El Informante Nativo, Ronald Flores



El Informante Nativo, reseña de la novela.


El Informante Nativo
Ronald Flores
210 páginas
F y G Editores: Guatemala, 2007.

Cuando nos levantamos aún era de noche. Salimos del hotelito en Flores, una islita imposiblemente sobrepoblada en medio del lago Petén Itzá, misteriosa como todos los míticos últimos puertos en las vías acuáticas que penetran las selvas inmensas del planeta. Llegamos según el plan, aún a oscuras, en microbus y luego a pie, por senderos bajo las Ceibas y en medio de un barullo inmenso de pájaros invisibles. Finalmente subimos, hechos un tropel de cámaras, camisetas llenas de logos, pantalones cortos de microfibra, sandalias Birkenstock y gorras de béisbol, a la cúspide del Templo IV donde esperamos diligentemente a que el sol se elevara sobre la expansiva alfombra de biomasa del Petén. La salida del sol, con las cumbres de las otras pirámides saliendo del mar verde de la selva como únicos indicios humanos en miles de kilómetros a la redonda, fue, efectivamente, majestuosa. Pero la sensación que me invadió en ese momento no correspondió a algo ancestral y remoto, como yo esperaba, proveniente del corazón de algún sacerdote que hubiera presenciado esta misma escena siglos atrás, sino más bien a la sensación de estar en un sitio turístico privilegiado, viviendo un momento Kodak; en fin, el placer indistinto del turista, para el cual todo lugar interesante es un commodity intercambiable dentro de un parque de simulacros gigantes en el que se ha convertido el mundo. La sensación de irrealidad no me era extraña, ya el día anterior había estado a punto de caer de la crestería de otra pirámide de 30 metros de altura por estar tratando de treparla por una ruta alterna que me llevara a la parte de atrás. Sentía de algún modo que todo esto era falso, las pirámides, las estelas, los palacios, que estaba en el set de una película de algún saqueador de tumbas o en una atracción de Disney y que nada malo me podía pasar mientras estuviera ahí. Tikal, la verdadera, la que fue, me era impenetrable.

Esa profunda desensibilización puede ser parte de los efectos de la posmodernidad en la llamada cultura occidental, o simple falta de conocimiento, empatía y adecuada contextualización de mi parte; pero en ambos casos, en todos los casos, los malentendidos de interpretación del significado de las ruinas de esta civilización, y otras como ella, nacen de las insuperables distancias en el tiempo, en la cultura, en la cosmovisión y las costumbres entre los hombres que edificaron esas pirámides y yo, el observador, que no puedo entender de que trataba la vida de esos hombres cuyas ruinas, por tanto, me son incomprensibles e irreales.

¿Puede verdaderamente alguien, en la actualidad, comprender a cabalidad y explicar el cúmulo inmenso de vivencias y el portentoso imaginario, tanto épico como cotidiano, que dieron por resultado estas pirámides? ¿Cómo podría un descendiente de aquellos hombres recuperar, comprender y de algún modo, traer de vuelta aquella vida de sus antepasados?

Esas imposibilidades son, en parte, las que pretende resolver Ronald Flores, uno de los más jóvenes y prolíficos escritores de Guatemala, con El Informante Nativo, una novela cruzada por ideas, teorías y puntos de vista sobre lo que puede ser para un aborigen que nace en la selva lacandona, cuyo padre trabaja ayudando en las labores de recuperación arqueológica de Tikal, el que lo lleven a la ciudad, para que, hacinado en la más extrema pobreza y enfrentando un sinnúmero de obstáculos con motivo de su origen étnico, deba competir y educarse, para llegar a ser un arqueólogo, como aquellos "jóvenes idealistas que descubrieron un fragmento monumental del imperio aborigen" para los que trabajaba su padre. Un padre que a su vez espera que Viernes, el protagonista de la novela llegue a obtener "un boleto de entrada a un mundo casi prohibido para quienes nacieron aborígenes: comprender, por medio del estudio sistemático y orientado, las múltiples e imperfectas maneras en que se relacionan los seres humanos y la forma precisa en que funciona el mundo"(p. 25).

La novela se embarca en el desarrollo de un fresco gigantesco que usa la educación e iniciación a la vida adulta de Viernes y sus hermanos y hermanas para visitar muchos de los posibles, y quizá usuales, destinos de los aborígenes que emigran a la ciudad. De esta tarea hercúlea no sale Flores siempre bien librado, puesto que la ambición abarcadora lo obliga a veces a echar mano de un tono expositivo o enumerativo que sufre por la ausencia de acción dramática o diálogo, o por la tersura del resumen. Sin embargo, lo que pierde en vivacidad la historia, lo gana en valor informativo; tanto así que irónica, o tal vez intencionalmente, en muchas secciones el texto se lee casi como un informe. La generosidad con la que se incluyen los puntos de vista filosóficos, sociológicos, políticos, antropológicos y de casi cualquier otra índole en la interpretación de la cuestión aborigen hacen de este texto una referencia utilísima para poder esclarecer todas las facetas de la cuestión. Pero todas estas interpretaciones, incluidas las dudas y ambivalencias del protagonista frente a la disyuntiva que representa convertirse en uno más dentro de un orden que se ha construido para excluir a los suyos, no llegan a cuestionar o aclarar para Viernes la contradicción principal de su destino. Su padre le ha enseñado, junto a sus hermanos, que "El dinero es poder. El dinero se consigue por medio de la fuerza, del ingenio, del conocimiento"(p.72), y que el propósito final de sus esfuerzos debe ser "el resurgimiento del imperio aborigen, la recuperación de la grandeza ancestral, el restablecimiento del gobierno de la sabiduría milenaria." (p. 71)

Esta visión es tomada a pie juntillas por los hijos que persiguen su consecución sin descanso, sin comprender que estos mecanismos (el sacrificio personal en el afán de riquezas y poder o la quimera de que es posible recuperar la vivencia remota y ajena a través de la observación, interpretación y el estudio) los alejan, en vez de acercarlos, a la "sabiduría milenaria". No es casual, después de todo, que el protagonista se llame Viernes, como el sirviente aborigen de Robinson Crusoe, la víctima prototípica del colonialismo. Ese Viernes original, al igual que el protagonista de Flores, esta en una isla a la que no pertenece completamente, pero en el caso del informante nativo, la isla es cultural y es temporal y no geográfica. La cultura a la que pretende pertenecer ya no es practicada por su familia, el imperio al que busca reivindicar ya no existe y los mecanismos que usa para tratar de regresar al hogar mítico lo único que logran es hacerlo parecer cada vez más a Robinson y menos a sí mismo, e integrarlo más fuertemente con sistema que pretenden combatir.

Viendo el destino de Viernes y sus hermanos en lo que ellos mismo definirían, tal vez, como un nuevo imperio aborigen nos damos cuenta que es imposible que el imperio original regrese, que las ansias de dominación visitan tanto al europeo como al aborigen y que posiblemente esta historia sea cíclica e irresoluble. Borges decía que el destino de un hombre esta cifrado en el momento en el que descubre para siempre quién es. Ese momento le llega a Viernes al final de la novela, después de muchos años de estudio y esfuerzo tratando de prestidigitar un pasado que no vivió, cuando logra descubrir quién es, o en que se ha convertido, sin saber a ciencia cierta si con remordimiento o con alivio.

Ronald Flores escribió esta novela durante once años, empezándola antes de publicar su primer libro y terminándola en el 2005. Uno se imagina, al encontrar este dato al cierre de la novela que las primeras páginas, más expositivas, fueron escritas por un autor primerizo, posiblemente inédito, mientras que en el dramatismo, simbología y apertura de los registros y personas narrativas del final se deja entrever a un narrador que ya domina su oficio. La obra es una sola, sin embargo, y en ella Flores ha logrado plasmar, con una contundencia enciclopédica y una lucidez inusual, el trágico destino de una estirpe confrontada con un pasado de gloria y un presente confuso y tan impío como ineludible. El Informante Nativo es una novela que no podía dejarse de escribir en Guatemala, un país en el que la población aún se divide en criollos, ladinos, mestizos e indígenas, y que logra, como lo auspiciaba Memmi, devolver al colonizado su papel en la historia, no ya la lejana, sino la presente, y enarbola, como pocas, la bandera de la literatura postcolonial en America Central.



8 Comments:

Alexánder Obando said...

Interesante comentario que ayuda a entender mejor la obra de Ronald Flores.

Da a veces la impresión (lo digo a partir de lo que señala la reseña) que el autor tenía mucho qué decir y no siempre pudo manejar eficazmente todo ese aservo.

Sin embargo, concuerdo plenamente en una cosa: una novela de dicha temática y dicho enfoque ya era una tarea pendiente en la historia literaria de Guatemala.

Muy bien por Flores.

Juan Murillo said...

Al contrario de la impresión que te dejó la reseña, Ronald Flores logra transmitir en poco más de doscientas páginas muchísima información útil, pero a veces la historia sufre un poco en esta empresa. Supongo que alguien dirá, con razón, que muchas de estas ideas se quedan en la mención, como no puede ser de otro modo en una novela de esta extensión. Pero ya verlas unas junto a otras es de sumo interés.

Sentenciero said...

No he leído la novela, y mi comentario va por ese lado: ¿qué tan difícil es conseguirla en Costa Rica?
Y, con respecto a eso, me parece que este trasiego de obras entre ticos y guatemaltecos es una empresa valiosísima que las editoriales no han sido capaces de realizar de manera sistemática y crítica, por no decir sabiamente comercial. Hace un tiempo, un editor de acá me contaba de sus planes para distribuir en Guatemala y los puentes que se pensaba tender, etc. etc. Las cosas concretas son estas: una novela de Flores acá, un libro de cuentos de Jéssica Clark allá (por citar un ejemplo), y más que eso es pura hablada.

Juan Murillo said...

Aunque parezca increíble, los lectores y potenciales compradores de estas obras nos las hemos tenido que agenciar por nuestra cuenta puesto que la industria editorial y librera no parece lograr ponerse de acuerdo en un sistema efectivo de distribución dentro de Centroamérica.

Algunas escasos ejemplares de obras de Ronald Flores, Rafael Menjívar Ochoa, Javier Payeras, Denise Phé-Funchal o Mosquera Saravia, de editorial FyG, así como de Piedra Santa se pueden conseguir a veces en ClaraLuna, una librería que la dueña, Pilar, maneja como nosotros manejamos nuestras bibliotecas personales.

Ronald said...

Juan, realmente agradezco tu agudo análisis de esta novela. Aprendo mucho de tus reflexiones. Como siempre me motivan a leer las novelas que refieres y honra que me hayas incluido en el selecto grupo de obras que comentas. Mil gracias.
Gracias también para Alexánder, autor de dos novelas de culto, y a Guillermo. Por cierto, me parece justo lo que dices, acerca estimulante trasiego de obras centroamericanas entre lectores. Algunas editoriales han comenzado a esforzarse por distribuir fuera de sus países y por publicar autores de otros países centroamericanos (por ejemplo, Piedrasanta, Uruk y F&G). Sin embargo, pareciera que existe poco entusiasmo entre: 1) los medios tradicionales para difundir el esfuerzo de estas editoriales en otros países aparte del oriundo del escritor o escritora; 2) los lectores tradicionales, que prefieren leer un best-seller en traducción que un autor local; 3) los críticos tradicionales que dejaron de hacer crítica cuando Asturias ganó el Nobel. Yo lo veo como nuestra oportunidad para aportar y fomentar este debate crítico, literario, fraternal, entre centroamericanos deseosos de aprender mutuamente acerca de una realidad compartida. De nuevo, gracias a todos, Ronald

Asterión said...

Juan, muy buena reseña, y aunque a veces sobre decirlo, tampoco hace malo. También aprovecho para decir que la remodelación del blog quedó muy bien.

Como comentaba en el blog de Ronald, el compromiso por "leernos" (los centroamericanos) debe mantenerse, a pesar de las dificultades que señala Sentenciero y apuntala Juan. (Nota: ¿Entonces está en ClaraLuna?)

Sobre las ruinas, recordé un verso de un amigo:

"Yo, que amo las ruinas porque tardan para siempre..."

Juan Murillo said...

Ronald, más bien nos toca a nosotros agradecerte tu interesantísmo aporte a la literatura centroamericana; además de tu blog de alto vuelo, del cual éste, debo admitir, es una malograda imitación.

Gracias por tus palabras, Gustavo. En efecto, yo compré la novela de Ronald en ClaraLuna.

Dani said...

interesante lectura