El Emperador Tertuliano, Rodolfo Arias Formoso



Estas son la nota que publicó el suplemento cultural Áncora y la presentación que hice en la Feria del Libro de la nueva edición de El Emperador Tertuliano y la Legión de los Superlimpios de Rodolfo Arias Formoso, reeditada este año por la Editorial Costa Rica.


Nota de periódico
Sobre El Emperador Tertuliano y la Legión de los Superlimpios

Juan Murillo

“Muchacho, usted no tiene ni idea de como se escribe una novela” – le dijo Tertu, el modelo original del Emperador Tertuliano, a Rodolfo Arias Formoso, allá por 1990, cuando este le mostró el manuscrito inédito de su primera novela: El Emperador Tertuliano y la Legión de los Superlimpios. Y claro, esa desaprobación inicial era de esperarse, porque esta novela no se parece en nada a ninguna otra novela publicada antes o después de ella; es única.
Producto de la bendición que era que al novel autor no le importara si algo era permitido o no en literatura, y más bien siguiendo el mandato sagrado de decir lo primero que se le venía a la cabeza y sonara divertido, el Emperador Tertuliano es un aluvión de viñetas diminutas que retratan la vida de un grupo de burócratas, en este caso la Legión de los Superlimpios, cuya cotidianidad es la “pulseada”.

La Legión y su periferia comprende a no pocos personajes inmediatamente reconocibles (El Roco Estándar y su homólogo, la Pollo Hermoso, el Típico calvo con bigote, un tal Onario, la Barbie Quiu, el Asceta Minofén, el Jefe AntiTertulio) que no por tener nombres caricaturescos dejan de ser profundamente humanos.

Si Arias hubiera retratado a la Legión de un tono diferente es difícil que hubiera podido evitar las gemelas trampas mortales de la novela del siglo XX: el sentimentalismo y el aburrimiento del realismo social que busca la denuncia. Por fortuna para él y para todos nosotros, Tertuliano está escrito con el humor y el cariño que le permite a todo el mundo reírse de sus desgracias para amainar el dolor que estas producen.

En el Emperador la vida de los personajes es una caravana incesante de pequeñas calamidades: embarazos inesperados, ascensos frustrados, encontronazos con el jefe, enfermedades del cutis, malestares estomacales producto de la birras ingeridas en el Restaurante Kue Chón. La narración rebota entre el pachuco, el habla de todos los días y el monólogo interior sin puntuación y nos lo presenta todo de un modo tan cercano e íntimo que no podemos menos que reconocernos en estos hombres y mujeres que luchan en esa guerra de baja intensidad que es el día a día en la ciudad.
Parte de lo que hace de esta novela una lectura tan deliciosa radica en la capacidad asombrosa, incontenible, de Arias de retratar un mundo a través de sus discursos. Aparte de la voz que nos narra entre chistes y juegos de palabras las peripecias de la Legión, escuchamos además, constantemente, casi como cuñas de radio, las instrucciones de un secador de manos, el ditirambo motivador de un calendario, el discurso del póster de la Segunda Declaración de La Habana, el diálogo radial de un taxista y su despacho, el diálogo cursi de una miniserie de TV, la predica de un evangelizador, las reglas mínimas para usar un sanitario público, los recuerdos del público a la progenitora del árbitro, la desgastada perorata y los eslóganes huecos de los políticos.

Tal es la proliferación de habladas, acentos, dialectos, copias y extractos, que Arias Formoso casi no necesita describir físicamente las cosas, las comprendemos de oídas, por el sonido reconocemos el taxi, la mesa de formica del restaurante, el escritorio con la bola de ligas y el imán con grapas del burócrata, la casita enrejada a la que se regresa en bus todos los días.

Se dice en el prólogo de esta segunda edición que esta novela forma parte de una generación de utopías agotadas que ya no encuentra abrigo en sueños comunes de un mundo mejor. Pero cualquiera que lea Tertuliano se dará cuenta rápidamente de que, a pesar de la aspereza de la vida con sueldos ajustadísimos y obligaciones aplastantes de los legionarios, esta es una novela de esperanza. Sin esa esperanza esta novela livianísima sería muy pesada y no sería posible ese final en el que el Emperador sube la montaña para mirar la ciudad, simbólicamente herida a sus pies, prometiéndose jugársela de palo a palo, como un vikingo, y remontar cualquier obstáculo que destino le tenga en reserva.

Presentación de
El Emerador Tertuliano y la Legión de los Superlimpios
Feria del Libro de Costa Rica
por Juan Murillo

Yo conocí a Rodolfo Arias Formoso en realidad hasta hace apenas un par de años cuando lo invitó el taller de poesía artesanal de Luis Chaves a compartir con ellos y conversar sobre El Emperador Tertuliano y la Legión de los Superlimpios. Yo había escrito un texto en Redcultura.com hacía unos meses y Luis Chaves sabía lo importante que me parecía a mí el Emperador Tertuliano para los escritores de mi generación y las posteriores, por lo que me invitó a la reunión. No me sorprendió descubrir que Rodolfo es tan astuto en persona como aparentaba ser como autor en sus novelas. Me sorprendió, por ejemplo, alguna aseveración que, superficialmente ingenua y deliberadamente errada, que lo ponía a uno bajo prueba de integridad intelectual, una especie de maniobra Columbo de la literatura que luego lo he visto repetir en otras ocasiones y que me pone nervioso y me hace pensar que detrás de todo lo que habla Rodolfo hay un metaobservador agudísimo que comenta sus propios discursos y los dirige como un estratega dirige una batalla desde una colina lejana que le da buena perspectiva.

Esa noche nos acompañaba el poeta Felipe Granados, quién murió hace un año, y que era otro de los admiradores incorregibles de la novela. En esa ocasión Rodolfo nos leyó partes del tertuliano que todos recordábamos, impreso en fotocopias en 1990, del cual luego hubo una edición formal, pero que a estas fechas se encontraba absolutamente descatalogada y de la cual ya sólo teníamos copias tras haber perdido los originales a las garras cleptómanas de otros amigos admiradores del Tertuliano. Felipe luego elogió lo que él consideraba el primer verdadero retrato del discurso del pachuco en la literatura costarricense y otros discutimos sobre si la concatenación libre de coloquialismos que se podía encontrar en la novela era un estilo descuidado y libre o un ejercicio de control extremo de los recursos literarios que ofrecía la calle. Rodolfo en esa ocasión se abstuvo, como recomienda Conrad, de teorizar sobre su obra literaria, pero si nos contó, sin embargo, sobre el génesis de la novela que significaba tanto para todos nosotros. La había escrito mientras trabajaba en un organismo en el que desempeñaba algún tedioso puesto de escritorio que le dejaba tiempo para escribir, durante la época obnubilada de un romance de los que suelen florecer bajos los inmensos árboles del campus universitario. El personaje principal estaba modelado en un conocido de Rodolfo con el cual solía jugar ajedrez y que tenía el absurdo e históricamente literal apodo de Tertuliano.

El ajedrez ya le había permitido a Rodolfo conocer a el que en ese entonces era el narrador vivo más importante del país y que sería luego su mentor, Joaquín Gutiérrez, con quién, después de ganarle el primer partido que jugaron tras conocerse, camino largo rato atravesando la noche josefina para ir a comer cereal y cuchichear en la cocina del autor de Murámonos Federico para que su esposa no se despertara y los regañara. Esa relación, sin embargo, no parece haber iluminado el alumbramiento de Tertuliano, porque, según nos contó Rodolfo esa vez, Tertuliano se había finalmente escrito con base en esas notas que tenía como propósito ser la fuente de la cual se tomaría el material para crear la obra terminada. Nos dijo que en ese cuaderno iba apuntando entre risas y besos de su novia todo lo que sonara divertido y pareciera buen material para meter en la futura obra. Finalmente la opción de trabajar directamente las notas para convertirlas en la novela fue lo que le dio la forma definitiva que podemos hoy apreciar en El Emperador Tertuliano. Ese sistema de escritura que ahora algunos fue una fragmentación deliberada y sumamente calculada que emparenta a la obra con el alto modernismo o el posmodernismo literario resulta ser hija del capricho y el buen ojo.

Eso nos recuerda que siempre es posible sobreanalizar una obra que lo ha impactado y que uno considera importante. Es fácil asumir un cálculo y una malicia infinita en el autor de una obra que cuando aparece cambia definitivamente el panorama literario de un país. Y es que eso fue lo que vino a hacer El emperador tertuliano con la literatura costarricense, la transformó para siempre. No es que nadie hubiese escrito con humor antes de Tertuliano, puesto que ya existía, por ejemplo, Breve historia de todas las cosas de Marco Tulio Aguilera Garramuño, una novela ganadora del premio nacional y sin duda sumamente divertida; no es que nadie hubiese escrito coloquialmente antes, ni nunca hubiese habido una novela fragmentada antes de la primera novela de Rodolfo; lo que pasaba era simplemente que nadie había escrito una obra que deliberadamente diera un paso al lado para salirse de la cancha demarcadísima de lo que se consideraba literatura costarricense.

En rigor, no existía un verdadero antecedente para el Emperador Tertuliano y, ahora que se publica su segunda edición veinte años después de su aparición, es fácil pensar que el riesgo corrido no era tanto. Pero la verdad es que Tertuliano, viniendo de un escritor joven, es un riesgo increíble, porque no es ningún secreto que nuestro medio literario es altamente alérgico a la transgresión y al experimento y en este caso la transgresión era además una provocación. Rodolfo estaba pidiéndole a los lectores de la obra que reconocieran, por ejemplo, las instrucciones de uso de un secador de manos o el dialogo radiofónico de un taxista, como literatura. La reacción, por supuesto, no se hizo esperar. La obra concurso para el premio Educa, un premio que sin duda hubiera dado un impulso inmediato a la obra y a Rodolfo como escritor, y que perdió, según cuentan las malas lenguas –y no la de Rodolfo, que conste- porque la única costarricense del panel se opuso a que se le premiara precisamente porque “era una pachucada”. Esto puede ser falso, pero la verdad más profunda persiste, no era, ni será la última vez que alguien cuestione la legitimidad literaria de El Emperador Tertuliano, por el simple hecho de que aceptarla como novela, como literatura, significa que las puertas se abren a todo tipo de obras, que algo pachuco puede bien ser perfectamente literario y que las recetas para confeccionar novelas tradicionales de pronto resultan notoriamente desabridas y poco emocionantes y los lectores, los lectores valientes, nuevos de corazón, aventureros, comprenden que en Costa Rica no sólo podemos hacer literatura provinciana, y que la jaula se ha abierto y que ahora sí, después de muchos años, cualquier cosa puede pasar en un libro.

La publicación de Tertuliano por parte de la Editorial Costa Rica es un logro, un hito, un suceso que nos entusiasma, porque es el reconocimiento final de que la primera novela de Rodolfo Arias Formoso no sólo es profundamente humana y divertida sino que además es sumamente importante e influyente en nuestro panorama literario. No en vano se reedita este año por parte de la ECR junto con nuevas ediciones de Mamita Yunai de Calufa, La Ruta de su Evasión de Yolanda Oreamuno. Arranca entonces de manera oficial la literatura costarricense del siglo XXI, una literatura inclusiva y radicalmente más amplia de la que ya se ven, en obras como la de Alexander Obando o Cirus Shanavaz, el transito por la senda inaugurada por esta novela inolvidable que todo costarricense debería conocer y que ahora, gracias a Rodolfo y a la Editorial Costa Rica, pueden de nuevo conseguir y leer.

3 Comments:

tetrabrik said...

siempre que alguien de fuera de CR me pide que le recomiende una novela costarricense para llevarse, les digo lo mismo: el emperador teruliano y la legión de los superlimpios.

Alexánder Obando said...

De acuerdo, sigue siendo un librazo. Y no creo, como algunos, que su tinte local limite su aceptación fuera de nuestras froonteras.

Germán Hernández said...

La primera vez que leímos al Emperador Tertuliano lo disfrutamos tanto, fue tan fluido y sabroso, que fue mucho después que nos pusimos juiciosos y nos preguntamos sobre la cuestión "liteteraria" pero el embeleso y el gusto que ya nos había impregnado Arias era definitorio.

La leí en aquel tiempo cuando somos muy jóvenes y pensamos que lo que estamos escribiendo va revolucionar la literatura universal, jajaja, por eso Tertuliano fue definitivamente una bandera en ese sentido y además, local y vivivida...

Lo juro!!! yo conocí personalmente al personaje que (cito de memoria) "me pedí un préstamos de 100 mil colones para gastármelos en guaro y putas" antes de leer a Tertuliano, y cuando me lo volví a topar en la novela sencillamente reafirmé con alegría la vitalidad de la obra.

Una novela que a fin de cuentas transita en una cuerda floja, que estuvo a un paso de caer al vacío de lo chapusero, y que le dió al final dignidad literaria a un mundo y un espacio determinados...

En hora buena que sea reeditado y que todavía hoy sigamos hablando del Emperador....

Saludos!!!!