Ruido de fondo, Javier Payeras



Ruido de fondo, reseña de la novela corta y poemas de Javier Payeras.


Ruido de fondo
Javier Payeras
124 páginas
Guatemala, Piedra Santa, 2006

Recuerdo estar viendo Mr. Ed, el caballo que habla, en un televisor blanco y negro donde todo se veía gris claro, rayando en el blanco, en Puntarenas a finales de los setentas. Wilbur le reclamaba, enfundado en su impecable traje al cuerpo de los cincuenta, alguna banalidad a Mr. Ed, quien respondía con suave sarcasmo. Luego la transmisión se había detenido para dar pase a un avance noticioso en el que se veían los push-pull somocistas bombardeando las barriadas de Managua, el presentador decía que la fuerza aérea nicaraguense también estaba bombardeando territorio costarricense, probablemente con el propósito de lograr que los Estados Unidos intervinieran definitivamente en el conflicto, en favor de Somoza. En Liberia habían varios helicópteros de guerra norteamericanos llenos de marines esperando órdenes. Le pregunté con preocupación a mi madre si corríamos peligro, si los aviones nos podían bombardear a nosotros también y ella se sentó junto a mí, me abrazó y me dijo que no, que no me preocupara, que todo eso ocurría muy lejos de dónde nosotros estábamos, que estábamos seguros y que no pasaría nada. Al momento regresó la transmisión y pude seguir con atención las preocupaciones de un hombre que tenía un caballo que habla en un establo en el patio trasero de su casa mientras a 150 kilometros de ahí casas como la mia estallaban en pedazos. Mi madre tenía razón, no corrimos peligro, nadie nos bombardeo, la vida siguió su curso sin trastorno, a pesar de que en el Hotel Balmoral estaba hospedada la Junta Sandinista en esos días, a pesar del atentado de La Penca, a pesar de las bases aéreas de la CIA en Guanacaste, a pesar de que en Costa Rica residieron lo comandantes Contra Pastora, Robelo, el Negro Chamorro y Brooklyn Rivera de los Misurasata, a pesar de la creación por Dimitrius Papas y la CIA de Los Babies, reclutando agentes de la DIS, a pesar del escándalo Iran-Contras. Todo eso sucedió, pero para mi generación sucedió como en un sueño. Para cuando alcanzamos la mayoría de edad ya todo había terminado, la Unión Soviética se disolvía, en Nicaragua se llevaban a cabo elecciones pacíficas y en nuestro país se inauguraban los primero gobiernos neoliberales. Vivimos las guerras de centroamérica como un sueño, como una pausa diminuta entre la programación normal de nuestras vidas, como un comentario escuchado en la sala donde hablaban los adultos. En Guatemala, en Nicaragua, en El Salvador, en cambio, murieron decenas de miles de personas, guerrilleros, militares, civiles, el precio fue increíblemente alto y con consecuencias de largo alcance.

En ese contexto aparecen muchos de los libros de congéneres nuestros, uno de los cuales es Javier Payeras, autor de Ruido de Fondo. En medio de un ambiente de reconstrucción nacional que ha sido cooptado por las mismas fuerzas y con los mismos propósitos contra los cuales combatieron muchos durante décadas, en medio de una decepción y un desencanto desmoralizantes, en medio del silencio de los mayores que quizá se preguntan de que sirvió toda la sangre derramada y si quizá ellos pudieron haber hecho algo más para que esté, el futuro ahora presente, fuera mejor y no fuera lo que es.

Ruido de fondo es un libro vituperativo, su tono más usual es el del rencor y la ira, la rabia contra la ciudad, contra el país, contra la burguesía a la que quizá pertenece a regañadientes el narrador (“La ciudad de Guatemala es la Gran Puta, somos sus hijos; los hijos de la Gran Puta, ni más ni menos.” [p 51]). No denuncia, no señala para denunciar, señala para repudiar, no hay esperanza en este libro, el repudio hacia el entorno y hacia la misma generación es total. Esa ira tiene mucho de la culpa del sobreviviente que sienten los que sobreviven accidentes donde muere mucha gente. ¿Porqué vivo yo mientras tantos mueren? ¿Me lo merezco? Y quizá de la lucha por desembarazarse de esa culpa por transferencia: “Todo pasado que nos es ajeno merece ser negado”. Mientras que otro tanto es la simple decepción del proyecto utópico fallido y su reemplazo por la distopía de la depredación, la basura, la suciedad, la corrupción, la estupidez, la frivolidad y la hipocresía políticamente correcta que cubre la podredumbre como un velo invisibilizador. En cuanto a la poesía de Benedetti y Neruda, dice, parafraseando el desencanto posmoderno por la capacidad redentora de las artes:

“El mundo no es así, el mundo real es un agujero que es mejor matar con pastillas; odio esas facilonas frases hechizas, el mundo que parece desmontable y fácil de vivir. Esas dosis de verdad que te regala el mundo mientras lo tienes todo. Puede que los días que maldecimos sean nuestros días dorados, puede que sea todo cuanto podamos tener en la vida y haya que aferrarse a otras cosas, inútiles pero que dan consuelo, el consuelo acaso es lo que llamamos felicidad, y viceversa. ¿Existirá ese algo capaz de quitar ese ruido en mi cabeza?” p 44.

La trama suelta e inconexa de situaciones apenas vagamente relacionadas nos muestra un narrador que deambula por la ciudad que desprecia, buscando infructuosamente algo que le ayude a superar es a ira profunda que es el ruido de fondo que lleva consigo donde quiere que va. Hay sexo, mucho sexo, aderezado con drogas y alcohol, pero nunca una conexión profunda con el otro, con las mujeres con las que se limita a la transmisión de fluidos y el desahogo instintivo mientras secreta o abiertamente las desprecia, sean secretarias, roqueras, prostitutas o promiscuas. Los hombres que vemos en la novela por otra parte son prostitutos, asesinos y causantes de la decrepitud circundante, cuando no sus víctimas impotentes, desempleados, asesinados sin sentido en la calle mientras hacen su trabajo. Esta imposibilidad de conexión con los demás, de establecimiento de relaciones que puedan aportar sentido a un mundo vacío y derrotado es declarada casi con carácter programático por el narrador (“no tengo el deber de extrañar ni querer a nadie”). El aislamiento de las personas y la descomposición de las estructuras de apoyo social a todo nivel no se deben a la incapacidad de querer, de compadecer, de sentir empatía, sino a su renuencia abierta a hacerlo. La decepción llega al punto en el que el narrador, como suponemos que muchos otros, simplemente se rehusan a participar en el proyecto social y en su reconstrucción. Los individuos quedan aislados en los herméticos compartimientos de su vida, sin posibilidad de crecer a través de su participación en un proyecto más grande que los incluya:

“Este país es un paraíso vacío, no tiene guatemaltecos, todos somos extranjeros, todos vivimos distintos mundos(...) Aquí nadie vive en la misma Guatemala, cada quien tiene su país, su mundo.” p. 52

La vida individual en ese contexto pierde sus marcos de referencia y pierde su valor, el narrador de Ruido de fondo no sabe ya si vive su vida o si todo es un simple simulacro fallido de lo que debió ser . “La vida es mierda y cosas, es sí y nunca, tal vez mañana, es lo que se supone que vamos a hacer” [p. 63] Una vida proyectada al condicional, a un tiempo donde no se sabe si ocurrirá finalmente, mientras el tiempo arrastra al hombre hacia adelante, haciéndolo vivir, mientras espera que llegue la vida. Asaltados por la inevitabilidad del transcurso del tiempo, sin un proyecto totalizante que explique la vida, la normalidad se transforma en una cárcel:

De mis amigos de adolescencia qué queda: hombres casados, hombres divorciados, hombres alcohólicos, hombres con orden de captura, hombres presos en sus casas, en sus oficinas, en sus mundos diminutos, muy diminutos.[p.63]

Vagando entre las ruinas con apariencia de normalidad que es su ciudad el narrador acepta, tanto en Ruido de Fondo, como en su corolario, SoledadBrother, el poemario que acompaña esta edición, que la coyuntura histórica a destruido su futuro, y que, como dice el poema No hay futuro aquí: “La vida esta en otra parte homeboy". Y con esa claridad de que el único futuro posible es el escape, la renuncia y la aceptación de la derrota de los ideales y las utopías y los grandes proyectos, el narrador cierra la novela con resignación dolorosa y la convicción de que el futuro de su generación ardió en las piras de la guerra mucho antes de que ellos tuvieran edad suficiente para comprender lo que pasaba:

“Pienso en los amigos, en las cosas que existieron, que fueron importantes, que se quedaron, que se fueron. Realmente no fueron nada, fueron únicamente ruido de fondo, fueron una época atropellada por otra. En fin, esto es por demás innecesario, debo empacar.”[p. 67]

Payeras se une con este libro a la llamada generación del desencanto, que más que una generación es un momento histórico en la literatura centroamericana. En Guatemala se vive ese momento, y en El Salvador, y en Nicaragua y este libro esta acá para recordarnos, a los que complacidos creemos que ya todo esta bien en nuestros paises hermanos, que las guerras no se acaban cuando se dispara la última bala.

4 Comments:

Ronald said...

Excelente reflexión, Juan! Felicitaciones.

chulo chucho colocho said...

juan, me dejás sin palabras. agradezco el tiempo que dedicaste en esta reflexión sobre mi trabajo. un fuerte abrazo

Juan Murillo said...

Gracias, Ronald.

Con gusto, Javier. Fue un placer leerte, esperamos ver otra novela pronto.

Sentenciero said...

Según recuerdo, Juan, esta fue una de las buenas cosas -que fueron pocas- que nos dejó la Feria del Libro de estos lares...