El novelista premiado, Juan Murillo



Este encabezado pomposo y redundante le debe su existencia a las exigencias del SEO. En cualquier caso, el cuento es mío y si lo quieren leer está en Specimens-mag, editada por Salvador Luis, aquí:


Specimens Mag Mayo 2013


La foto del Esteban Chinchilla siempre me ha gustado porque salgo con cara de valiente, cosa que no soy: efecto inevitable de verme reflejando en el lente de una cámara, que es como decir el ojo de un dios ciclopeo y hambriento.


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El costo de leer en Costa Rica





Nota en RedCultura, de Oscar Collado, sobre el costo de leer en Costa Rica, con opiniones de libreros, editores y yo en un cameo como el abogado del Diablo.

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Entrevista en Revista Su Casa



Una entrevista en la Revista Su Casa con ocasión del día del Libro. Me parece que dije demasiado...

Para mayor profundidad, perspectiva o palabras, también hay entrevistas a Adriana Sánchez, Gustavo A. Chaves, Guillermo Barquero y Froilán Escobar.


Día del libro, según Juan Murillo | http://www.revistasucasa.com/

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Fragmentos de la tierra prometida, Fernando Contreras




El microrrelato, como la poesía, es un género para maestros y el vehículo natural del microrrelato es el tuit, no el libro.

Fragmentos de la tierra prometida Fernando Contreras
Editorial Legado, 2012
120 pp.


Advertencia: Tengo un serio prejuicio en contra de los "microrrelatos", tanto en teoría como en la práctica.

En la práctica, pienso que, al igual que la poesía, son un género para los maestros, y que cuando no son geniales, son catastróficos.

En teoría, el microrrelato no es, no debería ser, para merecer ese nombre nuevo, un chiste, un poema, un aforismo o un eslogan -esto lo dice Contreras en su Proemio-. Sin embargo, la mayoría de las veces eso es lo que son. Muchas otras, cuando el chiste sale mal o el poema no cuaja, lo que queda es como un tuit de cuando uno está de goma. Hasta ahora la imposibilidad de definir explícitamente el microrrelato y de separarlo de otras categorías genéricas recuerda la definición que hacen Harmon y Holman del poema en prosa: "El punto parece ser que un escrito en prosa, aún el más prosaico, es un poema si el autor dice que lo es." Igualmente parece ser que un escrito en prosa de poca extensión es un microrrelato si su autor dice que lo es. Este tipo de invento genérico es innecesario y va en detrimento de la lectura de la prosa fragmentaria porque predispone al lector hacia la narratividad y hacia la elipsis y casi la totalidad de los casos resulta ser publicadad engañosa.

En el caso de Fragmentos de la tierra prometida, desde el inicio se nos advierte que estos son microrrelatos, y así los empezamos a leer, con desilusión: algunos son lapidarias sentencias borgianas, otros son slogans ideológicos, otros boutades o puyas ingeniosas. El efecto es desparejo, pero finalmente, con la lectura de la primera mitad se deja entrever la verdadera intención del libro. Los fragmentos -porque verdaderamente eso es lo que son- van formando una historia corta sobre un futuro distópico en el que las políticas y el sistema actual nos han llevado a cumplimiento de todas las profecías apocalípticas que conocemos: calentamiento global, efecto invernadero, militarización de la lucha de clases, alimentos transgénicos venenosos, epidemias causadas por las prácticas agrícolas, etc.

Ese es quizá el resultado más satisfactorio del libro: tenemos un panorama fraccionado de una historia sobre un futuro cercano posapocalíptico. Queda claro entonces que esto no es un libro de microrrelatos, sino un cuento largo contado en fragmentos, sin trama, un cuento atmosférico, digamos. Ya eso es bueno porque podemos abandonar la incómoda pretensión de que los títulos al principio de cada página nueva y una declaración de principios liminar convierten a unos párrafos en unidades narrativas separadas.

En cuanto al relato de ciencia ficción que nace de los fragmentos se podría decir lo siguiente: Tenemos el escenario, las premisas del mundo, que es algo que toda historia de ciencia ficción debe proveer, pero no tenemos historia, ni a los personajes. Hay anécdotas, sí, le pasan cosas terribles a mucha gente, pero no a alguna en particular y resulta entonces que las historias no logran mayor repercusión emocional.


Recientemente leí Oryx y Crake, de Margaret Atwood, que se sitúa en un futuro distópico cercano, en un mundo muy parecido al de este libro: hay enclaves privilegiados protegidos por militares, grupos nómadas, modificación genética de alimentos, etc. En la novela de Atwood, sin embargo, la construcción de este mundo es apenas el comienzo de la novela, es apenas la utilería y el tinglado. La novela en sí tiene que ver con un sobreviviente que le cuenta a los nuevos humanos sobre el "viejo mundo" y que trata de sobrevivir en ese mundo, para él terrible. Tiene que ver también con un triángulo amoroso entre el "creador" de esa nueva raza, su amigo, y la novia de ambos.

En literatura toda comparación es injusta, y que cada libro se evalúa por sus propios méritos, pero en Oryx y Crake se ve lo que se puede hacer con ideas como las que contiene, en forma de anotación, Fragmentos de la tierra prometida.

Uno se queda pensando cómo habría sido esta historia si un grupo de esos fragmentos se hubiera usado para narrar, aunque fuera oblicuamente, la historia de algún personaje específico atrapado en ese mundo. Finalmente el efecto que logra Fragmentos es el de "predicarle a los convertidos": sí, ya sabemos qué resultado tendrá el calentamiento global; sí, ya sabemos la fragilidad que producen las prácticas agrícolas contemporáneas. Nos hubiera gustado saber a profundidad, sin embargo, que se siente vivir en un mundo así; ser humano en ese futuro terrible. La ideología, por sí sola, no es literatura; y el microrrelato es como el adjetivo de Huidobro, cuando no da vida, mata.




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Avancari, Santiago Porras




Avancari, la primera novela de Santiago Porras, glosa la historia de las Minas de Abangares, en Costa Rica, la vida de los mineros y su insurrección.


Avancari Santiago Porras 128 pp, EUNED y año

Avancari es una novela histórica que pretende recrear el ambiente, los personajes y los eventos principales en la historia de las minas de Abangares, en Guanacaste, Costa Rica. El asunto del género histórico, que debería ser trivial, parece haber influido pesadamente en la composición de la novela, a la cual parece haber asfixiado la investigación de campo y bibliográfica.

Avancari, es, básicamente, una colección de insumos para escribir una novela que, finalmente, nunca toma forma. Adolece de didactismo, de diálogos expositorios, de utilizar la misma voz en las secciones descriptivas y en las epistolares, de empaquetar toda la trama en las últimas 10 páginas, de desarrollar subtramas que no se resuelven (e.g.: Los Chupapiedras). Las escenas que desarrolla en el comedor del complejo minero son básicamente para exponer opiniones históricas y dar una excusa rudimentaria para el conflicto de las últimas páginas. Una de las omisiones más importantes en la novela es una exploración de la vida interna de los personajes involucrados en el conflicto final.

Henry James escribía constantemente en los márgenes de sus manuscritos "dramatize, dramatize!". Ese sería un buen consejo para Santiago Porras: la novela básicamente no tiene acción dramática y se mueve a través de la exposición, la compilación de anécdotas y la descripción naturalista del ambiente. Básicamente es una novela realista decimonónica a la que le falta la mejor parte de lo que tenían esas novelas, que era su voluntad de análisis de los males sociales y su intensa acción dramática, mientras que le sobra lo peor de esas novelas: lo descriptivo y lo didáctico.

El misterioso epílogo, que no lo es, contiene la semilla de lo que pudo haber sido la novela: una voz personal, exponiendo una vivencia personal y su reacción a los horrores cotidianos de ese tipo de vida. Antes del epílogo hay seis páginas que comprenden un conflicto que pudo haber sido una novela también, poderosa, sin duda, pero que se presenta apenas esquemáticamente, como si el autor tuviera mucha prisa por terminar y no quisiera perder tiempo contando el punto álgido de su historia.

Avancari está escrita con la prosa cuidadosa, alternativamente bella, elegante o simplemente efectiva que conocemos de las colecciones de cuento de Porras, y ya eso, en Costa Rica, dónde abunda la literatura escrita con el estilo de las listas del supermercado, es algo que hay que agradecer. Los materiales para una gran novela están ahí en estado genético, si Santiago Porras se hubiera ocupado más de habitar sus personajes y menos de comunicar el registro histórico esta podría haber sido una gran novela. En el estado en el que la encontramos en el año de su publicación, desafortunadamente, no lo es.








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Don Juan de los manjares, Rafael Ángel Herra



De la pluma única de Rafael Ángel Herra solo salen libro inusuales y este cumple siendo típicamente atípico.

D. Juan de los manjares
es una parodia multiple de los géneros amatorio-culinario y policial. Es, además, una investigación filosófica de las conexiones que existen entre el deseo y la literatura.

Aquí está la reseña que escribí para La Nación: Don Juan de los manjares

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Las Posesiones, Carlos Alvarado





Reseña de la novela Las Posesiones, de Carlos Alvarado, publicada en La Nación del 20 de junio del 2012.

La historia de la familia Gurcke, de la cual hay muchos ecos en la novela se encuentra en el sitio web de la Coalición de Internado German Americanos.

En ese sitio también están los manifiestos de los barcos Puebla y Cuba en los que fueron expulsadas muchas familias germanocostarricenses con niños pequeños:

Manifiesto del USAT Cuba
Manifiesto del USAT Puebla

Adicionalmente, aquí se puede encontrar la lista negra publicada en Costa Rica llamando a sabotear a estas familias y a sus negocios, una muestra terrible de la xenofobia tica al servicio de intereses personales:
lista negra de Costa Rica



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Ver Barcelona, Dorelia Barahona





Reseña de la novela Ver Barcelona, de Dorelia Barahona, en La Nación del 5 de junio de 2012

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Balada clandestina, Faustino Desinach




Esta es la reseña de la colección de cuentos de Faustino Desinach, Balada Clandestina, que ganó el premio nacional 2011. La publicó La Nación, pero no la subieron al web del periódico de modo que la reproduzco acá.





Balada Clandestina
Faustino Desinach
134 pp., edición de autor, 2011

Creer en fantasmas


Balada clandestina, la colección de cuentos de Faustino Desinach, compartió este año el premio Aquileo J. Echeverría de cuento con Puta vida, una colección de cuento y novela corta escrita por Virgilio Mora.

Balada clandestina está compuesta por veintidós relatos conectados, narrados por Vinicio del Gato, un josefino con una visión romántica de su soledad y enfrascado en un etéreo romance lleno de exabruptos sobrenaturales con su amada Berenice. Berenice es también el nombre del primer cuento gótico de Edgar Allan Poe, en el que un amor desdichado acaba en el entierro en vida de la amada y la locura del protagonista.

La referencia no es casual. Balada clandestina forma parte de una corriente literaria naciente en Costa Rica, que bien podría denominarse “gótico tropical”, en el que la parafernalia gótica –la locura, los fantasmas, cementerios, sesiones espiritistas, la brujería y la transmigración de las almas– cohabita con un naturalismo apenas descriptivo que utiliza escabrosos problemas sociales de la ciudad de San José como ambientación para historias que no tienen intención de explorar en profundidad estos asuntos –en este caso la prostitución infantil, la orfandad, la violencia doméstica, el alcoholismo, el sicariato y el narcotráfico–. En ocasiones el relato logra mezclar en una sola figura un elemento gótico –el monge loco, en este caso un cura– con un tema social –el travestismo–.

En esta colección, como en otras obras de esta corriente, los males que aquejan a la sociedad suelen tener un origen paranormal, lo que desarticula de antemano cualquier posibilidad de comentario social. Esto pareciera reforzar la idea de que el propósito de la violencia y la miseria en Balada clandestina es apenas el de crear una ambientación propicia para lo sobrenatural, alejándose así diametralmente de las preocupaciones del realismo.

En el aspecto formal los cuentos están escritos en un estilo sencillo que evita el uso de figuras retóricas, con dos notables excepciones: las introducciones de los cuentos en las que el autor interpela directamente al lector y un par de odas amorosas escritas en un estilo densamente lírico que –junto con un cuento que es una especie de fábula- parecieran estar realmente fuera de lugar en el proyecto estilístico de la colección.

La economía extrema de recursos literarios en narrativa tiene la intención de eliminar obstáculos para que el lector pueda ver surgir por implicación las emociones o significados contenidos en el texto. Los cuentos de Ernest Hemingway y Raymond Carver son dos ejemplos magistrales de esta técnica. En Balada clandestina, sin embargo, la parquedad y la ausencia de elaboración no parecen buscar facilitar ningún descubrimiento y más bien generan una sordina emocional que produce apenas fantasmas donde se esperaba encontrar gente de carne y hueso.



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El luto de la libélula, Alfonso Chacón




La Nación publicó mi reseña de El luto de la libélula, novela de Alfonso Chacón, que ganó el premio nacional de novela en el 2011.

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Recuento del 2011: literatura costarricense




Esta es la nota de fin de año en la que repasamos la producción de literatura tica en el 2011, publicada en La Nación el 27 de diciembre. El original está aquí.

Recuento del 2011: literatura costarricense


Este año, los narradores costarricenses no produjeron, ni en lo estilístico ni en lo temático, obras que descollaran por su calidad inusitada o evidente importancia.

Entre las tendencias transformadoras de este año está la efervescencia visible de la ficción especulativa (fantasía, ciencia ficción, terror). Se editaron tres antologías: Objeto no identificado y otros cuentos de ciencia ficción, Aquelarre y Telarañas. En novela de fantasía se publicó Eterna, de Gustavo Zéfiro, y la segunda parte de El Símbolo de Cristal, de Fabián Porras, que fue el superventas de la literatura nacional este año.

Sobresale este año además la publicación de importantes compilaciones de poesía de autores nacidos después de 1965 cuyas voces se sienten ya definitivas, maduras –Luis Chaves, Alfredo Trejos, Joan Bernal– y que conforman la denominada “antipoesía” costarricense, un movimiento espontáneo que ha buscado alejarse de la poesía incomprensible para producir poemas más cotidianos y accesibles al lector promedio.

Además, como caja de resonancia al debate del matrimonio igualitario y los derechos de las minorías sexuales, en la temática LGBT ( lesbianas, gais, bisexuales y transgénero) se publicaron En la piel de la mentira, de José Otilio Umaña; Heterocity, del salvadoreño Mauricio Orellana Suárez, y Mundo cruel, del portorriqueño Luis Negrón.

Como todos los años, entre lo publicado en el 2011 hay altos y bajos.

Bajos:Capullito de alhelí, de Eduardo Avilés Montoya, es una novela sobre un hombre que nace sin pene. La premisa podía haberse desarrollado como exploración a través de la empatía de las consecuencias emocionales de esta situación, o un retrato simbólico de lo que sería la vida de un hombre sin pene en lo que el feminismo ha denominado la “falocracia”. Avilés en cambio opta por una sátira ligera que raya en la comedia fácil –incluye un polómetro, por ejemplo– cuyo comentario social es tan inane que ni indigna ni causa risa.

Bajo la lluvia Dios no existe, de Warren Ulloa, tiene un ritmo narrativo veloz y un final melodramático, pero también es en partes inverosímil, ingenua, monocorde o exagerada. Sus adolescentes de clase media alta son catálogos de xenofobia, rencor de clase, machismo, cinismo, crueldad y desprecio generalizado, o delincuentes juveniles con bocas como cloacas.

Esas desproporciones efectistas pretenden representar el espíritu rebelde juvenil, pero terminan propagando los prejuicios más enquistados y anacrónicos de nuestra sociedad en boca de la generación que podría cambiarlos.

Déjame morir, de Jacques Sagot, es una colección de microcuentos de terror que da la sensación de haber sido escrita a mediados de siglo XIX. El tema del horror decadentista, combinado con un estilo igualmente anticuado, produce como resultado un libro cursi que ignora el desarrollo de los horrores verdaderos del siglo XX que impide a los autores actuales tratar de espantar al lector con esta especie de diletantismo gótico de raquítico aliento.

Altos: 300, de Rafael Cuevas Molina, es una novela coral cuya estructura recuerda a Los detectives salvajes. Aporta literalmente múltiples voces que dan vida al esqueleto de los archivos descubiertos en Guatemala en el 2005 referentes a desapariciones, tortura y masacres. No interesarse por este tipo de libro es vivir en un túnel imaginario, precisamente la actitud que propicia que estas historias atroces se repitan.

Vehículos pesados y Cine en los sótanos, de Alfredo Trejos, dan testimonio de la voz madura, poderosa y personal de uno de los poetas más entrañables de Costa Rica en el mejor momento de su producción. Estos poemas personales, que no tienen pudor de hurgar en los defectos o carencias del poeta, más con humor negro que con patetismo, están escritos con sobrado ingenio en una combinación de lenguaje llano y referencias culturales pop.

El luto de la libélula, de Alfonso Chacón, es una novela que explora, con inteligencia y sin sentimentalismo, los conflictos que generan los roles de género tradicionales mediante una trama genérica. De estructura fragmentaria y estilo idiosincrático, es un refinamiento de un trabajo que Chacón viene desarrollando sin aspavientos desde los noventa. No es, como dice el escritor Froilán Escobar en la contratapa, “...avasallador. Desde que arranca”, pero sí es interesante y vale la pena acercarse.




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Notas sobre premios literarios



Los premios literarios no son lo que la gente cree. Notas sobre mi participación como jurado expuestas en la presentación del I Premio de Novela Corta CCE, 2011.

Notas sobre premios literarios


1. En los concursos hay requisitos mínimos, pero cumplirlos no es suficiente para ganar un premio:

Es cierto, como dijo Jacinta Escudos, compañera jurado, en la presentación del premio ayer, que existen parámetros formales que ayudan a definir a cada género, en este caso, a la novela corta. Los escritores deben conocer estos parámetros, debería su existencia ser visible en el corpus de obras analizadas, debería ser un mínimo fundamento del cual partir. Que el certamen sea de novela corta no tiene que ver con una extensión de cuartillas, sino con ciertos criterios que definen el género. Sin embargo, si bien se espera siempre que los autores conozcan y manejen estos criterios a la hora de crear sus obras, resulta finalmente tan factible crear una obra de calidad literaria respetando como subvirtiendo estos criterios.

La literatura ha sido siempre un viaje al que el lector se presta a ojos cerrados, sin saber bien a dónde lo llevará el autor. Muchas veces, en lecturas que se vuelven inolvidables, ese lugar a dónde el lector es llevado no se parece en nada al que esperaba. Muchas otras ese lugar es un lugar a donde no quería ir, o a donde no hubiese ido si hubiese sabido lo que le esperaba.


2. Los premios literarios no son sistemas para escoger la "mejor novela":

Este polimorfismo que hace a la literatura tan sorprendente y tan rica es a la vez uno de los principales obstáculos para evaluar obras en un certamen, puesto que esta evaluación requiere siempre una escogencia de una o dos obras de entre muchas otras, y esa escogencia promueve en el público la idea de que una obra es mejor que otra, como si todas las obras pudieran ser comparadas colocándolas en un espectro cuantitativo de calidad que va de peor a mejor, o en su versión tecnocrática escolar, de 0 a 100.

La verdad es que ese tipo de evaluación sistemática no solo es imposible, sino que casi con certeza si se intentara daría resultados poco estimulantes. Se espera de los autores de un concurso que conozcan los rudimentos del oficio, pero también se busca un cierto carácter personalísimo de la obra, una excepcionalidad que a la hora de leer todo el conjunto haga a una o unas pocas resaltar como esencialmente diferentes a las demás, como obras inolvidables. Esa excepcionalidad puede desarrollarse sobre una infinidad de vectores creativos y precisamente por ser excepcional resulta imposible generar criterios prescriptivos para descubrirla e identificarla sistemáticamente, de modo que hay que proceder, una vez verificados los requerimientos mínimos, por medio de una especie de intuición literaria que tiene mucho que ver con la estimulación emocional, intelectual o estética que una obra le produce al jurado como lector.

3. Los premios los otorgan unas cuantas personas, los jurados, sin importar como se llame el premio:

Parece mentira que haya que decir esto, pero hace falta. Los premios llevan a veces títulos determinados por la grandilocuencia y el capricho, Premio Nacional de Novela Aquileo J. Echeverría, por ejemplo, o por necesidades técnico-organizativas, como el Premio de Novela Corta CCE, pero finalmente, para realizar la labor de lectura, análisis y decisión que se requieren para fallar un concurso literario se ocupa siempre delegar en un grupo usualmente reducido de personas, los jurados. La composición de un jurado es determinante del resultado de un premio. Las lecturas, formación, experiencia vital e ideas sobre la literatura de cada jurado entran en juego a la hora de fallar un premio. De modo que fácilmente un premio que a través de los años lleva el mismo nombre puede cambiar tanto de un año al otro debido a sus jurados que casi debería ser requisito ponerle de apéndice a cada premio otorgado los apellidos de los jurados responsables de otorgarlo.

4. Los jurados tienen la obligación de explicar sus fallos:

Ese principio delegatorio de los premios tiene como corolario la posibilidad de que los jurados falten a la ética y premien basándose en criterios extraliterarios. Es deber de los jurados justificar y explicar públicamente lo que vieron en las obras que premiaron y a qué se debe su entusiasmo, para de ese modo garantizar que no hubo motivaciones de carácter personal en sus decisiones. Esto lo estaré haciendo pronto con las obras que premiamos este año en el I Certamen de Novela Corta CCE, 2011.

Los premios deberían ser siempre secretos para evitar que en las motivaciones de los jurados entre ningún otro criterio personal que no tenga que ver con la literatura. En el Premio de Novela Corta CCE, 2011, este problema no existe debido a que sus procedimientos garantizan que los autores se mantengan en secretos hasta que el fallo no sea emitido. En los premios otorgados a obras publicadas o en las que se conoce el autor de cada obra, sin embargo, el otorgamiento basado en la amistad o conveniencia personal equivale a traicionar la confianza del organizador del premio, del público lector, de los participantes en el concurso, manchar la dignidad propia y denigrar al autor que lo recibe, menospreciar su obra y destruir la credibilidad del premio. No es imposible que un premio lo gane un amigo de un jurado, pero en esos casos los deberes de transparencia y explicación pública se duplican o triplican y la necesidad de autoexaminación de la opinión propia antes de tomar la decisión es infinitamente más importante.





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Monumentos ecuestres, Luis Chaves



Ayer La Nación publicó en su suplemento Áncora esta reseña mía del nuevo libro de Luis Chaves, Monumentos ecuestres.  La presentación del libro será este jueves 17 de noviembre, a las 7:00 p.m. en restaurante Valicha (av.2 calle 25), frente a la Intaco de Barrio La California. Leerá Chaves y habrá música en vivo con Monte.  Lleguén temprano porque estás lecturas de Chaves se llenan.  Nos vemos allá, birrita en mano.


Monumentos ecuestres
Luis Chaves
58 pp., Editorial Germinal 2011

Un "arte menor"

“Literatura en paños menores” decía el afiche que Teorética hizo circular en agosto del 2009. Contra toda probabilidad, Virginia Pérez Ratton había logrado reunir, en un foro público, a los elusivos Javier Payeras, María Montero y Luis Chaves. El foro era improbable tanto por lo que declararon esa noche como por la aversión reconocida de estos poetas a la idea del escritor-celebridad, pipa en comisura y bufanda de seda, posando de importante en un sillón de cuero frente a su voluminosa biblioteca.

Escuchamos por primera vez la defensa pública de la “literatura menor”, una literatura de borradores que se escribe desde las limitaciones de los escritores, más que a pesar de ellas. Hacían suya una tradición latinoamericana a la que pertenece Parra, esclarecida por Arlt y luego por Gombrowicz: “Todos prefieren lamentarse de su condición inferior de menores y peores, en vez de aceptarla como un nuevo y fecundo punto de partida”. A través de Deleuze, vino a colación Kafka, quien escribía en un idioma que no era el suyo en un país que tampoco era el suyo. En rigor, fue una declaración de independencia poética.

Ahora aparece Monumentos ecuestres, de Luis Chaves, un libro compuesto de poemas dispersos que no lograron en su momento incorporarse al diseño definido para sus libros anteriores, poemas solitarios o extraños que aquí se agrupan con la organicidad de los objetos en el fondo de un maletín de playa, alejados de la planificación literaria explícita, conectados tan solo por repeticiones que recuerdan estribillos de canciones.

Los poemas de la primera parte transmiten notablemente esa sensación de agrupación casual a través de procedimientos usuales en Chaves, como la exposición de ideas como un grupo de viñetas reunidas en una especie de álbum de familia. En este, como en otros de sus libros, “la poesía es la voz del recuerdo”. “Todo periodo se puede reducir a una simple enumeración”, nos dice el autor.

Esa enumeración de recuerdos sirve a la vez como rescate de lo ínfimo, lo sórdido, lo simple; de las minucias que son el detritus que aún soporta la erosión del tiempo, apuntalado por las emociones de quien recuerda. Ese rescate de las mínimas ruinas del pasado es además, por substracción, un testimonio de todo lo perdido. “Tengo fotos que antes tuvimos”, dice Chaves y añade: “En algún lugar están las personas que fuimos”.

Mitos y recuerdos. De esa nostalgia profunda por lo que se ha perdido con el transcurso irreparable del tiempo está hecha la obra de Luis Chaves; pero, alternando con esta nostalgia, aparece siempre la ironía como mecanismo corrector que le impide caer en la cursilería y la autocompasión.

Esa oscilación entre ironía posmoderna y nostalgia romántica ha sido definida como “metamodernismo” por Vermeulen y van den Akker, presente en el escenario mundial en manifestaciones tan diversas como el edificio Aqua, en Chicago; la música de CocoRosie o Devandra Banhart; el cine de Wes Anderson y Michael Gondry, o la literatura de Miranda July y David Foster Wallace.

En Chaves, la oscilación metamoderna rescata, de la ironía alienante y total del posmodernismo, un saludable escepticismo y lo usa para darle una columna vertebral al sentimentalismo que en obras de otros autores locales es poco más que un infierno meloso.

La ironía en Chaves adopta siempre la forma de un ingenio mordaz contra lo propio. No solo abunda en la autocensura de sus dolencias sentimentales, sino que, además, de paso, derriba metarrelatos como el de la idea de nación, que hace tiempo en nuestro país necesita revisiones.

El apropiadamente titulado poema “Monumentos ecuestres” es un retrato de país que nos encuentra posando de turistas bajo la sombra de nuestros monumentos, “avanzando hacia un destino sin valor para la Historia”, llenos de fe en una solución que vendrá de Dios o de la Virgen.

En su artículo para la revista Orsai, Chaves había desarmado el mito de la nación costarricense para reemplazarlo por la idea de los amigos cercanos como entorno definitorio de la identidad, lo que en otra parte llamó “familia molecular”.

Eso es esencialmente este libro: una carta a los amigos. Poesía cercana, de gestos menores, celebra la enternecedora desproporción que hay entre los sueños y las aspiraciones que tenemos, y los humildes medios o la defectuosa voluntad disponibles para cumplirlos.

Esta poesía no está escrita para ser declamada en bajos estentóreos y cadenciosos a través de sistemas de amplificación. Está escrita a lápiz en un cuaderno y guardada en el armario con los abrigos olvidados y los juguetes de los niños, para sacarse, como dice el prólogo, en alguna reunión de unos pocos, buenos amigos, y leerse sin ceremonia, entre una copa y la siguiente, para que de ella luego solo quede un cariñoso recuerdo que el tiempo quizá finalmente se encargue de borrar.


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Bajo la lluvia Dios no existe, Warren Ulloa



Esta es la reseña de la primera novela de Warren Ulloa, publicada en La Nación el 13 de octubre de 2011.


Bajo la lluvia Dios no existe 

Warren Ulloa  
184 pp., Uruk 2011

La primera novela de Warren Ulloa, Bajo la lluvia Dios no existe, contiene dos personajes inolvidables: Mabe, poeta incipiente y chica mala de todo tiro, y Bernal, estudiante fracasado y novato predeciblemente obsesionado con el sexo. La novela relata el noviazgo prosaico de estos dos adolescentes que en su atolondrada inmadurez se unen al descabellado plan de Ratatás, metalero y narcotraficante de poca monta, para distribuir hongos alucinógenos entre los estudiantes del colegio.

La historia está narrada por Bernal en una voz pocas veces usada en la literatura costarricense. Bernal habla un vernáculo pachuco fluido que en complejidad y estridencia es el opuesto de su rudimentario, blando y a veces deficiente español estándar.

Con estas herramientas se dedica a denunciar y criticar básicamente todo lo que lo rodea: sus padres, su país, a las personas que conoce y a las que no conoce, siempre convenientemente ciego a sus propias deficiencias.

Más allá de las drogas, el alcohol y el sexo casual, que abundan en la novela, los vicios que aquí se catalogan son los de la falta de carácter, la inmadurez egoísta y ensimismada que alternativamente enternece, exaspera u ofende al lector. Cercados por nociones deformes sobre la lealtad, la compasión, la responsabilidad, entre muchas otras, y versados en generalizaciones y prejuicios tan absurdos como comunes, Bernal y Mabe carecen de herramientas para dimensionar sus actos o los de los demás, y por lo tanto no tienen límites cuando de lo que se trata es de buscar la satisfacción personal.

Es a esa falta de un marco de referencia a la que hace alusión Mabe cuando declara que “la vida es chingue”, para luego explicar que el nombre de su poemario, Bajo la lluvia Dios no existe, tiene que ver con una noción de un dios con de minúscula, devaluado, que no puede ayudar a nadie y que más bien necesita ayuda de sus desamparados. Las cosas inevitablemente se complican cuando Mabe revela terribles secretos familiares que luego se agravan cuando, improbablemente, el padre de Mabe se casa con la madre de Bernal.

Estas revelaciones explican a Mabe; con Bernal, en cambio, los motivos de sus deficiencias éticas solo se pueden adivinar. Lo que les escandaliza de sus mayores, en ellos parece paradójica y convenientemente permisible.

Ulloa ha logrado, en este retrato del nihilismo adolescente costarricense, un ritmo narrativo fluido, dosificando las revelaciones para que la lectura resulte interesante y eventualmente conmovedora. Ciertamente, lo nuevo aquí no es la compilación de giros coloquiales, iniciada por Aquileo Echeverría y aplicada luego magistralmente a lo urbano por Alfonso Chase y Rodolfo Arias.

Lo nuevo es esta leyenda admonitoria que, evitando todo tipo de prédica o moralina, narra cómo las ideas absurdas, la hipocresía y la ceguera autoinducida del egocentrismo juvenil pueden llevar a las consecuencias más nefastas.










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Gustavo A. Chaves sobre En contra de los aviones



Este es el texto que materializa el comentario que hizo Gustavo A. Chaves sobre mi libro En contra de los aviones en la presentación del pasado 18 de agosto. Pasada la presentación, abusando de la amabilidad de Gustavo y haciendo gala de la falta de vergüenza que me caracteriza en todo lo que no involucre decirle cosas a un micrófono, le pedí que lo escribiera para ponerlo en este blog. Aquí lo cuelgo con orgullo y doblemente agradecido. 

En contra de Juan Murillo



"Buenas noches.

Cuando Juan me pidió que presentara su libro, se me ocurrió que lo más justo que podría hacer era escribirle a todos los autores a los que Juan, como crítico, ha reseñado de manera negativa y, con las quejas que recibiera de vuelta, hacer una especie de reivindicación de esos autores que se han visto acribillados por la pluma de Juan, ahora que Juan vuelve a publicar cuentos y se ha convertido en un blanco fácil. Así que esto que les voy a leer lleva por título “En contra de Juan Murillo”.

(Esa fue una broma fácil para romper el hielo con la audiencia; mi manera de dar las gracias y reconocer su presencia. En realidad yo no leí nada esa noche. Había empezado esa tarde a redactar lo que iba a decir luego en la presentación del libro de Juan, y de pronto recordé lo que me cuesta seguirle el hilo a la gente que lee en público. La elocuencia de la frase mil veces revisada casi nunca le llega bien a la gente cuando uno está más preocupado por no saltarse una línea del documento que por mirar directamente las caras que nos siguen y reconocer en sus gestos el aburrimiento o el acuerdo con lo que uno dice (ejemplo: esta última oración). Es mi experiencia, nada más. Yo, igual que Nabokov, soy un niño cuando hablo; pero al menos soy un niño que trata de hacerse entender, no un adulto solipsista. Por eso y muchas cosas más, estas notas que el lector tiene en su pantalla son apenas el recuerdo de lo que dije aquella noche ayudado por una hojita amarilla, y la puesta en Calibri-punto-once de lo que quise decir respecto al nuevo libro de Juan Murillo, ahora que de todo aquello me separan muchos días.)

Esa noche de la presentación había empezado como un cuento de Juan Hernández: Me había quedado de ver con una chica en un café de Los Yoses. Todo el día me la pasé texteando, confirmando lugar y hora. Al final, nada. La chica no apareció. La velada tuvo entonces un vuelco guillermobarquereano: La chica estaba enferma. Una rara enfermedad estomacal que le echó a perder las últimas horas de esa tarde lluviosa; un acceso de perfidia biliar que ni el mismo doctor Semmelweis hubiese entendido y que ningún libro rojo ha explicado hasta la fecha. Mandé todo a la mierda, como un personaje de Warren Ulloa, y me fui a la presentación del libro de Juan bien portado, del brazo de A., que tiene hacia mí la paciencia y la distancia de una amante heribertorodrigueana. Por eso fue que al final de la velada salí huyendo, sin despedirme de nadie. Me escabullí y regresé a casa, donde A. y yo nos bebimos en silencio nuestra angustia y nuestros paisajes. Hoy pienso en todo aquello y quisiera ser Juan Murillo para tener los adjetivos y los símiles suficientes para explicarles lo que llevaba en mi alma esa noche. Espero que esta confesión no esté prohibida.

Todo esto para decir esto otro: a diferencia de aquella chica que no llegó, el cuento en Costa Rica goza de buena salud. No lo amarran ni el egocentrismo generalizado de la poesía, ni la gran ambición que tiene la novela por ser un lienzo de la realidad política, psicológica o cultural de nuestro Ser Histórico. El cuento no sufre la presión comercial de ser un éxito de ventas, ni tampoco las fuertes ansiedades de influencia oficialista (mientras los poetas pierden el tiempo insultando tribalmente a Laureano Albán, los cuentistas están en casa tomando aguadulce y galletas maría con Salazar Herrera. Debe ser por eso que se les ve tan alentados). Sobre todo, lo que más me satisface es que casi que no hay dos cuentistas que se parezcan en su trabajo (valga el indiscreto ejem-ejem, dirigido otra vez a los poetas).

Al cuento costarricense parece que lo patrocina el INS: Libre, Crezca, Fecundo. Y bueno, cuando uno está asegurado, vale la pena soltarse un poco la faja y tomar algunos riesgos. Debe ser de ahí que saca el cuento esa pinta actual de galán en convertible.

Parece una tontería decirlo, pero el riesgo que más frecuentemente se toma el cuento, y que lo hace sobresalir de entre los otros géneros, es el de no temerle a la imaginación. Porque es imaginación, sobre todo, lo que se necesita para salir de uno mismo y contar historias más envolventes y precisas, menos constreñidas por la propia personalidad y más enriquecidas por la propia sensibilidad e inteligencia. Después de tantos poemas sobre botellas vacías y novelas autobiográficas en las que los protagonistas son siempre escritores o la trama va de aquella-vez-que-fuimos-allá-y-tú-me-dijiste–que-no-me-amabas, hay que dar gracias cuando uno lee un cuento que no se parece tanto a la vida de los autores (que es la vida de todos, en este tiquísimo valle entre Alajuela y Cartago).  

Es la imaginación la que expande la realidad en cuentos como “La interpretación de los signos” y en el mismo “En contra de los aviones” que le da título al nuevo libro de Juan Murillo. De hecho, “En contra de los aviones” es, a mi juicio, uno de los cuentos mejor ejecutados de la ficción reciente del país. Es una mezcla de historia, especulación narrativa y drama, con un humor y una solvencia al mezclar los registros que me hizo pensar en el mejor Alessandro Baricco. En este cuento, Juan Murillo logra un equilibrio envidiable entre las acciones y pensamientos que narra y el lenguaje que utiliza. Por su parte, “La interpretación de los signos” es un cuento que logra esa tan perseguida quimera: hacer interesante una ciudad como San José. Es un cuento que, sin llegar a probar lo que propone, sugiere una realidad urbana mucho más compleja y excitante que la que se ofrece a simple vista. El narrador omnisciente es efectivísimo aquí a la hora de aportar la rapidez psicológica que necesita el cuento. Ambos son cuentos de una imaginación alegre, con grandes intuiciones, arriesgados y al mismo tiempo inteligentes. Además, son cuentos de entre catorce y veinte páginas—no es fácil mantener esa tensión verbal por tanto tiempo, y Juan Murillo lo logra con éxito.

“Pájaros negros” es un magnífico cuento-testimonio. A pesar de estar escrito en clave de leyenda (con personajes que se llaman Segua, Cadejos, Tule), lleva por dentro el retrato de una pérdida generacional profunda. Se puede leer como un homenaje al bajo fondo, pero más que nada hay una observación solidaria del descontento, la revisión de cierta edad vista sin idealismos y cada vez más hundida en la violencia y la enfermedad. La noche de la presentación dije que, en este cuento, Juan Murillo quizá había encontrado el tono para la novela que escribe actualmente sobre David Maradiaga. Tal vez, como me dijo Juan días después, sea imposible tocar una canción tan larga con tan pocas notas. Pero en “Pájaros negros” hay un germen vasto. Lean el cuento “Ríos que van al mar”, del primer libro de Juan, Algunos se hacían dioses, y podrán notar la ardua indagación que Juan ha emprendido para narrar cierta época reciente y las actitudes existenciales que hemos heredado de ella. A diferencia de otros relatos del libro como “La soledad de la batalla” o “Desde un lugar de parajes”, la cercanía del autor con la historia narrada no es obstáculo, en “Pájaros negros”, para que el lector se sienta cercano e involucrado de algún modo con lo que sucede en la página.

A propósito de estos últimos dos cuentos, los riesgos narrativos que se toma Juan Murillo tienden a menudo hacia la desproporción. Esta desproporción está íntimamente vinculada con la aparición de un narrador introspectivo que a menudo, como en “La soledad de la batalla”, puede terminar ahogando al lector lo mismo que al personaje. No era broma lo que escribí antes sobre los adjetivos y los símiles en Juan Murillo. De verdad pesan y dan la sensación de un artificio obvio, literario. Hay que reconocer, sin embargo, que a menudo Murillo acierta con los símiles: “La abuela dormía esa siesta que era como una batalla” (del cuento “El final del día”). Pero en otros cuentos, sobre todo en “Desde un lugar de parajes” se nota un paroxismo de adjetivos y vaguedades. El narrador nos madruga (en la línea diez) con esta letanía: “tus largas piernas blancas tersas” (moraleja: el acento predominante del español es el grave).  Luego el narrador disfraza un adjetivo y lo hace pasar como sustantivo, pero igual califica todo lo que existe: “oscuridades preñadas de posibles y tus piernas blancas y tus ojos negros” (por si se les había olvidado: las piernas son blancas). No faltan breves homenajes al truco más viejo del trascendentalismo: “los vagos aromas de la nostalgia” y “el vidrio astillado de su angustia” (“ficticios goces”, los llamaba Gombrowicz en un artículo que hace un tiempo puso a circular Juan Murillo contra los poetas).

Estos excesos no tienen que ver sólo con el estilo. De hecho, afectan la eficacia de los relatos y ocultan con niebla verbal la casi siempre precisa construcción dramática de los cuentos. El lenguaje de estos relatos termina convirtiéndose en una barrera entre el narrador y el lector, y dejan en el texto una capa oscura de improbabilidad. “La soledad de la batalla” es un cuento hermoso, pero el lenguaje que el niño de la historia utiliza para narrar su muerte por ahogo (y justificarla con un vuelvo estético en la última frase del relato), tendría más sentido si el cuento se llamara “Emil Cioran en Aquamanía”, tal es la desproporción entre la experiencia y los medios verbales para narrarla.

Hay una cierta indiferencia o soledad cósmica que rodea a los personajes de En contra de los aviones. Está muy claro en los relatos “El final del día” y “La soledad de la batalla”. Algunos personajes van acompañados, pero casi siempre respiran abandono. Estos no son ambientes fáciles de describir ni de entender. Juan Murillo ha asumido riesgos en estos cuentos y los resultados han sido diversos. Sin embargo, quiero insistir en que la salud de un buen relato depende en gran medida de los riesgos que asuma. En las distintas formas de la exuberancia y la imaginación es donde veo sus mayores logros, y en En contra de los aviones veo uno de los libros que mantendrá vigente el cuento en nuestro país por mucho rato.

Pues nada: ha hablado mi memoria. Gracias por haberme escuchado hace unos días, o por haberme leído hoy en este sitio."


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Las sombras de Lisandro, Rodrigo Soto



Reseña de la novela La sombra de Lisandro de Rodrigo Soto, publicada en La Nación.

Las sombras de Lisandro

Rodrigo Soto
120 pp., EUNED 2011

¿Qué caminos llevan a un hijo a matar a su padre? En Las Sombras de Lisandro, Rodrigo Soto explora uno de los conflictos originarios del orden social, según Freud, con una sorprendentemente sucinta novela. Alfredo es un hijo de madre soltera que crece a la sombra de un padre ausente. La concepción de Alfredo ocurre en un encuentro fugaz entre su madre, una secretaria asidua a la lectura y al teatro y Lisandro Silva, dramaturgo chileno que se encuentra de paso por San José con su troupe de teatro callejero.

El encuentro es casual, caprichoso. El embarazo, una casualidad remota. Elena, la madre de Alfredo, calla el nombre del padre, Lisandro Silva simplemente nunca se entera. Alfredo crece sin saber quién es su padre, contemplando esta ausencia de una manera compulsiva: “pensamientos que no eran míos porque yo no los decidía, yo no los pensaba y más bien me hacían sentir que yo era su espejismo”.

Con la prosa diáfana y fluida que lo caracteriza, Rodrigo Soto transforma imperceptiblemente esta simple historia doméstica de un hijo sin padre, de una madre soltera y de un dramaturgo de la diáspora chilena, en una historia mucho amplia y quizá más personal. Alfonso descubre que Lisandro Silva es su padre, y que recientemente ha publicado una nueva novela: Las Sombras. En ella hay un pasaje en el que un personaje llamado Rodrigo Soto, escritor costarricense, narra el descubrimiento del embarazo de su novia, chilena también, quién le explica que el niño no es suyo y la aceptación conveniente de Soto de esta explicación.

Se abre entonces el laberinto de espejos de la autoficción, en la que los límites entre realidad y ficción autorial se desdibujan para que, en este caso, Soto explore la idea de la paternidad despreocupada que comporta crear personajes literarios, que usualmente tienen mucho de real, para luego abandonarlos, condenarlos a vidas miserables o matarlos. Alfredo, en un giro que recuerda a Niebla de Unamuno, se dirige en uno de los capítulos directamente al autor y lo reta a escribir la historia, percibiendo que en ella él podría perfectamente morir. ¿Quién es el autor al que se dirige aquí Alfredo?¿Rodrigo Soto? ¿Lisandro Silva? ¿Es menos real un hijo si su padre no sabe que existe? ¿Obliga esa situación de algún modo al hijo a defenderse?

Es significativo que la obra que representa Lisandro la noche de la concepción de Alfredo es Orestes, en la que Orestes mata al usurpador y asesino de su padre. Esta puesta en abismo aleja la trama de otras posibilidades (Karamazov, Edipo Rey) y apunta directamente al ajusticiamiento del usurpador del rol paterno(Orestes, Hamlet), alguien que ha venido a suplantar una sombra, un inesperado padre o un autor, cuya aparición sume en sombras y predetermina la vida del hijo.

No deja de sorprender que Rodirgo Soto logre en extensión tan corta ecos cervantinos, de Shakespeare, de Eurípides, Sófocles, de Las Meninas de Velázquez, de Unamuno, Dostoievski y Freud. Esta novela es apenas la primera parte de una trilogía sobre la paternidad, cuyas siguientes entregas sin duda generaran contra Las Sombras de Lisandro sus propias, complejas resonancias.



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Sobre En contra de los aviones



Juan Murillo, Gustavo A. Chaves y Rodrigo Soto.
Foto de Luissiana Naranjo
Esto es lo que leí en la presentación de mi libro En contra de los aviones el 18 de agosto del 2011.  Está basado en un prólogo que la Editorial acertadamente me sugirió que no incluyera.  Lo dejo aquí para los que no pudieron ir o tienen curiosidad.

Sobre En contra de los aviones

Mil novecientos noventa y cinco fue mi último año de juventud.  Hasta ese momento mi vida ha sido simplemente el arrojo despreocupado del que no logra imaginarse su propia muerte.  Feliz sin saberlo, seguro de mí mismo, descuidadamente lo arriesgo todo cada noche como si no tuviera nada que perder.  Soy inmortal por todo lo que no sé. No sé aún, por ejemplo, que la inmortalidad no dura para siempre, que es un estado de gracia que nace de la inocencia, de no entender lo que significa la muerte.

    En setiembre de ese año, viviendo en Cayo Hueso, comunicándome con mi novia y amigos y familia cada dos meses, como se hacía en los tiempos anteriores a la red, me entero que David Maradiaga está desaparecido.  Aparece muerto, un mes después, en la morgue judicial.  David me lleva un par de años y comparte conmigo el amor por la literatura y por las cervezas, pero lo que en mí es el alegre descuido de la juventud, en él es violencia y claridad.  Él corteja a la muerte porque la siente cercana, esperando en cada bocacalle, compañera inevitable; y ahora está muerto, finalmente.  En la soledad la preocupación por la muerte se amplifica.  Para mí, David no tiene entierro ni tumba y nada lo diferencia de mí.  Sí él puede morir, puedo morir yo también, puede morir cualquiera, podemos morir todos.


    En la soledad hirviente de aquella isla blanca las resacas de pronto se transforman en agonías, en la angustia del que sabe que está muriendo y la nitidez del mundo iluminado aumenta cruelmente para mostrarmelo todo nuevo, recreado en la luz terrible de la finitud.  Ese momento final, que aún no llega, pero llegará, redefine para mí el mundo.  Con la muerte, todos los sueños quedarán inconclusos, todos los planes fallarán, se romperán todas las promesas. Cada acto será de pronto el último.  La última vez que hablé con mi madre.  La última vez que besé a mi novia. La última vez que me ría, de noche, cerveza en mano, con mis amigos, será para siempre la última.  Desaparecerán todas las versiones de mi padre dándome consejos, el sonido del mar, el viento, el olor del sexo, el sabor del agua, la sensación de estar soñando.  En la noche no habrá estrellas, ni oscuridad.  Ya no estaré confundido, ni claro, ni temeroso.  No habrá ya nadie a quién pedirle perdón, nadie a quien mentirle, nadie a quien tocar.  Mi voz, con la voz de todos, y con el resto de los sonidos del universo, callarán en ese instante.  Me doy cuenta que nunca se es demasiado joven para morir.  Cualquier momento es malo para la destrucción total, y cualquier momento es propicio.  Comprendo, por fin, con claridad, que mis días están contados y con ellos, los días de todas las cosas y personas que he visto y amado, de todo lo que guardo en mi memoria y que sólo yo he visto.  La muerte es el fin del mundo, mi mundo, que se acerca a toda velocidad a mi encuentro.


    De ese estado mental, de ese fin de milenio que era el fin de los tiempos, surgieron algunas de las piezas que componen esta colección.  La primera y la última las escribí, en cambio, en el 2009, como límites al libro, una entrada a las tinieblas y una salida a la luz.  Estos cuentos son mi intento de acercarme a esa absurda pero bellísima tragedia que es estar vivo para luego tener que morir.  Este libro termina con su última palabra, y al salir de él no nos queda, por fortuna, más alternativa que seguir viviendo, una suerte tan maravillosa que resulta difícil de explicar y tal vez para eso es que existen estos cuentos.


    Ahora, sería mentira decir que todos los cuentos fueron escritos con ese tema en mente.  Este es un análisis es más bien posterior, algo que nota el autor una vez que el libro toma su forma final y que solo puede resultarle evidente a él porque ha sido una preocupación latente y al leer el conjunto, le salta a la vista.


    La verdad es que el acercamiento inicial a cada cuento normalmente es una mezcla de impulsos e ideas dispares y no parte de un plan homogéneo.  Muchas veces ese impulso de escribir nace de la admiración.  En mi caso, de mi admiración y cariño por la obra de autores como Foster Wallace, Nabokov, Cortázar, Borges o Ibargüengoitia.


    En un mundo en el que una obra literaria sería más valiosa por ser totalmente original y no parecerse en nada a lo escrito antes declarar estas influencias sería un pecado.  Decir que la obra de uno es derivativa de la de otros escritores es confesarse de algún modo como un escritor de segundo orden, cuando mucho.  Pero la verdad es que nada se escribe en el vacío. Lo que escribimos es finalmente una continuación de una tradición a la que pertenecemos y renegar de esas influencias y fingir ansiosamente que uno es totalmente original es un acto de arrogancia ingenua y un poco ridícula.  Lo que leemos nos influencia, y los que escribimos somos siempre, primero, lectores.


    El Dragón, es un pequeño tributo a Borges, que dejó la trama de este cuento apenas esbozada en su cuento El Zahir; un pequeño pastiche de su estilo, que en manos mías resulta algo monstruoso, que es lo mismo que decir que es más mío que de Borges, y sin embargo también es de él.  En contra de los aviones es un vano intento por acercarme al humor fácil y vital de Ibargüengoitia, una especie de homenaje a los 25 años de su muerte.  En la interpretación de los signos hay un interpretador que lee el mundo un poco como el interpretador de la docena de Nabokov, pero con un desenlace más tropical, digamos.  En la obra de David Foster Wallace hay también un niño que vuela hacia una piscina, aunque la preocupación de Wallace sea otra totalmente distinta.  Desde algún lugar de parajes, que se llama como una de las últimas líneas de Rayuela, quisiera acercarse la respiración de algunas de las piezas más líricas de Cortázar. En fin, que el libro es también una declaración de amor y admiración por la obra de otros escritores.


    Estos cuentos tienen además el sello inevitable de otras preocupaciones mías: la marginación y violencia que ejercemos sobre los que son diferentes para mantener un orden social que produce un confort muy parecido a la somnolencia; la recuperación de lugares que lentamente con el tiempo se transforman en otros muy distintos y sin embargo quedan íntegros en nuestra memoria como escenarios de las personas que alguna vez fuimos; lo que significa escribir ficción, un acto extraño en el que los materiales de la memoria se reordenan siguiendo un patrón desconocido para producir una nueva verdad, tal vez la única que necesitamos para comprender el mundo en que vivimos y poder vivirlo más intensamente.


    Esas cosas veo yo cuando leo mi libro, ahora, como un lector más.  Pero la verdad es que los materiales de los que está hecho nunca fueron míos, los estilos y los sucesos todos vienen del mundo y ahora vuelven a él.  Ahora que está publicado es de quién lo quiera leer y lo transforme al encontrar en él la mezcla de lo que viene en el texto y de lo que al momento de leerlo aporte su memoria y su imaginación.  Ese momento, durante la lectura, es el único momento en el que vive el libro.  Para eso se publica, para que cada uno de ustedes en su momento lo actualice y le permita existir.
 


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La ruta de su evasión, Yolanda Oreamuno



"Para Dn. Joaquín, con respetuoso
agradecido afecto, Y Oreamuno.
16.2.40"
Reseña de La ruta de su evasión, de Yolanda Oreamuno, para La Nación.

La ruta de su evasión
Yolanda Oreamuno
394 pp., Editorial Costa Rica 2010

La ruta de su evasión, de Yolanda Oreamuno, es la piedra fundacional sobre la que se levanta el edificio de la novela moderna costarricense.

En el marco del 55.° aniversario de la muerte de su autora, la publicación de La fugitiva, la biografía novelada escrita por Sergio Ramírez, ha despertado la pasión del público por su leyenda personal. Buen momento, por lo tanto, para que podamos acercarnos y reconocer el insólito logro literario de Oreamuno: la primera novela de calibre mundial escrita por un autor nacido y educado en Costa Rica.

La ruta de su evasión sobrepasó completamente la temática realista y social que predominaba en Costa Rica hasta entonces, enfocándose por primera vez de lleno en el mundo interior de sus personajes, en sus emociones y sus pensamientos. Para esto hizo acopio de técnicas que Faulkner usó en Mientras agonizo y Las palmeras salvajes, y que este, a su vez, había aprendido de Joyce. Esas mismas técnicas de Faulkner (el monólogo interior, flujo de la conciencia, fragmentación del tiempo) influenciarían, 15 años después de la publicación de La ruta de su evasión, a Gabriel García Márquez, a Carlos Fuentes y a Mario Vargas Llosa, haciendo de Yolanda Oreamuno una precursora del boom y la nueva novela latinoamericana.

La ruta de su evasión es sorprendente además porque aborda precisamente los problemas que hicieron de la vida de Yolanda Oreamuno un calvario: es una exploración profunda de los roles tradicionales del hombre y la mujer, y de cómo estos pueden causar la degradación personal o de la familia.

La elocuencia emotiva de Oreamuno permite que la acción avance impulsada casi exclusivamente por la introspección de los personajes en sus monólogos interiores.

Los hombres de la familia Mendoza son todos, aunque de distintos modos, incapaces de comprender y expresar sus emociones, de brindar amor o mostrar solidaridad.

Las excepciones solo se dan cuando un hombre es o se muestra débil, entregándose generosamente a la mujer, acto que siempre termina implicando su autodestrucción. Las mujeres, por otra parte, o viven en lo que Oreamuno llama un “oscurantismo místico”, “un medioevo del amor”, sumisas y adorantes del hombre como un ser divino y todopoderoso, o procuran usurpar ese rol, renunciando a su sensibilidad y asumiendo el cinismo varonil de las “mujeres no-importa”. La novela tiene uno de los estilos más ingeniosos, frescos y alegres de su generación, a pesar de la trama y sus temas dolorosos. La escenificación es trepidante: pasamos de una capilla ardiente al voyerismo infantil, de una borrachera de prostíbulo a una disección de cadáver, de la masturbación descubierta al vandalismo colérico de los celos. Hay amortajamientos, temblores, partos, arrestos, suicidio asistido. Hay liberación.

En fin, si uno pudiera leer solo una novela escrita por un costarricense, la recomendación tendría que ser siempre La ruta de su evasión, una novela que, como su autora, merece toda nuestra admiración y respeto, y no la oscuridad relativa en la que ha pasado desde su publicación en 1949.




(Foto del Archivo García Monge, restaurada por Eugenio García para el blog Cosas de Jota)

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Rodrigo Soto sobre En contra de los aviones



Rodrigo Soto: Foto de Luissiana Naranjo


Rodrigo Soto amablemente se apuntó a discurrir sobre mi último libro de cuentos, En contra de los aviones, en la presentación del mismo. Con la gratitud y cariño que me merece, aquí dejo su texto para que lo conozcan los que no estuvieron presentes.



La Luz sitiada 

Un vistazo a los últimos cuentos de Juan Murillo
Rodrigo Soto
Como sin duda todos los aquí presentes sabemos, “En contra de los aviones” es el segundo libro de cuentos de Juan Murillo. El primero, “Algunos se hacían dioses”, fue publicado por la Editorial de la Universidad de Costa Rica en el remoto año de 1996. Leí el libro en su momento y recuerdo que me causó una buena impresión. Luego pasaron muchos años en los que, literariamente hablando, no volvimos a saber nada de Juan, hasta hace algún tiempo, cuando regresó con renovados bríos: reseñando libros en medios electrónicos e impresos, promoviendo iniciativas literarias diversas, fundando con Guillermo Barquero Ureña una atractiva editorial… Y, por supuesto, escribiendo…

Digo “por supuesto” porque, aunque eso no lo sabíamos con certeza, era fácil de suponer. Juan es uno de esos bichos que lleva la literatura en su sangre, y difícilmente alguien como él podría contentarse con leer, reseñar y publicar libros ajenos.

Este segundo libro de cuentos que nos ofrece Juan ahora, incluye siete narraciones. Leyéndolas, es fácil concluir que fueron escritas en diferentes momentos, incluso con años de distancia, algo que el autor me confirmó personalmente. Se trata, entonces, de una recopilación de cuentos que presumiblemente da cuenta de la producción cuentística de Juan desde la publicación de su anterior libro, hasta el día de hoy. Si los dedos de mi mano no me fallan, pasaron 15 años desde 1996. Quince años de los cuales Juan nos ofrece aquí una cosecha de siete cuentos.

A pesar de ser una recopilación de trabajos escritos en tan dilatado tiempo, los cuentos incluidos en el libro tienen una sugestiva y sutil unidad, de la que hablaré más adelante. Diría que, salvo en un caso, estamos ante cuentos que sin dificultad podemos calificar de “realistas”, y que, salvo en otro caso, podemos afirmar sin temor que se trata de “literatura de ficción”, para retomar la clasificación al uso en los Estados Unidos. El cuento que llamamos “no-realista” está escrito en clave simbólico-alegórica, como algunas narraciones de Kafka y otras de Wilde, por citar a dos autores tan disímiles como bien conocidos. El cuento que consideramos “de no ficción” es el que da título al libro y, aunque tiene elementos indiscutiblemente ficcionales, se acerca mucho a una diatriba (así lo anuncia ya la preposición “Contra” del título), y en él Juan recrea y analiza el célebre accidente de aviación en el que murieran los escritores Manuel Scorza, Jorge Ibargüengoitia, Marta Traba y Ángel Rama. Por último, en dos de las narraciones del libro el autor nos propone de entrada una clave realista que, al finalizar el relato, da un giro hacia lo surreal o fantástico.

En tres de los relatos que integran el libro, el personaje principal -a veces también narrador- es un niño o un adolescente; en tres de los relatos, el personaje principal es un ser arrinconado en los márgenes difusos y a la vez dolorosamente precisos de la sociedad. En todos los cuentos -salvo el que hemos considerado “simbólico-alegórico”, los personajes y el escenario son clara e inequívocamente costarricenses, tanto por su forma de expresarse como por la mención de referencias y de sitios que así nos lo confirman.

Esto último, desde luego, no es importante, o tiene apenas una importancia secundaria.

Lo interesante, lo valioso, lo bueno de los cuentos de Juan, es que siendo profundamente costarricenses (en este sentido de la referencialidad) son al mismo tiempo profundamente universales, pues las temáticas y los conflictos en los que nos sumergen, los son también.

Los cuentos que nos ofrece Juan Murillo en este libro hablan de la insoportable precariedad de lo humano, de la dicha siempre amenazada, de lo ominoso y oscuro que acecha a las puertas de lo cotidiano y en apariencia banal. Los textos están atravesados por una tensión permanente entre la luz y la oscuridad, entre la dicha entrevista o apenas acariciada y el zarpazo de la desgracia y de la muerte que se ceban con nosotros a la vuelta de un instante o de una esquina cualquiera. La visión de la vida que se asoma en estos cuentos se acerca mucho a aquella según la cual “los hombres somos como juguetes en manos de los dioses”; entre las ideas clásicas del destino y de la libertad como factores determinantes de la existencia humana, los cuentos de Juan nos dicen que son el destino y su contracara -lo fortuito- los agentes de nuestra dicha y de nuestra desdicha, y que contra ellos de nada valen nuestras pretensiones de libertad ni nuestros anhelos de dicha.

Varios de ellos -en particular los que están narrados por o desde la perspectiva de niños o de jóvenes-, están escritos de una manera que -si el término no estuviera tan manoseado y aún significara algo- me parecería justo llamar “impresionista”, en el sentido de que el texto recoge y transmite las impresiones sensoriales de los personajes, muchas veces en un lenguaje poético y cargado de tropismos. Este “impresionismo” (o quizás mejor “sensasionismo”, para evitar mayores confusiones) abunda, casualmente, en referencias al sol y a la luz, a la oscuridad y a la noche.
Considérense, a modo de muestra, un par de ejemplos:

“En la oscuridad húmeda de la tierra negra bajo el suelo de madera de la casa podía fingir que todo era una película…” (El final del día). “Esos violentos polígonos sobre la pared son su luz por tres días concentrada, seccionada por las franjas oscuras de las vigas. Tras ellas se ve el cielo que a mediodía es blanco hirviente y a medianoche un oleaje negro.” (Desde algún lugar de parajes).

Así pues, la polaridad DÍA/NOCHE, LUZ/OSCURIDAD es una de las claves no solamente interpretativas y simbólicas, sino incluso descriptivas y referenciales, que atraviesan y organizan el libro de Juan.

Traigo a colación esto pues, como nos muestra Gilbert Durand en su fascinante obra “Las estructuras antropológicas del imaginario”, esta polaridad es una de las más profundas de la conciencia humana y de las que organizan toda su actividad.
Quizás sea esta capacidad de interpelarnos a un nivel profundamente humano, una de las claves del atractivo del libro.

Otra, sin duda, es la destreza narrativa del autor, la importancia que concede tanto a la estructura de los relatos, como a su escritura, es decir, a lo propiamente textual.

En cuanto a la estructura, Juan Murillo da muestras de haber aprendido bien la lección de los grandes maestros de la narrativa breve, a saber, que un cuento no es otra cosa que el relato de una sola situación transformadora; una situación en la que el personaje principal muta o se transforma cualitativamente. Saber reconocer o inventar esas situaciones es el primer requisito de un cuentista; el segundo es relatarlas sin que pierdan intensidad ni sorpresa. En los siete textos de este libro Juan Murillo evidencia estas dos cualidades.

En cuanto a lo textual, los cuentos de “En contra de los aviones” están tratados esmeradamente. Como ya se anotó, hay cierta tendencia hacia lo poético en la descripción de las impresiones sensoriales de los personajes. Y cuando ello no es así (como en el cuento que da título al libro), el autor da muestras de gran solvencia y dominio del lenguaje.

Por todo lo dicho, no puedo menos que celebrar la aparición de este segundo libro de cuentos de Juan Murillo, que viene a enriquecer con personajes atractivos y convincentes, imágenes sugestivas y palabras precisas, la reciente producción literaria de Centroamérica.

San José, agosto 2011




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Presentación de En contra de los aviones




El jueves 18 a las 7pm en el Instituto México (Los Yoses, de la Subarú 300 sur) presentamos mi libro de cuentos En contra de los aviones junto con la Editorial Costa Rica, Rodrigo Soto y Gustavo Adolfo Chaves. Habrá vino servido por coquetas aeromozas y, luego del vino, demostraciones espontáneas de las mejores posiciones para aterrizajes de emergencia.

Las Malas Juntas publicó el primer cuento del libro aquí:  La soledad de la batalla

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