Archipiélago, Heriberto Rodríguez



Reseña de Archipiélago de Heriberto Rodríguez.


Archipiélago
Heriberto Rodríguez
346 páginas
San Jose, Costa Rica:Editorial Costa Rica, 2008

De Heriberto Rodríguez ya conocíamos su colección de relatos Las cosas que nunca te dije, en el cual habíamos notado tres rasgos sobresalientes: su versatilidad protéica de estilo, un amplio dominio de las posibilidades del lenguaje y una obsesión difícil de disimular por lo corpóreo. No hay discusión en cuanto a que Rodríguez es un escritor de amplias capacidades en lo formal. Su prosa tiende a la constante y minuciosa digestión de los pequeños temas que habitan sus páginas a través de cúmulos de símiles y metáforas ejemplificadoras que aprovechan el amplio vocabulario del autor, un rasgo del que Rodríguez es penosamente consciente, incluso en boca de su propio narrador, que en este caso lo achaca a su oficio de pintor. Los temas sobre los que con tan puntillosa orfebrería elabora el narrador de esta novela son siempre, sin embargo, ramales de un cause principal, la obsesión con el cuerpo femenino, que en Archipiélago es el único gran tema que abarca, permea y fundamenta la novela.

Archipiélago es la historia de Terranova un graduado de la facultad de derecho que se ha dedicado a pintor y de las mujeres que atraviesan su vida como un archipiélago de recuerdos. Cada una de estas mujeres es visitada durante la narración para contar su relación con Terranova, pero además y en primer lugar, para que su cuerpo pueda ser recuperado del recuerdo con la obsesión neurótica del coleccionista. La novela arranca con la relación de Raquel, una ninfómana que finalmente abandona a Terranova, se casa y convierte en maestra de un jardín de niños, swinger y actriz porno de Internet. C., la segunda mujer de la novela, es una inmigrante pobre e ignorante que se convierte en modelo del pintor y en su amante y que finalmente lo deja para regresar a Nicaragua. Con C. Terranova tiene el encuentro sexual más ponzoñoso de la novela, tras el cual ya no nos queda duda de a los límites a los que puede llegar este personaje con tal de saciar sus fantasías edípicas a costa de la miseria de los menos afortunados. La tercera mujer de Terranova es Charityn Dinarte, una cantante de corridos de la zona norte de Costa Rica, cuna de una concentrada cultura ranchera importada desde México y que da pie a un sinnúmero de burlas y sarcasmos de Terranova. Laura, la cuarta, es una viuda reciente que se transforma en un lienzo en blanco en el que Terranova proyecta otras mujeres. Insertas entre las historias de estas mujeres hay otras mujeres, mujeres extrañamente conectadas con estas Raquel, Laura, C. y Charityn, todas parte de un solo continuo que es la Mujer única, que a su vez es, para Terranova, el cuerpo de la Mujer y el territorio psíquico que habita y del que vemos que no logra escapar, atrapado como este en el Archipiélago. El cuerpo de la mujer se reduce al ‘genitalismo femenino’, como lo califica Terranova en algún momento como si fuera una condición patológica, con su típica mezcla de fascinación y superioridad. En la novela no hay casi descripciones físicas del medio en el que se desarrolla la acción, porque el verdadero escenario es el cuerpo de las mujeres. Vemos la lista completa de zonas erógenas descritas como flores, como paisajes, como objetos, múltiples veces como comida, como vehículos. Casi no hay referente en la realidad al que no sean comprado el cuerpo de la mujer en la mente obsesiva del narrador.

Ya avanzada la novela nos enteramos de la microfalia de Terranova y de sus tendencias edípicas que quieren de algún modo explicar la personalidad del pintor. Terranova tiene una fijación con el cuerpo de sus amantes y con los hombres con los que ellas se han acostado y con la decadencia o menosprecio que esa situación comporta. Una ninfómana es, nos dice Terranova, una mujer ha tenido más amantes que uno mismo. Las opiniones chauvinistas de Terranova son cosa de cada momento. Gran parte de la demostración de habilidad de Rodríguez en esta novela radica en su capacidad de generar simpatía por un personaje tan claramente despreciable como es el narrador, a quien entre más patán sentimos, más cómico o patético nos va pareciendo.

Archipiélago arranca a paso lento, un poco sobrecargada por la densidad léxica y el bagaje lírico de la prosa en un tema que parece rondarse a si mismo eternamente. La sección primera, Raquel, es lenta en llegar al punto y se entretiene en la explicación por medio del ejemplo del tema central de la novela. Por ahí de la página cien la novela empieza a echar mano del humor y la trama se empieza a mover un poco más rápido. Hacia el final, en la sección llamada El archipiélago de la confluencia, vemos como las historias dispares se unen para conformar una historia única en la que las cosas parecen alternar entre la acción dramática y la cómica y la novela se eleva al punto en donde, a pesar de algunos cabos sueltos, quizá este lector hubiera preferido verla a lo largo de toda su extensión. Pero queda claro que esta novela no es acerca de lo que sucede en la relación de Terranova con sus mujeres, sino sobre los recuerdos, soliloquios, disertaciones y angustias de Terranova con respecto a estas relaciones. La novela, por tanto, ocurre largamente dentro de la mente monomaniaca de Terranova, que no por obseso es menos inteligente o culto. Entre los despliegues de erudición de Terranova están el extenso tratamiento que le da a las explicaciones del origen evolutivo del sexo y la muerte, al reduccionismo del cuerpo humano a sus componentes básicos, a la literatura que apoya estas ideas, entre la cual vale la pena mencionar a Philip Roth, claro maestro de Rodríguez en esta novela, y su obra The Breast. Roth, por otra parte, ha sido acusado repetidamente de misoginia, a lo que ha contestado que su tema es la vida masculina y que como tal no tiene porque hacer concesiones a conceptos de corrección política como la igualdad de los sexos.

No hay duda de que esta es una novela sobre las relaciones de género, desbalanceada como esta en favor de la visión de mundo de un hombre que comprende al sexo opuesto únicamente a través de su cuerpo. Es inevitable en este aspecto reconocer en Terranova un estereotipo de la masculinidad actual. La del hombre culto, el intelectual contemporáneo, que a contrapelo de la evidencia abrumadora es arrastrado por su formación, o deformación, emocional. Hijos de una generación en la que la religión inculcaba la culpa y el temor como corolarios inevitables del sexo y un machismo exacerbado que veía en la mujer poco más que un instrumento de satisfacción, estos hombres utilizan sus dotes intelectuales para racionalizar su discapacidad emocional achacándosela a la mujer, la pecadora, el objeto imposible del deseo, la destructora del mundo, la madre todopoderosa, la bruja, la mentirosa, la loba.

Si toda la novela se redujera a esto probablemente se volvería una lectura demasiado pesada, pero Rodríguez sabiamente a intercalado en medio de la copiosa especulación de Terranova una serie de episodios marginalmente cómicos que aligeran un poco la lectura. En la novela por ejemplo, aparece un personaje que es escritor y que se llama Heriberto Rodríguez y que es la Némesis del narrador. En un giro autoficcional usual, el narrador se burla y desprecia a Heriberto, que resulta ser, según parece, un pomposo aficionado del autobombo, autor de una obra intitulada Amor se escribe con H de Heriberto y capaz de embelesar a cualquier público con su canto de sierno con pinta de morsa desvelada. Heriberto no se da por enterado y tiene oportunidad de arruinarle algún lance a Terranova o burlarse de su microfalia. El desprecio de Terranova no tiene límites:


El culpable tenía que ser el escritorcito este, licenciado diletantte del inmovilismo, vaca sagrada hecha de soya o carne de cerdo, miope en el reino de los tuertos, usufructuario descarado de los beneficios de la endogamia, del nepotismo y la filiogamia, mamante impenitente de las ubres corruptas del poder.
La novela finalmente se resuelve en un tumulto de malentendidos y humor ácido, pero divertido, que poco tiene de gratuito. Terranova, irresoluto, pierde a su terapeuta, el Doctor Johnnie Walker, se enfrenta a un falso embarazo, trata de rescatar una mujer que no es suya de los brazos de un culto de ablación clitorídica liderado por un tansvesti que considera el placer femenino como el origen de todo los males. Y con esta alegoría de la carrera moderna de la mujer por convertirse en hombre para liberarse del hombre y el hombre en mujer para poder sentir más allá del falocentrismo, cierra la novela, aceptando explícitamente sus compulsiones edípicas, liberándose de el espectro dominante de su madre, y optando por una relación más allá de las obsesiones y limitaciones que su cultura y educación le imponen. ¿Premonición del hombre nuevo? No en esta novela, no. O como diría Terranova: "El arte es lo que se hace mientras fracasamos en nuestros vanos esfuerzos por regresar al vientre materno."


9 Comments:

Literófilo said...

Me gustó y apenas con la presentación de la novela mañana. Curioso como toma de personaje pricnipal a un 2artista" y me amtiza mucho eso de recordar su pasado con cada mujer, y esas frases que vos pusiste me engachó,vamos a ver, nos vemos mñana compay.

Gustavo Adolfo Chaves said...

346 páginas es un aliento ya bastante inusual en CR. Y parece que no sólo están escritas sino que se dejan leer. Ya la semana entrante voy por ella. Y tu reseña, Juan, muy inteligente y provocadora, como siempre.

Asterión said...

Gracias por la reseña, Juan. Sugerente, como siempre.

En cuanto a la temática, personalmente me atrapa la idea final. Resume perfectamente, no solo al artista, sino a la humanidad toda, cuyo único objetivo, al que corre desesperadamente, sin saberlo siquiera, y sin lograrlo nunca, es el regreso al paraíso perdido, al vientre materno; pues probablemente lo que busca es solamente hundirse en las aguas que rodean cada una de esas islas. Como diría Paz, "el agua primordial".

Alexánder Obando said...

Excelente comentario, Juan. Provocás verdaderos deseos de leerla.

Me gustó mucho también el comentario sobre Phillip Roth y la corrección política. Pareciera que en todas partes se cuexen habas. Si dejamos que nuestro oficio se nos haga políticamente correcto, se nos va de las manos. Es cosustancial al arte ser "políticamente incorrecto". Otra forma de arte no hay. Por más que veamos intento vano tras intento vano. Me parece en esencia (para volver a revolcar cenizas y carbunclos) que ese fue el pecado capital de lo que en CR llamamos poesía trascendentalista, ni más ni menos.

Juan Murillo said...

Gracias por los comentarios, la intención declarada de estas reseñas es provocar en sus lectores curiosidad por las obras, y con quizá con excesivo optimismo, despertar deseos de que las lean.

Alex, en efecto, la mejor literatura es la que explora los lindes de lo que damos por sentado, la que conquista nuevas tierras para todos o nos enseña los lugares a los que deseamos ir o de los que nos queremos mantener alejados.

Asterión said...

Escato, que bueno tenerte de vuelta. Y dale, Álex, voy a morder el anzuelo, jaja.

Digo, es que como en otros momentos hemos hablado de esto, y quiéralo o no, dentro de este grupo de personas que nos "reunimos" en estos blogs, soy el único que ha tenido una experiencia "trascendental", jaja, pues me toca referirme asunto. Ni modo.

Por lo demás, me parece apropiado en el blog de Juan, por razones históricas, y también, me gustaría escuchar al otro Gustavo pronunciarse.

Primero, no defiendo ningún trascendentalismo ni nada asociado con ello. Cierta poesía y ciertos libros, sería otro tema.

Segundo, creo que todos concordamos en que la literatura, per se, es, o debe ser, políticamente incorrecta. Yo mismo he atacado esa idea de lo correcto varias veces.

Tercero, es evidente que aquí también encontraríamos divergencias: ¿qué es lo políticamente incorrecto? A eso respondería el estilo de cada uno.

Cuarto, cuando decís que el pecado capital del "trascendentalismo" fue ser políticamente correctos, me parece que hay un error de percepción, o de presición. Recordemos que el malhadado manifiesto empieza con una crítica a Julián Marchena. Esos cuatro jóvenes o no tan jovenes (y un quinto años antes y antes de morir), pretendían destronar, despedazar, atacar a la clase dirigente de la poética nacional. Entonces, en ese sentido, no fueron "correctos". Luego, terminaron por tomar el lugar de aquellos, como lastimosamente suele suceder.

Quinto, concordaría con vos, cuando debemos reconocer que, más allá de un talento cuyo nombre no voy a mencionar, él mismo y sus contemporáneos y la tira de imitadores, sí terminan por ser aburridos y acartonados representantes de lo "políticamente correcto" (aunque creo que su principal pecado es ser intolerablemente aburridos).

Sexto, si por "políticamente correcto" se entiende ciertos estilos o cierto uso de recursos, como la metáfora, me parece que la discusión sigue entonces siendo estéril y no lleva a ningún lado, porque lo que se ataca no es tal, no existe.

Sétimo, para mí, lo políticamente incorrecto es, como decías vos en otro momento, en tu blog, no patear el balde dos veces, no ser un "desarraigado marginal y cool", y no aceptar la tiranía de la vulgaridad y la ignorancia.

Bueno, quedo por aquí, a ver si logramos seguir el asunto.

Nota: en el blog del Camaleón también el asunto se puede poner interesante. Así que quedan todos invitados.

Heriberto said...

Hola Juan, muchas gracias por ocuparte de la novela. Un saludo.

Alexánder Obando said...

Cuando hablo de políticamente correcto, Asterión, me refiero a la misma lectura del manifiesto trascendentalista, algo de lo que me ocupé ya hace un buen rato. En el mismo, los coautores afirmaban su deseo de trascender lo inmediato obnubilando la referencia histórica y el "antivalor". Esta última palabra no la mencionan pero es lo que me ayuda a explicar con más exactitud lo que ellos apuntaban. Por tanto, no me baso en su poesía, sino en su manifiesto.

Por otro lado, tenés toda la razón del mundo: no hay peor pecado en arte que ser aburrido. Aquí sí puedo mencionar con mayor propiedad su estilo de metaforizar como fuente de una eterna modorra. Véase la metáfora "vuelo vencido" como triste ejemplo de lo ya dicho. Un sustantivo abstracto apendizado con adjetivo de intenciones prosopopeyizantes, nada más. Esa parece ser su columna vertebral y la fuente de toda su miseria. Y lo peor vino después. La reproducción industrial de dicha modorra en los labios de tantos y tantos epígonos. De verdad dan lástima. De verdad. por dicha cada vez son menos y su voz es más opaca. Y termino parafraseándote en aquello de la esparanza. Todavía se puede cambiar de rumbo. Dichosamente.

Saludos.

Asterión said...

Así es, Escato, el asunto del tratamiento metafórico es el principal problema de discusión y en este caso, el rasgo más típico y fácil de imitar.

Por otro lado, no pretendí defender ese manifiesto. Lo que quería señalar es algo que resulta evidente: cómo todas las generaciones "pretenden" (palabra clave) hacer lo mismo, aunque luego terminen por instalarse en determinadas instancias de poder.

El manifiesto en cuestión (un día de estos lo veía en la biblioteca), es realmente candoroso, jaja, definitivamente.

Wilde y Nietszche de fijo suscribirían la idea de que el peor pecado en arte es ser aburrido.

Y cierro: en todos los ámbitos, siempre hay nuevas posibilidades. Se trata de abrirse a dichas posibilidades y abandonar prejuicios; generosos, pero con el azote de la crítica listo.