Cuentos circunstanciales, David Eduarte



Cuentos circunstanciales, reseña de la colección de relatos de David Eduarte.



Cuentos circunstanciales
David Eduarte
San José: EUCR, 2008, 80p.

Hay una ira particular de los veinte años, que ahora recuerdo con nostalgia, y que en los noventa dictaba mi comportamiento con una tiranía imperial que sólo puede nacer de las tormentas bioquímicas de la juventud. Ya en esa época reconocía que había un cierta exageración en el tono desaforado de mis reacciones, en mis frases lapidarias, burlonas o furiosas. Tanto presentía la desproporción, que me hice prometer a mí mismo que en el futuro, cuando fuera más viejo, respetaría al muchacho que era entonces, que estaba seguro de tener motivos para su forma de ser. Hoy aún siento respeto por el que fui, pero ahora lo exacerbado de mi comportamiento de aquellos días me resulta imposible de ignorar, aunque no por eso me parezca menos inevitable.

Espinoza había dicho en el siglo XVII, a contrapelo de todos los pensadores de su época, que la mente era la idea del cuerpo. William James, a fines del XIX, propuso que la emoción nacía de los cambios en el cuerpo que producía un estímulo: no se tiembla porque se tiene miedo, sino que se tiene miedo porque se tiembla. Antonio Damasio, neurocientífico, confirmaba hace quince años esta hipótesis en su ahora famoso
El error de Descartes: sabemos (o creemos saber) que lo que sentimos lo dicta nuestro cuerpo cuando reacciona al estímulo. Vivimos bajo el influjo de la emociones que nos pide nuestro cuerpo, la razón, parece, no es más que una apostilla tardía y prescindible o un propósito ingenuo que rara vez se cumple. Nuestra mente y nuestra alma son nuestro cuerpo.

La literatura de David Eduarte es una literatura teñida por el color de sus humores. Por las venas de Eduarte corre la oscura sangre de la ira y del humor negro, y su literatura, no importa el tema, termina transfundiéndonos este humor. El Dios de Eduarte medita en el closet un próximo Apocalipsis, Jesús conspira con Judas para su propia muerte, la vida dura lo que un viaje a una cita concertada con la muerte o el tiempo que toma fumarse un cigarro, los personajes son adictos al crack o escuchas prostituidos de las teorías desechables de la “bohemia pseudo-intelectual-medio-burguesa” o se encierran en sus cuartos porque son demasiado buenos para los demás o controlan la población con métodos que hubieran divertido a Swift. La inclinación iracunda y parcialmente misántropa de los cuentos probablemente sería un defecto si no viniera matizada con un talento natural para el humor negro. Casi todos los cuentos de Eduarte usan, de un modo u otro, el humor negro como difusor de la tensión existencial y la sordidez, y el giro se agradece porque de otro modo la dosis tóxica de los cuentos podría resultar letal, aún a pesar de lo menudo del libro.

Eduarte además de imaginativo, parece lucidamente conectado con la literatura que lo precede, por las líneas comunes que sigue con otros narradores del país: Judas, amigo, por ejemplo, es un tema tratado de modo similar por Alí Víquez en la Carta de Jesús en el Huerto; Citas es cercano en tono y trama al Necrografo de Durán Ayanegui. Con ambos autores comparte la inclinación por el humor negro, pero parece especialmente cercano al primer Alí Víquez de A medida que nos vamos conociendo. Comparte además con la literatura universal, por ejemplo, en El Encierro, dónde encontramos ecos de Una Apuesta de Chéjov. Pero mientras que Chéjov utiliza su cuento como una parábola de la iluminación y la felicidad a través de la renuncia, Eduarte usa el suyo como una alegoría de la progresiva desconexión que trae la edad y que lleva a la pérdida de todo lo amado y a la muerte.

De Eduarte conocía sólo este libro que me había impresionado porque el autor tenía, según la nota, sólo 23 años cuando lo publicó. Un día, no hace mucho, mientras rebuscaba en los estantes de Librería Germinal, escuche a Juan Hernández, librero, reprender a un despistado prospecto de cliente que pretendía, contra toda lógica, comprarle unos libros de Marcuse. Está loco, le dijo Juan al ingenuo, arrebatándole los libros sorprendido, después de lo que me costó conseguirlos. Estos libros son para consulta del Centro solamente, dijo, señalando a una pizarrita diminuta en la que se leía el nombre del centro anarquista que hospedaba la librería y en la cual se anunciaba una próxima charla de David Eduarte. No pude evitar la sonrisa y preguntarme a dónde se había ido ese ímpetu bioquímico que me empujaba a mí posiciones similares hace veinte años y a preguntarme, finalmente, si el muchacho que alguna vez fui respetaría al hombre en el que me había convertido.

6 Comments:

Sentenciero said...

Buensísimo el seguimiento de la primera juventud a las etapas siguientes de la adultez. En lo literario, Eduarte sorprende y muchas veces genuinamente deleita. Esperemos que un mayor desarrollo (lecturas, escritura, vida) lo conviertan en uno de nuestros pricipales narradores.

Juan Murillo said...

Eduarte pinta como nuestros actuales cuentistas canónicos cuando jóvenes. Es muy probable que se convierta en un autor importante en Costa Rica.

Germán Hernández said...

Pero que delicia de texto... yo personalmente no siento respeto por el muchacho de veinte que fui, realmente me lastima recordar a ese cadaver, que desde la distancia me desprecia ahora. ¿Pero en qué me he convertido?.

Y como indicativo, manos a la obra, vamos a leer a Eduarte con expectativas.

Juan Murillo said...

Vale la pena el libro de Eduarte, vas a ver que con el tiempo se convertirá en uno de los grandes.

Ojo que cuando tengamos 60 puede que no respetemos lo que somos ahora. Entonces ya habremos acumulado la desaprobación de los jóvenes y de los viejos, así que de antemano vamos hablando mal de los viejillos.

marina said...

Todo llega y pasa...

Encontré un comentario tuyo en Jacintario y vine. Volveré.
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Juan Murillo said...

Saludos, gracias por la visita.