Pan, Bruno Schulz (traducción)



Traducción de el relato Pan, de Las tiendas color canela, de Bruno Schulz.




Yo no conocía el trabajo de Schulz. Alguna vez leí algo de él en el diminuto Cult Fiction -un manual de bolsillo de autores de culto que Guillermo Barquero me encargó durante un viaje a Londres y del cual compré los últimos tres ejemplares-. La historia de Schulz era, para ese volumen lleno de dementes, relativamente poco notoria. Maestro de arte y pintor y escritor aficionado en un pueblito del imperio austro-hungaro, escribió un poco, pintó un poco y luego fue asesinado por los Nazis a sangre fría. No era una historia inusual y no me llamó demasiado la antención. Luego emepcé a encontrar su nombre en comentarios de grandes escritores y todos, sin excepción, decían que la prosa de Schulz era incomparable. Me pareció raro que no se hablara más de él, que sus libros no se vieran en las librerías.   Mande a traer por Amazon The Street of Crocodiles, que es la traducción de Celina Wieniewska del polaco al inglés de Sklepy cynamonowe, o Las tiendas color canela. El libro es pequeño y está compuesto de relatos cortos, conectados únicamente por el tema, que se supone componen una novela. Aparentemente estos textos formaban parte de cartas que Schulz le enviaba a una amiga, poeta, describiendo su vida en el pueblito de Drohobych. Los relatos no tienen casi trama y no son cuentos en el estricto sentido de la palabra, así como no son capítulos de una novela tampoco. No suena muy prometedor, pensé.  Luego leí la primera página del libro y me di cuenta, inmediatamente, de que yo nunca había leído prosa como la de Schulz. Mi asombro y mi admiración son tan grandes que no logro describirla y por eso opté por la traducción -traducción de la traducción de Wieniewska- que casi de seguro desmejora enormemente el texto, pero que me evita la imposible, desagradable tarea de tratar de describir su prosa y tener que fallar miserablemente.  Este relato está a la mitad del libro:



Pan
de Las tiendas color canela
por Bruno Schulz

En una esquina a espaldas de los cobertizos y bodegas había un callejón ciego que venía del patio; el más distante, último fondo, incrustado entre la letrina y el gallinero –un sitio lúgubre mas allá del cual no se podía ver nada más. Este era el fin de la tierra, el Gibraltar del patio, desesperadamente golpeando su cabeza contra la cerca de tablas horizontales, encerrando ese pequeño mundo con determinación. 


Debajo de la cerca salía un hilo de agua hedionda y negra, una vena de un grasoso lodo putrefacto que nunca se secaba –el único camino que atravesaba del límite de la cerca hacia el mundo más amplio. La desesperación del fétido callejón había empujado por tanto tiempo contra el obstáculo de la cerca que había aflojado una de sus tablas. Los niños nos encargamos del resto y la arrancamos, haciendo una brecha, abriendo una ventana hacia el sol. Poniendo un pie sobre la tabla que habíamos tirado como un puente sobre el charco, el prisionero del patio podía estrujarse por el hueco y entrar a un más ancho y nuevo mundo de brisas frescas. Abriéndose frente a él, había un amplio, enmontado jardín. Perales altos y anchos manzanos crecían profusamente, cubiertos de plateadas hojas susurrantes, de una resplandeciente red de blanca espuma. Espeso césped enredado, que nunca se cortaba, cubría el suelo ondulante con una alfombra afelpada. Ahí crecía el césped común de las praderas; perejil salvaje con su delicada filigrana; hiedra rastrera con sus bruscas hojas arrugadas y ortigas muertas que olían a menta. Plátanos nervudos y brillantes, moteados de herrumbre, se disparaban hacia arriba ofreciendo racimos de gruesas semillas rojas. Toda esta selva estaba bañada de aire tierno y llena de brisas azules. Cuando te recostabas en el césped yacías bajo un mapa azul celeste de nubes y continentes flotantes, inhalabas completa la geografía del cielo. A causa de esta comunión con el aire las hojas y briznas se habían cubierto de un delicado vello, con una capa de suave pelusa, un crudo encrespamiento de ganchos hechos, pareciera, para atrapar y sostener a las olas de oxigeno. Esa capa delicada y blancuzca emparentaba a la vegetación con la atmósfera, le daba el tinte gris plateado del aire, de los silencios penumbrosos entre dos vistazos del sol. Y una de las plantas, amarilla, inflada de aire, sus pálidos tallos llenos de jugo lechoso, producía de sus brotes vacíos solo aire puro, puro en la forma de esponjosas bolas de dientes de león esparcidas por el viento para disolverse insonoras en el silencio azul.


El jardín era vasto y cruzado de senderos, y tenía varias zonas y climas. Por un lado estaba abierto al cielo y al aire, y ahí ofrecía la más suave, más delicada cama de afelpado verde. Pero en donde se extendía por un sendero bajo y se sumergía en la sombra de la tapia trasera de una fábrica de refrescos abandonada, se volvía más brusco, enmontado y salvaje por el descuido, desordenado, fiero de cardos, erizado de ortigas, cubierto por un salpullido de malasyerbas, hasta que, al final entre las paredes, en una apertura rectangular, perdía toda moderación y se precipitaba a la locura. Ahí, ya no era un manzanal sino un paroxismo de la demencia, un brote de ira, de desvergüenza cínica y de lujuria. Ahí, bestialmente liberadas, dando rienda suelta a su pasión, mandaban las vacías y enmarañadas cabezas de repollo de los abrojos –brujas enormes, mudando sus voluminosas enaguas a plena luz del día, tirándolas al suelo, una a una, hasta que sus hinchados trapos, susurrantes y llenos de huecos enterraban toda su raza bastarda y pendenciera bajo su extensión demente. Y esas enaguas se hinchaban y empujaban, apilándose unas sobre otras, esparciéndose y creciendo siempre – una masa de hojas metálicas alzándose hacia los aleros bajos del cobertizo.


Fue ahí donde lo vi por primera y única vez en mi vida, durante un medio día enloquecido por el calor. Era un momento en el que el tiempo, demente y salvaje, se libera del molino de los eventos y, como un vagabundo en fuga, huye gritando por entre los campos. Luego el verano crece sin control, regándose por todos los puntos con un ímpetu salvaje, duplicándose y triplicándose en una dimensión lunática y desconocida.


A esa hora, me sometía al frenesí de la caza de mariposas, a la pasión de perseguir estos puntos titilantes, estas hojuelas errantes, tiritando en torpes zigzags en el aire ardiente. Y sucedió que uno de estos puntos de luz se dividió durante el vuelo en dos, y luego en tres –y el resplandeciente, cegador triángulo de puntos me llevó, como un fuego fatuo, a través de la jungla de espinas, abrasadas por el sol.


Paré al borde de los cardos, sin atreverme a avanzar hacía el abismo silencioso.


Y luego, de repente, lo ví.


Sumergido hasta las axilas en los matorrales, se agazapaba frente a mí.
Vi su ancha espalda en una camisa sucia y el costado mugriento de su saco. Estaba sentado ahí, como esperando a abalanzarse, sus hombros contraídos como bajo una carga tremenda. Su cuerpo jadeaba de tensión y el sudor corría por su cara de cobre, brillando en el sol. Inmóvil, parecía estar haciendo un gran esfuerzo, batallando bajo un gran peso.


Yo estaba parado, clavado al sitio por su mirada, cautivo de ella.

Era la cara de un borracho o un vago. Un mechón de cabello sucio se erizaba sobre su ancha frente, redonda como una piedra lavada por un rio, una frente que ahora se arrugaba en surcos profundos. Yo no sabía si era el dolor, el calor incendiario del sol, o el esfuerzo sobrehumano lo que había carcomido esa cara y estirado esas facciones al punto de reventar. Sus ojos oscuros penetraban en mi con la fijeza de la desesperación suprema o del sufrimiento. Me miraba sin mirarme, me veía sin verme del todo. Eran ojos a punto de estallar, presionados por el trance del dolor o la exaltación salvaje de la inspiración.


Y de pronto sobre esas facciones tensas se expandió una mueca terrible. La mueca se intensificó, tomando de la locura previa y la tensión, ensanchándose, haciéndose más y más amplia, hasta que reventó en un rugiente, ronco grito de risa.


Profundamente afectado, vi como, aún rugiendo su risa, se levantaba lentamente de sus cuclillas y jorobado como un gorila, sus manos en los bolsillos rotos de su andrajoso pantalón, comenzó a correr, cortando a grandes saltos a través del aluminio crepitante de los abrojos –Pan sin una flauta, huyendo a sus dominios privados.




12 Comments:

Asterión said...

Me gustó bastante. Lo mejor es que el título, al menos en español, asumo, es el que me produjo un efecto que no esperaba.

Saludos

Gustavo Adolfo Chaves said...

Yo polacófilo, y me empujan...

Juan, muchas gracias por compartir. Este cuento me lo voy a dejar en una cajita de herramientas bajo la gavetita que dice "Tornillos (o cómo usar bien los adjetivos)". Maestro el Schulz...

Y lo que más me gusta de las traducciones: te leí un poco a vos en las palabras de Schulz. Por eso es que a mí me da ese matarile.

Melcocha es poco...

Juan Murillo said...

En efecto, Gustavo S., Pan así solito como que es un poco difícil de ubicar, pero la obsesión con lo natural y la vitalidad, y bueno, la última frase, apuntan al dios Pan.

Pura vida Gustavo Ch., de hecho el propósito inicial de mi traducción era ver si se me pegaba algo de esa genialidad, pero parece que tendré que traducirlo más porque yo me siento igual de simplón. Tenés razón en que es inevitable que se cuele el estilo propio en la traducción, pero eso es bueno porque se ve el esfuerzo de apropiar y dar vida al texto. La traducción más "fiel" produce un montón de "clunkers" que tienen más que ver con los diccionarios que con Schulz.

FRANK RUFFINO said...

Trasladado del blog de "el Aviador". Sé que esto es pura holgazanería; hasta usted se tomó la molestia de crear teorías absurdas y ser un famoso holgazán por quince minutos. Yo tengo muchas teorías y de cosas muy importantes, pero me las reservo para no causar conmoción (de todos modos son supuestos y uno, si es serio, no arriesga la reputación por ellos).

FRANK RUFFINO dijo...

A Juan Murillo (y dejo este mensaje donde el vertió sus sandeces):

Ya se va desnudando todo:

1- "El Aviador": Mihail Emitrescu (no mascullo ni el inglés, menos hablar y escribir correctamente el rumano).

2- "Superpoeta": es "superpoetisa": M.L. (solo vaya a los comentarios de mi último post, porque a como abrió la boca sin dificultad alguna, ahora haga un mínimo esfuerzo).

3- Rossi: mi hermana María Rosa García Rufino (de buena gana acepta su identidad verdadera, que nunca se quitó, ni escondió bajo un seudónimo: le decimos "Rossi", como a Francisco "Frank".).

4- "Danteremixcrliteraria": es homosexual y un crítico de antología, aunque sea destructivo; incluso, con más capacidad que usted (debería ser su alumno). NO PUEDO SER ÉL.

5- "Galán sin Ventura": Soy yo carajo!

6- "Adribeto": No tengo idea de quién pueda ser este engendro.

Abrazos fraternos en Amistad y Poesía verdaderas,

Frank.

10 de abril de 2010 19:25

Juan Murillo said...

Bueno Don Frank, ese comentario suyo es lo que se llama un off-topic -o sea, que nada tiene que ver con el tema del post-, pero se lo dejo publicado en gesto de desagravio.

Le extiendo mis disculpas por incluir seudónimos que no eran suyos, pero espero que acepte que no me equivocaba en el hecho de que usted participa en los blogs con varios alias fingiendo que es personas diferentes.

Es importante recordar que los blogs son espacios públicos, pero no por eso son lugares donde se puede hacer cualquier cosa. Hay una etiqueta que seguir, si es que la participación va a ser de buena fe.

Una de las cosas que no está bien es poner comentarios que apuntan a otros blogs o que no tienen que ver con el tema en discusión. Se lo comento porque lo he notado y ahora que lo hace usted por primera vez en mi blog le puedo decir lo molesto que resulta.

Quedamos, me parece, a mano. Y la situación esclarecida.

Luissiana Naranjo said...

gracias por el aporte, un escritor nuevo para mí y una forma plácida de narrar! por cierto encontré "Algunos se hacían Dioses" en CENAC, nueva lectura.
Saludos

Juan Murillo said...

Saludos Luissiana, a mi Schulz me parece intenso, aunque en realidad no pasa nada.

Espero te guste mi libro, en esa época tenía grandes aspiraciones pero poco oficio.

Elzbieta said...

Uno más que ha caído en la "red schulziana". Magnífico. No se puede pasar indiferente ante Schulz.
Y si quieres leer en castellano toda la obra de Schulz, hace un par de años salió "Madurar hacia la infancia" en Siruela, donde puedes zambullirte en la obra de este escritor.
Traducido directamente del polaco.

Saludos, Elzbieta

Esteban U. said...

Sí, coincido con el asunto de la traducción y lo que revela o da a conocer: “La tarea del traductor” de Benjamin sigue siendo para mí una referencia clave en ese sentido.

Me gustó mucho esta traducción, y todavía más la otra (“Una ciudad de iglesias”), pero ahí estaban desactivados los comentarios. El de Barthelme es fenomenal, uno no se levanta de la silla.

Juan Murillo said...

Gracias por tu comentario Esteban. Voy a seguir en esto un poco más, cuando haya tiempo. Yo no conocía los placeres y esfuerzos de la traducción, es un aprendizaje y una comunión. No conozco el texto de Benjamin, pero ahorita voy y lo busco.

Juan Murillo said...

Los comentarios estaban cerrados en el otro post porque los spammers chinos me tenían loco y cada dos días me dejaban un montoncito de ideogramas promoviendo quien sabe que servicio de masajes en Shangai.

Mariano said...

Debo decir que Schulz es un genio. Lo descubrí por casualidad en una librería y compré sus obras completas. No es un libro, es una biblia. pensar en sus cuentos me da alegría, tortura, sencillez y angustia. escribe como pinta; leerlo es ver una obra de arte. Es mi libro de cabecera.