La historia de Cornelius Brown, Carlos Alvarado



Reseña de la novela La historia de Cornelius Brown de Carlos Alvarado.



La historia de Cornelius Brown
Carlos Alvarado
135 páginas
Editorial Costa Rica, 2007

La historia de Cornelius Brown, de Carlos Alvarado, no es un libro de fácil apreciación. Es cierto que es corto, que su lectura es rápida y amena y la trama es fácil de entender, pero el tema metaliterario que se desarrolla en ella evade escurridizamente a las interpretaciones unívocas. La novela plantea una dicotomía falsa entre dos versiones del narrador a través de un monólogo interno del doble egoísta que todos llevamos dentro, el ser primitivo pero fundamentalmente honesto que es previo a la moralidad consensuada de la sociedad, tan nietzscheano como freuidano. La novela trata de ese personaje, sin nombre, que también es escritor, pero que quiere escribir sobre los temas que a él le placen y quizá nadie quiera leer, en contraposición con otro escritor, Cornelius Brown, que el narrador asume que busca complacer, hacer 'buena literatura' y gustar al público. Al final de la novela Alvarado pliega ambas posibilidades en una, recordándonos que en realidad solo hay una novela, la que estamos leyendo. El juego metaliterario no es nuevo, no es ahí donde estriba la dificultad de entender lo que aquí realmente sucede. El problema es más bien que la dicotomía planteada por Alvarado no mantiene una separación estricta de los opuestos. El narrador que debería ser brutal busca constantemente la aprobación del lector, algo que parece repudiar en su enemigo Cornelius. Lo vemos tratando de alcanzar un nivel de honestidad profunda en su monólogo, pero traicionándose con justificaciones, apologías o recurriendo a las fórmulas de lo políticamente correcto. En la sección intitulada Pensamientos Perversos el narrador describe sus fantasías sobre la muerte de su madre:

No lo tomen directo. Son pensamientos genéricos, sin nombres ni apellidos -¡ahí vas de nuevo con explicaciones!- todos y todas los hemos tenido. ¿No es así? [p. 60]
El narrador se esta embarcando en la descripción de un pensamiento matricida que es uno de los tabúes más profundos de nuestra sociedad. Es una jugada arriesgada, pero le falla el valor. De pronto vemos que se disculpa como hablándole a su madre, diciéndole que no es directamente con ella el asunto, usando el lenguaje inclusivo ("todas y todos") que es el epítome de la corrección política. En ese fragmento esta contenida la disyuntiva de toda la novela. ¿Es verdaderamente libre el autor de escribir sobre lo que piensa o siente, sabiendo que esta en juicio ante los lectores por lo que diga? Este tipo de complicación surge constantemente en la novela en casi todas las secciones donde el narrador pretende ser libre y hablar de cosas de las que normalmente no se habla. Si describe el pene de alguien como "el cigarro de Churchill" inmediatamente se reprende a sí mismo "Si, ya sé, ¡Que corriente!"[p. 113]. Si en una página lo vemos expresándose con salvajismo reaccionario: "Que echen a esos vendedores ambulantes que me estorban, que capturen a los indigentes y los escondan fuera de mi vista (...) Muerte a los playos, a los que me quitan el trabajo, a los que huelen mal" en la página anterior lo vemos expresándose en términos, de nuevo, políticamente correctos, usando el término 'persona pequeña' en vez del de 'enano'. Si el cuento que transcribe el narrador habla sobre los amoríos con una prostituta, inmediatamente el narrador interrumpe el cuento e inserta una carta de disculpa dirigida a los colegiales, pero, aumentando aún la confusión, en la carta no hay disculpa ni explicación, a pesar del inevitablemente irónico título de Antigalimatías y, aún más revelador, el autor de la carta se despide 'desde prisión'. No queda claro si está en prisión por haber tenido amores con una prostituta, si su prisión es pretendida, moral o, más probablemente, literaria; una prisión literaria en la que se encuentra atrapado el narrador imposibilitado de escribir sobre cosas moralmente incorrectas sin corregirse o castigarse a sí mismo constantemente, envuelto en una confusión de culpa y deseo primario que era tema literario preponderante en el siglo XIX. La complejidad sigue en aumento al aborarse el asunto de la calidad literaria que es uno de los subtemas y preocupaciones del narrador: la calidad de su obra comparada con la de Cornelius Brown, la forma de medir esa calidad, la objetividad de esa medida. El narrador no es ingenuo al respecto y sabe que hay una disonancia entre lo que él ve en su obra y lo que otros ven en ella:
Cuando pensaba en ella, sabía que la obra era terrible. Pero cuando se pensaba a sí mismo, cuando él se pensaba tratando de salir de su cuerpo, le parecía un texto genial. Cuando la pensaba a través de La Menuda le era impensable, no compatible con un ser de ese candor.[p. 118]
El narrador entiende con claridad lo subjetivo de la apreciación de la obra de arte, sin embargo, lo vemos obsesionado con un premio que valide su obra, en el tanto que considera esa una medición objetiva de calidad literaria y reconocimiento personal. En ese punto no queda más que preguntarse si el intento de influir en el juicio que emitirá el lector o jurado de esta obra es deliberado, si se esta intentando condicionar la lectura de la obra por encima y más allá de lo que evidentemente es. Otras pistas dan a entender que eso es precisamente lo que sucede:
Como poeta apesto y esas malas creaciones la acumulo, ya que me sirven como material para atribuírselo a personajes pusilánimes que puedan aparecer por ahí o que de repente necesiten vivir y exhalar existencia. [p. 108]
Esto lo dice el narrador después de transcribir en su monólogo un poema. Pero además del poema en la novela hay transcripciones de cuentos, de fragmentos de novela, etc. Entonces no nos queda más remedio que preguntarnos de nuevo, y cada vez más confusos, si los fragmentos de novela que el narrador considera geniales, son en realidad fracasos de Alvarado, que por demás así los titula al transcribirlos.

En la novela, además de estos enigmas, se encuentran inconsistencias estilísticas que a estas alturas resulta imposible clasificar como deliberada ambientación o errores. Si el narrador usa construcciones extrañas, a veces sorpresivamente inadecuadas, para expresarse, mezclando el tono vernáculo con el heroico, el patético o el arcaico, ya no sabemos si estamos ante un problema de la novela misma o ante un ardid deliberado de Alvarado. La aparición hacia el final de la novela de un capitulo casi perfecto en el que el narrador ha trascendido su dualidad y se enfrenta a un nuevo comienzo, escrito en un estilo más depurado y limpio, de pronto nos hace reevaluar los juicios que hemos emitido sobre atrocidades encontradas en las páginas anteriores: talvez Alvarado nos engañaba desde el principio, talvez esta novela es en realidad solo una gran provocación, un Manzoni, un gato por liebre doble o triple. El hecho de que la novela se ganara el Premio Joven Creación de la Editorial Costa Rica en el 2006 hace todo aún más paradójico y sorprendente. Se puede novelar el fracaso de novelar, se puede ganar un premio con una novela que es sobre perder premios, se puede convencer al que lee que el texto que ve es en realidad diferente de lo que parece, se puede hacer que una novela sea muchas, todo se puede, todo se vale, nos dice el doble malvado de Alvarado desde estas páginas y Carlos Alvarado, escandalizado, con el premio en la mano, le pide que se calle, que no lo ponga en ridículo.

La corriente de ambigüedad, confusión e improvisación lucubrativa que alimenta La historia de Cornelius Brown ya la habíamos encontrado en el cuento homónimo de su colección Transcripciones Infieles. Es la huella inconfundible de un autor con una fuerte inclinación por el pensamiento en sus vertientes más libres, donde el tema se trabaja con juegos e improvisaciones más que con rigor racional y que no tiene miedo de habitar los marasmos imposibles de la metaficción más desdoblada y retorcida y divertida que hayamos leído en nuestro país a la fecha.

6 Comments:

Heriberto said...

Juan: yo hice una lectura muy de lector de "La historia ...", quiero decir desprendido de las vertiéntes más analíticas de la lectura y me dejé llevar por el estilo, por esa forma de narrar tan suelta y desparpajada que no es muy común en un autor costarricense. Un saludo.

Juan Murillo said...

Buen punto. Yo siempre asumo que hay otras lecturas posibles. La mía quizá peca de exceso de atención a la técnica.

silvia piranesi said...

venía a asomarme, x si ya estaba el nuevo nobel..
coming soon? jeje
saludos

CAQ said...

Juan: Gracias por reseñar el libro y marcar sus aciertos como sus deficiencias. Un abrazo a la distancia.
C.

Juan Murillo said...

Fue un placer tanto leer como comentar tu novela, Carlos. Esperamos ver algo de lo que tenés sin publicar pronto. Saludos a la distancia.

Ronald said...

Juan, hasta ahora tuve oportunidad de leer esta novela, cuya lectura fue motivada por esta reseña. Ahora, al concluirla, he vuelto sobre la reseña y concuerdo con lo que has señalado. Bien por el autor y por tu agudo análisis. Hasta pronto, Ronald