Monumentos ecuestres, Luis Chaves



Ayer La Nación publicó en su suplemento Áncora esta reseña mía del nuevo libro de Luis Chaves, Monumentos ecuestres.  La presentación del libro será este jueves 17 de noviembre, a las 7:00 p.m. en restaurante Valicha (av.2 calle 25), frente a la Intaco de Barrio La California. Leerá Chaves y habrá música en vivo con Monte.  Lleguén temprano porque estás lecturas de Chaves se llenan.  Nos vemos allá, birrita en mano.


Monumentos ecuestres
Luis Chaves
58 pp., Editorial Germinal 2011

Un "arte menor"

“Literatura en paños menores” decía el afiche que Teorética hizo circular en agosto del 2009. Contra toda probabilidad, Virginia Pérez Ratton había logrado reunir, en un foro público, a los elusivos Javier Payeras, María Montero y Luis Chaves. El foro era improbable tanto por lo que declararon esa noche como por la aversión reconocida de estos poetas a la idea del escritor-celebridad, pipa en comisura y bufanda de seda, posando de importante en un sillón de cuero frente a su voluminosa biblioteca.

Escuchamos por primera vez la defensa pública de la “literatura menor”, una literatura de borradores que se escribe desde las limitaciones de los escritores, más que a pesar de ellas. Hacían suya una tradición latinoamericana a la que pertenece Parra, esclarecida por Arlt y luego por Gombrowicz: “Todos prefieren lamentarse de su condición inferior de menores y peores, en vez de aceptarla como un nuevo y fecundo punto de partida”. A través de Deleuze, vino a colación Kafka, quien escribía en un idioma que no era el suyo en un país que tampoco era el suyo. En rigor, fue una declaración de independencia poética.

Ahora aparece Monumentos ecuestres, de Luis Chaves, un libro compuesto de poemas dispersos que no lograron en su momento incorporarse al diseño definido para sus libros anteriores, poemas solitarios o extraños que aquí se agrupan con la organicidad de los objetos en el fondo de un maletín de playa, alejados de la planificación literaria explícita, conectados tan solo por repeticiones que recuerdan estribillos de canciones.

Los poemas de la primera parte transmiten notablemente esa sensación de agrupación casual a través de procedimientos usuales en Chaves, como la exposición de ideas como un grupo de viñetas reunidas en una especie de álbum de familia. En este, como en otros de sus libros, “la poesía es la voz del recuerdo”. “Todo periodo se puede reducir a una simple enumeración”, nos dice el autor.

Esa enumeración de recuerdos sirve a la vez como rescate de lo ínfimo, lo sórdido, lo simple; de las minucias que son el detritus que aún soporta la erosión del tiempo, apuntalado por las emociones de quien recuerda. Ese rescate de las mínimas ruinas del pasado es además, por substracción, un testimonio de todo lo perdido. “Tengo fotos que antes tuvimos”, dice Chaves y añade: “En algún lugar están las personas que fuimos”.

Mitos y recuerdos. De esa nostalgia profunda por lo que se ha perdido con el transcurso irreparable del tiempo está hecha la obra de Luis Chaves; pero, alternando con esta nostalgia, aparece siempre la ironía como mecanismo corrector que le impide caer en la cursilería y la autocompasión.

Esa oscilación entre ironía posmoderna y nostalgia romántica ha sido definida como “metamodernismo” por Vermeulen y van den Akker, presente en el escenario mundial en manifestaciones tan diversas como el edificio Aqua, en Chicago; la música de CocoRosie o Devandra Banhart; el cine de Wes Anderson y Michael Gondry, o la literatura de Miranda July y David Foster Wallace.

En Chaves, la oscilación metamoderna rescata, de la ironía alienante y total del posmodernismo, un saludable escepticismo y lo usa para darle una columna vertebral al sentimentalismo que en obras de otros autores locales es poco más que un infierno meloso.

La ironía en Chaves adopta siempre la forma de un ingenio mordaz contra lo propio. No solo abunda en la autocensura de sus dolencias sentimentales, sino que, además, de paso, derriba metarrelatos como el de la idea de nación, que hace tiempo en nuestro país necesita revisiones.

El apropiadamente titulado poema “Monumentos ecuestres” es un retrato de país que nos encuentra posando de turistas bajo la sombra de nuestros monumentos, “avanzando hacia un destino sin valor para la Historia”, llenos de fe en una solución que vendrá de Dios o de la Virgen.

En su artículo para la revista Orsai, Chaves había desarmado el mito de la nación costarricense para reemplazarlo por la idea de los amigos cercanos como entorno definitorio de la identidad, lo que en otra parte llamó “familia molecular”.

Eso es esencialmente este libro: una carta a los amigos. Poesía cercana, de gestos menores, celebra la enternecedora desproporción que hay entre los sueños y las aspiraciones que tenemos, y los humildes medios o la defectuosa voluntad disponibles para cumplirlos.

Esta poesía no está escrita para ser declamada en bajos estentóreos y cadenciosos a través de sistemas de amplificación. Está escrita a lápiz en un cuaderno y guardada en el armario con los abrigos olvidados y los juguetes de los niños, para sacarse, como dice el prólogo, en alguna reunión de unos pocos, buenos amigos, y leerse sin ceremonia, entre una copa y la siguiente, para que de ella luego solo quede un cariñoso recuerdo que el tiempo quizá finalmente se encargue de borrar.

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