¿Quién le teme a Alexander Obando?



La literatura de Obando busca la demolición de la identidad convencional de la nación costarricense.


¿Quién le teme a Alexander Obando?
Juan Murillo
22-2-2008


Vive en un sanatorio abandonado a la sombra del Volcán, en medio de un bosque de enjutos y altísimos eucaliptos donde por las noches se escuchan ahogados gritos. En su mesa tiene una calavera humana para sostener una vela hecha de grasa humana también para iluminar lo que escribe en sus pergaminos. Se sienta a escribir a medianoche con una copa que tiene mitad vino y mitad sangre que ordeña de un rebaño de esclavos sexuales nubiles que mantiene encadenados en el sótano del sanatorio, sometidos por medio de la adicción a drogas terribles. Sus ojos apenas se ven, hundidos como están en las cuencas oscuras, su voz es como el seductor rugido del león hambriento. Vaga por los pasillos solitarios, delirante, desnudo bajo una túnica roja, siguiendo con la mano las tenebrosas notas de una sinfonía fúnebre, un Hannibal Lecter criollo.

Así me comentaba una amiga hace poco que se imaginaba a Alexander Obando luego de haber leído su primera novela El más violento paraíso. Por supuesto, nada podría estar más alejado de la verdad. Obando es un conversador inteligente y espontáneo, lleno de bonhomía. Vive en una casa como otras en los suburbios de San José. Barrigón y barbiblanco como un insólito cruce de Walt Whitman y Lezama Lima, no es para nada el demiurgo demoniaco que se imagina mi amiga. Pero lo que piensa del hombre se deriva de la novela, una novela impenetrable, imposible de resumir sin sentarse a pensarlo por lo menos dos horas. Cuando se les pregunta que recuerdan a sus lectores, siempre hablan de cosas terribles, estampidas de osamentas, fetichistas de pies sucios, evisceraciones de niños. Las típicas emociones residuales son el miedo, la confusión, el asco, la fascinación, el morbo.

Para este año se espera la publicación, por parte de la Editorial Costa Rica, de Canciones a la muerte de los niños, la segunda parte de la trilogía que comenzó con El más violento paraíso. Una lectura del manuscrito final revela varias cosas interesantes en la evolución literaria de Obando.

La primera y más importante es que esta nueva entrega tiene una clara continuidad temporal y de personajes que constituyen una trama y por lo tanto se puede clasificar más claramente una novela, cosa que facilitara mucho la lectura de la obra. Obando mantiene la libertad de desarticular la continuidad temporal del relato pero la presencia de personajes bien definidos y concatenación de eventos permiten la fácil reconstrucción de lo que ocurre por parte del lector.

En Canciones a la muerte de los niños también recurren casi todos lo estilos utilizados por Obando en la primera novela, la sátira, el ensayo erudito, el zapping. Así mismo, se repiten los temas de la violencia y el sexo, pero ya sometidos a un tratamiento que los ordena dentro del universo temático de la novela que tiene como eje central el vampirismo, sea este literal o simbólico. Es en esta novela donde ya se revelan las verdaderas pistas que permitan un acercamiento a la interpretación de su obra. En un pasaje de abierta intertextualidad, uno de los personajes de Canciones expone los antecedentes y categorización de El más violento paraíso:


No tuvo problemas para confesar que la novela no le había disgustado, pero aun así no había entendido mucho. Se la devolvió a Sergio y esta la volvió a poner en un pequeño rincón de su biblioteca, reservado para novelas ticas. Cachi no entendía por qué el autor se había ido por el título de El Más violento paraíso, si para él toda la novela, con su magia grotesca y su paisaje alucinado, era mas bien un puro infierno sensorial para el lector. Sergio entonces le respondió que el paraíso no era el convencional sino una más simbólico. Cachi hizo ojos de bizco en seña de no (querer) entender, pero Sergio le dijo que mejor se leyera otra cosa para compararlos y le pasó dos nuevo libros al muchacho: Anábasis de Saint-John Perse y La tierra baldía de T.S. Eliot (...) Iban a comparar varios textos y hablar de la novela bizantina, un tipo de novela muy popular antes del siglo XVII y cuyo asunto casi siempre era la desdicha de dos amantes y una desmesurada acumulación de aventuras, episodios, viajes y naufragios inverosímiles que estos debían sufrir para al fin estar juntos (...) En ese periodo asumió también tres elementos nuevos y que en definitiva forjaron su carácter como tal: 1) lo didáctico o aleccionador, 2) lo denso y retorcido, y 3) lo violento e hiperbólico.(...) Debido a esto la novela bizantina tenía descendientes contemporáneas, aunque, por supuesto, profundamente influidos y amparados a las vanguardias del último siglo. Él ya tenía una nómina de estos padres y sus herederos, tanto bastardos como legítimos, se encontraban los trabajos locales El Emperador Tertuliano, y la legión de los superlimpios, Encendiendo un cigarrillo con la punta del otro y El más violento paraíso, junto a los extranjeros Gargantúa y Pantagruel, Historia de Apolonio, Almuerzo desnudo, El color del verano, las mil y una noches, El Satíricon, Altazor y De donde son los cantantes. Además, un grueso tomo con los guiones de varias películas, entre ellas: Los libros de Próspero, Roma, El muro, Satiricón, Los sueños de Kurosawa y el fantasma de la libertad. [p. 274 - 276, manuscrito inédito de Canciones a la muerte de los niños]


Es realmente muy inusual que un autor se adentre en el análisis formal de su propia obra, más allá de alguna pista en entrevistas sobre el modus operandi a la hora de construirla. Más aún que un autor incluya esto en otra obra de ficción. En el caso de Obando, sin embargo, han pasado 8 años desde la publicación de su primera novela y todos sus lectores la encuentran igualmente impenetrable, verdaderamente un desafío, de modo que no esta mal que haya decidido tirar una línea de la cual se pueda guiar un lector para salir del laberinto obandiano.

La línea es el fragmento anterior, del cual se pueden decir varias cosas. Lo primero sería que a pesar del ofrecimiento de Obando de que El más violento paraíso es una novela bizantina, nosotros debemos disentir cortésmente con esa idea, pues si bien la novela es en verdad retorcida, densa, violenta y exagerada, no cumple el requisito principal de ser una historia de amor llena de obstáculos. Por otra parte entendemos que se emparenta con la obra de Arias y Cortés en lo lúdico y desordenado, y con Arias específicamente en lo satírico y popular, pero en realidad ambas obras apuntan a tres lugares distintos como destino final y la similitud termina siendo puramente formal. De entre las novelas extranjeras coincidimos con el parentesco evidente que tiene con Almuerzo Desnudo de Burroughs, de cuya comparación se podría elaborar un largo ensayo. Pero es en Gargantúa donde de pronto parece vislumbrarse la epifanía. Gargantúa y Pantagruel de Rabelais, basada en la cual Mijail Bajtin escribió su famoso La Cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento: el contexto de Francois Rabelais en el cual articula el concepto de realismo grotesco por primera vez. Bajtín propuso que el realismo grotesco bajaba al plano material y corpóreo lo abstracto, elevado, ideal o noble, usando la sátira, la exageración y la escatología para provocar la risa que desarticula la rigidez y univocidad de la interpretación de la realidad donde lo correcto y lo bueno es inamovible. Lo popular, como opuesto de lo noble o aristocrático, el amor sexual desbordado en todas sus manifestaciones, más que el amor platónico es en Obando una constante que acerca su obra directamente al realismo grotesco o lo grotesco realista que sería su pariente contemporáneo.

El habla popular como modo de narración omnisciente en esta segunda novela es un punto a destacarse como una transgresión contra los cánones literarios usuales. Ya que si bien es normal ver que se use el habla popular en diálogos de obras costarricenses, o que incluso se narre toda una pieza en primera persona en habla popular, lo que es insólito es como Obando mezcla el habla popular con la culta sin hacer distingos ni concesiones. Se entreve el propósito de Obando de bajar a la literatura de su pedestal.

No es lo único que intenta en la segunda novela. Vemos como gran parte de la novela se desenvuelve en modo satírico, poniendo a personajes fácilmente reconocibles de la vida pública o académica del país en situaciones escatológicas o sexuales que aplican claramente los mecanismos del realismo grotesco para privarlas de su aura de privilegio.

Por otra parte, esta novela continua la propuesta neopagana que iniciara El más violento paraíso, centrándose en la estrella Sirio ahora como punto de interés y reinterpretando mitos cristianos a partir de la misma. En este caso, el tono erudito del ensayo astronómico es la herramienta que permite la sustitución de la religión oficial de Costa Rica.

Queda claro que las novelas de Obando buscan la demolición de la identidad de la nación costarricense. Aquí vale la pena recordar que la identidad nacional costarricense no es lo mismo que la identidad individual de los costarricenses. La identidad nacional de cualquier país se compone de rasgos que arbitrariamente se exaltan como deseables y cuyos contrarios se consideran execrables, o en caso de no ser buenos, se justifican y racionalizan. En ese sentido, la identidad nacional como concepto abstracto, se maneja como una herramienta de educación o represión según se necesite una o la otra, más que una mera constatación de una realidad fáctica. Es precisamente en ese sentido que Obando ataca lo que se considera la norma en Costa Rica, lo que es bueno, correcto, deseable para un costarricense, y lo hace con las herramientas del realismo grotesco como lo definió Bajtín.

Obando, más que Cortés, quien aplica métodos similares de descontrucción identitaria en Cruz de Olvido, o las sátiras igualmente deconstructivas de Contreras en Única mirando al mar y Soto en Mundicia, abre yagas gigantes en una pulcra identidad del costarricense que se siente gente bien educada, correcta, democrática y tolerante. Los sentimientos que despiertan su novela no hacen más que demostrar hasta que grado nos molesta la desviación del norma.

El punto más importante en este articulo es el hecho de que existe, evidentemente una lucha entre los escritores del país, no solo Obando, y ese modelo platónico del ser costarricense, que perciben como falso y que pretenden, en algunos casos enmendar, y en otros destruir.

Quizá lo que horroriza, avergüenza, disgusta y confunde de las novelas de Obando sea el hecho de lo profundamente arraigado que está el arquetipo de lo correcto, de lo costarricense, en los lectores de Costa Rica. Obando por otra parte, se ha dado a la tarea, sino de destruirlo, por lo menos de arrastrarlo por el lodo, para que lo demás, los que no calzan, los que están excluidos, entiendan y sepan que esa construcción es una imposición que se puede desafiar.

¿Quién le teme a Alexander Obando?

Le teme el costarricense, que ve como se abren las puertas del cambio y entran los demás, los otros, a hacerle compañía.



8 Comments:

Sentenciero said...

Excelente vista previa de esta nueva de Obando. Ojalá que sigan los escritores ticos rompiendo los esquemas, rajando cráneos por la mitad, dejando claro que aquí calidad y diversidad.
¿Con quién la va a publicar?

Juan Murillo said...

La publicará durante el 2008 la Editorial Costa Rica, tambien hay rumores de una segunda reimpresión de El más violento paraiso por parte de Perro Azul.

Ronald said...

Formidable artículo, Juan!!! Te felicito. Me ayuda a comprender no sólo a Obando sino la literatura de Costa Rica actual. Gracias!

Juan Murillo said...

Gracias Ronald, lo escribí para aclararme yo mismo por donde van los tiros. Me alegro que te sirva de algo.

tetrabrik said...

alex, un duro.

Alexánder said...

La verdad, Juan, yo me temo :). Un saludo.

Juan Murillo said...

Jajaja, la verdad, Alex, yo tambien :)

Iris de Brito said...

Gracias por la presentación. Y gracias por el trabajo exhaustivo que hay detrás. Necesitamos más trabajo de este tuyo, que nos diga por dónde viene la cosa, cómo podemos anticiparla, quiénes participan en la cancha.
Otra vez, gracias.