El cielo a medio hacer, Tomas Tranströmer



Mi reseña en La Nación de El cielo a medio hacer de Tomas Tranströmer.

El cielo a medio hacer

Tomas Tranströmer
269 pp., Nórdica Libros

La poesía del sueco Tomas Tranströmer, Nobel de Literatura 2011, es el equivalente de la Fosa de Las Marianas de la poesía contemporánea, los accesos más profundos de los océanos terrestres. En una lección crucial sobre las capacidades del lenguaje para acercarnos a lo inefable, su poesía es además relativamente simple y accesible. Una poesía para todo mundo, fácil de leer, cuya lectura nos coloca rápidamente ante el misterio de que más allá de lo inmediato y evidente hay algo de lo que somos parte, pero no logramos comprender; algo que no se deja asir con el lenguaje.
El cielo a medio hacer, traducido por Roberto Mascaró y publicado por Nórdica Libros, junto con un volumen que lo acompaña, Deshielo a mediodía, abarcan la totalidad de la obra del sueco. En el primer volumen se incluyen muchos de los poemas más impactantes de esta obra de por si sorprendente, abarcando desde su estrofas sáficas iniciales a poemas en prosa e incluso los finales, diminutos haikus de un hombre viejo y paralizado que ha descubierto que “Lo único que quiero decir/resplandece fuera de alcance/como la plata/en la casa de empeños.”

En 17 poemas, su primer libro, publicado cuando tenía 23 años, la presencia humana esta reducida a la insignificancia, el poeta se invisibiliza y el hombre, cuando aparece del todo, lo hace tangencialmente como viajero, marino, una sombra que es parte del movimiento colosal de los elementos. En Tranströmer el paisaje, como en la poesía japonesa, busca la integración del ánimo humano, pero de manera convulsa. La naturaleza protagonista está en movimiento constante, se alza, sube, asciende o se hunde y cae, el amanecer se golpea contra rocas, las nubes ruedan, la tierra y el agua se transportan. Hay una personificación, siempre lejos de lo humano, de los elementos que asumen actitudes animales: las constelaciones piafan y la montaña muje y el ocaso se escurre como un zorro. El tumulto y la violencia del movimiento natural produce una atmósfera titánica, una majestad previa a lo humano que nos reubica ante el cosmos; parte, sí, pero parte trivial, no central.

Esta es una poesía de ruptura con la obsesión del yo, un llamado a reubicarnos y observar el todo más grande al que pertenecemos. Más que un objeto a manipular, lo natural es lo que nos envuelve en nuestro ligero tránsito dentro de un viaje más grande en el que se diluye nuestro yo: “un viaje por mar, transcurso que no es caza, sino amparo” y “Pertenecemos a la tierra” y “Ella puede transformarlo todo/.../Todo depende de ella/ Verla, tocarla”
Este panteísmo está presente a través de toda su obra, en la que el hombre y su ambiente inmediato eventualmente aparecen tímidamente. En su tercer libro, por ejemplo, aparece por fin el yo del hablante, siempre con pudor y en relación con las cosas: “Los colores ardían./Todo se dio vuelta. /El mundo y yo dimos un salto el uno hacia el otro”.

Los símbolos persistentes en toda su obra evocan la iluminación a través de lo material. Las casas agrupadas, solitarias y vacías y coches y barcas en perpetuo tránsito dentro del movimiento majestuoso de lo natural hablan de los cascarones en los que se contiene algo susceptible de ser iluminado por su otro símbolo recurrente, el sol, el rayo de luz: “Cada persona es una puerta entreabierta/que lleva a una común habitación”.

Ahora Tranströmer está paralizado por un derrame, mudo, pero la imagen que de él nos queda es la de un joven marino navegando en silencio entre los jeroglíficos de las islas, tratando de leer en las grises aguas del Báltico la verdad más profunda de la existencia, a sabiendas de que “lo salvaje no tiene palabras/.../Lenguaje, pero no palabras”.



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