El ruido de las cosas al caer, Juan Gabriel Vázquez




Mi reseña de la novela ganadora del Premio Alfaguara 2011, El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vázquez. Publicada en La Nación el 28 de octubre.

El ruido de las cosas al caer  
Juan Gabriel Vázquez
253 pp., Alfaguara 2011 

Cuando Juan Gabriel Vázquez, novelista colombiano, presentó su última obra al concurso que le otorgaría el Premio Alfaguara 2011 de novela, no fue casualidad que lo hiciera con el título de Todos los pilotos muertos. Reminiscente de cierta novelística norteamericana –Warren, McCarthy–, este título de trabajo resume las claves centrales de esta exploración de la historia reciente de Colombia mejor que el definitivo, El ruido de las cosas al caer.

En esta novela, las cosas que caen son casi siempre aviones: caídas que destruyen sueños, familias y, eventualmente, la identidad nacional colombiana.

Estos son los daños en que incurren los pilotos, literales o simbólicos, de la novela, cuya obligación primordial era la de conducir a un destino seguro a quienes les habían confiado su vida.

El protagonista, Antonio Yammara, conoce en los billares de Bogotá a un hombre lleno de remordimientos cuya sola proximidad termina arrastrando a Yammara ha-cia el torbellino contemporáneo de la violencia colombiana y sus secuelas sicológicas. Este hombre, Ricardo Laverde, alguna vez fue un joven y ambicioso piloto, heredero de un legado de pilotos legendarios, que en los años ochenta se casa con una voluntaria de los cuerpos de paz y tienen una hija. En el presente de la novela, Yammara se casa y tiene un hija también.

Las decisiones de estos dos hombres están siempre respaldadas por buenas intenciones y una falsa ingenuidad, deliberadamente ciega. Ambos asumen con gusto paternalista la dirección total de las vidas de sus familias. A ambos los esperan, sin embargo, eventos transformadores que les impedirán llevar a buen puerto sus promesas, y sus vidas familiares terminarán viniéndose abajo con el estrépito al que hace alusión el título.

La arrogancia de Laverde, que desencadena su propio castigo, y el miedo de Yammara, la enfermedad principal de su generación, son los polos opuestos entre los que se mueve la novela.

El estilo meditabundo de Vázquez, basado en la reconstrucción y corrección constante del recuerdo, tiene la función de superponer la ficción de la memoria personal a la verdad fría de la reconstrucción histórica. Esta es la historia de Colombia narrada en clave íntima por quienes la vieron transformarse de la sociedad poscolonial que en sus héroes veía lo mejor de sí a la sociedad paralizada por el terror a los reyezuelos narcotraficantes locales.

En el accidente de Avianca a causa de un error humano de los pilotos; en la avioneta que adornaba la entrada a la hacienda de Pablo Escobar y con la cual se hizo millonario; en el avión de pasajeros que hizo explotar Escobar en un intento de matar a César Gaviria; en la soberbia del piloto que causa el accidente durante la exhibición aérea de Santa Ana en 1938; y en el Cessna de Laverde, suspendido en la oscuridad del Caribe rumbo a Miami, está cifrada la historia reciente de Colombia.

El diagnóstico final no es bueno. Los personajes de Vázquez, después de atravesar el umbral del sufrimiento, parecen rehusarse a aprender de su dolor y buscar deliberadamente su destrucción y la de los que los rodean.

La aparente inocencia inicial de sus acciones, de su estilo de navegar la vida, no los releva, entonces, de su responsabilidad. Resulta que no basta la autocompasión; las segundas oportunidades son para quienes se las merecen.



2 Comments:

Marco Tulio Aguilera said...

Fuiste bastante benévolo. La novela se cae casi desde el inicio.

Juan Murillo said...

No me pareció un novelista incompetente, pero tampoco diría que esta novela era de premio.