Leaving the Atocha Station, Ben Lerner



Nota en inglés sobre Leaving the Atocha Station de Ben Lerner, sobre el papel del arte en relación con la historia y la actualidad.
 

Leaving the Atocha Station
Ben Lerner  

Coffeehouse Press
 
This book has two good things going for it: the narrator is smart (which is not very usual, as smarts cannot be easily faked), and his voice pulls off the "Humbert Humbert effect" of making you like him despite his being both a poser and a hypocrite.

Adam, the narrator and a stand-in for Lerner, a poet himself, has interesting things to say about poetry as the art of potentiality, as a way to embody the virtual, the "subjunctive": what could be but is not and will not. This paradox ("embodying the virtual") leads him to conclude that poetry is a intrinsically failed endeavor, and is the reason why he feels like a total fake for posing as a poet, which feeling is either caused by or causes him to indulge in heavy drug use and the slacking off expected of procrastinating artists abroad, with no financial obligations and too much time on their hands.

Adam's antics have the flavor of a Woody Allen movie, his hand-wringing about authenticity always accompanied by compulsive duplicity and self-sabotage. This makes for a good part of the novel's most hilarious moments, which makes it a breezy read, despite some of the heavier philosophizing on aesthetics.

It seems to me this is an earnest investigation into the possibilities of art to comment on reality and have a "profound effect" on people, in the guise of a self-reflective, postmodern, dark-humored romp, a technique that brings to mind the dilemma common in DFW: "It would probably be better to call our own art’s culture now one of congenital skepticism. Our intelligentsia distrust strong belief, open conviction. Material possession is one thing, but ideological passion disgusts us on some deep level". How, therefore, to speak seriously about serious topics in literature, without eliciting a condescending smirk. Thus, the self-mocking of his constant worrying about poetry's purpose, his identification as a poet, and his self-disgust at his own duplicitous situation and personality seem to be a cover for the "uncool" task of asking himself seriously what is the importance of art when compared to the urgency of the actual and historical.

Are these pretzel-like contortions truly necessary? Is this dilemma the true condition of contemporary literature? Or is it just that young writers self-consciously choose to don overwrought armors to battle, which would, should they fall flat on their backs, prevent them from getting up?

It's an enjoyable read, wholly recommended. If nothing else, you'll get a good laugh or two out of it... unless you are a poet, in which case you might get angry instead.


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Señales que precederán al fin del mundo, Yuri Herrera



Una buena novela, pero no tan buena como Los Trabajos del Reino. Da un poco miedo que en los excesos de Señales que precederán al fin del mundo se noten los efectos de una crítica excesivamente elogiosa, tal vez demasiado preocupada con la sociología.

Señales que precederán al fin del mundo
Yuri Herrera

Editorial Periférica, 2009
120pp.

Al igual que Los Trabajos de Reino, la primera novela del mexicano Yuri Herrera, Señales que precederán al fin del mundo (en adelante Señales) es una novela corta, que apenas supera las cien páginas y que se lee en un santiamén. Al igual que Trabajos, también, la novela está construida usando el método mítico de Joyce -según Eliot-, en el cual un mito hace de eje central y estructura de la historia -en realidad en el caso de Trabajos del Reino lo que se usa de estructura es la fábula de reyes y cortesanos-.

En el caso de Señales, el mito en cuestión es el Mictlán, o lugar de los muertos de la mitología mexicana, que hace de esqueleto a una historia ejemplar de una migrante que cruza ilegalmente la frontera en busca de su hermano y unos terrenos que Herrera ostensiblemente llama "la tierra prometida". El cruce de fronteras metaforiza de este modo el paso a una nueva vida.

El lenguaje de Herrera en esta novela sigue siendo un híbrido maravilloso de jerga local norteña y lengua culta y quizá en su aspiración poética y trabajo estilístico la novela logra sus puntos más altos, porque le da además a la historia un aire enrarecido, apuntalado también por la ausencia de referencias específicas a tiempo o lugares, que resulta muy apropiada para evocar un submundo posterior a la muerte.

Flaquea, sin embargo y a diferencia de Trabajos del Reino, en que el mito central parece a veces secuestrar la historia y forzar pasajes que carecen de mayor relevancia más que para coincidir con el mito. Adicionalmente hay una serie de escenas que parecieran seguir una especie de lista de temas de urgencia sociológica, de modo que la migrante, que se llama, míticamente, Makina, se ve enfrentada a matrimonios gay y a historias de la guerra de Irak que parecen fuera de todo lugar en un relato de aliento mítico que es lo que desarrolla Herrera con mayor habilidad.

La crítica ha elogiado que Herrera no use la palabra "narcotráfico" en Trabajos del Reino o la palabra "migración" en Señales, pero en el segundo caso, la preocupación por el comentario social da al traste con esta sutileza. En el punto más débil de la novela, Herrera hace a su protagonista escribir un discurso introspectivo sobre el rol de los migrantes que es verdaderamente implausible. En este punto se cruzan la falta de sutileza con una perdida de la voz verdadera del protagonista que se ha venido construyendo desde el inicio.

En fin, de lo que adolece Señales que precederán al fin del mundo, es de una especie de falta de naturalidad -naturalidad artificial, claro está, como en todo texto- en el desarrollo de la historia, que aquí aparece mediada por una estructura muy pesada, por afán simbólico demasiado intenso para la extensión de la obra y por una intención de comentario que siempre resulta mejor cuanto más la logre resistir el autor.


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Una misma noche, Leopoldo Brizuela




Una misma noche, de Leopoldo Brizuela, ganó este año el premio de novela de Alfaguara este año (2012). Como el record de calidad de ese premio es disparejo, no sabía bien que esperar de la novela. Resultó que era excelente.

Abajo sigue la reseña que publiqué en el periódico La Nación:

Una misma noche
Leopoldo Brizuela
276 páginas, Editorial Alfaguara 2012

La banalidad del mal

En 1963, Hannah Arendt, reportando desde Jerusalén sobre el juicio al criminal de guerra nazi Adolf Eichmann, acuñó el término “la banalidad del mal” para referirse al hecho de que la mayoría de los nazis “no eran ni pervertidos ni sádicos, que eran […] terrible, espantosamente normales”. Experimentos posteriores, como el de la prisión de Stanford o el Milgram, han comprobado que la gente común es capaz, en ciertas circunstancias, de cometer crímenes horrendos.

Una misma noche, de Leopoldo Brizuela, fue la novela ganadora del Premio Alfaguara 2012. En ella, Leo Bazán, el protagonista, enfrenta esa “banalidad del mal”, con la intención de escribir una novela, a través de la disección cuidadosa de sus recuerdos de una visita a su casa, en 1976, de un escuadrón de agentes del infame campo de concentración y tortura argentino Escuela de Mecánica de la Armada.

Según Borges, el destino de un hombre está compuesto de un solo instante, aquel en que descubre para siempre quién es. Ese momento, para Leo Bazán, es esa visita de los militares a su casa. Es también el momento en el que descubre quién es verdaderamente su padre, su madre y sus vecinos, y de lo que eran capaces cada uno de ellos y él mismo.

Una misma noche está escrita rizomáticamente, como una serie de ciclos de un bucle en los que Brizuela visita una y otra vez ese recuerdo, desmenuzándolo y añadiéndole. Se mezclan de forma caótica sus recuerdos, el registro histórico, la imaginación y los sueños en su esfuerzo por convertirse en un relato coherente.

Conforme la historia se expande hasta incluir toda una época traumática de un país, de un continente, el barrio de Leo Bazán se convierte en la parte que representa al todo. Sobre él desciende de pronto el horror, el racismo, el antisemitismo, la violencia, la traición, la colaboración con el opresor, la vergüenza, la cobardía, el silencio y el olvido.

Saltando entre pasado y presente Brizuela muestra al mal perpetuándose a través del tiempo como ondas que se expanden, repitiéndose, y es en contra de esa “repetición” que lucha el protagonista: “la osadía, el riesgo, el peligro de querer interrumpirla con una ley, una sentencia o hasta una simple novela”.

Una misma noche es una novela conmovedora, de una complejidad luminosa, escrita con el valor que requiere mirar al espejo para descubrir en él la mirada del enemigo: una lección de valor cívico en el ropaje de una excelente novela de suspenso.










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Avancari, Santiago Porras




Avancari, la primera novela de Santiago Porras, glosa la historia de las Minas de Abangares, en Costa Rica, la vida de los mineros y su insurrección.


Avancari Santiago Porras 128 pp, EUNED y año

Avancari es una novela histórica que pretende recrear el ambiente, los personajes y los eventos principales en la historia de las minas de Abangares, en Guanacaste, Costa Rica. El asunto del género histórico, que debería ser trivial, parece haber influido pesadamente en la composición de la novela, a la cual parece haber asfixiado la investigación de campo y bibliográfica.

Avancari, es, básicamente, una colección de insumos para escribir una novela que, finalmente, nunca toma forma. Adolece de didactismo, de diálogos expositorios, de utilizar la misma voz en las secciones descriptivas y en las epistolares, de empaquetar toda la trama en las últimas 10 páginas, de desarrollar subtramas que no se resuelven (e.g.: Los Chupapiedras). Las escenas que desarrolla en el comedor del complejo minero son básicamente para exponer opiniones históricas y dar una excusa rudimentaria para el conflicto de las últimas páginas. Una de las omisiones más importantes en la novela es una exploración de la vida interna de los personajes involucrados en el conflicto final.

Henry James escribía constantemente en los márgenes de sus manuscritos "dramatize, dramatize!". Ese sería un buen consejo para Santiago Porras: la novela básicamente no tiene acción dramática y se mueve a través de la exposición, la compilación de anécdotas y la descripción naturalista del ambiente. Básicamente es una novela realista decimonónica a la que le falta la mejor parte de lo que tenían esas novelas, que era su voluntad de análisis de los males sociales y su intensa acción dramática, mientras que le sobra lo peor de esas novelas: lo descriptivo y lo didáctico.

El misterioso epílogo, que no lo es, contiene la semilla de lo que pudo haber sido la novela: una voz personal, exponiendo una vivencia personal y su reacción a los horrores cotidianos de ese tipo de vida. Antes del epílogo hay seis páginas que comprenden un conflicto que pudo haber sido una novela también, poderosa, sin duda, pero que se presenta apenas esquemáticamente, como si el autor tuviera mucha prisa por terminar y no quisiera perder tiempo contando el punto álgido de su historia.

Avancari está escrita con la prosa cuidadosa, alternativamente bella, elegante o simplemente efectiva que conocemos de las colecciones de cuento de Porras, y ya eso, en Costa Rica, dónde abunda la literatura escrita con el estilo de las listas del supermercado, es algo que hay que agradecer. Los materiales para una gran novela están ahí en estado genético, si Santiago Porras se hubiera ocupado más de habitar sus personajes y menos de comunicar el registro histórico esta podría haber sido una gran novela. En el estado en el que la encontramos en el año de su publicación, desafortunadamente, no lo es.








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Don Juan de los manjares, Rafael Ángel Herra



De la pluma única de Rafael Ángel Herra solo salen libro inusuales y este cumple siendo típicamente atípico.

D. Juan de los manjares
es una parodia multiple de los géneros amatorio-culinario y policial. Es, además, una investigación filosófica de las conexiones que existen entre el deseo y la literatura.

Aquí está la reseña que escribí para La Nación: Don Juan de los manjares

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El ensimismado Philip Roth



¿Le darán el Nobel a Roth en Octubre? Nadie lo sabe, pero es probable. Ya le dieron el Principe de Asturias, que no pasó a recoger, tal vez porque le parece poca cosa. Tiene tantos premios que ahora pide que se los envíen por Fedex, por favor. Áncora nos encargó un perfil de su carrera literaria:

El ensimismado Philip Roth

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Las Posesiones, Carlos Alvarado





Reseña de la novela Las Posesiones, de Carlos Alvarado, publicada en La Nación del 20 de junio del 2012.

La historia de la familia Gurcke, de la cual hay muchos ecos en la novela se encuentra en el sitio web de la Coalición de Internado German Americanos.

En ese sitio también están los manifiestos de los barcos Puebla y Cuba en los que fueron expulsadas muchas familias germanocostarricenses con niños pequeños:

Manifiesto del USAT Cuba
Manifiesto del USAT Puebla

Adicionalmente, aquí se puede encontrar la lista negra publicada en Costa Rica llamando a sabotear a estas familias y a sus negocios, una muestra terrible de la xenofobia tica al servicio de intereses personales:
lista negra de Costa Rica



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Choque de Reyes, George R.R. Martin




Reseña de Choque de Reyes, tomo segundo de la saga Canción de Hielo y Fuego, de George R.R. Martin, publicada en La Nación el primero de junio del 2012.

Originalmente esta reseña se títulaba "Vidas malévolas, brutales y cortas" en referencia al dictum famoso de Hobbes, pero en el mundo periodístico el espacio disponible es tan o más importante que la referencialidad, de modo que quedó "Vidas cortas y malévolas" -aquí la palabra operativa es "cortas-. En honor a la verdad, lo que dijo Hobbes fue que en el estado de naturaleza la vida de los hombres solo podía ser "solitaria, pobre, malévola, brutal y corta", de modo que ya le había pasado yo la tijera. Queda, de todos modos, la referencia a Hobbes que parece ser el filósofo tutelar de Martin, según se desprende de lo que la vida de sus personajes.

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Ver Barcelona, Dorelia Barahona





Reseña de la novela Ver Barcelona, de Dorelia Barahona, en La Nación del 5 de junio de 2012

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The Recognitions, William Gaddis - capítulo 1




Sobre el primer capítulo de The Recognitions, de William Gaddis. ¿Cómo se reseña un libro de 955 páginas? No sé. Este es el primer intento: por capítulos. Conociendo mis niveles de disciplina es probable que pase a formato a nota de contratapa pronto.

The Recognitions
William Gaddis
955 pp., Atlantic Books, 2003 (1955)

Capítulo 1

Cuando Jonathan Franzen abjuró la narrativa experimental —“difficult fiction” le dice él — usó como blanco del tipo de ficción difícil que le exige demasiado a sus lectores a The Recognitions de William Gaddis. A esta acusación, una de muchas que ha recibido la novela de Gaddis, respondió magistralmente Stephen Moore, especialista en Gaddis, en su prólogo a The Novel: An Alternative History (traducido por José Luis Amores), argumentando, entre otras cosas, que las novelas experimentales siempre han existido y que no son un prurito moderno o posmoderno como insisten en señalar los desinformados. Moore, además, dice que “el arte no es difícil porque quiera ser difícil, sino porque quiere ser arte” —esta cita viene del ensayo genial de Donald Barthelme, "Not-knowing", una respuesta avant la lettre a Franzen que todo mundo debería comprar y leer—. El ensayo de Franzen —"Mr. Difficult"— no pasa de ser una simple quema de brujas, una excusa demasiado elaborada que Franzen necesitaba para autorizarse a si mismo su cambio de bando hacia la literatura comercial, de entretenimiento y con “mass appeal”. Franzen es irrelevante en múltiples sentidos. Aquí lo traigo a colación porque al interés que ya me despertaba la obra de Gaddis se sumó la curiosidad de saber si era realmente tan difícil como decía un lloroso Franzen en su ensayo.

Concluido el primer capítulo hay que decir que no me parece que The Recognitions esté escrita de una manera particularmente compleja, o siquiera difícil. Está escrita, a diferencia de Finnegan´s Wake, por poner un ejemplo, en un inglés sintáctica, gramatical y semánticamente correcto. No tiene, como lo tiene Guerra y Paz, por ejemplo, largos pasaje en otros idiomas. Hay divertidas referencias a otras culturas, pero no en suficiente cantidad como para que pudiera complicarle la lectura a un lector que no sea un novato. Por ejemplo, el barco en el que viaja Gwyon con su recién fallecida esposa arriba a Cádiz, en España, para enfrentarse con el obstáculo burocrático de que no puede desembarcar a su esposa porque aduanas lo considera una “importación ilegal de carnes dañadas”. Esta frase está en español en el original en inglés, como también lo están el nombre del monasterio —“Real Monasterio de Nuestra Señora de la Otra Vez”— y el nombre de algunos personajes —el monge y organista “Padre Manomuerta” o el comerciante “Señor Hermoso Hermoso”—. Pero que el lector monolingüe no comprenda estas bromitas no le impide en modo alguno disfrutar de las muchas otras que sí están en inglés castizo.

Hay, siguiendo con la pormenorización de “cosas difíciles”, algunas referencias arcanas: De Contemptu Mundi, Pilosophumena, Pistis Sophia, Obras Completas de San Juan de la Cruz, Ossian, Teofrasto, De Praestigis Daemonis, Malleus Malleficarum, etc. Para alegría de cultos e incultos por igual, estas referencias aparecen sin elaboración, utilería que decora la transición secreta que está sufriendo el reverendo Gwyon del cristianismo hacia el mitraismo. En este capítulo esa conversión es atestiguada y reprobada con escándalo por la Tía May, la cuñada rígidamente protestante del reverendo Gwyon, quien acaloradamente se opone a que este pervierta la mente de su hijo, Wyatt, con toda esa basura “traída de España”. El catalizador de ese escándalo es la Breve Guida Della Bascilica Sotterranea Dedicata alla memoria di San Clemente Papa e Martire, que muestra una foto de Il Templo di Mitra, excavado bajo ella.

La comprensión paulatina de Gwyon de que el cristianismo está construido sobre las ruinas de religiones paganas anteriores es probablemente el primer “reconocimiento” de la novela y representa lo que solo puedo anticipar como el tema central de la novela: la búsqueda de una verdad más profunda detrás de las meras apariencias. Saber que debajo de la iglesia de San Clemente hay un templo mitraista es una revelación para Gwyon, porque demuestra que detrás de lo que sabemos hay verdades más profundas, verdades que desconocemos. Lo que Barthelme dice que es el corazón del arte, ese no-saber, la aceptación de una cadena incompleta de representaciones y el comienzo de la búsqueda que es el arte, en contraposición a la certeza que produce el aceptar lo conocido y aparente como la verdad. Esa certeza es el camino fácil, el camino que pregona Franzen, libros que no incomoden, y que en esta novela está representado por la Tía May, aferrada a sus principios protestantes y la seguridad que ellos le proveen.

Wyatt, ha vivido expuesto a las lecturas y conversaciones estrambóticas de su padre, y ha sido testigo toda su infancia de su búsqueda, de su intento por acercarse al misterio que subyace a la religión. Durante un periodo de intensa enfermedad que parece que terminará matando a Wyatt su padre logra curarlo con la aplicación de un rito pagano que a su vez confirma las sospechas de Gwyon sobre la verdad que habita el corazón del misterio religioso.

Para Wyatt “The fever passed: but for the rest of his life it never left his eyes.” Wyatt se dedicará a la pintura, una inclinación natural, pero siempre aprovechada para la ejecución de copias de otras obras que es lo único que logra completar. Las obras propias quedan siempre inconclusas y las copias “continued to perfection, that perfection which only counterfeit can attain, reproducing every aspect of inadequacy, every blemish on Pefection of the original […] unbroken by the blemish of originality.” Este es el trasunto de la ficción mimética que aspira a ser prefectamente comprensible, el proyecto por el que aboga Franzen.

Las copias de Wyatt, que son su trabajo más formalmente perfecto, no son importantes para él. Lo realmente importante es su trabajo original, pinturas que comienza pero que siempre quedan inconclusas: “There´s something about a… an unfinished piece of work, a… a thing like this where… do you see? Where perfection is still possible? Because it´s there, it´s there all the time, all the time you work trying to uncover it.” Wyatt sabe, aunque le cueste articularlo, lo que Barthelme expresaba de esta manera en “Not-knowing”:

“What is magical about the object is that it at once invites and resists interpretation. Its artistic worth is measurable by the degree to which it remains, after interpretation, vital—no interpretation or cardiopulmonary push-pull can exhaust or empty it”

“I suggest that art is always a meditation upon external reality rather than a presentation of external reality or a jackleg attempt to ‘be’ external reality.”

“Art is a true account of the activity of the mind.”

La idea de Barthelme del arte como un proceso mental, un proceso que no se agota a si mismo, es idéntico a la intuición de Wyatt en el primer capítulo de The Recognitions: es la búsqueda del artista, su intento de asir lo inasible, lo que produce el objeto de arte; una búsqueda que debe permanecer inevitablemente inconclusa.

Del reverso de este idea, que son las certezas de que las cosas son lo que parecen, Gwyon, siempre preocupado por la religión, dice: “That´s the trouble today. No mystery. Everything secularized. No mystery, no weight to anything at all…”

Habría que deliberadamente tratar de no entender a Gaddis para pasar por alto el paralelo que esta presentando en este capítulo entre arte y religión. A la religión, más allá de los mitos absurdos y los dogmas y las institución de la iglesia, la subyace un misterio que es el origen del sentimiento religioso. En el arte sucede lo mismo. Entonces, el artefacto artístico, el producto, sería una superestructura del sentimiento que lo subyace, del misterio, o un residuo producido por la mente en el proceso de aprehender el mundo. Sigue de este principio el corolario de que apreciar el arte es procurar comprender el proceso a través del objeto, entendido como un rastro de ese proceso.

Transcribo, para terminar, los últimos dos párrafos del capítulo. Si no hubiera en este libro nada más que esta prosa deslumbrante glosando la memoria de Gwyon, y ninguna idea, seguiría siendo una obra maestra:


“But the sudden cooling of the air, and this letter, had startled the old man into the present, from which he turned and trudged back in a lucidity of memory against which he was defenseless. The memories became facts, including him unsparingly in their traffic but shut him unmercifully out from intrusion, left him walking slowly and impotent among their hard trusts. The shrill cry of Heracles, echoed down from the house on two voices; and the dark-stained faces of the mirrors mounted in the cross. His discovery upon her corpse’s head that Aunt May had worn a transformation hidden from him those last years of her life with the care of Blessed Clara. That plain casket gone deep in the earth, while the other stood ready to shell in falling: Camilla, and her death of which he never spoke, the white carriage mounting the rock-studded road, its course marked by the stations of the Cross and droppings of animals still too fresh to be picked up for fuel, towards the cypress trees. That desolate Eucharist on Christmas Day at Nuestra Señora de la Otra Vez: the accidents of reality, Christ made of buffalo hide, or was it human skin? in the cathedral of Burgos. The bewilderment of the bulls, the port, and Columbus surronded by lions. Then the trees of Tuscany in spired erection, the apologetic decay of the Conte di Brescia, the marble porch at Lucca so beautiful that no one ever stopped to look at it; and the image: the words of William Rufus, to Bishop Gundulf of Rochester, --By the Holy Face of Lucca, God shall never have me good for all the evil that he hath wrought upon me!


Tearing his eyes from the empty place in the sky where the sun had set, he stopped stumbling back by years and ran, vaulted through centuries. The letter he had torn in pieces lay on the moving air for an instant, was caught, spread over the ground and blew away from him like a handful of white birds into the sky." p. 55, The Recognitions.



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El luto de la libélula, Alfonso Chacón




La Nación publicó mi reseña de El luto de la libélula, novela de Alfonso Chacón, que ganó el premio nacional de novela en el 2011.

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Notas sobre premios literarios



Los premios literarios no son lo que la gente cree. Notas sobre mi participación como jurado expuestas en la presentación del I Premio de Novela Corta CCE, 2011.

Notas sobre premios literarios


1. En los concursos hay requisitos mínimos, pero cumplirlos no es suficiente para ganar un premio:

Es cierto, como dijo Jacinta Escudos, compañera jurado, en la presentación del premio ayer, que existen parámetros formales que ayudan a definir a cada género, en este caso, a la novela corta. Los escritores deben conocer estos parámetros, debería su existencia ser visible en el corpus de obras analizadas, debería ser un mínimo fundamento del cual partir. Que el certamen sea de novela corta no tiene que ver con una extensión de cuartillas, sino con ciertos criterios que definen el género. Sin embargo, si bien se espera siempre que los autores conozcan y manejen estos criterios a la hora de crear sus obras, resulta finalmente tan factible crear una obra de calidad literaria respetando como subvirtiendo estos criterios.

La literatura ha sido siempre un viaje al que el lector se presta a ojos cerrados, sin saber bien a dónde lo llevará el autor. Muchas veces, en lecturas que se vuelven inolvidables, ese lugar a dónde el lector es llevado no se parece en nada al que esperaba. Muchas otras ese lugar es un lugar a donde no quería ir, o a donde no hubiese ido si hubiese sabido lo que le esperaba.


2. Los premios literarios no son sistemas para escoger la "mejor novela":

Este polimorfismo que hace a la literatura tan sorprendente y tan rica es a la vez uno de los principales obstáculos para evaluar obras en un certamen, puesto que esta evaluación requiere siempre una escogencia de una o dos obras de entre muchas otras, y esa escogencia promueve en el público la idea de que una obra es mejor que otra, como si todas las obras pudieran ser comparadas colocándolas en un espectro cuantitativo de calidad que va de peor a mejor, o en su versión tecnocrática escolar, de 0 a 100.

La verdad es que ese tipo de evaluación sistemática no solo es imposible, sino que casi con certeza si se intentara daría resultados poco estimulantes. Se espera de los autores de un concurso que conozcan los rudimentos del oficio, pero también se busca un cierto carácter personalísimo de la obra, una excepcionalidad que a la hora de leer todo el conjunto haga a una o unas pocas resaltar como esencialmente diferentes a las demás, como obras inolvidables. Esa excepcionalidad puede desarrollarse sobre una infinidad de vectores creativos y precisamente por ser excepcional resulta imposible generar criterios prescriptivos para descubrirla e identificarla sistemáticamente, de modo que hay que proceder, una vez verificados los requerimientos mínimos, por medio de una especie de intuición literaria que tiene mucho que ver con la estimulación emocional, intelectual o estética que una obra le produce al jurado como lector.

3. Los premios los otorgan unas cuantas personas, los jurados, sin importar como se llame el premio:

Parece mentira que haya que decir esto, pero hace falta. Los premios llevan a veces títulos determinados por la grandilocuencia y el capricho, Premio Nacional de Novela Aquileo J. Echeverría, por ejemplo, o por necesidades técnico-organizativas, como el Premio de Novela Corta CCE, pero finalmente, para realizar la labor de lectura, análisis y decisión que se requieren para fallar un concurso literario se ocupa siempre delegar en un grupo usualmente reducido de personas, los jurados. La composición de un jurado es determinante del resultado de un premio. Las lecturas, formación, experiencia vital e ideas sobre la literatura de cada jurado entran en juego a la hora de fallar un premio. De modo que fácilmente un premio que a través de los años lleva el mismo nombre puede cambiar tanto de un año al otro debido a sus jurados que casi debería ser requisito ponerle de apéndice a cada premio otorgado los apellidos de los jurados responsables de otorgarlo.

4. Los jurados tienen la obligación de explicar sus fallos:

Ese principio delegatorio de los premios tiene como corolario la posibilidad de que los jurados falten a la ética y premien basándose en criterios extraliterarios. Es deber de los jurados justificar y explicar públicamente lo que vieron en las obras que premiaron y a qué se debe su entusiasmo, para de ese modo garantizar que no hubo motivaciones de carácter personal en sus decisiones. Esto lo estaré haciendo pronto con las obras que premiamos este año en el I Certamen de Novela Corta CCE, 2011.

Los premios deberían ser siempre secretos para evitar que en las motivaciones de los jurados entre ningún otro criterio personal que no tenga que ver con la literatura. En el Premio de Novela Corta CCE, 2011, este problema no existe debido a que sus procedimientos garantizan que los autores se mantengan en secretos hasta que el fallo no sea emitido. En los premios otorgados a obras publicadas o en las que se conoce el autor de cada obra, sin embargo, el otorgamiento basado en la amistad o conveniencia personal equivale a traicionar la confianza del organizador del premio, del público lector, de los participantes en el concurso, manchar la dignidad propia y denigrar al autor que lo recibe, menospreciar su obra y destruir la credibilidad del premio. No es imposible que un premio lo gane un amigo de un jurado, pero en esos casos los deberes de transparencia y explicación pública se duplican o triplican y la necesidad de autoexaminación de la opinión propia antes de tomar la decisión es infinitamente más importante.





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Bajo la lluvia Dios no existe, Warren Ulloa



Esta es la reseña de la primera novela de Warren Ulloa, publicada en La Nación el 13 de octubre de 2011.


Bajo la lluvia Dios no existe 

Warren Ulloa  
184 pp., Uruk 2011

La primera novela de Warren Ulloa, Bajo la lluvia Dios no existe, contiene dos personajes inolvidables: Mabe, poeta incipiente y chica mala de todo tiro, y Bernal, estudiante fracasado y novato predeciblemente obsesionado con el sexo. La novela relata el noviazgo prosaico de estos dos adolescentes que en su atolondrada inmadurez se unen al descabellado plan de Ratatás, metalero y narcotraficante de poca monta, para distribuir hongos alucinógenos entre los estudiantes del colegio.

La historia está narrada por Bernal en una voz pocas veces usada en la literatura costarricense. Bernal habla un vernáculo pachuco fluido que en complejidad y estridencia es el opuesto de su rudimentario, blando y a veces deficiente español estándar.

Con estas herramientas se dedica a denunciar y criticar básicamente todo lo que lo rodea: sus padres, su país, a las personas que conoce y a las que no conoce, siempre convenientemente ciego a sus propias deficiencias.

Más allá de las drogas, el alcohol y el sexo casual, que abundan en la novela, los vicios que aquí se catalogan son los de la falta de carácter, la inmadurez egoísta y ensimismada que alternativamente enternece, exaspera u ofende al lector. Cercados por nociones deformes sobre la lealtad, la compasión, la responsabilidad, entre muchas otras, y versados en generalizaciones y prejuicios tan absurdos como comunes, Bernal y Mabe carecen de herramientas para dimensionar sus actos o los de los demás, y por lo tanto no tienen límites cuando de lo que se trata es de buscar la satisfacción personal.

Es a esa falta de un marco de referencia a la que hace alusión Mabe cuando declara que “la vida es chingue”, para luego explicar que el nombre de su poemario, Bajo la lluvia Dios no existe, tiene que ver con una noción de un dios con de minúscula, devaluado, que no puede ayudar a nadie y que más bien necesita ayuda de sus desamparados. Las cosas inevitablemente se complican cuando Mabe revela terribles secretos familiares que luego se agravan cuando, improbablemente, el padre de Mabe se casa con la madre de Bernal.

Estas revelaciones explican a Mabe; con Bernal, en cambio, los motivos de sus deficiencias éticas solo se pueden adivinar. Lo que les escandaliza de sus mayores, en ellos parece paradójica y convenientemente permisible.

Ulloa ha logrado, en este retrato del nihilismo adolescente costarricense, un ritmo narrativo fluido, dosificando las revelaciones para que la lectura resulte interesante y eventualmente conmovedora. Ciertamente, lo nuevo aquí no es la compilación de giros coloquiales, iniciada por Aquileo Echeverría y aplicada luego magistralmente a lo urbano por Alfonso Chase y Rodolfo Arias.

Lo nuevo es esta leyenda admonitoria que, evitando todo tipo de prédica o moralina, narra cómo las ideas absurdas, la hipocresía y la ceguera autoinducida del egocentrismo juvenil pueden llevar a las consecuencias más nefastas.










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El ruido de las cosas al caer, Juan Gabriel Vázquez




Mi reseña de la novela ganadora del Premio Alfaguara 2011, El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vázquez. Publicada en La Nación el 28 de octubre.

El ruido de las cosas al caer  
Juan Gabriel Vázquez
253 pp., Alfaguara 2011 

Cuando Juan Gabriel Vázquez, novelista colombiano, presentó su última obra al concurso que le otorgaría el Premio Alfaguara 2011 de novela, no fue casualidad que lo hiciera con el título de Todos los pilotos muertos. Reminiscente de cierta novelística norteamericana –Warren, McCarthy–, este título de trabajo resume las claves centrales de esta exploración de la historia reciente de Colombia mejor que el definitivo, El ruido de las cosas al caer.

En esta novela, las cosas que caen son casi siempre aviones: caídas que destruyen sueños, familias y, eventualmente, la identidad nacional colombiana.

Estos son los daños en que incurren los pilotos, literales o simbólicos, de la novela, cuya obligación primordial era la de conducir a un destino seguro a quienes les habían confiado su vida.

El protagonista, Antonio Yammara, conoce en los billares de Bogotá a un hombre lleno de remordimientos cuya sola proximidad termina arrastrando a Yammara ha-cia el torbellino contemporáneo de la violencia colombiana y sus secuelas sicológicas. Este hombre, Ricardo Laverde, alguna vez fue un joven y ambicioso piloto, heredero de un legado de pilotos legendarios, que en los años ochenta se casa con una voluntaria de los cuerpos de paz y tienen una hija. En el presente de la novela, Yammara se casa y tiene un hija también.

Las decisiones de estos dos hombres están siempre respaldadas por buenas intenciones y una falsa ingenuidad, deliberadamente ciega. Ambos asumen con gusto paternalista la dirección total de las vidas de sus familias. A ambos los esperan, sin embargo, eventos transformadores que les impedirán llevar a buen puerto sus promesas, y sus vidas familiares terminarán viniéndose abajo con el estrépito al que hace alusión el título.

La arrogancia de Laverde, que desencadena su propio castigo, y el miedo de Yammara, la enfermedad principal de su generación, son los polos opuestos entre los que se mueve la novela.

El estilo meditabundo de Vázquez, basado en la reconstrucción y corrección constante del recuerdo, tiene la función de superponer la ficción de la memoria personal a la verdad fría de la reconstrucción histórica. Esta es la historia de Colombia narrada en clave íntima por quienes la vieron transformarse de la sociedad poscolonial que en sus héroes veía lo mejor de sí a la sociedad paralizada por el terror a los reyezuelos narcotraficantes locales.

En el accidente de Avianca a causa de un error humano de los pilotos; en la avioneta que adornaba la entrada a la hacienda de Pablo Escobar y con la cual se hizo millonario; en el avión de pasajeros que hizo explotar Escobar en un intento de matar a César Gaviria; en la soberbia del piloto que causa el accidente durante la exhibición aérea de Santa Ana en 1938; y en el Cessna de Laverde, suspendido en la oscuridad del Caribe rumbo a Miami, está cifrada la historia reciente de Colombia.

El diagnóstico final no es bueno. Los personajes de Vázquez, después de atravesar el umbral del sufrimiento, parecen rehusarse a aprender de su dolor y buscar deliberadamente su destrucción y la de los que los rodean.

La aparente inocencia inicial de sus acciones, de su estilo de navegar la vida, no los releva, entonces, de su responsabilidad. Resulta que no basta la autocompasión; las segundas oportunidades son para quienes se las merecen.





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Las sombras de Lisandro, Rodrigo Soto



Reseña de la novela La sombra de Lisandro de Rodrigo Soto, publicada en La Nación.

Las sombras de Lisandro

Rodrigo Soto
120 pp., EUNED 2011

¿Qué caminos llevan a un hijo a matar a su padre? En Las Sombras de Lisandro, Rodrigo Soto explora uno de los conflictos originarios del orden social, según Freud, con una sorprendentemente sucinta novela. Alfredo es un hijo de madre soltera que crece a la sombra de un padre ausente. La concepción de Alfredo ocurre en un encuentro fugaz entre su madre, una secretaria asidua a la lectura y al teatro y Lisandro Silva, dramaturgo chileno que se encuentra de paso por San José con su troupe de teatro callejero.

El encuentro es casual, caprichoso. El embarazo, una casualidad remota. Elena, la madre de Alfredo, calla el nombre del padre, Lisandro Silva simplemente nunca se entera. Alfredo crece sin saber quién es su padre, contemplando esta ausencia de una manera compulsiva: “pensamientos que no eran míos porque yo no los decidía, yo no los pensaba y más bien me hacían sentir que yo era su espejismo”.

Con la prosa diáfana y fluida que lo caracteriza, Rodrigo Soto transforma imperceptiblemente esta simple historia doméstica de un hijo sin padre, de una madre soltera y de un dramaturgo de la diáspora chilena, en una historia mucho amplia y quizá más personal. Alfonso descubre que Lisandro Silva es su padre, y que recientemente ha publicado una nueva novela: Las Sombras. En ella hay un pasaje en el que un personaje llamado Rodrigo Soto, escritor costarricense, narra el descubrimiento del embarazo de su novia, chilena también, quién le explica que el niño no es suyo y la aceptación conveniente de Soto de esta explicación.

Se abre entonces el laberinto de espejos de la autoficción, en la que los límites entre realidad y ficción autorial se desdibujan para que, en este caso, Soto explore la idea de la paternidad despreocupada que comporta crear personajes literarios, que usualmente tienen mucho de real, para luego abandonarlos, condenarlos a vidas miserables o matarlos. Alfredo, en un giro que recuerda a Niebla de Unamuno, se dirige en uno de los capítulos directamente al autor y lo reta a escribir la historia, percibiendo que en ella él podría perfectamente morir. ¿Quién es el autor al que se dirige aquí Alfredo?¿Rodrigo Soto? ¿Lisandro Silva? ¿Es menos real un hijo si su padre no sabe que existe? ¿Obliga esa situación de algún modo al hijo a defenderse?

Es significativo que la obra que representa Lisandro la noche de la concepción de Alfredo es Orestes, en la que Orestes mata al usurpador y asesino de su padre. Esta puesta en abismo aleja la trama de otras posibilidades (Karamazov, Edipo Rey) y apunta directamente al ajusticiamiento del usurpador del rol paterno(Orestes, Hamlet), alguien que ha venido a suplantar una sombra, un inesperado padre o un autor, cuya aparición sume en sombras y predetermina la vida del hijo.

No deja de sorprender que Rodirgo Soto logre en extensión tan corta ecos cervantinos, de Shakespeare, de Eurípides, Sófocles, de Las Meninas de Velázquez, de Unamuno, Dostoievski y Freud. Esta novela es apenas la primera parte de una trilogía sobre la paternidad, cuyas siguientes entregas sin duda generaran contra Las Sombras de Lisandro sus propias, complejas resonancias.



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La ruta de su evasión, Yolanda Oreamuno



"Para Dn. Joaquín, con respetuoso
agradecido afecto, Y Oreamuno.
16.2.40"
Reseña de La ruta de su evasión, de Yolanda Oreamuno, para La Nación.

La ruta de su evasión
Yolanda Oreamuno
394 pp., Editorial Costa Rica 2010

La ruta de su evasión, de Yolanda Oreamuno, es la piedra fundacional sobre la que se levanta el edificio de la novela moderna costarricense.

En el marco del 55.° aniversario de la muerte de su autora, la publicación de La fugitiva, la biografía novelada escrita por Sergio Ramírez, ha despertado la pasión del público por su leyenda personal. Buen momento, por lo tanto, para que podamos acercarnos y reconocer el insólito logro literario de Oreamuno: la primera novela de calibre mundial escrita por un autor nacido y educado en Costa Rica.

La ruta de su evasión sobrepasó completamente la temática realista y social que predominaba en Costa Rica hasta entonces, enfocándose por primera vez de lleno en el mundo interior de sus personajes, en sus emociones y sus pensamientos. Para esto hizo acopio de técnicas que Faulkner usó en Mientras agonizo y Las palmeras salvajes, y que este, a su vez, había aprendido de Joyce. Esas mismas técnicas de Faulkner (el monólogo interior, flujo de la conciencia, fragmentación del tiempo) influenciarían, 15 años después de la publicación de La ruta de su evasión, a Gabriel García Márquez, a Carlos Fuentes y a Mario Vargas Llosa, haciendo de Yolanda Oreamuno una precursora del boom y la nueva novela latinoamericana.

La ruta de su evasión es sorprendente además porque aborda precisamente los problemas que hicieron de la vida de Yolanda Oreamuno un calvario: es una exploración profunda de los roles tradicionales del hombre y la mujer, y de cómo estos pueden causar la degradación personal o de la familia.

La elocuencia emotiva de Oreamuno permite que la acción avance impulsada casi exclusivamente por la introspección de los personajes en sus monólogos interiores.

Los hombres de la familia Mendoza son todos, aunque de distintos modos, incapaces de comprender y expresar sus emociones, de brindar amor o mostrar solidaridad.

Las excepciones solo se dan cuando un hombre es o se muestra débil, entregándose generosamente a la mujer, acto que siempre termina implicando su autodestrucción. Las mujeres, por otra parte, o viven en lo que Oreamuno llama un “oscurantismo místico”, “un medioevo del amor”, sumisas y adorantes del hombre como un ser divino y todopoderoso, o procuran usurpar ese rol, renunciando a su sensibilidad y asumiendo el cinismo varonil de las “mujeres no-importa”. La novela tiene uno de los estilos más ingeniosos, frescos y alegres de su generación, a pesar de la trama y sus temas dolorosos. La escenificación es trepidante: pasamos de una capilla ardiente al voyerismo infantil, de una borrachera de prostíbulo a una disección de cadáver, de la masturbación descubierta al vandalismo colérico de los celos. Hay amortajamientos, temblores, partos, arrestos, suicidio asistido. Hay liberación.

En fin, si uno pudiera leer solo una novela escrita por un costarricense, la recomendación tendría que ser siempre La ruta de su evasión, una novela que, como su autora, merece toda nuestra admiración y respeto, y no la oscuridad relativa en la que ha pasado desde su publicación en 1949.




(Foto del Archivo García Monge, restaurada por Eugenio García para el blog Cosas de Jota)

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La Fugitiva, Sergio Ramírez




Reseña de La Fugitiva, de Sergio Ramírez, biografía novelada de la vida de Yolanda Oreamuno, escritora costarricense, publicada en La Nación aquí.

La Fugitiva
Sergio Ramírez
310 páginas, Alfauara 2011

Lo que le debemos a Yolanda

La Fugitiva, una biografía novelada de la vida de la escritora costarricense Yolanda Oreamuno, escrita por el novelista nicaragüense Sergio Ramírez, hizo un debut explosivo en su reciente presentación al público costarricense.

La novela contiene tres grandes secciones narradas por amigas de Amanda Solano, el personaje basado en Oreamuno, en las cuales se relatan los sucesos dramáticos que componen el mito trágico de Yolanda Oreamuno: su belleza y elegancia etéreas y su cultura y renuencia a ajustarse al molde de mujer que dictaba la época, el rencor, envida y fascinación que despertaba en el pueblerino San José de la primera mitad de siglo XX, su rapto por parte de un novio despechado, el abuso sexual por parte de su padrastro, la supuesta sífilis y posterior suicidio de su primer esposo, su fracasado segundo matrimonio y traumático divorcio, el secuestro de su hijo, la pérdida de sus novelas, sus terribles enfermedades y operaciones, su exilio voluntario y su muerte en el abandono y el olvido.

Ramírez ha insistido, como advierte el libro deliberadamente también, que La Fugitiva es una novela y no una biografía. Esta advertencia elimina de un tajo los riesgos legales y la necesaria verificabilidad de los hechos de las biografías. A pesar de eso, las logradas voces de las narradoras, basadas en Vera Tinoco, Lilia Ramos y Chavela Vargas, respectivamente, se complementan o corrigen para contar una única historia que a todas luces fue exhaustivamente investigada. Poco importa qué tan ficticia sea la novela, ya se sabe que en la práctica la verdad y la historia están compuestas en gran parte por el mito.

Se echa de menos en esta novela, considerando la licencia novelística que asume Ramírez, que no se escuche la propia voz de Yolanda Oreamuno, o más aún, su interioridad, como ella misma lo hiciera magistralmente con sus propios personajes de novela. Tampoco se explora su faceta de escritora, que es, finalmente, el mérito en el que debería descansar su fama. Centrarse en su mito, que ella misma despreciaba, ayuda sin embargo a generar interés por su obra. Hay que reconocer que Ramírez no tenía obligación de abordar estos temas. Él no le debe nada a Yolanda Oreamuno, y manifiestamente se propuso escribir una novela basada en una mujer que por insólita resulta naturalmente un personaje novelesco. Somos nosotros, los costarricenses, los que le debemos la recuperación de su obra a Oreamuno; homenajes, también; pero más importante aún, le debemos, como patria, una sentida disculpa pública por el gran infierno de pueblo pequeño por el que la hicimos pasar toda su vida.




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Trece, Rafael Menjívar Ochoa



Reseña de Trece de Rafael Menjívar Ochoa publicada en La Nación el 29 de Mayo de 2011.


Trece
Rafael Menjívar Ochoa
201 páginas, Ediciones FyG 2008

Rafael Menjívar Ochoa, escritor salvadoreño, autor de más de diez novelas publicadas en Europa y Centroamérica, murió el pasado mes de abril. Menjívar formó parte de la “generación del desencanto” que incluye autores como Jacinta Escudos y Horacio Castellanos Moya. Sus obras permiten un contraste entre los estados mentales salvadoreños y costarricenses que pueden iluminar tanto nuestras diferencias como semejanzas.

El protagonista de Trece es un hombre que ha decidido quitarse la vida al cabo de trece días, que corresponden a los capítulos de la novela. La mórbida trama gira en torno a la búsqueda de un motivo para este suicidio, en ausencia del cual el protagonista ha establecido un plazo para saber cual será el momento de actuar. La novela está escrita al estilo de un diario que registra los eventos de los últimos días antes del suicidio y de los motivos que el autor tienen para vivir o para morir.

Los motivos de las tendencias suicidas parecieran aclararse una vez que el narrador comienza a hablar de su familia, y en particular de los espeluznantes episodios de agresión física de su niñez a manos de su madre adolescente, con quien después mantendrá una relación ambivalente de cariño e indiferencia.

Esta novela fue escrita en los años posteriores al final de la guerra civil salvadoreña, años de gran decepción durante los cuales muchos de los escritores salvadoreños participaron en la reconstrucción de una patria que terminó siendo igual o peor a la que originalmente quisieron cambiar. Del desencanto de posguerra han surgido novelas hipercríticas de la realidad salvadoreña, como El Asco de Castellanos Moya, y en este caso Trece, de Rafael Menjívar Ochoa.

Trece refleja el absurdo existencialista de una vida para la cual no se logra encontrar motivos, que avanza mecánicamente y en la cual la hipocresía y el cinismo son la norma. Resulta imposible no ver a la nueva patria representada por la madre agresora que promueve todos los antivalores imaginables y agrede psicológicamente a sus hijos. Como en un El Extranjero centroamericano, Trece es un vistazo crudo al vacío profundo del desencanto que producen la violencia y el fracaso de las utopías. Una pequeña gran novela que vale la pena leer para recordar lo que a veces se da por sentado.






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Presentación de Heterocity en la Feria del Libro de Guatemala



El miercoles 20 de julio estaremos presentando Heterocity de Mauricio Orellana Suárez en la Feria del Libro de Guatemala - FILGUA. Heterocity ganó el premio centroamericano de novela Mario Monteforte Toledo 2010.

Una muestra gratis del primer capítulo de Heterocity se puede obtener haciendo click aquí.

Esta es la nota de la contraportada:

¿Debe legalizarse el matrimonio de parejas del mismo sexo? Heterocity, la monumental novela de Mauricio Orellana Suárez, se adentra violentamente en el tema con valor y amplia erudición desde espinosas perspectivas religiosas, políticas, sociales y personales. Heterocity obtuvo el Premio Centroamericano de Novela Mario Monteforte Toledo, en su edición de 2010, según el jurado, “debido a su temática provocadora, transgresora y atrevida. (…) Destapa una realidad que todos sabemos que existe, pero pocos se han atrevido a explorar.”. De esa forma, se reconoce en la obra de Orellana Suárez una enfática búsqueda más allá del terreno estrictamente literario: esta novela es un documento político de primer orden, un mosaico atrevido que, mediante los diversos registros en los que el autor se mueve —lo queer, lo religioso, lo político, lo cotidiano en interiores cargados de represión, lo aleccionador, lo académico, lo cómico y lo sórdido—, busca remover un estrato que pudiera estar cómodamente asentado en conciencias instaladas en el lado del poder, dentro un espacio social que se presume diseñado en exclusiva para heterosexuales. Orellana Suárez, poseedor de un don narrativo único en la región, no solo entretiene, sino que agita, enseña y, por encima de todo, erige un estandarte complejo, elegante y conmovedor para la lucha por los derechos de las minorías sexuales.

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I Certamen de novela corta CCE 2011




El Centro Cultural de España en Costa Rica acaba de anunciar el primer certamen de novela corta 2011, abierto especificamente para autores jovenes o sin muchas publicaciones. Aquí están las bases: I Certámen de novela corta CCE 2011

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