Ficción y Verdad



Ficción y Verdad, sobre las reprecusiones políticas de los conceptos de literatura y las escuelas de crítica literaria.


Ficción y Verdad

Toda obra literaria es un diálogo entre autor y lector. Para poder comprender la obra y apropiarse de ella, el lector se pone en los zapatos del autor, como lo haría en una conversación, y tratar de abarcar, desde su perspectiva, la historia que se le cuenta y comprenderla. A esto se le llama interpretar la obra.

Esta afirmación tajante tiene necesariamente que chocar a los lectores de formación académica, en vista de que va en contra un gran grupo de teorías literarias, pero el lector usual la entiende y probablemente la comparte. Ahora bien ¿por qué debe el lector de ponerse en los zapatos del autor? El lector claramente no le debe nada a nadie y puede leer como le de la gana. Sin embargo, en todo acto comunicativo se requiere una reunión de voluntades que quieran entenderse, y el lector usual se acerca a la obra literaria con el afán de comprenderla como fue escrita, y en busca del cumplimento de ese contrato tácito entre él y el autor que dice que en el libro esta plasmada la voz de alguien que quiere contarle algo, asume y ejecuta esa unión imaginativa en la que el texto que él lee es la voz del autor, revelando la perspectiva del autor, diciendo lo que el autor quiso decir.

La crítica literaria ha pasado, desde el romanticismo, que vio el nacimiento de los conceptos de literatura, novela y autor como hoy los conocemos, por tres posiciones distintas en cuanto a lo que es la literatura en cuanto a objeto de estudio. Durante el romanticismo se gestó la idea de que la literatura nacía del genio y la inspiración del autor, que el autor y la literatura eran una sola cosa. Durante el final de siglo XIX y primera mitad del veinte, bajo el influjo del positivismo, la mercantilización de la cultura y el cientificismo se propició un cambio de definición de la literatura en la que la literatura era el texto y en la cual el autor y lector eran asuntos a ignorarse a la hora de interpretar. Entre las escuelas que siguieron esta ruta están la crítica fenomenológica, el formalismo ruso, el new criticism norteamericano, el estructuralismo y algunos exponentes de posestructuralismo. Posteriormente en la teoría de la recepción, que es una extensión de la hermenéutica literaria, se ha propuesto una idea de literatura como lo que sucede en el lector cuando durante el acto de lectura.

En verdad es impresionante ver la cantidad de material y esfuerzo desarrollado en los últimos doscientos años para defender ideas de la literatura que van directamente en contra de la literatura como acto comunicativo. Vamos aquí a repetir lo obvio y que una gran parte de la teoría literaria parece empeñada en olvidar: si de la ecuación literaria escritor > texto > lector se sustrae cualquiera de los componentes, la literatura deja de existir. ¿Por qué entonces pretendería alguien comprender la literatura únicamente desde uno de los tres componentes e ignorar a los otros? La respuesta tiene que ver más con practicas sociales y académicas, ideología y ejercicio del poder que con la literatura misma.

La interpretación de una obra debe necesariamente ocuparse de la intención del autor, que puede ser, como ya dijimos clara o confusa, exacta o contradictoria pero que finalmente está plasmada en el texto como vehículo que es de un acto comunicativo. La primera lectura se debe hacer buscando abarcar la posición del autor en un acto de comunión de ideas, historia, emociones. El texto, por otra parte, esta construido con un conjunto ordenado de palabras, cuyo propósito inicial es evocar significados precisos, pero que como parte de un lenguaje que a su vez es una creación social e histórica que está en constante cambio y flujo, se prestan para evocar múltiples significados y no uno sólo. Finalmente, no hay interpretación ni literatura sin el lector, cuya lectura es siempre específica de sí mismo, hecha desde su realidad y vivencia histórica, con su personalidad y prejuicios, bagaje cultural y lecturas.

De modo que ese ponerse en los zapatos del autor que mencionábamos antes no significa rendirse sumisamente a la expresión del autor, como tampoco sucede durante cualquier conversación entre iguales, sino un escuchar lo que el otro quiere decir, con consciencia de que podemos concordar o no, pero que en cualquier caso la comprensión e interpretación de lo escrito estará mediada por el lenguaje que es abierto y fluido, y por la convención literaria de que los textos literarios pueden evocar múltiples significados y admiten múltiples lecturas.

La interpretación de una obra, por lo tanto, debe incluir los factores históricos y culturales que envuelven tanto al lector como al autor, que son los que han determinado los significados que inicialmente se buscaron plasmar en el texto y los que finalmente surgen de él respectivamente. Esto abarca tanto la biografía del autor, como la del interpretador, incluyendo posición ideológica, preferencias literarias, circunstancias vivenciales y cualquier otro tipo de asuntos que hayan influido al momento de escribir y leer, incluyendo otras críticas y lecturas. El texto se convierte en un puente, un puente entre dos realidades históricas y entre dos individuos.

Ya establecida la viabilidad de una interpretación totalizante que abarque todo lo que pueda influir, desde el punto de unión de ambas perspectivas, hay que hablar de lo que dice o cuenta la obra propiamente, porque finalmente en eso radica la importancia de incluir al autor como origen del texto que se lee.

La división de los textos entre ficción y no ficción es, como el concepto de lo literario, una invención relativamente reciente. Con el romanticismo, lo literario comenzó a entenderse como lo exclusivamente imaginativo, ficticio o por lo menos intangible y no comprobable, en el caso de la poesía. Las narrativas, lo que se contaba en las obras literarias, debían ser simples entretenimientos que el lector condescendía a considerar durante un rato que se le dedicaba al entretenimiento o gozo artístico. Los artistas, así mismo, se refugiaban en la creación imaginativa proponiendo utopías o retratando la época de manera crítica, pero ya despojados del poder de presentar su narrativa como alternativa frente a una esa otra narrativa que se venía gestando como la realidad verdadera a través de los textos que se consideraban no literarios, con lo cual se vieron entonces recluidos al simpático e inofensivo reino de la imaginación que actualmente es la ficción literaria.

Aquí vale la pena preguntarse ¿por qué se acepta esta división?, o más exactamente, ¿por qué es importante decir que tal o cual obra es ficción?, aplicando un criterio de verdad que es comprensible, digamos a nivel legal, pero incomprensible e indefendible a nivel cultural o ideológico. La verdad como correspondencia con lo real, con lo que se puede confirmar o probar científicamente tiene aplicaciones prácticas valiosas, específicamente en la ciencia y en el derecho, pero no es, ni puede ser, el criterio de verdad que use el hombre para imaginar su forma de organizarse, para imaginar su futuro, y comprender su relación con lo otros y consigo mismo.

La versión de la Historia y la realidad social que nos rodean y en las que creemos con la misma fe con la que creemos en la verdad de estas manos que escriben este texto o los ojos que lo leen, son construcciones sociales, narrativas, historias que hemos consentido en aceptar como verdades, o sea, verdades por consenso. La obra literaria, al proponer nuevos significados invocados por medio de historias, que es la forma en la que comprendemos lo que sucede a nuestro alrededor, está siempre proponiendo alternativas a esta otra realidad e Historia que son las que aceptamos como reales y verdaderas por defecto. La lectura de la realidad en la obra literaria es una alternativa a la realidad aceptada convencionalmente. En el tanto que esta narrativa alternativa es útil para el lector, por el motivo que sea, ¿por qué no puede este aceptarla como verdadera, y como tal, dejarla que repercuta en sus acciones?

En el tanto que la nueva narrativa proponga una verdad útil al lector puede competir con otras narrativas como la Historia y la visión del presente. La interpretación de la obra por parte del lector buscará entonces completar el diálogo con el autor para evaluar la validez, para el que lee, de esa verdad propuesta. La verdad en cuanto a lo literario es entonces, no necesariamente aquello que corresponde con lo “real”, en vista de que la realidad comprendida desde la mente humana es en su mayor parte otra narrativa. Tampoco tiene que ver con su coherencia dentro de esa narrativa anterior y previamente aceptada como verdadera a la cual se presenta como alternativa. La verdad es finalmente lo que aceptamos como algo en lo que podemos creer como propuesta del futuro o lectura del presente y pasado y que podemos defender porque nos parecen útil en nuestra vida.

La utilidad para el lector es entonces el criterio que determina el éxito entre las narrativas que compiten en el ámbito cultural por instaurarse como versión aceptada de la realidad única. En este sentido compiten por la verdad tanto la novela, el cuento o el poema como la crónica noticiosa, el testimonio o el artículo de opinión.

La noción de verdad como posible producto de la obra de ficción nos lleva de lleno al campo de la política, que es de dónde se le ha querido excluir desde el romanticismo. En la medida que la obra literaria pueda proponer una visión de mundo alternativa a la dominante, tanto esa propuesta narrativa (escritura) como la interpretación y evaluación de la verdad contenida en esta narrativa (lectura) son actos políticos. Pero aún y siendo actos políticos, no requieren de un compromiso político de parte del lector o autor, o, dicho de otro modo, son políticos a pesar de la posición del lector y el autor en cuanto a la política.

¿Hace falta entonces un lector o autor “comprometido” con una causa política para que esto suceda? En definitiva, no. Esta noción de verdad no es una propuesta o un objetivo a alcanzarse, sino una descripción de la forma en la que la literatura afecta el ámbito social en el que aparece. No hace falta que el autor o el lector crean en lo que aquí se dice, basta con que la lectura de una obra afecte la visión de mundo del lector para que se cumpla lo propuesto arriba. De modo que no es importante que el autor o lector concuerden con estas ideas, sino simplemente que representen sus papeles -que escriba uno y que lea el otro- para que efectivamente se siembre la posibilidad de cambio.

Si aceptamos la tesis de Rodrigo Soto de que la literatura costarricense es esencialmente contrahegemónica, crítica y no complaciente, sería entonces fácil de explicar porque se le ha aplicado a la literatura nacional una política oficial de invisibilización y desestímulo. La literatura, en su papel de agente de cambio político, es peligrosa para el status quo y es de esperar que no sea estimulada en el tanto se encuentre inscrita vertientes que critican o proponen alternativas a los proyectos políticos dominantes.

Existe, por otro lado, la literatura que se dedica a la belleza pura, a las formas clásicas, a la elevación de la imagen nacional y el engrandecimiento del mito de excepcionalidad en el cual todos somos iguales a lo interno y diferentes de los demás, o la literatura que se dedica a hablar de nada, que renuncia a concretizar la lectura de los valores del autor y se limita a presentar un producto que guste, elaborando temas humanos generales sobre formas narrativas convencionales. En ese gesto de abdicación de la autoría y renuncia a los propios valores del autor en favor de un lector imaginario y conservador, que proponen las editoriales transnacionales como mercado meta, el autor se neutraliza a sí mismo e impide que el lector que hubiese podido aprovechar su obra encuentre esa propuesta en el mercado. Por otro lado, no es imposible que este tipo de literatura responda directamente a un deseo de algún autor particular por mantener el status quo, concordando plenamente con su visión del presente y encontrándose, de pronto, sin temas sobre los cuales escribir.

En general, solo es importante el reconocimiento de la importancia de todos los elementos de la ecuación literaria por parte de la crítica. El lector común entiende perfectamente que alguien le está hablando a través del libro y ya con eso se completa la triada comunicativa. El autor, a oscuras ante el futuro lector de su obra, tiene que escribir lo que le parece importante, pero difícilmente olvida que escribe libros para que lo lean. La crítica, sin embargo, alentada por modas académicas y presiones ideologicas, es la que insiste con una miopía escalofriante en encerrarse en debates, que nacen ya alejados de la literatura, sobre por qué alguno de los elementos se debe privilegiar sobre los otros durante el acto interpretativo. La interpretación debe abocarse a comprenderlo todo y usar cualquier arma metodológica que se preste para cumplir ese objetivo. Cualquier reducción excluyente del campo de interpretación o de las herramientas a usar deviene en dogma y neutraliza, total o parcialmente, a la literatura. El deber del crítico es abrir las compuertas de la literatura para que inunde el presente, y para esa labor debe librarse de todas las cadenas que lo retienen.

8 Comments:

Alexánder Obando said...

Uno de los comentarios más agudos que te leído, Juan.

Hará unos cinco años, presentaba yo el poemario de un escritor local, cuando decidí citar a Esteban Ureña diciendo que (la cita es de memoria) "en Costa Rica, la literatura no solo abarca un problema de escritura" (la mala calidad de muchos escritores), "sino también un problema de lectura" (la mala calidad de muchos lectores). Un miembro del panel, escritor y crítico muy prestigioso, no entendió por donde iba la idea y se apresuró a decir que efectivamente, Ureña tenía razón; que había que dotar las escuelas y colegios con más y mejores bibliotecas. Es decir, este señor no concibió la idea de que estuviésemos hablando de lectores "incompetentes" o "no entrenados" ya que por literatura solo se entiende el tándem texto-escritor. Me sorprende mucho por la misma obviedad del asunto: cuando empezamos carreras universitarias como, filología, educación, periodismo o lingüística, lo primero que hacen los profesores es embutirnos con las bases de la teoría de la comunicación, valga decir, la tríada "emisor", "mensaje", "receptor". Entonces, ¿por qué más adelante descalifican el arte literario como un acto de comuinicación reduciendo dicha tríada a solo uno o dos de esos elementos? Parece que en la academia de hoy y de siempre la moda y la inercia tienen más carta de ciudadanía que el pensamiento activo.

Gracias de nuevo por un post que se las trae.

Sentenciero said...

Estar tanto de "este lado" (el de la escritura) como del "otro lado" (el del lector apasionado), hace que sea innegable la presencia y omnipotencia de los tres factores, como son el autor, la obra y el lector.
Vos sabés lo que es estar del lado de la creación, por lo tanto sabrás reconocer que no importa en ese acto íntimo la diferenciación ficción-no ficción, o entre interpretación propia y deseo de intepretación ajena, y otros meandros aún más inextricables. Bueno, al menos ese es mi caso: mi acto de creación se basa en una intencionalidad, en un deseo de comunicar, pero también en fantasmas, en bichos a los que se les llama "obsesiones" o "mañas", lo que hace que la polisemia se vuelva un obstáculo o una facilitación, dependiendo de ese otro elemento: el lector.

Asterión said...

Muy buena la caricatura. Hoy empiezo mi doctorado, vamos a ver cuánto tardo en darme cuenta.

Como dice Álex, el post se las trae, y tiene observaciones muy claras; sin embargo, siento que hay al menos tres temas que podrías aprovechar para presentar más ampliamente en un futuro: el del escritor-texto-lector; el de ficción-verdad y el de academia.

También, hay un detalle que me parece vital: la diferenciación entre lector "común" y el que podríamos llamar lector "académico". Pareciera que todos los componentes (lecturas, experiencias, etc.) con que llega el primero son válidos, como si existieran en un estado "natural"; mientras que los del segundo son vistos como artificios. Justamente, aquí deberíamos aceptar que cualquier lector se acerca a un texto con sus artificios. Las experiencias de uno como de otro son, en el fondo, convenciones y prejuicios, unos aceptados en un ámbito y los otros en otro ámbito.

La idea ficción-verdad siempre me ha atraído, y en esto, considero que solo podemos acercarnos a la palabra como ficción, sea historia, ciencia o literatura. Me parece que esto es un poco lo que vos planteabas al abrir el blog "El arte de la mentira". Las palabras son convenciones, y lo escrito es una ilusión, un espejismo que termina por ser nuestra "realidad", nuestra verdad".

En cuanto a la posición contrahegemónica de nuestra literatura, ¿no sería contrahegemónica toda la literatura? O más bien, ¿no hay, en todos los países, manifestaciones hegemónicas y otras contrahegemónicas? De ser así, esto no bastaría para entender por qué nuestra literatura sigue siendo invisibilizada.

Finalmente, concuerdo plenamente con el problema de la academia, que parece nunca terminar, excepto por uno que otro profesor que de vez en cuando saca la bandera de la creación. La academia es estática, repetitiva, anquilosada, y lo peor, aburrida (algunos tenemos vocación de mártir, jeje). Solo cuando se dispara el ingenio creativo, es posible desarrollar una práctica crítica válida, es decir, una práctica que logre transformar.

Saludos.

Juan Murillo said...

El asunto de las posturas académicas que mencionaban Alex y Gustavo no es un asunto inocente. En las universidades, que es dónde se generan las lecturas especializadas y más cuidadosas de las obras literarias, hay, como en todo lado, presiones ideológicas, a veces no reconocidas, así como inclinaciones y motivaciones personales que no pocas veces tienen que ver con el avance personal y profesional de los lectores especializados. La crítica se presta, obviamente, para una interpretación propia, una metacrítica.

Alex: La lectura, y la forma de leer (profunda o superficialmente, evaluativa o sumisamente) es de una importancia tan grande a nivel no sólo literario sino también político que no es de extrañar que la invisibilización de la literatura se haya acompañado en los últimos 30 años con una marginalización de la lectura en favor de las vocaciones o especializaciones científicas o técnicas en los currículos educativos de los primeros ciclos. El sistema educativo esta orientado a la manufactura de operarios especializados acríticos, la lectura produce el tipo de persona opuesta, o sea el humanista.

Gustavo: Así es, todos los lectores se acercan a la lectura desde su particularidad histórica, especializados o no. La diferencia en este caso radica en que el lector común entiende intuitivamente la función comunicativa de la literatura y en ese sentido es diferente del especializado que a veces esta confundido por todo lo que le ha tocado estudiar.

En efecto esa idea de la verdad en la ficción es el fundamento de el nombre del otro blog y de su post inicial, y además me temo que es una de las ideas centrales de la novela que estoy escribiendo.

Creo que las postura oficiales hacia la literatura y las razones de su desestímulo ameritan un ensayo completo, pero someramente diría que por lo menos desde el agotamiento del proyecto socialdemócrata en este país, la literatura contestataria se convierte en un problema que se resuelve cortándole el aire, ignorándola.

Guillermo: En efecto, el hecho de ser un escritor de ficción hace imposible que uno pueda pasar por alto la intencionalidad del autor. Por experiencia propia sabe uno que lo que escribe no es casual y ciertamente no quiere uno que se tergiverse caprichosamente lo que con tanto trabajo escribió uno. O puesto de otro modo: una cosas es comprender a mi modo lo que dijo otro, y otra completamente distinta coger lo que otro dijo para decir yo lo que me de la gana.

Una cosa es clarísima, como decías, en la literatura hay partes oscuras que representan las áreas en las que el mismo escritor no está claro. De esas áreas, tanto como de las áreas de brillante claridad, nace el asombro que es el origen de la gran literatura. El autor no agota el texto con lo que quiso decir, como el texto es puente, lo que hace con contar es ofrecer un acceso no a un simple significado, sino a una visión de mundo.

Germán Hernández said...

Hace poco me puse a releer el Decameron... sentía una impasiente nostalgia por repasar las jornadas del viejo Bocaccio...

Y bueno, la recompensa ha sido exquisita, un bocado delicioso!!!

Me encantan sus modismos, y la traducción, de 1543!!! mmm, con ese sabor mediaval....

Luego me aterro, en estos tiempos de blogs, de lo éfimero, donde no hay fijeza (como dice un poeta amigo) y esta sensación de vacío...

Tengo dudas, sinceras, el lector, interpreta? realmente existe la voluntad de dialógica de comprender lo que el otro dice? es solo una pregunta, desconfío de la empatía de los lectores, yo nunca me he puesto en los zapatos de ningún autor....

Juan Murillo said...

No me canso de recomendar la ilustración de Boticelli al Decamerón, que siempre me recuerda el capítulo Arte Espagírica de Alex en El más violento paraíso.

La aseveración de que el lector debe ponerse en los zapatos del autor ha sido universalmente rechazada por todo el que la lee, lo cual me indica que tengo razón y que la tiranía de la interpretación del lector reina indiscutida.

En efecto el lector siempre interpreta, a veces profunda, a veces superficialmente. Me parece que el problema más grande que tiene la idea de la lectura como diálogo es la cultura del espectáculo en la que vivimos, dónde el espectáculo se recibe y se desecha. La lectura debería ser pensamiento, el formato en el que viene promueve esta vertiente, y en lo que primero debería pensarse es en que presentó el autor y por qué.

No estamos sólos cuando leemos, conversamos con el autor.

Germán Hernández said...

Gracias, pero por qué me siento tan solo?

Juan Murillo said...

No te podría responder, Germán, pero según la entiendo yo, la literatura es la solución a precisamente ese problema.