Hipotermia, Álvaro Enrigue



Reseña de la colección de cuentos Hipotermia, de Álvaro Enrigue.


Hipotermia
Álvaro Enrigue
México, México D.F.:Anagrama-Colofón, 2005, 187p.

1995 me encontró viviendo en Cayo Hueso, Florida. Recién había perdido el trabajo por faltar de una reunión mañanera de staff en Clancy´s, el bar operado por la mafia en el que aprendí a ser mesero, por culpa de una fiesta bravísima la noche anterior en la que por motivos que no recuerdo terminé improvisando una coreografía en el escenario de un concurso de imitadores. Para obtener trabajo de mojado el mecanismo que nos habían explicado los veteranos ingleses que habitaban el albergue juvenil era simple, inventarse un número de seguro social, que debía tener tres, dos y cuatro dígitos, y fingir, con cara seria, que uno era gringo. No duré mucho en la búsqueda y pronto me estaban entrevistado un gerente japonés aficionado al strip club que quedaba al lado del restaurante y que se avergonzaba cuando las chicas venían a comer sushi y lo saludaban por el mote que le habían puesto y que terminaba con un diminutivo poco halagador y por el chef chino que manejaba la cocina, que parecía tener mil años y que duraría por lo menos otros mil en pagar sus deudas de apuesta. Yo hablaba mejor inglés que ambos, de modo que no tuvieron objeción o sospechas sobre mi aseveración de que yo era gringo y pronto andaba sin zapatos entre los tatamis vistiendo una camiseta que leía Kyushu bajo un grabado de un tsunami como una garra inmensa que amenaza a unos ínfimos pescadores nipones en un bote como una cáscara de plátano. Los otros empleados incluían a un chef japonés graduado tras cinco años de universidad sobre química orgánica y anatomía de los peces venenosos comestibles, una bartender de la campiña galesa idéntica a Phoebe la de Friends, una sudafricana llena de historias tangencialmente eróticas, una mexicana que era la mamá de todos nosotros y así en sucesión inverosímil hasta el infinito. Como yo era el único “gringo”, los chef decidieron que si caía la migra todos corrían menos yo, que me haría cargo de las explicaciones. El gerente japonés estuvo muy de acuerdo y se felicitó por la buena contratación que había hecho. Todo lo que gané en esa temporada, menos los taxes que me quitaba el gobierno a cambio de mi ficticia ciudadanía, lo invertía rigurosamente en cerveza, o bourbon cuando estaba muy empachado del lúpulo. Poco después me enteré que en la isla vivía otro tico, que se dedicaba a trabajar las nasas para la pesca de langosta. Intenté contactarlo y que nos viéramos y nos tomáramos algo y cantáramos la patriótica, pero nunca lo logré. Sospecho que me despreciaba porque mi “mojazón” era para mí, claramente, una aventura, mientras que para él tal vez fuera una última opción y oportunidad.

Hipotermia de Álvaro Enrigue (México, 1969) es una colección de cuentos que elabora el significado de este tipo de viaje. Los personajes de Enrigue, que en general son versiones veladas de sí mismo, emigran a Estados Unidos. Son usualmente intelectuales venidos a menos, digamos que proletarios del intelecto, pero nunca simplemente proletarios, nunca forzados a emigrar, siempre emigrantes voluntarios. En varios casos hay un matrimonio de por medio, un matrimonio que siempre se siente como una especie de imposición, de condena. A veces un matrimonio con una norteamericana – el libro está dedicado a la güera Huntington – que es el camino a la ciudadanía y al green card. De ese matrimonio nacen hijos que amarran al personaje sin que este se pueda explicar bien como a llegado a esa situación, como alguien que de pronto se da cuenta que esta atrapado en medio del mal clima. Este personaje, que es todos los personajes del libro, tiene algo de salvaje, de indómito, o por lo menos, en los casos en que es menos evidente, trata de convencerse a sí mismo de que lo es. Para estos personajes el sexo y la caza son el estado natural del hombre, y la familia y el matrimonio son obstáculos para ese estado natural, como ejemplifica impresionantemente Meteoros. Pero a la vez, también son hombres románticos que idealizan y creen en el bien supremo de la familia, que imaginan, con temor, a los hombres solitarios como náufragos de razas que se extinguen, los últimos salvajes que terminan sus vidas como piezas de museos, como en la sección Grandes Finales. Hay, en los cuentos de Enrigue, una dialéctica constante entre lo salvaje y lo doméstico. Añorar los salvaje que llevamos dentro, que nos lleva al sexo, que a su vez es la salvación (Retorno a la ciudad del ligue), y añorar la compañía de la familia y el amor verdadero y profundo, que cuando se pierde, mata (Salida de la ciudad de los suicidas). Esa visión antagónica y terrible del sexo la encapsula Enrigue en algunas frases:

“Las suizas, como las gringas, tienen una noción infantil de la belleza: quieren ser bonitas, no letales. (…) No saben que el cuerpo es un puro tránsito a cadáver y la seducción un juego de asesinos.” p.153

Aquí hay que aventurar, por la insistencia de los temas, en cuentos que abarcan ocho años (1996-2004) y que se conectan en una cronología que abarca el romance, matrimonio, emigración, procreación, divorcio y regreso, que Enrigue es de los escritores que se apoyan para escribir en la memoria y no necesariamente en la imaginación –se entiende que aquí lo que hay es preferencia y no divorcio-. El mismo Enrigue nos dice en dos ocasiones: “Contar es dibujar con el dedo en la ceniza que dejan los fuegos de la experiencia”[p. 47] y “Recordar, como narrar, es poner orden donde nunca hubo”[p. 23]. Más allá que la invención de la historia, lo que le interesa es usar la historia para investigar los problemas que le atañen íntimamente, los de la vida cotidiana de un hombre casado o divorciado. Hablar de cosas que le importan a uno tiene la ventaja de que sin mucho esfuerzo se gana la atención y empatía del lector, cosa que es difícil lograr con el mero artificio, el final sorpresa o las otras tramoyas que en la actualidad se hacen pasar por cuentos y que difícilmente cumplen con los requisitos mínimos del más craso entretenimiento. El que no escribe de lo que siente, de lo que ha visto o vivido o de las cosas que le importan no busca la verdad profunda que ofrece la ficción y el arte en general y es, finalmente, más un saltimbanqui que un escritor.

Una de las cosas que descubre un personaje del cuento Mugre es que los gringos no lo consideran “blanco”, por mucho que en su tierra sea criollo y blanco, en Estados Unidos no lo es, por mucho que sea de clase media alta y que lo hayan criado su chofer y las sirvientas, por mucho que haya escuchado música en inglés toda su vida, un mojado es un mojado, y un latino es un latino y ninguno de los dos son un gringo. Ese personaje, que se extraña de ver con que facilidad viven unos gordos mexicanos más simples que él, que enfrentan la vida sin preguntas con naturalidad y los filma extrañado de su comportamiento en la nieve, sumido en la autorreflexión, es un candidato perfecto para la hipotermia. Los otros, en cambio, serán mexicanos siempre, estén donde estén, el frío no los afecta.

Durante mi periodo en Kyushu solo la más obtusa ignorancia lingüística podía crear la ilusión, dentro la burbuja políglota y confundida del personal, de que yo era gringo. Los gringos en cambio, estaban seguros de que no lo era, podía ser un pirata borracho, un native american, un spic, un costarrican, pero nunca gringo. Cuando regresé, pedí un tax return y el gobierno gringo, en una última, inexplicable concesión, me devolvió los impuestos que me había cobrado. No querían nada de mí; propenso como era a la hipotermia, no era material para el melting pot. Comprendí finalmente que las nacionalidades no son un criterio de aglutinamiento, sino uno de exclusión. El otro tico, arreglando nasas para pescar el Surf and Turf que servirían en el Marriot por la noche, y yo, que escribo estás líneas sobre él, seríamos, para siempre, irremediablemente ticos, como Enrigue es mexicano.

10 Comments:

Alexánder Obando said...

Nunca pude entender este rechazo a priori de la diferencia. En mi barrio de infancia, tan mezclado como tu ambiente de Cayo Hueso, mi mejor amigo y yo éramos rechazados por ser en algo diferentes. Ambos hablábamos inglés como "native speakers" (él, Norman, de hecho lo era y yo usaba el inglés como mi primera lengua teniéndo acento más bien cuando hablaba castellano) pero ni eso nos salvaba de la exclusión. A mí me delataba el apellido y la piel no enfermizamente blanca y a Norman, gringo en todo sentido menos en uno, lo delataba su apellido ashkenazi. En efecto a mí me decían "dirty spic" y a Norman "Jewish pig". "The Spic and the Pig" nos decían cuando nos veían juntos. De hecho, con el tiempo noté que lo que tenían hacia mí era desprecio, pero a Norman, por razones históricas que ya comocemos, lo que le tenían era verdadero odio. Dichosamente el barrio era muy mezclado y así éramos una huelguilla de unos diez carajillos entre los que había chinos, negros, filipinos, latinos y un par de wasps. Los que se mantenían apartados eran los wasps racistas de las clases más acomodadas (a media cuadra de nosotros) y algunos japoneses que se sentían candidatos a wasp.

Han pasado muchos años y no es hasta ahora que los latinos jóvenes de Los Ángeles muestran algún interés por el español, aunque a veces a regañadientas o por ventaja laboral.

Residir en EE.UU. siendo hijo de algún país pobre no es una luna de miel; al contrario, puede ser una pesadilla diaria.

Los gringos solo ven como iguales (o casi iguales) a los británicos, los alemanes y los franceses. Y no siempre; hay veces que no pueden ver más allá de sus fronteras sin sentir el más rotundo desprecio.

Lo cierto es que un ciudadano culto de Latinoamérica o cualquier otro país en la lista de "inferiores" tendrá que hacer esfuerzos ingentes para que se le trate con respeto, o bien, adaptarse, como hacen ahí los imigrantes más humildes.

Valga aclarar que no todos los gringos se comprtan así y que también hay gradaciones en la conducta xenofóbica; pero un día de tantos, cuando menos te lo esperás, a la entrada de un club de baile o en una entrevista de trabajo, tu color de piel o tu apellido pueden actuar en contra tuya.

Nota obligada.
Usé alguna jerga yanqui que debo explicar:

Jewish pig: cerdo judío.
Dirty spic: sucio latino (spic = latino en sentido peyorativo).
WASP: White Angle-Saxon Protestant.

Thank You for Migrating... Have a Nice Day!! :)

Juan Murillo said...

En efecto si algo me ha enseñado el tiempo es que los gringos y europeos no logran, por más que uno lo demuestre superioridad en todos los aspectos, considerar a los latinos como pares. Yo creo, y de eso se traba este post y el libro de Enrigue, que no somos iguales y que no debemos olvidarlo. No somos como ellos, ni podemos serlo, ni debemos serlo.

Sentenciero said...

Qué buena forma te encontraste de amarrar lo que viste en los relatos de Enrigue con la experiencia propia; digamos que ejemplificaste eso de que escribir sobre lo que a uno le interesa, apelando a la memoria y quizá a la nostalgia, genera una empatía especial con el lector.
Buenísimos los pequeños detalles de la reseña, y entre ellos me quedo con ese del artificio de un saltimbanqui versus la honestidad de un verdadero artista. Para pensar, definitivamente...

Juan Murillo said...

Me parece que el tema de sobre qué escribe uno se relaciona directamente con el de por qué escribe uno, un tema que los escritores rehuyen a responder directamente en entrevistas o ensayos, pero que responden finalmente con el material que usan para crear su literatura y con los temas que abordan.

¿Se escribe pare el engrandecimiento de la imagen personal y la creación de una leyenda donde uno es el héroe? ¿o se escribe como quien hurga en una herida infectada, buscando la astilla que es la causa de todo el problema?

Al segundo grupo pertenecen Hambre, Bajo el Volcán, El extranjero, Crimen y castigo.

En cambio, para el primer grupo hay un montón de temas preinventados y recetas para producir libros sin alma que cumplen criterios de edición comercial.

Si uno no esta dispuesto a explorar el peor lado de uno mismo o las vivencias más dolorosas, ¿por qué habría de importarle al lector lo que uno escribe?

Asterión said...

Si no es por el párrafo final, hubiera pensado que el primero era una cita del libro en cuestión. Como dice Sentenciero, buena forma de amarrar la reseña con la experiencia propia, algo que usualmente se te da muy bien. Si fuera cosa mía, yo terminaría de redondearlo como un relato, si no es que ya los has hecho.

Juan Murillo said...

No es mala idea, de hecho tengo uno en el horno -léase cabeza- que es la extensión natural de esta fórmula y que cumple, creo, con los dos géneros. Ahí les aviso cuando lo echo a ruedo.

Luissiana Naranjo said...

Realmente atractivo la mezcla con la que integras el análisis del cuento con tu propia experiencia. Hace que un texto que de primeras asuste por largo se vuelva tremendamente atragante hasta con ganas de saber más.

Sobre el contenido, me recuerdas mi experiencia viviendo en Madrid, a punto de parir a mi hija, crecí creyendo el cuento de que por mi piel y rasgos me creía -blanca- pero muchas veces me pasó que en el Renfe por mi forma de vestir me relacionaban con ser gitana y siempre hubo ofensas verbales y discriminación visual. Me dije prefiero comer pintico y que mi hija crezca sin los rechazos a los que se afrentan los inmigrantes.

Y acierto profundamente con que el escritor debe hurgar sobre sus propias heridas infectadas, con su peor lado, intimista de sus miedos pero como reflejos de su circunstancia, de su entorno. Escribir desde adentro pero sin perder nuestra realidad presente, histórica, vivencial...
Gracias por inducirnos a reflexionar sobre el tema.

Juan Murillo said...

Gracias Luissiana, siempre sorprende la xenofobia, pero lo que más sorprende es que los agarre por sorpresa, cosa que nos pasa por criollos, blancos y meseteños. Es una lección valiosa sin duda, un pequeño espejo.

Alfonso Chacon Rodriguez said...

Extremo Occidente, creo que llamaba Octavio Paz a la América latina. Ineludiblemente atados por nuestra compleja historia a la cultura nacida en las islas del Egeo, no somos hijos legítimos sino bastardos de la pródiga Europa. Es una paradoja, que la América, el nuevo Mundo, se circunscriba a la América sajona para los intelectuales europeos (y Argentina y Uruguay, por añadidura más sentimental que otra cosa, para los españoles). Paradoja, porque en su busca de un mundo nuevo terminan adoptando aquel que más se les parece, de paso invisibilizando la presencia étnica y cultural africana o indoamericana que también existe en EE.UU. o el Canadá (o en Argentina y Uruguay, para ese caso: los espejos son mejores sin manchas). El resto de esta América que no es América, se vuelve indigestible, espejo deforme o alumno reprobado. Piel demasiado morena: el espejo ya no es reparable.
De este lado del río, sin embargo, existen también los complejos. La envidia-rencor de pueblos que quieren jugar en un club en el que no los aceptan si no es entrando por la puerta de servicio.
El libro de Enrigue navega me parece entonces esas aguas de amor-odio que ya cruzó Carlos Fuentes en su Frontera de cristal. No sé si con éxito mayor (el de Fuentes, admito, no me gustó... sé que Alfonso Chase tiene algo por el estilo también, que no he leido). Pero en la navegación, al parecer, hay también lucubraciones macho-sexuales que se han vuelto tema persistente en estos tiempos de masculinidades confusas. Está Birmajer en Argentina, Heriberto Rodríguez en Costa Rica. Habría que tejer hilos con la lectura.

Juan Murillo said...

Es cierto, Alfonso, lo que decís sobre la imagen que tienen y tenemos de nosotros mismos. Si me preguntan por una mitología fundante me remito automáticamente a Homero, no al Popol Wuh, a pesar de que por mis venas corre de seguro sangre aborigen. Hemos escogido nuestra ascendencia como país, nos la enseñan en la escuela y ya como adultos no la cuestionamos. Pero esa filiación es una ficción, una imagen mental, una escogencia, podría ser otra cualquiera y dice mucho el que nosotros mismos, quizá con envidia, como anotabas antes, la aceptemos sin preguntarnos nada al respecto.

De Chase me parece que habían cuentos relacionados con la migración en Ojos de santo, uñas de gato.

En efecto la masculinidad es un tema ineludible en estos tiempos, hay inevitablemente que reinventarla, crearla de nuevo para que nos la podamos creer. La pregunta ¿Qué significa hacerse un hombre en America Latina? es algo que da para muchas novelas.