Soldados de Salamina, Javier Cercas



Soldados de Salamina, reseña de la novela.


Soldados de Salamina
Javier Cercas
209 páginas
Tusquets Editores, 2001

Javier Cercas decía hace unos años en una entrevista, luego del éxito desaforado de su novela Soldados de Salamina, que cuando la gente lo detenía en la calle para saludarlo, probando ya la cotidianeidad de la fama, sentía que iba de viajante de sí mismo (de su doble, un impostor, un farsante). Aparte de la peculiar sensación que pueda producir el éxito inesperado en un autor lo que resulta claro es que Cercas, en cierto modo, ha basado parte de su literatura en ese tipo de imposturas. En su libro, Cercas que en clave de autoficción narra su novela como protagonista, no es exactamente Cercas, que en la vida real aún tiene a su padre y no es huérfano, vive con su esposa e hijo y no es divorciado, y es profesor universitario y no periodista. Roberto Bolaño, que aparece en la tercera sección como personaje, no es tampoco Bolaño (como lo dijera Bolaño mismo alguna vez en su columna). La sustitución que en un principio pareciera un inocente artefacto literario, se prolonga conforme avanza la novela para permearlo todo, y es solo con una lectura cuidadosa que el lector por fin comprende que le han dado gato por liebre, que lo que lee no es Historia, sino una historia, que lo que ahí se describe no es real, sino un relato real, término acuñado por Cercas, como una máscara, para vestir de novela lo que otros llaman Historia. En fin, que la narración ficcional ha venido a sustituir con estrepitosa autoridad a la narración histórica y, sin embargo, está claro para todo el que lo lee que lo que este libro dice es la Verdad.

La novela toda gira alrededor de un evento clave: en la retirada tumultuosa del ejército republicano, en los últimos días de la Guerra Civil Española, Rafael Sánchez Mazas es llevado a un claro del bosque contiguo al monasterio que hace de prisión y fusilado junto con otros 30 presos. Sánchez Mazas no muere, porque en el momento de la descarga huye y se interna en el bosque donde cae en una hoya y se esconde, escuchando los tiros de gracia que rematan a los fusilados que aún viven. Según el libro de Cercas, Sánchez Mazas contaba la historia de cómo estando ahí escondido, había sido descubierto por uno de los soldados republicanos encargado de buscar a los que habían corrido y mirándolo directo a los ojos, había respondido a la pregunta de "¿hay alguien ahí?" con "aquí no hay nadie". Con esa respuesta incomprensible el soldado había salvado la vida de su enemigo. Pero da la casualidad que Sánchez Mazas no era cualquier enemigo, sino que era fundador de Falange Española e ideólogo y poeta del fascismo español y amigo cercano de Primo de Rivera. O sea, en ese acto, el soldado republicano le había perdonado la vida al epítome de su enemigo.

Cercas se deleita en destruir el personaje de Sánchez Mazas, al que califica de poeta mediocre y cortesano, de ideólogo poco convencido y fácilmente aburrido por sus propias ideas, de cobarde y poco honorable y en fin, de haber sido en gran parte culpable del levantamiento que llevó a España a un baño de sangre fraticida. El perdón o la piedad del soldado que es el centro de la novela, es verdaderamente un momento anagnórico, como lo definiera Aristóteles en su Poética. Un momento que el destino le presenta a un personaje para revelarle devastadoramente una verdad sobre sí mismo que lo transformará para siempre. En este caso, esa revelación es que Sánchez Mazas podía haber optado por el respeto a la vida en vez de atizar los fuegos de la guerra y cantarle a la dialéctica de las pistolas. Sánchez Mazas sin embargo, repite mecánicamente la historia como asombrado porque le parece imposible y la verdad que le es revelada no logra permearlo jamás. De esta deficiencia de Sánchez Mazas nace la imposibilidad de Cercas de cerrar la novela con el simple relato de lo sucedido. Porque, verdaderamente, con sus incapacidades Sánchez Mazas le cierra la puerta al significado del suceso más relevante de su vida, el momento del cual nacen el sentido trágico de su vida, en términos clásicos.

Cercas entonces vuelve a la búsqueda del soldado. Ese negativo de Sánchez Mazas que, en retirada hacia Francia, sabiendo perdida la guerra, se rehúsa a matar al prisionero que encuentra escondido, lleno de vergüenza y temblando de pavor, en el bosque. Es posible decir que, simbólicamente, con ese acto de perdón, ese soldado termina la guerra civil española y clausura el baño de sangre. ¿Quién es este soldado? se pregunta Cercas, y ¿por qué hizo lo que hizo? En responder esas preguntas invierte el autor la tercera parte de su novela, en la que escucha a Bolaño relatar la historia de un soldado imposiblemente heroico que parece haber combatido en todos las batallas de Europa y que ahora se ha traspapelado en el olvido que es la bienvenida secuela de toda guerra.

Al final de su novela Cercas encuentra al soldado que busca y le imputa la identidad del soldado de su historia, sin que el otro la rechace. Las escenas finales y el desenlace son conmovedores y nos dejan la sensación de que la verdad se ha descubierto y que los motivos reales debajo de esas acciones son la bondad, la virtud, la pureza.

No es imposible imaginar que todo lo anterior haya hecho de Soldados de Salamina un éxito de ventas, que la gente encontrara la novela tanto interesante como conmovedora, con un aparente tema de heroísmo militar y respeto a la vida que se conjugan acá de la manera más extraña porque verdaderamente son incompatibles. Pero Cercas deja caer por acá y por allá pistas de que las cosas verdaderamente no son lo que parecen.

Repetidamente nos dice que las palabras solo sirven para decirse a sí mismas, o, lo que es lo mismo, que las palabras no sirven para relatar lo real. En la primera línea Cercas subvierte su realidad transformándose en un personaje que se llama como el real. Bolaño en medio de su conversación con Cercas sobre el soldado desconocido le aconseja:

La realidad siempre nos traiciona; lo mejor es no darle tiempo y traicionarla antes a ella. El Miralles real te decepcionaría; mejor invéntatelo: seguro que el inventado es más real que el real. [p. 151]


Escuchando a Cercas repetir este tema nos damos cuenta finalmente de lo que pasa. Esta historia es una extensión ficcional de otra historia que es la que contaba Sánchez Mazas, y toda la parte que le ha tocado a Javier Cercas, se la ha inventado para decirnos lo que él piensa que es la verdad. La verdad es que Javier Cercas nunca encuentra al soldado que busca, encuentra a otro y en este lee lo que quiere leer: el extrañamiento entre los hombres, las ilusiones perdidas, la futilidad de la guerra.

En el video que existe de Sánchez Mazas relatando este evento, falta en su totalidad la parte en la que el soldado le perdona la vida. Ya a estas alturas no sabemos siquiera si esto es verdad. Pero el autor lo ha dicho ya claramente, nada de lo que se dice es verdad. La verdad son los hechos, o la ficción que simbólicamente los representa y que nosotros aceptamos como Verdad. No existe correspondencia univoca entre texto y realidad. Lo que existe es el acto de fe del lector que unge a un texto ficticio con el inexpugnable cariz de lo real.

Aceptamos la oferta de Javier Cercas. Su novela toma partido por el bien, por la moral, por el respeto a la vida, no por nada los lectores la han acogido casi unánimemente. No nos cuenta los hecho verdaderos porque estos son inaccesibles a todos los que no los vivimos, sino que nos relata una historia donde podemos ver lo bueno que hay en nosotros mismos y confirmar que existe un orden que hay que respetar y que los que revierten este orden son el enemigo. Pero luego nos damos cuenta, con asombro, que Cercas, con sus métodos, en el fondo esta atacando ese orden que tanto comfort nos proporciona, y que siguiendo los postulados postmodernos de Hayden White, ha sustituido a la Historia y a cambio nos ofrece la literatura, como la verdadera fuente de la verdad historica.

Finalmente hay que recordar que la batalla de Salamina fue narrada inicialmente por Heródoto de Halicarnaso, el verdadero y único padre de la Historia, que luego Tucídides, el usurpador, y otros como él, criticaron duramente por no atenerse a lo puramente real, que para Tucidides radicaba en el hubris de creer entender los designios de la naturaleza humana, una ilusión que perdura entre los historiadores aún hoy en día. Pero esta novela es la historia de soldados como los de Salamina, movidos por fuerzas más grandes que ellos, ya no las de los dioses caprichosos o los oráculos, sino las de la ficción de un autor que tiene una historia que contar. En Cercas, Herodoto levanta la voz de nuevo, para defender la verdad de la historia como narración y anécdota, y para contar de nuevo la verdadera historia de los Soldados de Salamina.


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Contra los poetas, Witold Gombrowicz



Contra los poetas de Gombrowicz, breve comentario y transcripción del artículo.

Contra los poetas de Witold Gombrowicz, es el artículo que transcribo a continuación y que el polaco escribió 1951 en Buenos Aires porque no lo invitaban a cenar muy a menudo y quería agenciarse algunos amigos nuevos. Gombrowicz, como se ve, no tenía muy claro como funciona la psique argentina. La estrategia fracasó y Gombrowicz siguió siendo poco más que un chiste de café. A pesar de éste revés se nota que Gombrowicz hacia un esfuerzo por ser claro y honesto, y hoy sus acusaciones aún se pueden aplicar sin modificaciones a algunos poetas costarricenses. Lo interesante no es ésto, sin embargo, sino el hecho de que hay otro grupo al que ya no se le puede acusar de estos mismos defectos. Espero pronto poder extenderme sobre lo que no puede menos que llamarse la naciente escuela de la antipoesía costarricense.

Contra los poetas,
Witold Gombrowicz
1951



Sería más razonable de mi parte no meterme en temas drásticos porque me encuentro en desventaja. Soy un forastero totalmente desconocido, carezco de autoridad y mi castellano es un niño de pocos años que apenas sabe hablar. No puedo hacer frases potentes, ni ágiles, ni distinguidas, ni finas, pero ¿quién sabe si esta dieta obligatoria no resultará buena para la salud? A veces me gustaría mandar a todos los escritores del mundo al extranjero, fuera de su propio idioma y fuera de todo ornamento y filigranas verbales, para comprobar qué quedará de ellos entonces. Cuando uno carece de medios para realizar un estudio sutil, bien enlazado verbalmente, sobre, por ejemplo, las rutas de la poesía moderna, empieza a meditar acerca de esas cosas de modo más sencillo, casi elemental y, a lo mejor, demasiado elemental.
No cabe duda de que la tesis de esta nota: que los versos no gustan a casi nadie y que el mundo de la poesía versificada es un mundo ficticio y falsificado, parecerá desesperadamente infantil; y, sin embargo, confieso que los versos no me gustan y hasta me aburren un poco. Lo interesante es que no soy un ignorante absoluto en cuestiones artísticas ni tampoco me falta la sensibilidad poética; y cuando la poesía aparece mezclada con otros elementos, más crudos y prosaicos, por ejemplo en los dramas de Shakespeare, en las obras de Dostoievski, de Pascal, o, sencillamente en el crepúsculo cotidiano,tiemblo como cualquier mortal. Lo que difícilmente aguanta mi naturaleza es el extracto farmacéutico y depurado de la poesía que se llama "poesía pura" y, sobre todo, cuando aparece versificada. Me cansa el canto monótono de esos versos, siempre elevado, me adormecen el ritmo y la rima, me extraña dentro del vocabulario poético cierta "pobreza dentro de la nobleza" (rosas, amor, noche, lirios), y a veces sospecho que todo ese modo de expresión y todo el grupo social que a él se dedica padecen de algún defecto básico.
Yo mismo creía al principio que esto se debía a una particular deficiencia de mi "sensibilidad poética" pero cada vez tomo menos en serio los slogans que abusan de nuestra credulidad. No hay cosa más instructiva que la experiencia y por eso empecé a realizar algunas muy curiosas: leía cualquier poema alterando intencionalmente su orden de tal suerte que se convertía en un absurdo y ninguno de mis oyentes (finos y cultos, por cierto y fervientes admiradores de aquel poeta) advertía la treta; o, analizando en forma detallada el texto de un poema más extenso, comprobaba con asombro que los "admiradores" ni siquiera lo habían leído completo. ¿Cómo puede ser esto entonces? ¿Admirarlo tanto y no leerlo? ¿Gozar tanto de la "precisión matemática" de las palabras y no percibir una fundamental alteración en el orden de la expresión? Pero lo que pasa es que todo este cúmulo de ficticios goces, admiraciones y deleites está basado sobre un convenio de mutua discreción: cuando alguien declara que le encanta la poesía de Valéry es mejor no acosarlo demasiado con indiscretas investigaciones, porque entonces se pondría en evidencia una realidad tan distinta de todo lo que nos imaginamos, y tan sarcástica, que nos sentiríamos sumamente molestos. El que deja por un momento las conversaciones del juego artístico, enseguida tropieza con un enorme montón de ficciones y falsificaciones, cual un escolástico escapado de los principios aristotélicos.
Me encontré, pues, cara a cara con el siguiente dilema: miles de hombres hacen versos; otros miles les demuestran gran admiración; grandes genios se expresan por medio del verso; desde tiempos inmemoriales el poeta y los versos son venerados; y frente a esa montaña de gloria -yo, con mi convicción de que la misa poética se efectúa en el vacío casi completo.
¡Valor, señores! En vez de huir de ese hecho expresamente, tratemos de buscar sus causas como si fuese un hecho como cualquier otro.



Poesía pura y azúcar puro

¿Por qué no me gusta la poesía pura? Por las mismas razones por las cuales no me gusta el azúcar "puro". El azúcar encanta cuando lo tomamos junto con el café, pero nadie se comería un plato de azúcar: sería ya demasiado. Es el exceso lo que cansa en la poesía: exceso de la poesía, exceso de palabras poéticas, exceso de metáforas, exceso de nobleza, exceso de depuración y de condensación que asemejan los versos a un producto químico.
¿Cómo hemos llegado a este grado de exceso? Cuando un hombre se expresa en forma natural, es decir en prosa, su habla abarca una gama infinita de elementos que reflejan su naturaleza entera; pero he aquí que vienen los poetas y proceden a eliminar gradualmente del habla humana todo elemento apoético, en vez de hablar empiezan a cantar y de hombres se convierten en bardos y vates, consagrándose única y exclusivamente al canto. Cuando un trabajo semejante de depuración y eliminación se mantiene durante siglos llégase a una síntesis tan perfecta que no quedan más que unas pocas notas y la monotonía tiene que invadir forzosamente el campo del mejor poeta. El estilo se deshumaniza; el poeta no toma como punto de partida la sensibilidad del hombre común sino la de otro poeta, una sensibilidad "profesional" y, entre los profesionales, se crea un lenguaje tan inaccesible como los otros dialectos técnicos; y, subiendo unos sobre los hombros de otros, forman una pirámide cuya punta ya se pierde en el cielo, mientras nosotros nos quedamos abajo algo confundidos. Pero lo más importante es que todos ellos se vuelven esclavos de su instrumento porque esa forma es ya tan rígida y precisa, sagrada y consagrada que deja de ser un medio de expresión: y podemos definir al poeta profesional como un ser que no se puede expresar a sí mismo porque tiene que expresar los versos.
Por más que se diga que el arte es una especie de clave, que el arte de la poesía consiste precisamente en lograr una infinidad de matices con pocos elementos, tales y parecidos argumentos no ocultarán el primordial fenómeno de que con la máquina del verbo poético ha ocurrido lo mismo que con todas las demás máquinas, pues en vez de servir a su dueño se ha convertido en un fin en sí; y, francamente, una reacción contra ese estado de cosas parece aún más justificada aquí que en otros campos porque aquí estamos en el terreno del humanismo "par excellence". Existen dos formas de humanismo básicas y diametralmente opuestas: una que podríamos llamar "religiosa" que coloca al hombre de rodillas ante la obra cultural de la humanidad y otra, laica, que trata de recuperar la soberanía del hombre frente a sus dioses y sus musas. El abuso de cualquiera de estas formas tiene que provocar una reacción y es cierto que una reacción así contra la poesía sería hoy totalmente justificada porque,de vez en cuando, hay que parar por un momento la producción cultural para ver si lo que producimos tiene todavía alguna vinculación con nosotros. Posiblemente los que han tenido la oportunidad de leer algún texto artístico mío se sentirán extrañados por lo que digo, ya que soy en apariencia un autor típicamente moderno, difícil, complicado y aun a veces -quien sabe- aburrido. Pero, téngase en cuenta que yo no aconsejo a nadie prescindir de la perfección ya alcanzada, sino que considero que esta perfección, este aristocrático hermetismo del arte deben ser compensados de algún modo y que, por ejemplo, cuanto más el artista es refinado, tanto más debe tomar en cuenta a los hombres menos refinados y cuanto más es idealista tanto más debe ser realista. Este equilibrio a base de compensaciones y antinomias es el fundamento de todo buen estilo, más, en los poemas no lo encontraremos, y tampoco se puede notar en la prosa moderna influenciada por el espíritu de la poesía. Libros como "La muerte de Virgilio", de Herman Broch o aun el celebrado "Ulises" de Joyce resultan imposibles de leer por ser demasiado "artísticos". Todo allí es perfecto, profundo, grandioso, elevado y, al mismo tiempo, nada nos interesa porque sus autores no lo han escrito para nosotros sino para el Dios del Arte.
Pero la poesía pura además de constituir un estilo hermético y unilateral, constituye también un mundo hermético. Y sus debilidades aparecen con más crudeza aún, cuando se contempla el mundo de los poetas en su aspecto social. Los poetas escriben para los poetas. Los poetas son los que rinden homenaje a su propio trabajo y todo este mundo se parece mucho a cualquier otro de los tantos y tantos mundos especializados y herméticos que dividen la sociedad contemporánea. Los ajedrecistas consideran el ajedrez como la cumbre de la creación humana, tienen sus jerarquías, hablan de Capablanca como los poetas hablan de Mallarmé y, mutuamente, se rinden todos los honores. Pero el ajedrez es un juego mientras que la poesía es algo más serio y lo que resulta simpático en los ajedrecistas, en los poetas es signo de una mezquindad imperdonable. La primera consecuencia del aislamiento social de los poetas es que en el mundo poético todo se hincha, y aún los creadores mediocres llegan a adquirir dimensiones apocalípticas y, por el mismo motivo, los problemas de poca monta cobran una trascendencia que asusta. Hace tiempo hubo entre los poetas una gran polémica sobre la famosa cuestión de las asonancias y parecía que la suerte del universo dependía del hecho de si es posible rimar "espesura" y "susurran". Es lo que sucede cuando el espíritu gremial domina al universal.
La segunda consecuencia es aún más desagradable: el poeta no sabe defenderse de sus enemigos. Y así vemos cómo en el terreno personal y social se pone en evidencia la misma estrechez de estilo que hemos mencionado más arriba. El estilo no es otra cosa sino una actitud espiritual frente al mundo, pero hay varios y el mundo de un zapatero o de un militar tiene poco que ver con el mundo de los versos: como los poetas viven entre ellos y entre ellos forman su estilo, eludiendo todo contacto con ambientes distintos, quedan dolorosamente indefensos frente a los que no comparten sus credos. Lo único que son capaces de hacer, cuando se ven atacados es afirmar que la poesía es un don de los dioses, indignarse contra el profano o lamentarse por la barbarie de nuestros tiempos lo que, por cierto, resulta bastante gratuito. El poeta se dirige sólo a aquel que ya está compenetrado con la poesía, es decir a uno que ya es poeta, pero esto es como si un cura endilgara su sermón a otro cura. ¡Cuánta más importancia tiene, sin embargo, para nuestra formación el enemigo que el amigo! Sólo frente al enemigo podemos verificar plenamente nuestra razón de ser y sólo él nos procura la clave de nuestros puntos débiles y nos pone el sello de la universalidad. ¿Por qué, entonces, los poetas huyen ante el choque salvador? Ah, porque carecen de medios, de actitud, de estilo para afrontarlo. ¿Y por qué les faltan estos medios? Ah, porque eluden el choque.




El vate y el ridículo

La más seria dificultad de orden personal y social que debe afrontar el poeta proviene de que él, considerándose superior como sacerdote de la poesía, se dirige a sus oyentes desde más arriba; pero los oyentes no siempre reconocen su derecho a la superioridad y no quieren oírlo desde abajo. Cuanto más aumenta el número de personas que ponen en duda el valor de los poemas y faltan el respeto al culto, tanto más delicada y cercana al ridículo se vuelve la actitud del vate. Mas, por otra parte, crece también el número de los poetas y a todos los excesos de la poesía ya enumerados hay que añadir el exceso de bardos y el exceso de versos.

Estas ultrademocráticas cifras minan desde el interior la aristocrática y orgullosa actitud del mundo de los poetas y nada más comprometedor, en ese Gombrowicz sentido, que cuando se los ve a todos reunidos, por ejemplo, en un congreso:una muchedumbre de seres excepcionales. Un artista que en verdad se preocupe por la forma buscaría alguna salida a este callejón, porque sin duda estos problemas en apariencia sólo personales están estrechamente vinculados con el arte y la voz del poeta no suena bien, ni puede ser seria y convincente mientras él mismo quede ridiculizado por tales contrastes.
Un artista creador y vital no vacilaría en cambiar totalmente de actitud y, por ejemplo, él desde abajo se dirigiría a la gente: como el que pide el favor de ser reconocido y aceptado o como el que canta pero al mismo tiempo sabe que aburre. Podría también proclamar públicamente esas antinomias y escribir sus versos sin estar satisfecho de ellos y anhelando ser cambiado y renovado por el choque regenerador con los demás hombres. Pero no es posible exigir tanto a los que dedican toda su energía a la "depuración" de su rima. Los poetas siguen agarrándose febrilmente a una autoridad que no tienen y embriagándose a sí mismos con la ilusión del poder. ¡Qué ilusos! De cada diez poemas uno por lo menos cantará el poder del Verbo y la elevada misión del Poeta lo que, justamente, demuestra que el Verbo y la Misión están en peligro... y los estudios o reseñas sobre poesía nos procuran una rara impresión: porque su inteligencia, sutileza y finura están en contraste con el tono que es a la vez ingenuo y pretencioso. Todavía no han comprendido los poetas que de la poesía no se puede hablar en tono poético y por eso sus revistas están llenas de poetizaciones sobre la poesía muy a menudo horripilantes por su estéril malabarismo verbal. A esos pecados mortales contra el estilo los lleva el temor que sienten ante la realidad y la necesidad de encontrar a toda costa una afirmación de su quebrantado prestigio.



Formas de la salvación

La ceguera voluntaria se nota también en ese simplismo tremendo en que caen hombres, por otra parte muy inteligentes, cuando se trata de su suerte. Muchos poetas pretenden salvarse de las dificultades expuestas más arriba declarando que ellos escriben sólo para sí mismos, para su propio goce estético aunque al mismo tiempo hacen lo posible por publicar sus obras. Otros buscan la salvación en el marxismo y afirman con toda seriedad que el pueblo es capaz de asimilar sus refinadísimos y difíciles poemas, productos de siglos de cultura. Ahora la mayoría de los poetas cree firmemente en la repercusión social de los versos y nos dirán extrañados: "Pero cómo puede usted dudar... Vea las muchedumbres que asisten a cada recital poético. ¡Cuántas ediciones se publican! Cuánto se escribe sobre la poesía y cuán admirados son los que conducen a los pueblos
por el camino de la Belleza."
No se les ocurre pensar que en un recital poético es casi imposible asimilar un verso (porque no basta escuchar un verso moderno una sola vez para entenderlo), que miles de libros se compran para no ser leídos nunca, que los que escriben en los periódicos sobre poesía son poetas y que los pueblos admiran sus poetas porque necesitan mitos. No se dan cuenta que si las escuelas no enseñasen a los niños el culto de los poetas en sus tristes y tan formales clases de idioma nacional y si este culto no se mantuviera todavía por inercia entre los adultos nadie, fuera de unos pocos aficionados, se interesaría en ellos. No quieren ver queja supuesta admiración por el canto versificado es en realidad el resultado de muchos factores como la tradición, la imitación y, aun otros como el sentimiento religioso o la afición deportiva (porque asistimos a un recital poético del mismo modo que a una misa -sin comprenderlo- y sólo cumpliendo un acto de presencia frente a un rito; y porque nos interesa la carrera de los poetas hacia la gloria así como nos interesan las carreras de caballos); no, ese complicado proceso de la reacción de las multitudes se reduce para ellos a la fórmula: "el verso encanta porque es bello..."
Que me disculpen los poetas. Yo no los ataco para molestarlos y gustoso tributaré homenaje a los altos valores personales de muchos de ellos; sin embargo ya se ha colmado el cáliz de sus pecados. Hay que abrir las ventanas de esta hermética casa y sacar sus habitantes al aire fresco, hay que sacudir la pesada, majestuosa y rígida forma que los abruma. Poco me importa que digáis pestes de mí y de mi nota. -¿Acaso puedo esperar que aceptéis un juicio que os quita la razón de ser?- Y, además, mis palabras están destinadas a la nueva generación. El mundo se vería en situación desesperada si cada año no entrase un nuevo contingente de seres humanos, frescos, libres del pasado, no comprometidos con nadie ni con nada, no paralizados por puestos, glorias, obligaciones y responsabilidades, seres, en fin, no definidos por lo que ya han hecho y por lo tanto, libres para elegir.



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