Crónica de Guadalajara 2011



Una crónica de los días que pasamos en la Feria del Libro de Guadalajara.

Crónica de Guadalajara 2011



Sergio Pitol detiene con mano temblorosa la puerta y se introduce con paso inseguro en la caja del elevador en el que estamos Guillermo Barquero* y yo. Tenemos noticia de que en el hotel de Guillermo uno de los elevadores cayó del décimo piso pero que sus ocupantes únicamente sufrieron fracturas expuestas de fémures y aplastamiento parcial de algunas vértebras, poca cosa si se consideran todas las posibilidades. El ascensor, que es una especie de tracto digestivo estructural del edificio no parece un lugar apropiado para este nonagenario cabizbajo de cara amable y chaleco de blanco hueso tejido con lana de escarpines. Entra y hace pases mágicos con su llave magnética frente al botón que tiene el número de su piso. Guillermo me codea y con la cabeza me indica el ineficaz rito del anciano. Cuando le digo que hay un sensor encargado de detectar su llave intenta infructuosamente introducir la misma en todas las ranuras visibles circundantes al sensor. Por fin tomo su llave con mi mano, la acerco a los labios del sensor como haría un papa con su mano anillada y presiono el botón del piso al que va Pitol que me agradece con un murmullo cansado, disminuido. Es posible que este no sea Pitol, eso es idea de Guillermo. Yo mismo no soy yo para él. No somos más que unos extraños que se ayudan mutuamente a navegar el presente, sin saber lo que cada uno esconde dentro.

Entramos a la mesa de los 25 secretos mejor guardados de Latinoamérica, que es el evento estelar de la feria. La sala está claramente sobrepoblada, llenos los asientos, la gente arrecostada a las particiones móviles que temporalmente definen el espacio. Frente a nosotros a un lado de los asientos está Guadalupe Nettel meciendo a su hijo recién nacido, enfundado en una bolsa de dormir para bebés, un bodoque azul del que salen una cabecita y dos brazos, que la acompaña acostado boca abajo protegido por su abrazo a escuchar la introducción de la mesa, las cinco bios con los cinco textos y luego las palabras de los autores. Las labores maternas de Nettel tienen algo de exhibición, de orgullo de madre, de felicidad irrestricta, de conciencia de un estamento superior al de mero escritor. Y sin embargo está aquí, cumpliendo con las formalidades.

A Gelman lo traen escoltado ocho muchachos de crestas engominadas y trajes negros. Lo depositan en la mesa de firma de libros de ERA. Hay una fila y Gelman suspira visible y resignadamente ante la tarea. Sentado junto a él mientras me firma un libro con una rubrica facilona e impersonal noto lo envejecido que está, cómo la esclerótica ha invadido el perímetro de sus córneas cristalinas, cómo los párpados son bolsas llenas de lágrimas, la palidez de las manos, el tremor apenas perceptible, la locomoción tentativa del que sabe que no tiene ya ni reflejos ni fuerza para evitar una caída o una colisión. Al día siguiente llega José Emilio Pacheco, conmocionado visiblemente por tener que enfrentarse la turba de admiradores, una muralla de caras que lo mira y que lo filma y que espera de él que sea un amigo, un hermano, un padre, un héroe. Más tarde los veremos sentados el uno junto al otro en la sala reservada para los autores, una especie de bunker de los exiliados, dónde se reúnen los que hablan en público y en privado huyen de todo mundo: José Emilio con la mano sobre el bastón cuadrúpedo de aluminio y un labio inferior distendido que evidencia alguna isquemia o debilidad general; Gelman fumándose un cigarrillo al que sacude la ceniza con un cuidado excesivo y cuyo humo lo hace parecer transparente.

Mario Vargas Llosa vs. Herta Müller: Full house
Vargas Llosa se presenta junto a Herta Muller en el salón principal de la feria. No cabe un alma, los de seguridad nos obligan a circular hacía la panza de la bestia dónde un hipotético pero inexistente espacio vacío podría acomodarnos. La voz de Vargas Llosa es firme, pero sus opiniones alegremente relevantes sobre literatura se encojen visiblemente cuando les toca volar en el mismo espacio de las de Herta Muller, que habla de exilio, de la dictadura sangrienta de Ceaucescu, de la verdad a través de la literatura. Vargas Llosa que nota lo liviano que se ve, echa mano de ideas todas ya impresas en sus libros de hace mucho: la ficción como mentira, como escape, desde las fogatas cavernícolas; de su infancia bajo un padre reaparecido, violento, autoritario; de la imposibilidad de evitar la fórmula prefabricada luego de innumerables entrevistas. La voz de Vargas Llosa, que tampoco es joven, no es suficiente para salvar de la ligereza lo que dice. Luego lo vemos deambular por entre los libros de los stands, los ojos siempre bajos, las manos tras la espalda, rodeado de una turba que parece emanar de él y que se desplaza siguiéndolo, retenida sólo por el contingente de seguridad. Nunca levanta la vista, se protege, tal vez, o se avergüenza, o tiene miedo, no sabemos.

Vamos a toparnos con los editores de la revista de literatura y artes marciales Hermano Cerdo, representados por René López Villamar, frente al salón de presentación de Fabrica del Lenguaje S.A pero terminamos entrando. La está presentando Antonio Ortuño, a quién el autor llama Toño. En primera fila está Tryno Maldonado, frente a nosotros Lolita Bosch y frente a ella Jorge Herralde. El autor recuerda las entrevistas realizadas para el libro, la ideas originadas con todo ellos en algún bar cuyo nombre solo ellos conocen, recuerdan, entienden. Cuando terminan Bosch se levanta y los saluda a todos a gritos desde atrás. Son familia, los libros son los testimonios de esos lazos consanguíneos, la publicación en la editorial de todos ellos una especie de bautismo.

Vanessa Nuñez y yo. Stand de Centroamérica
Al salir nos topamos al editor Raúl Figueroa que acompaña a Denise Phé-Funchal a presentar su último libro, Buenas costumbres, justo a la misma hora en el salón contiguo. Vienen visiblemente tensos por la incerteza que produce no saber que esperar de la asistencia del público a cualquier presentación de libros en el extranjero. Fumándonos un cigarro recordamos a Rafael Menjivar Ochoa, que murió este año, mentor de Phé-Funchal y Cea, el poeta que la presentó. La mención afecta visiblemente a Phé-Funchal, que aspira profundamente del cigarro para evitar que las lágrimas broten detrás de sus grandes anteojos redondos. La presentación de la novela de la Vanessa Nuñez Handal sobre la guerra civil salvadoreña, Dios tenía miedo, por FyG también, es al día siguiente. Vanessa sufre de una alegre extroversión y una locuacidad acelerada que son los ingredientes básicos de su carisma. La sala está repleta. “Es una novela de la guerra civil contada por los que no tuvimos nada que ve con ella”, dice Vanessa. Jacinta Escudos, en la mesa de presentación de la antología centroamericana compilada por Sergio Ramírez una hora antes, reafirmaba la postura de la literatura como escape o entretenimiento, como introspección, como expolración íntima, lejana de la idea de la literatura de la guerra, o la posguerra, reafirmando su independencia del entormo.

¿Pero como evitar hablar de la guerra? Sea porque se es su heredero, o se vivió de lejos, o de cerca, o se vivieron sus secuelas, o se quiere olvidar, o impedir que determine lo que uno es, o porque en el país que uno vive no paso nada, supuestamente. Centroamérica es sus guerras, incluso ahora.

Librería en el aeropuerto de México D.F.
Llegando al aeropuerto del D.F. le saqué una foto a unos anaqueles de la librería del Fondo de Cultura Económica, atestados de narconovelas, postales de México diría uno, de venta en el aeropuerto, a modo de advertencia o souvenir, dependiendo de la dirección del vuelo. En México se vive una guerra. La declaró Calderón cuando asumió el poder. Los narcos habían logrado ocupar pueblos enteros en los que se nombraban lugartenientes, que venían de las pandillas de Nueva York, para defender los territorios y mantener a raya la población. En esos pueblos los negocios cerraban, las mujeres que no podían escapar se dedicaba a la maquila, a hacer clones de uniformes policiales para los narcos, los hombres se reclutaban como soldados o sicarios. Para evitar que los otros carteles les arrebataran estas plazas se detenían los buses, se revisaban los celulares, los hombres jóvenes que venían de ciertas ciudades ocupadas por carteles enemigos eran ejecutados sumariamente, por si acaso. En una de estas ejecuciones sumarias perdieron la vida 73 migrantes centroamericanos que se dirigían hacia la ciudad equivocada. Dos días antes de nuestra llegada a Guadalajara habían aparecido 26 cadáveres empaquetados en tres camionetas bajo los Arcos del Milenio, a trescientos metros de la Expo donde se realizaría la FIL. "Aquí les dejamos estos muertitos" decía una manta que dejaron los sicarios, con esa tenebrosa familiaridad con la muerte que tienen los mexicanos. Los ejecutados eran hombres comunes, secuestrados al azar por los narcos en la ciudad de Guadalajara: un repartidor de pizza, un dependiente de tienda de departamentos, un electricista, un panadero, un chofer de camión de carga. Cómo en todas las guerras, sufre el hombre de a pie, el que dispara o recibe la bala. Más arriba lo que hay son las aguas turbias de toda guerra. Se descubre en esos días que la Agencia de control de armas (ATF) de EE.UU. ha estado entregando armas al cartel de Sinaloa y haciéndose de la vista gorda con sus embarques con tal de obtener información sobre los otros carteles. Los asesinatos en Guadalajara son una reacción a esta colusión entre nacrotraficantes y gobiernos, supuestos enemigos en la guerra contra el narco, mientras el último defiende el uso de la fuerza contra la fuerza, con el tradicional saldo de muertes de inocentes (ver Centroamérica, Colombia, Perú, etc.).


No es de extrañar entonces que una de las novelas más aclamadas en los últimos años, no ya por la lista de bestsellers y las campañas de marketing de grandes casas editoriales, sino por los críticos sea Los trabajos del Reino de Yuri Herrera, en la que un compositor de corridos narra la vida palaciega de los narcos como lo hiciera Homero con Menelao y Odiseo en los primeros días del oficio. Si el western era la épica en tiempos de Borges, la narconovela lo es ahora en México, nutrida por el glamour, el morbo y el miedo, en una receta que hizo de Al Capone un héroe y los libros sobre la Mafia un género en Estados Unidos.

Esa distancia insalvable entre la urgencia de lo inmediato y el estado naturalmente latente de lo literario la notamos en el stand de Santillana frente al cual hay una aglomeración espectacular y un anillo de seguridad parecido al de Vargas Llosa. La precandidata a la presidencia de México, Josefina Vázquez Mota presenta su libro Nuestra Oportunidad. La gente no cabe. Tratamos de flanquear a la multitud. En la puerta lateral del stand de Santillana descubrimos a Santiago Roncagliolo sentado en lo que parece ser un pupitre escolar para una firma de autógrafos. No hay aglomeración aquí. Ni fila. No hay nadie. A Roncagliolo lo escolta un muchacho escuálido con acne, de tal vez 18 años, con un chaleco de Santillana. Roncagliolo mira para atrás, hacia el stand, como buscando a sus lectores, o a algún encargado que le permita irse en vez de estar sentado ahí esperando que coagule la turba sus invisibles lectores. Por un segundo pienso, por caridad, llevarle un libro suyo para que me lo firme. Pero la verdad es que no lo he leído. Ser conocido por más gente de la que lo ha leído a uno es síntoma de la lepra de nuestros tiempos. La posteridad es la única forma digna de la fama, decía Robinson Jeffers. La literatura es toda mentiras, dice Vargas Llosa. El gentío inexistente frente a Roncagliolo lo confirma. Es más apremiante un camión lleno de muertos que las experiencias de Roncagliolo como negro literario de una pudiente señora dominicana. ¿Qué duda puede caber?


Escritor en mesa de autógrafos.
Un poco en esa nota me quejo durante toda la feria con Guillermo, que tiene la paciencia de un santo, sobre lo que es y no es literatura. Firmar autógrafos no es literatura, dar conferencias no es literatura, reírse a boca llena de dientes con otros autores que van para arriba no es literatura, no es literatura ser amigo -o ascensorista- de Pitol, o de Gelman, o de Vargas Llosa, no es literatura acosar a señores mayores a los que les preocupa que uno los pueda botar y quebrarles la cadera. No es literatura nada que esté fuera de un libro. Luego, en el escamoteo agotador y exhaustivo que hicimos de una feria fabulosa que es como una ciudad pequeña encontramos un librito diminuto, amarillo como el veneno de una bocaracá, de Julién Gracq, que dice todo esto mejor de lo que yo lo hago acá: La literatura como bluff.


García Lao, Planas, Tarazona, Díaz Klaassen, Cortés
En las mesas de los 25 secretos hemos visto por ejemplo a Carlos Cortés sentado junto a Francisco Díaz Klaassen que tiene la mitad de su edad y hasta hace dos años era un autor inédito. En Centroamérica, por lo visto, todos los escritores, menos cinco o seis, son secretos bien guardados sin importar cuantos años lleven publicando o cuantos libros tengan a su haber. Es fácil caer en la tentación de comparar a estos autores, pero luego recordamos lo aprendido a base de observación en estos pocos días. Estos autores no son por lo que estamos aquí. Ellos mismos, si lo pudieran evitar, si supieran en lo que termina, no estarían aquí. Están en representación de sus libros, agujas en un pajar.

Pensando en eso, luego de las fiestas de tequila con Memo, René López Villamar, Manuel Dávila y John Washington, mirando al diminuto Volpi, a Maldonado, a Nettel, a Santos-Fébres deambular por el salón de baile, luego de los cócteles con Fabián Casas y Antonio Díaz Olivas y Timo Berger y Miguel Balaguer y Raúl Figueroa, luego de los cafés con risas con Jacinta Escudos, con Dorelia Barahona, con Vanessa Nuñez Handal, con Solange Rodríguez Pappe, luego de las conferencias impresionantes o aburridas, de atenazar a los patriarcas de la literatura con abrazos que parecen llaves de lucha libre para que la foto no salga movida, de mentir para obtener invitaciones a banquetes y fingir ser otro para obtener llaves a fiestas privadas, de cerrar tratos por cualquier medio posible, de repartir tarjetas con la morbilidad con la que un infectado de Ébola reparte la muerte y reunirnos con cien o doscientas personas que también aman los libros lo que nos queda es finalmente el sedimento dorado de todos esos negocios y amistades que nos acompaña en las maletas, la razón por la que estuvimos ahí:

La Biblia vaquera, Los Trabajos del reino, Antes de las jirafas, Paisaje aproximado, Balas perdidas, Buenos Aires Escala 1:1, Lata peinada, El escapista y otras apariciones, La piel de caballo, El Fumador y otros relatos, La Piel dura, Qué hacer, Los Lemmings y otros, Ocio, Kilgore, El Año del desierto, El Diario de Satanás, La Vida Triestina, Dios tenía miedo, El Maleficio, Antología del decadentismo, Voces -30, Breves apuntes de autoayuda, El futuro no es nuestro, Las Batallas en el desierto, Ensayos, Sólo cuento, Limbo, En Tierras Bajas, Madrugada negra, Una puta mierda, La marrana negra de la literatura rosa, El Volcán, el mezcal, los comisarios, La literatura como bluff y Paisajes después de la batalla.


*La crónica de los mismos eventos, por Guillermo Barquero, está aquí.

7 Comments:

tetrabrik said...

panorama redondeado, después de leer las do crónicas.

Caro Flores said...

Voy a leer la otra. Esta es lo que estaba esperando :-). Solo me inquieta que conjugaras en pasado lo que ocurre hoy en México. Lectores perdidos amantes de las balas podrían creer que a partir de la guerra declarada por Calderón, esas cosas ya se resolvieron. Es algo obvio que no, si se continúa con la lectura pero ¿quién sabe? Sigo creyendo que deberías escribir en presente a partir de aquí: "En México se vive una guerra. La declaró Calderón cuando asumió el poder. Los narcos habían logrado ocupar pueblos enteros en los que se nombraban lugartenientes, que venían de las pandillas de Nueva York, para defender los territorios..."

El Ornitorrinco said...

No sé si hay intención, pero el panorama que pintan entre vos y Guillermo es bastante agridulce. La parte más jugosa de la entrada, sin duda, es el último párrafo. Por cierto, tomo nota de tus compras, Juan. Ya hasta me compré uno que estaba disponible en Kindle.

*

¿Cuál guerra? Tampoco hay que magnificar lo que sucede en México. Si en México se librara una guerra como dice Caro Flores, no podrían realizarse actividades como la Feria del Libro más grande de los países que hablan español. En Centroamérica, en Brasil, en Venezuela, etc. hay más violencia que en México. Pero el glamour y la espectacularidad morbosa que suscitan los carteles --ya mencionado por Juan aquí-- es mucho y el precio es que un día sí y otro también saquen reportajes y notas en la CNN.

Vanessa Núñez Handal said...

Buenísima tu crónica! Gracias por las pláticas y la buena vibra. Un abrazo y nos vemos pronto.

Sentenciero said...

Puta, mae, qué dicha que también hiciste una crónica, así no van a pensar que estoy inventando a un Pitol ascensorista y pornógrafo. De hecho, y eso lo sabemos ahora, estas ferias tratan un poco de libros, un montón de otras cosas.

Juan Murillo said...

Lo que pasa, Caro, es que esos eventos específicos sucedieron en el pasado, por eso el cambio verbal.

Es una guerra, Sergio, miles de muertos, decenas de miles de detenidos, no es poca cosa.

Gracias Chaves y Vanessa.

Memo, y eso que no dijimos nada de la parte del Pitol pornógrafo.

Germán Hernández said...

Con mucha envidia, pero de la buena... bien aprovechada la feria. Hay párrafos exquisitos en esta crónica.

Saludos!