algún modo, que están aprendiendo a su vez, y que en algunos casos no estarán en la mejor posición para corregir al autor. De modo que se ofrecen todo tipo de opiniones en los talleres, a veces útiles, a veces inescrutables, usualmente sobre cuales partes hay que cambiar en el texto; y por una especie de física de los vasos comunicantes, durante las múltiples y sucesivas participaciones en los talleres se va forjando una amalgama de estéticas que por último tiende a convertirse, a través del tiempo, en la estética particular de ese taller y que tiende a ser invisible a los miembros del taller como lo es el agua al pez.

El taller literario, además, es a veces entendido por algunos participantes como un lugar en donde se llevan a reparar cosas que están rotas –la interpretación literal del término-, de modo que se presentan al taller con la esperanza de que su cuento o, con mayor frecuencia, por lo manejable de su extensión, su poema, pueda ser traído a la vida por la permutación de sus partes a manos de los hábiles compañeros del taller. Otros, como es lógico en cualquier grupo con variedad de temperamentos, ven con horror esta idea de la creación como un ejercicio del consenso grupal –quién puede saber mejor que el autor cómo decir lo que quiso decir. En ocasiones, el director de taller puede, inadvertidamente o con alevosía, implantar su estética como la estética del taller, haciendo comentarios que inevitablemente llevan el peso de pertenecer al autor más digno de ese nombre en el taller. Otra peculiaridad de los talleres es que no pocos encuentran en la rutina de las reuniones semanales un sucedáneo de la disciplina de la que carecen para producir una obra continuada cuya recepción, de otro modo, podría retardarse por años, la versión literaria de la madre que despierta al muchacho que no puede levantarse por sí mismo a la hora que le toca para ir al colegio.

No todo es malo en los talleres, por supuesto. Se aprende mucho de los compañeros. Se aprende del director. Se aprende también a ignorar oportunamente el consejo absurdo de algunas personas. Se aprende en carne propia el dolor del menosprecio o el de ser criticado en público –algo que no sucede en ninguna otra parte en nuestro país de la sonrisa infranqueable- antes de publicar el primer libro, que viene a ser el inicio de un silencioso apostolado en ese tipo de sufrimiento. Se siente, por primera vez, la alegría de recibir un elogio, no siempre bien intencionado, pero que se acepta con gratitud.

Los talleres no son sustitutos de clases de redacción, no suplen las mañas gramaticales y ortográficas adquiridas voluntariosamente en la escuela a pesar de los desvelos de la maestra, no son sustitutos convenientes del diccionario, no deberían ser lugares para hacer ejercicios del tipo: escriba sobre un enfermo terminal pero no mencione la enfermedad ni la muerte. En fin, que por cortesía al que escucha, uno debería presentarse siempre con la receta terminada, en vez de llegar con los ingredientes bajo el brazo. Estar en un taller no releva a sus participantes del trabajo de deben hacer a solas.

Pero quizá lo más importante que se obtiene de un taller es algo que pertenecía, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, a los cafés: la tertulia y la camaradería literaria. Lo que hacían Tzara y Breton y los dadaístas en el Café Terrase o Borges, Silvina y los otros en algún café de la Calle Florida; lo que hacen los escritores de toda índole cuando se encuentran fuera de toda rigidez metodológica: discutir lo que leen y lo que pasa en el mundo y lo que pasa en sus vidas. Es cierto que también conversan sobre lo que escriben y que en ocasiones se intercambian los escritos para obtener opiniones o aún correcciones, pero estas son siempre lentamente ponderadas por quién en ese momento ejerce la crítica, pensadas con cuidado y cariño y no improvisadas al calor de una apresurada intervención ante el grupo.

Verdaderamente de lo que se trata la tertulia y la camaradería literaria, entonces, es del estímulo, del estímulo intelectual y artístico y no del enderezado y pintura de un texto particular. No se aprenden preceptos en los bares o los cafés, se avientan opiniones como gallos de peleas, por el puro placer de ver la sangre y de horrorizarse mutuamente. Pero finalmente los escritores, con el recuerdo de esos resplandores en el ojo, se van a su casa, a la soledad en la que escriben y en la que escribirán y en la que han escrito siempre, a ganar en batalla cada línea, cada palabra, contra el único lector que opinará sobre cada línea y cada palabra que escriban, el culpable de la pieza final, que cómo tal, para gloria o vergüenza, debe firmar lo que resulte.

26 Comments:

Sentenciero said...

El taller, para mí, no es nada más que la búsqueda del calor corporal de otros desamparados que tampoco quieren que el frío los mate. No debe ser ni un lugar de gurús inflados por la gracia divina, ni una niña Pochita que corrija esperpentos que no se han trabajado bien previamente, ni salvavidas imposibles.

Germán Hernández said...

Magnífico, muy bien Juan... creo que abordas bien el asunto, en sus alcances y limitaciones, son tantas las experiencias de colectivos, talleres etc en nuestro país, pasadas y presentes...

Yo provengo, inicialmente de un taller, que fue por decirlo así mi guía en un principio y en hora buena por que nada tengo que reprochar y sí mucho de gratitud, por los amigos que surgieron (y también los enemigos) por las influencias, lecturas y debates, sigo pensando que el Taller es un buen comienzo para cualquiera que desea escribir, pero es temporal, luego creo que el poeta debe caminar solo, inclusive abjurar del taller, demostrar en efecto que el taller no es una cálida guarida como bien señala Sentenciero, pero eso sí, no es solamente eso, no creo que sea válido absolutizar.

Por otro lado, cuando comparas la actitud de los mediocres que van al Taller, como si en efecto fuera un Taller de enderezado y pintura, a mi me gusta compararlo más bien con un salón de belleza, es tan ingenuo pensar que haciendo taller (o make over) al poemita, frente al espejo se manifestará una bella pieza,jeje, por experiencia creo que poema "tallereado" es un poema que hay que desechar, su único valor es como ejercicio.

Saludos!!!!

Asterión said...

Los talleres son la antítesis de la actividad del escritor, oficio de soledad por excelencia. Esto no es una apología del ermitaño, ni del sufrimiento. Se puede ir a un taller, pero como bien decís, y para seguir con la metáfora escolar: la tarea se hace en casa.

Lo demás, una experiencia entretentida, un lugar para la camaradería y el diálogo. Se aprende, claro; pero luego uno se marcha igual como llegó, para ver qué otras cosas va a encontrar.

Cuando lo miro en perspectiva, me doy cuenta de que prácticamente nada de lo que llevé al taller vio la luz.

Bueno, tema interesante, definitivamente. Voy a ver si le entro y hago un post sobre el tema de la "universidad del escritor", jeje, como comentábamos el otro día.

Saludos.

Asterión said...

Lo olvidaba. ¿Quiénes son los de la foto? No distingo a nadie.

Juan Murillo said...

Si Guillermo, pienso igual, es un lugar para verse con otros escritores, más que para trabajar el poema o cuento, en eso veo su más alto valor.

Lo que decía Germán es cierto: ¿De quién es ese poema maquillado que al salir del taller tiene 15 versos nuevos? ¿es del autor aún? ¿se siente suficientemente representado para ponerle el autógrafo?

El taller es temporal, creo, porque de otro modo uno abandonaría la literatura. La graduación del taller lo lleva a uno a la más civilizada actividad de compartir una birra o un cafecito con otros escritores y nada más conversar.

Y como dicen ambos, Asterión y Germán, los talleres son sumamente entretenidos (en retrospectiva, porque en el presente inmediato tienden más al sufrimiento).

Me acabo de acordar de la teoría de Patrick Cotter de que el propósito de nuestros talleres siempre fue finalmente sexual, que es otra forma de ver el taller, tal vez con la claridad retrospectiva que dan los años.

Juan Murillo said...

Voy a cambiar la foto por una de verdad, dame un chance.

Asterión said...

Concuerdo con la teoría sobre la finalidad sexual, aunque los resultados en la práctica siempre fueron frustrantes. En el colegio, digamos, me iba muy bien, pero fue cosa de empezar a juntarme con poetas cuando todo empezó a ir en picada, y al final lo único que quedaba era, como decía el personaje de "El lado oscuro del corazón": "Trej trijtes pelotudos".

Juan Murillo said...

Lista la foto con puros artistas (como cuando uno dice "Cambiemonos de acera, no ve que artista viene ahí").

Asterión said...

Jaja, muy buena foto. Hay como cuatro de abajo que no reconozco.

Martín Cristal said...

No puedo resumir mi parecer sobre los talleres a menos que esto:

http://elpezvolador.wordpress.com/2008/10/07/talleres-literarios/

Saludos.

Luissiana Naranjo said...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Warren/Literófilo said...

Eso es lo rico de un taller, compartir, pasiones y tragos y demás, es lo único sino que lo diga Chico Zuñiga y pupilos, y mae que cara de loco salís guevón ja ja ja

Sentenciero said...

Es que al post le falta la alineación de gente de la foto, en la que si acaso reconozco a tres caras.

Alexánder Obando said...

En la foto puedo distinguir, de arriba hacia abajo y de izquierda a derecha a David Maradiaga, xx, Mauricio Molina, Sandra Zúñiga, Alejandra Castro y Meritxell Serrano. En la fila de en medio aparrecen, Natalia Esquivel, Esteban Ureña, Murdoch, xx y xx. Y en la fila de abajo distingo a Rafa Yo-soy-el-nieto, xx y xx.

(Me siento como una abuela repasando el anuario de su graduación).

En lo personal, una de las mejores experiencias literarias que he tenido en la vida fue pertenecer durante 7 años al Taller Eunice Odio. Perelar con Mauricio, Esteban y otros cansa, pero también educa... mucho.

El taller además me dio una relación estable y varios lances, mientras que a otros compas les dio como cuatro novias, varios lances e infinidad de infidelidades. Nada mal para un grupo de "trej trijtej pelotudos".

Del "Eunice" y del "furor" literario que nos embargaba en esa época solo tengo buenos recuerdos.

Juan Murillo said...

Martín, había leído tu texto el año pasado y me parece muy pertinente, aunque yo en realidad no estoy en contra de los talleres si no que me parece que tienen su lado malo (o varios lados, para ser más precisos).

El taller del Circulo de Poetas que mencionás, Luissiana, tiene fama de traumático y polarizante, no se si todo mundo llora en el, pero de fijo todo mundo se exhalta.

Los de la foto son, de izquierda a derecha y de arriba a abajo:

De pie arriba:David Maradiaga, Isaac Rojas, Mauricio Molina, Sandra Zúñiga, Alejandra Castro, Meritxell Serrano.
Fila media:Natalia Esquivel, Esteban Ureña, Juan Murillo cc. Murdock, la novia de Patrick Cotter y Patrick Cotter.
Abajo: Rafael Azofeifa, Melvyn Aguilar y Diego Montero.

Luissiana Naranjo said...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Marco Tulio Aguilera said...

Un cariñoso saludo, Juan. Yo tengo dos talleres de novela y me siento feliz con ellos: los talleristas son mis amigos, mis cómplices y mis jueces. Escribo con ellos, les muestro mis cosas y me agrada sentirlos cercanos en la pasión por la literatura.

Juan Murillo said...

Entonces, Luissiana, ¿estuviste en todos los talleres de fin de siglo?

Pese a lo dicho arriba, MT, es claro que en los talleres se la pasa uno bien, especialmente cuando no se está trabajando, pero en el tallereo también.

Luissiana Naranjo said...

Mejor no confundo la historia, Juan... hablo mucho y canso!!

Juan Murillo said...

No Luissiana, faltaba más, no había mala intención en mi comentario. De hecho me parece interesante que tengás una perspectiva amplia que puede darte ventaja a la hora de hablar de esos talleres y del panorama general de los talleres en esa epoca. Lástima que quitaste el comentario. Saludos.

tetrabrik said...

foto invaluable!!

Alexánder Obando said...

Yo también anduve en varios talleres. En el Eunice Odio me decían, no sin sarcasmo, el "canciller" del Eunice. Pero así, efectivamente, aprendí mucho y tuve otras perspectivas.

tetrabrik said...

yo fui al de chico en una época que ahora me aprece otra vida. fui al de boccanera. al de sauma. cuando viví en argentina, estuve en uno de dinámica bien particular coordinado por el amigo fabián casas. este es el cuarto año de uno que yo mismo coordino pero donde la idea es que haya ni capitán ni marineros. y bueno, lo que he aprendido de todos es esto: es más importante el pretaller y el post taller. esas cervezas acompañadas de conversa.

Juan Murillo said...

Claro, Luis, todos hemos estado en varios, lo que prueba que son atractivos para los escritores. En todos se aprende algo. Fijo lo más interesante es la tertulia y la retroalimentación de una primera leída, o sea en lo que se parecen a los cafés.

Mae Alex, ¿por qué te decían el canciller?

Luis Antonio Bedoya said...

Notablemente objetivo e ilustrativo tu artículo! Ahora que conozco su génesis, entiendo la razón por la cual los Talleres Literarios me resulten tan antipáticos. Es triste que el ser humano se haya convertido en una criatura tan dependiente del "proceso", de la "organización", tan esclavo de la economía -en el sentido etimológico; que necesite abrir un "taller" para tener derecho de hablar con amigos de arte y filosofía, para tener que nuestra sociedad tan práctica le dé permiso. Afortunadamente esa no es la única salida y, como antaño en los Ateneos madrileños, en nuestra patria hay lugares donde la tertulia permanece incólume, a pesar de la desautorización moderna. Con tu permiso, invito a dos de ellos: Hotel Altamira, la casa del pintor, Cris Arias y la mía, en la oscura ciudad de Carthago Archinova. Lo peor que puede pasar es que encuentren allí al poeta Gustavo Solórzano, monstruo de su laberinto y al decadentista, José Pablo Medrano, dandy irreprochable. Y como dice el conde: "under your own risk!"

Juan Murillo said...

Habrá que ir a conocer el Hotel Altamira, en la tierra de Dido, que como todos saben, es la cuna de los escritores más temibles.