Recuento del 2011: literatura costarricense




Esta es la nota de fin de año en la que repasamos la producción de literatura tica en el 2011, publicada en La Nación el 27 de diciembre. El original está aquí.

Recuento del 2011: literatura costarricense


Este año, los narradores costarricenses no produjeron, ni en lo estilístico ni en lo temático, obras que descollaran por su calidad inusitada o evidente importancia.

Entre las tendencias transformadoras de este año está la efervescencia visible de la ficción especulativa (fantasía, ciencia ficción, terror). Se editaron tres antologías: Objeto no identificado y otros cuentos de ciencia ficción, Aquelarre y Telarañas. En novela de fantasía se publicó Eterna, de Gustavo Zéfiro, y la segunda parte de El Símbolo de Cristal, de Fabián Porras, que fue el superventas de la literatura nacional este año.

Sobresale este año además la publicación de importantes compilaciones de poesía de autores nacidos después de 1965 cuyas voces se sienten ya definitivas, maduras –Luis Chaves, Alfredo Trejos, Joan Bernal– y que conforman la denominada “antipoesía” costarricense, un movimiento espontáneo que ha buscado alejarse de la poesía incomprensible para producir poemas más cotidianos y accesibles al lector promedio.

Además, como caja de resonancia al debate del matrimonio igualitario y los derechos de las minorías sexuales, en la temática LGBT ( lesbianas, gais, bisexuales y transgénero) se publicaron En la piel de la mentira, de José Otilio Umaña; Heterocity, del salvadoreño Mauricio Orellana Suárez, y Mundo cruel, del portorriqueño Luis Negrón.

Como todos los años, entre lo publicado en el 2011 hay altos y bajos.

Bajos:Capullito de alhelí, de Eduardo Avilés Montoya, es una novela sobre un hombre que nace sin pene. La premisa podía haberse desarrollado como exploración a través de la empatía de las consecuencias emocionales de esta situación, o un retrato simbólico de lo que sería la vida de un hombre sin pene en lo que el feminismo ha denominado la “falocracia”. Avilés en cambio opta por una sátira ligera que raya en la comedia fácil –incluye un polómetro, por ejemplo– cuyo comentario social es tan inane que ni indigna ni causa risa.

Bajo la lluvia Dios no existe, de Warren Ulloa, tiene un ritmo narrativo veloz y un final melodramático, pero también es en partes inverosímil, ingenua, monocorde o exagerada. Sus adolescentes de clase media alta son catálogos de xenofobia, rencor de clase, machismo, cinismo, crueldad y desprecio generalizado, o delincuentes juveniles con bocas como cloacas.

Esas desproporciones efectistas pretenden representar el espíritu rebelde juvenil, pero terminan propagando los prejuicios más enquistados y anacrónicos de nuestra sociedad en boca de la generación que podría cambiarlos.

Déjame morir, de Jacques Sagot, es una colección de microcuentos de terror que da la sensación de haber sido escrita a mediados de siglo XIX. El tema del horror decadentista, combinado con un estilo igualmente anticuado, produce como resultado un libro cursi que ignora el desarrollo de los horrores verdaderos del siglo XX que impide a los autores actuales tratar de espantar al lector con esta especie de diletantismo gótico de raquítico aliento.

Altos: 300, de Rafael Cuevas Molina, es una novela coral cuya estructura recuerda a Los detectives salvajes. Aporta literalmente múltiples voces que dan vida al esqueleto de los archivos descubiertos en Guatemala en el 2005 referentes a desapariciones, tortura y masacres. No interesarse por este tipo de libro es vivir en un túnel imaginario, precisamente la actitud que propicia que estas historias atroces se repitan.

Vehículos pesados y Cine en los sótanos, de Alfredo Trejos, dan testimonio de la voz madura, poderosa y personal de uno de los poetas más entrañables de Costa Rica en el mejor momento de su producción. Estos poemas personales, que no tienen pudor de hurgar en los defectos o carencias del poeta, más con humor negro que con patetismo, están escritos con sobrado ingenio en una combinación de lenguaje llano y referencias culturales pop.

El luto de la libélula, de Alfonso Chacón, es una novela que explora, con inteligencia y sin sentimentalismo, los conflictos que generan los roles de género tradicionales mediante una trama genérica. De estructura fragmentaria y estilo idiosincrático, es un refinamiento de un trabajo que Chacón viene desarrollando sin aspavientos desde los noventa. No es, como dice el escritor Froilán Escobar en la contratapa, “...avasallador. Desde que arranca”, pero sí es interesante y vale la pena acercarse.




Lo anterior es un resumen, haga click aquí para mostrar la nota completa>>

Contra Jonathan Franzen




Este era un comentario a la crítica de María Helena Barrera-Agarwal publicada en Hermano Cerdo sobre el árticulo de Franzen, pero como es algo que recurre y sobre lo que ya he comentado antes en otros lugares, lo voy a colgar acá.



Contra Jonathan Franzen


El artículo de Franzen sobre Edith Wharton, “A rooting interest” —del que viene está frase que posiblemente lo persiga hasta su tumba: “[Edith Warthon] podría muy bien ser más congenial para nosotros hoy si, además de sus otros privilegios, hubiese lucido como Grace Kelly o Jackeline Kennedy”— es fácilmente el peor de los incluidos en el New Yorker de Feb. 13 & 20.

Entre los otros artículos hay uno sobre un hombre que recibió un transplante de cara, uno sobre un plagiarista compulsivo y uno sobre un publicista mercenario que se dedica a hacer anuncios negativos para partidos políticos en EE.UU. -lo que se conoce allá como "character assasination". Todos estos textos tienen un tratamiento humano de los sujetos sobre los que versan. Todos, menos el de Franzen. Pareciera que en el New Yorker, deslumbrados por su celebridad, cuando Franzen les envía algo, nadie verifica si es o no una sandez que valga la pena imprimir; un privilegio que tiene, por suerte para los lectores del New Yorker, sólo Franzen.

Este no es su punto bajo, sin embargo. Ese honor está reservado para su artículo “Farther Away” en el que acusa a su difunto mejor amigo, David Foster Wallace, entre otras cosas horribles que nadie diría de un enemigo que acaba de morir, que su suicidio fue una movida para avanzar su carrera literaria, para luego explicar, increíblemente, que su decisión de dejar el antidepresivo cuya ausencia causó el episodio suicida, se debía al "deseo perfeccionista" de no ser dependiente de las drogas y a la "aversión narcisista" a verse a si mismo como enfermo mental.

En “Farther Away” vemos un extremo de insensibilidad y crueldad que de encontrarlo en una ficción nos parecería inverosímil. Lo irónico es que en ese mismo artículo Franzen se presenta a si mismo como un tipo sensible, citando en defensa de esta autopercepción su afición por ornitológica, su costumbre de llevar diarios y sus vacaciones exóticas en islas de fama literaria.

Lo que queda claro, tanto en el artículo de Wallace como en el de Wharton, es que Franzen carece de empatía para con los sujetos sobre los que escribe, y asume que sus lectores sufren de exactamente la misma deficiencia -un problema típicamente narcisista. A eso se debe el tema principal de este artículo: la simpatía. ¿Cómo obtener la simpatía del lector para con un sujeto de ficción despreciable? En Franzen esta investigación informa tanto su búsqueda de mecanismos efectivos para llevar a buen puerto la "novela del contrato", de la que es acólito, y cuyo propósito es hacer darle al lector lo que espera, hacerlo pasar un buen rato y no hacer literatura difícil, ni darle problemas, como dicen en su artículo atacando a William Gaddis, del 2002: “Mr. Difficult”.

La posición opuesta está perfectamente descrita en el prólogo de Steven Moore a su La Novela: una historia alternativa, donde, entre otros argumentos igualmente sólidos, cita a David Foster Wallace ("hay arte que merece el trabajo extra de superar todos los obstáculos a su apreciación") y a Donald Barthelme ("El arte no es difícil porque quiera ser difícil, sino porque quiere ser arte").

No sorprende, entonces, la preocupación de Franzen por encontrar los mecanismos con los que un autor que le parece antipático produce un libro con un protagonista moralmente cuestionable y que, sin embargo, él no logra dejar de leer -quizá en parte preocupado por lo repelente que resulta su propia emergente imagen pública para los que leemos sus artículos. Esta es también la preocupación central del sistema de ficción comercial norteamericana, en el cual -y esto es fácilmente constatable en las reseñas de lectores de Amazon- si el autor no logra que el protagonista le simpatice al lector, el libro ha fracasado.

Lo que resulta insólito aquí —o tal vez no tanto— es que un autor que ha alcanzado la fama que tiene Franzen argumente que la razón por la que nos identificamos con personajes repelentes es porque son "físicamente bellos" o, ya en un paroxismo de irreflexión, porque si el personaje quiere algo, el lector se contagia incontrolablemente y lo quiere también. El análisis tiene la profundidad de un ensayo de comprensión de lectura de un muchacho de colegio, aderezado además con las más rudimentarias técnicas del cine comercial (“pet-the-dog moments”) que parecieran indicar que para Franzen efectivamente la literatura es una básicamente el resultado de una receta para manipular las emociones del lector, que falla o tiene éxito según el lector le de su simpatía al protagonista o no.

No hay exploración, en Franzen, del arco narrativo, del tono, del estilo, de la construcción de las escenas, de la dinámica de personajes. No hay, en fin, discusión del arte literario de Edith Wharton. Sólo de su puntaje en el concurso de belleza que es la literatura para él, y los mecanismos que usaba, según Franzen, para embaucar a los lectores y hacer que se interesaran por sus despreciables personajes. No en vano, en el artículo sobre Gaddis, menciona brevemente a The House of Mirth de Wharton junto a Guerra y Paz, para sentenciar: “ustedes lo llaman arte, yo lo llamo entretenimiento”.

Caveat emptor: Eso es lo que se puede esperar de Franzen, cuyas esperanzas para la crítica literaria son este concepto de novela: "Piensa en la novela como un amante: quedémonos en casa hoy por la noche y pasemos un buen rato; solo porque te tocan donde te gusta que te toquen, no significa que seas corriente". (“Mr. Difficult”, 2002)




Lo anterior es un resumen, haga click aquí para mostrar la nota completa>>

Lecturas del 2010



Estas son las lecturas del año pasado, el 2010, las pongó por acá un año tarde porque me acabo de dar cuenta que se me había olvidado hacerlo. A ver si dentro de unos días cuelgo las de este año (2011).

Lecturas del 2010 en Hermano Cerdo

Lo anterior es un resumen, haga click aquí para mostrar la nota completa>>

Crónica de Guadalajara 2011



Una crónica de los días que pasamos en la Feria del Libro de Guadalajara.

Crónica de Guadalajara 2011



Sergio Pitol detiene con mano temblorosa la puerta y se introduce con paso inseguro en la caja del elevador en el que estamos Guillermo Barquero* y yo. Tenemos noticia de que en el hotel de Guillermo uno de los elevadores cayó del décimo piso pero que sus ocupantes únicamente sufrieron fracturas expuestas de fémures y aplastamiento parcial de algunas vértebras, poca cosa si se consideran todas las posibilidades. El ascensor, que es una especie de tracto digestivo estructural del edificio no parece un lugar apropiado para este nonagenario cabizbajo de cara amable y chaleco de blanco hueso tejido con lana de escarpines. Entra y hace pases mágicos con su llave magnética frente al botón que tiene el número de su piso. Guillermo me codea y con la cabeza me indica el ineficaz rito del anciano. Cuando le digo que hay un sensor encargado de detectar su llave intenta infructuosamente introducir la misma en todas las ranuras visibles circundantes al sensor. Por fin tomo su llave con mi mano, la acerco a los labios del sensor como haría un papa con su mano anillada y presiono el botón del piso al que va Pitol que me agradece con un murmullo cansado, disminuido. Es posible que este no sea Pitol, eso es idea de Guillermo. Yo mismo no soy yo para él. No somos más que unos extraños que se ayudan mutuamente a navegar el presente, sin saber lo que cada uno esconde dentro.

Entramos a la mesa de los 25 secretos mejor guardados de Latinoamérica, que es el evento estelar de la feria. La sala está claramente sobrepoblada, llenos los asientos, la gente arrecostada a las particiones móviles que temporalmente definen el espacio. Frente a nosotros a un lado de los asientos está Guadalupe Nettel meciendo a su hijo recién nacido, enfundado en una bolsa de dormir para bebés, un bodoque azul del que salen una cabecita y dos brazos, que la acompaña acostado boca abajo protegido por su abrazo a escuchar la introducción de la mesa, las cinco bios con los cinco textos y luego las palabras de los autores. Las labores maternas de Nettel tienen algo de exhibición, de orgullo de madre, de felicidad irrestricta, de conciencia de un estamento superior al de mero escritor. Y sin embargo está aquí, cumpliendo con las formalidades.

A Gelman lo traen escoltado ocho muchachos de crestas engominadas y trajes negros. Lo depositan en la mesa de firma de libros de ERA. Hay una fila y Gelman suspira visible y resignadamente ante la tarea. Sentado junto a él mientras me firma un libro con una rubrica facilona e impersonal noto lo envejecido que está, cómo la esclerótica ha invadido el perímetro de sus córneas cristalinas, cómo los párpados son bolsas llenas de lágrimas, la palidez de las manos, el tremor apenas perceptible, la locomoción tentativa del que sabe que no tiene ya ni reflejos ni fuerza para evitar una caída o una colisión. Al día siguiente llega José Emilio Pacheco, conmocionado visiblemente por tener que enfrentarse la turba de admiradores, una muralla de caras que lo mira y que lo filma y que espera de él que sea un amigo, un hermano, un padre, un héroe. Más tarde los veremos sentados el uno junto al otro en la sala reservada para los autores, una especie de bunker de los exiliados, dónde se reúnen los que hablan en público y en privado huyen de todo mundo: José Emilio con la mano sobre el bastón cuadrúpedo de aluminio y un labio inferior distendido que evidencia alguna isquemia o debilidad general; Gelman fumándose un cigarrillo al que sacude la ceniza con un cuidado excesivo y cuyo humo lo hace parecer transparente.

Mario Vargas Llosa vs. Herta Müller: Full house
Vargas Llosa se presenta junto a Herta Muller en el salón principal de la feria. No cabe un alma, los de seguridad nos obligan a circular hacía la panza de la bestia dónde un hipotético pero inexistente espacio vacío podría acomodarnos. La voz de Vargas Llosa es firme, pero sus opiniones alegremente relevantes sobre literatura se encojen visiblemente cuando les toca volar en el mismo espacio de las de Herta Muller, que habla de exilio, de la dictadura sangrienta de Ceaucescu, de la verdad a través de la literatura. Vargas Llosa que nota lo liviano que se ve, echa mano de ideas todas ya impresas en sus libros de hace mucho: la ficción como mentira, como escape, desde las fogatas cavernícolas; de su infancia bajo un padre reaparecido, violento, autoritario; de la imposibilidad de evitar la fórmula prefabricada luego de innumerables entrevistas. La voz de Vargas Llosa, que tampoco es joven, no es suficiente para salvar de la ligereza lo que dice. Luego lo vemos deambular por entre los libros de los stands, los ojos siempre bajos, las manos tras la espalda, rodeado de una turba que parece emanar de él y que se desplaza siguiéndolo, retenida sólo por el contingente de seguridad. Nunca levanta la vista, se protege, tal vez, o se avergüenza, o tiene miedo, no sabemos.

Vamos a toparnos con los editores de la revista de literatura y artes marciales Hermano Cerdo, representados por René López Villamar, frente al salón de presentación de Fabrica del Lenguaje S.A pero terminamos entrando. La está presentando Antonio Ortuño, a quién el autor llama Toño. En primera fila está Tryno Maldonado, frente a nosotros Lolita Bosch y frente a ella Jorge Herralde. El autor recuerda las entrevistas realizadas para el libro, la ideas originadas con todo ellos en algún bar cuyo nombre solo ellos conocen, recuerdan, entienden. Cuando terminan Bosch se levanta y los saluda a todos a gritos desde atrás. Son familia, los libros son los testimonios de esos lazos consanguíneos, la publicación en la editorial de todos ellos una especie de bautismo.

Vanessa Nuñez y yo. Stand de Centroamérica
Al salir nos topamos al editor Raúl Figueroa que acompaña a Denise Phé-Funchal a presentar su último libro, Buenas costumbres, justo a la misma hora en el salón contiguo. Vienen visiblemente tensos por la incerteza que produce no saber que esperar de la asistencia del público a cualquier presentación de libros en el extranjero. Fumándonos un cigarro recordamos a Rafael Menjivar Ochoa, que murió este año, mentor de Phé-Funchal y Cea, el poeta que la presentó. La mención afecta visiblemente a Phé-Funchal, que aspira profundamente del cigarro para evitar que las lágrimas broten detrás de sus grandes anteojos redondos. La presentación de la novela de la Vanessa Nuñez Handal sobre la guerra civil salvadoreña, Dios tenía miedo, por FyG también, es al día siguiente. Vanessa sufre de una alegre extroversión y una locuacidad acelerada que son los ingredientes básicos de su carisma. La sala está repleta. “Es una novela de la guerra civil contada por los que no tuvimos nada que ve con ella”, dice Vanessa. Jacinta Escudos, en la mesa de presentación de la antología centroamericana compilada por Sergio Ramírez una hora antes, reafirmaba la postura de la literatura como escape o entretenimiento, como introspección, como expolración íntima, lejana de la idea de la literatura de la guerra, o la posguerra, reafirmando su independencia del entormo.

¿Pero como evitar hablar de la guerra? Sea porque se es su heredero, o se vivió de lejos, o de cerca, o se vivieron sus secuelas, o se quiere olvidar, o impedir que determine lo que uno es, o porque en el país que uno vive no paso nada, supuestamente. Centroamérica es sus guerras, incluso ahora.

Librería en el aeropuerto de México D.F.
Llegando al aeropuerto del D.F. le saqué una foto a unos anaqueles de la librería del Fondo de Cultura Económica, atestados de narconovelas, postales de México diría uno, de venta en el aeropuerto, a modo de advertencia o souvenir, dependiendo de la dirección del vuelo. En México se vive una guerra. La declaró Calderón cuando asumió el poder. Los narcos habían logrado ocupar pueblos enteros en los que se nombraban lugartenientes, que venían de las pandillas de Nueva York, para defender los territorios y mantener a raya la población. En esos pueblos los negocios cerraban, las mujeres que no podían escapar se dedicaba a la maquila, a hacer clones de uniformes policiales para los narcos, los hombres se reclutaban como soldados o sicarios. Para evitar que los otros carteles les arrebataran estas plazas se detenían los buses, se revisaban los celulares, los hombres jóvenes que venían de ciertas ciudades ocupadas por carteles enemigos eran ejecutados sumariamente, por si acaso. En una de estas ejecuciones sumarias perdieron la vida 73 migrantes centroamericanos que se dirigían hacia la ciudad equivocada. Dos días antes de nuestra llegada a Guadalajara habían aparecido 26 cadáveres empaquetados en tres camionetas bajo los Arcos del Milenio, a trescientos metros de la Expo donde se realizaría la FIL. "Aquí les dejamos estos muertitos" decía una manta que dejaron los sicarios, con esa tenebrosa familiaridad con la muerte que tienen los mexicanos. Los ejecutados eran hombres comunes, secuestrados al azar por los narcos en la ciudad de Guadalajara: un repartidor de pizza, un dependiente de tienda de departamentos, un electricista, un panadero, un chofer de camión de carga. Cómo en todas las guerras, sufre el hombre de a pie, el que dispara o recibe la bala. Más arriba lo que hay son las aguas turbias de toda guerra. Se descubre en esos días que la Agencia de control de armas (ATF) de EE.UU. ha estado entregando armas al cartel de Sinaloa y haciéndose de la vista gorda con sus embarques con tal de obtener información sobre los otros carteles. Los asesinatos en Guadalajara son una reacción a esta colusión entre nacrotraficantes y gobiernos, supuestos enemigos en la guerra contra el narco, mientras el último defiende el uso de la fuerza contra la fuerza, con el tradicional saldo de muertes de inocentes (ver Centroamérica, Colombia, Perú, etc.).


No es de extrañar entonces que una de las novelas más aclamadas en los últimos años, no ya por la lista de bestsellers y las campañas de marketing de grandes casas editoriales, sino por los críticos sea Los trabajos del Reino de Yuri Herrera, en la que un compositor de corridos narra la vida palaciega de los narcos como lo hiciera Homero con Menelao y Odiseo en los primeros días del oficio. Si el western era la épica en tiempos de Borges, la narconovela lo es ahora en México, nutrida por el glamour, el morbo y el miedo, en una receta que hizo de Al Capone un héroe y los libros sobre la Mafia un género en Estados Unidos.

Esa distancia insalvable entre la urgencia de lo inmediato y el estado naturalmente latente de lo literario la notamos en el stand de Santillana frente al cual hay una aglomeración espectacular y un anillo de seguridad parecido al de Vargas Llosa. La precandidata a la presidencia de México, Josefina Vázquez Mota presenta su libro Nuestra Oportunidad. La gente no cabe. Tratamos de flanquear a la multitud. En la puerta lateral del stand de Santillana descubrimos a Santiago Roncagliolo sentado en lo que parece ser un pupitre escolar para una firma de autógrafos. No hay aglomeración aquí. Ni fila. No hay nadie. A Roncagliolo lo escolta un muchacho escuálido con acne, de tal vez 18 años, con un chaleco de Santillana. Roncagliolo mira para atrás, hacia el stand, como buscando a sus lectores, o a algún encargado que le permita irse en vez de estar sentado ahí esperando que coagule la turba sus invisibles lectores. Por un segundo pienso, por caridad, llevarle un libro suyo para que me lo firme. Pero la verdad es que no lo he leído. Ser conocido por más gente de la que lo ha leído a uno es síntoma de la lepra de nuestros tiempos. La posteridad es la única forma digna de la fama, decía Robinson Jeffers. La literatura es toda mentiras, dice Vargas Llosa. El gentío inexistente frente a Roncagliolo lo confirma. Es más apremiante un camión lleno de muertos que las experiencias de Roncagliolo como negro literario de una pudiente señora dominicana. ¿Qué duda puede caber?


Escritor en mesa de autógrafos.
Un poco en esa nota me quejo durante toda la feria con Guillermo, que tiene la paciencia de un santo, sobre lo que es y no es literatura. Firmar autógrafos no es literatura, dar conferencias no es literatura, reírse a boca llena de dientes con otros autores que van para arriba no es literatura, no es literatura ser amigo -o ascensorista- de Pitol, o de Gelman, o de Vargas Llosa, no es literatura acosar a señores mayores a los que les preocupa que uno los pueda botar y quebrarles la cadera. No es literatura nada que esté fuera de un libro. Luego, en el escamoteo agotador y exhaustivo que hicimos de una feria fabulosa que es como una ciudad pequeña encontramos un librito diminuto, amarillo como el veneno de una bocaracá, de Julién Gracq, que dice todo esto mejor de lo que yo lo hago acá: La literatura como bluff.


García Lao, Planas, Tarazona, Díaz Klaassen, Cortés
En las mesas de los 25 secretos hemos visto por ejemplo a Carlos Cortés sentado junto a Francisco Díaz Klaassen que tiene la mitad de su edad y hasta hace dos años era un autor inédito. En Centroamérica, por lo visto, todos los escritores, menos cinco o seis, son secretos bien guardados sin importar cuantos años lleven publicando o cuantos libros tengan a su haber. Es fácil caer en la tentación de comparar a estos autores, pero luego recordamos lo aprendido a base de observación en estos pocos días. Estos autores no son por lo que estamos aquí. Ellos mismos, si lo pudieran evitar, si supieran en lo que termina, no estarían aquí. Están en representación de sus libros, agujas en un pajar.

Pensando en eso, luego de las fiestas de tequila con Memo, René López Villamar, Manuel Dávila y John Washington, mirando al diminuto Volpi, a Maldonado, a Nettel, a Santos-Fébres deambular por el salón de baile, luego de los cócteles con Fabián Casas y Antonio Díaz Olivas y Timo Berger y Miguel Balaguer y Raúl Figueroa, luego de los cafés con risas con Jacinta Escudos, con Dorelia Barahona, con Vanessa Nuñez Handal, con Solange Rodríguez Pappe, luego de las conferencias impresionantes o aburridas, de atenazar a los patriarcas de la literatura con abrazos que parecen llaves de lucha libre para que la foto no salga movida, de mentir para obtener invitaciones a banquetes y fingir ser otro para obtener llaves a fiestas privadas, de cerrar tratos por cualquier medio posible, de repartir tarjetas con la morbilidad con la que un infectado de Ébola reparte la muerte y reunirnos con cien o doscientas personas que también aman los libros lo que nos queda es finalmente el sedimento dorado de todos esos negocios y amistades que nos acompaña en las maletas, la razón por la que estuvimos ahí:

La Biblia vaquera, Los Trabajos del reino, Antes de las jirafas, Paisaje aproximado, Balas perdidas, Buenos Aires Escala 1:1, Lata peinada, El escapista y otras apariciones, La piel de caballo, El Fumador y otros relatos, La Piel dura, Qué hacer, Los Lemmings y otros, Ocio, Kilgore, El Año del desierto, El Diario de Satanás, La Vida Triestina, Dios tenía miedo, El Maleficio, Antología del decadentismo, Voces -30, Breves apuntes de autoayuda, El futuro no es nuestro, Las Batallas en el desierto, Ensayos, Sólo cuento, Limbo, En Tierras Bajas, Madrugada negra, Una puta mierda, La marrana negra de la literatura rosa, El Volcán, el mezcal, los comisarios, La literatura como bluff y Paisajes después de la batalla.


*La crónica de los mismos eventos, por Guillermo Barquero, está aquí.



Lo anterior es un resumen, haga click aquí para mostrar la nota completa>>

Notas sobre premios literarios



Los premios literarios no son lo que la gente cree. Notas sobre mi participación como jurado expuestas en la presentación del I Premio de Novela Corta CCE, 2011.

Notas sobre premios literarios


1. En los concursos hay requisitos mínimos, pero cumplirlos no es suficiente para ganar un premio:

Es cierto, como dijo Jacinta Escudos, compañera jurado, en la presentación del premio ayer, que existen parámetros formales que ayudan a definir a cada género, en este caso, a la novela corta. Los escritores deben conocer estos parámetros, debería su existencia ser visible en el corpus de obras analizadas, debería ser un mínimo fundamento del cual partir. Que el certamen sea de novela corta no tiene que ver con una extensión de cuartillas, sino con ciertos criterios que definen el género. Sin embargo, si bien se espera siempre que los autores conozcan y manejen estos criterios a la hora de crear sus obras, resulta finalmente tan factible crear una obra de calidad literaria respetando como subvirtiendo estos criterios.

La literatura ha sido siempre un viaje al que el lector se presta a ojos cerrados, sin saber bien a dónde lo llevará el autor. Muchas veces, en lecturas que se vuelven inolvidables, ese lugar a dónde el lector es llevado no se parece en nada al que esperaba. Muchas otras ese lugar es un lugar a donde no quería ir, o a donde no hubiese ido si hubiese sabido lo que le esperaba.


2. Los premios literarios no son sistemas para escoger la "mejor novela":

Este polimorfismo que hace a la literatura tan sorprendente y tan rica es a la vez uno de los principales obstáculos para evaluar obras en un certamen, puesto que esta evaluación requiere siempre una escogencia de una o dos obras de entre muchas otras, y esa escogencia promueve en el público la idea de que una obra es mejor que otra, como si todas las obras pudieran ser comparadas colocándolas en un espectro cuantitativo de calidad que va de peor a mejor, o en su versión tecnocrática escolar, de 0 a 100.

La verdad es que ese tipo de evaluación sistemática no solo es imposible, sino que casi con certeza si se intentara daría resultados poco estimulantes. Se espera de los autores de un concurso que conozcan los rudimentos del oficio, pero también se busca un cierto carácter personalísimo de la obra, una excepcionalidad que a la hora de leer todo el conjunto haga a una o unas pocas resaltar como esencialmente diferentes a las demás, como obras inolvidables. Esa excepcionalidad puede desarrollarse sobre una infinidad de vectores creativos y precisamente por ser excepcional resulta imposible generar criterios prescriptivos para descubrirla e identificarla sistemáticamente, de modo que hay que proceder, una vez verificados los requerimientos mínimos, por medio de una especie de intuición literaria que tiene mucho que ver con la estimulación emocional, intelectual o estética que una obra le produce al jurado como lector.

3. Los premios los otorgan unas cuantas personas, los jurados, sin importar como se llame el premio:

Parece mentira que haya que decir esto, pero hace falta. Los premios llevan a veces títulos determinados por la grandilocuencia y el capricho, Premio Nacional de Novela Aquileo J. Echeverría, por ejemplo, o por necesidades técnico-organizativas, como el Premio de Novela Corta CCE, pero finalmente, para realizar la labor de lectura, análisis y decisión que se requieren para fallar un concurso literario se ocupa siempre delegar en un grupo usualmente reducido de personas, los jurados. La composición de un jurado es determinante del resultado de un premio. Las lecturas, formación, experiencia vital e ideas sobre la literatura de cada jurado entran en juego a la hora de fallar un premio. De modo que fácilmente un premio que a través de los años lleva el mismo nombre puede cambiar tanto de un año al otro debido a sus jurados que casi debería ser requisito ponerle de apéndice a cada premio otorgado los apellidos de los jurados responsables de otorgarlo.

4. Los jurados tienen la obligación de explicar sus fallos:

Ese principio delegatorio de los premios tiene como corolario la posibilidad de que los jurados falten a la ética y premien basándose en criterios extraliterarios. Es deber de los jurados justificar y explicar públicamente lo que vieron en las obras que premiaron y a qué se debe su entusiasmo, para de ese modo garantizar que no hubo motivaciones de carácter personal en sus decisiones. Esto lo estaré haciendo pronto con las obras que premiamos este año en el I Certamen de Novela Corta CCE, 2011.

Los premios deberían ser siempre secretos para evitar que en las motivaciones de los jurados entre ningún otro criterio personal que no tenga que ver con la literatura. En el Premio de Novela Corta CCE, 2011, este problema no existe debido a que sus procedimientos garantizan que los autores se mantengan en secretos hasta que el fallo no sea emitido. En los premios otorgados a obras publicadas o en las que se conoce el autor de cada obra, sin embargo, el otorgamiento basado en la amistad o conveniencia personal equivale a traicionar la confianza del organizador del premio, del público lector, de los participantes en el concurso, manchar la dignidad propia y denigrar al autor que lo recibe, menospreciar su obra y destruir la credibilidad del premio. No es imposible que un premio lo gane un amigo de un jurado, pero en esos casos los deberes de transparencia y explicación pública se duplican o triplican y la necesidad de autoexaminación de la opinión propia antes de tomar la decisión es infinitamente más importante.





Lo anterior es un resumen, haga click aquí para mostrar la nota completa>>

Monumentos ecuestres, Luis Chaves



Ayer La Nación publicó en su suplemento Áncora esta reseña mía del nuevo libro de Luis Chaves, Monumentos ecuestres.  La presentación del libro será este jueves 17 de noviembre, a las 7:00 p.m. en restaurante Valicha (av.2 calle 25), frente a la Intaco de Barrio La California. Leerá Chaves y habrá música en vivo con Monte.  Lleguén temprano porque estás lecturas de Chaves se llenan.  Nos vemos allá, birrita en mano.


Monumentos ecuestres
Luis Chaves
58 pp., Editorial Germinal 2011

Un "arte menor"

“Literatura en paños menores” decía el afiche que Teorética hizo circular en agosto del 2009. Contra toda probabilidad, Virginia Pérez Ratton había logrado reunir, en un foro público, a los elusivos Javier Payeras, María Montero y Luis Chaves. El foro era improbable tanto por lo que declararon esa noche como por la aversión reconocida de estos poetas a la idea del escritor-celebridad, pipa en comisura y bufanda de seda, posando de importante en un sillón de cuero frente a su voluminosa biblioteca.

Escuchamos por primera vez la defensa pública de la “literatura menor”, una literatura de borradores que se escribe desde las limitaciones de los escritores, más que a pesar de ellas. Hacían suya una tradición latinoamericana a la que pertenece Parra, esclarecida por Arlt y luego por Gombrowicz: “Todos prefieren lamentarse de su condición inferior de menores y peores, en vez de aceptarla como un nuevo y fecundo punto de partida”. A través de Deleuze, vino a colación Kafka, quien escribía en un idioma que no era el suyo en un país que tampoco era el suyo. En rigor, fue una declaración de independencia poética.

Ahora aparece Monumentos ecuestres, de Luis Chaves, un libro compuesto de poemas dispersos que no lograron en su momento incorporarse al diseño definido para sus libros anteriores, poemas solitarios o extraños que aquí se agrupan con la organicidad de los objetos en el fondo de un maletín de playa, alejados de la planificación literaria explícita, conectados tan solo por repeticiones que recuerdan estribillos de canciones.

Los poemas de la primera parte transmiten notablemente esa sensación de agrupación casual a través de procedimientos usuales en Chaves, como la exposición de ideas como un grupo de viñetas reunidas en una especie de álbum de familia. En este, como en otros de sus libros, “la poesía es la voz del recuerdo”. “Todo periodo se puede reducir a una simple enumeración”, nos dice el autor.

Esa enumeración de recuerdos sirve a la vez como rescate de lo ínfimo, lo sórdido, lo simple; de las minucias que son el detritus que aún soporta la erosión del tiempo, apuntalado por las emociones de quien recuerda. Ese rescate de las mínimas ruinas del pasado es además, por substracción, un testimonio de todo lo perdido. “Tengo fotos que antes tuvimos”, dice Chaves y añade: “En algún lugar están las personas que fuimos”.

Mitos y recuerdos. De esa nostalgia profunda por lo que se ha perdido con el transcurso irreparable del tiempo está hecha la obra de Luis Chaves; pero, alternando con esta nostalgia, aparece siempre la ironía como mecanismo corrector que le impide caer en la cursilería y la autocompasión.

Esa oscilación entre ironía posmoderna y nostalgia romántica ha sido definida como “metamodernismo” por Vermeulen y van den Akker, presente en el escenario mundial en manifestaciones tan diversas como el edificio Aqua, en Chicago; la música de CocoRosie o Devandra Banhart; el cine de Wes Anderson y Michael Gondry, o la literatura de Miranda July y David Foster Wallace.

En Chaves, la oscilación metamoderna rescata, de la ironía alienante y total del posmodernismo, un saludable escepticismo y lo usa para darle una columna vertebral al sentimentalismo que en obras de otros autores locales es poco más que un infierno meloso.

La ironía en Chaves adopta siempre la forma de un ingenio mordaz contra lo propio. No solo abunda en la autocensura de sus dolencias sentimentales, sino que, además, de paso, derriba metarrelatos como el de la idea de nación, que hace tiempo en nuestro país necesita revisiones.

El apropiadamente titulado poema “Monumentos ecuestres” es un retrato de país que nos encuentra posando de turistas bajo la sombra de nuestros monumentos, “avanzando hacia un destino sin valor para la Historia”, llenos de fe en una solución que vendrá de Dios o de la Virgen.

En su artículo para la revista Orsai, Chaves había desarmado el mito de la nación costarricense para reemplazarlo por la idea de los amigos cercanos como entorno definitorio de la identidad, lo que en otra parte llamó “familia molecular”.

Eso es esencialmente este libro: una carta a los amigos. Poesía cercana, de gestos menores, celebra la enternecedora desproporción que hay entre los sueños y las aspiraciones que tenemos, y los humildes medios o la defectuosa voluntad disponibles para cumplirlos.

Esta poesía no está escrita para ser declamada en bajos estentóreos y cadenciosos a través de sistemas de amplificación. Está escrita a lápiz en un cuaderno y guardada en el armario con los abrigos olvidados y los juguetes de los niños, para sacarse, como dice el prólogo, en alguna reunión de unos pocos, buenos amigos, y leerse sin ceremonia, entre una copa y la siguiente, para que de ella luego solo quede un cariñoso recuerdo que el tiempo quizá finalmente se encargue de borrar.


Lo anterior es un resumen, haga click aquí para mostrar la nota completa>>

El cielo a medio hacer, Tomas Tranströmer



Mi reseña en La Nación de El cielo a medio hacer de Tomas Tranströmer.

El cielo a medio hacer

Tomas Tranströmer
269 pp., Nórdica Libros

La poesía del sueco Tomas Tranströmer, Nobel de Literatura 2011, es el equivalente de la Fosa de Las Marianas de la poesía contemporánea, los accesos más profundos de los océanos terrestres. En una lección crucial sobre las capacidades del lenguaje para acercarnos a lo inefable, su poesía es además relativamente simple y accesible. Una poesía para todo mundo, fácil de leer, cuya lectura nos coloca rápidamente ante el misterio de que más allá de lo inmediato y evidente hay algo de lo que somos parte, pero no logramos comprender; algo que no se deja asir con el lenguaje.
El cielo a medio hacer, traducido por Roberto Mascaró y publicado por Nórdica Libros, junto con un volumen que lo acompaña, Deshielo a mediodía, abarcan la totalidad de la obra del sueco. En el primer volumen se incluyen muchos de los poemas más impactantes de esta obra de por si sorprendente, abarcando desde su estrofas sáficas iniciales a poemas en prosa e incluso los finales, diminutos haikus de un hombre viejo y paralizado que ha descubierto que “Lo único que quiero decir/resplandece fuera de alcance/como la plata/en la casa de empeños.”

En 17 poemas, su primer libro, publicado cuando tenía 23 años, la presencia humana esta reducida a la insignificancia, el poeta se invisibiliza y el hombre, cuando aparece del todo, lo hace tangencialmente como viajero, marino, una sombra que es parte del movimiento colosal de los elementos. En Tranströmer el paisaje, como en la poesía japonesa, busca la integración del ánimo humano, pero de manera convulsa. La naturaleza protagonista está en movimiento constante, se alza, sube, asciende o se hunde y cae, el amanecer se golpea contra rocas, las nubes ruedan, la tierra y el agua se transportan. Hay una personificación, siempre lejos de lo humano, de los elementos que asumen actitudes animales: las constelaciones piafan y la montaña muje y el ocaso se escurre como un zorro. El tumulto y la violencia del movimiento natural produce una atmósfera titánica, una majestad previa a lo humano que nos reubica ante el cosmos; parte, sí, pero parte trivial, no central.

Esta es una poesía de ruptura con la obsesión del yo, un llamado a reubicarnos y observar el todo más grande al que pertenecemos. Más que un objeto a manipular, lo natural es lo que nos envuelve en nuestro ligero tránsito dentro de un viaje más grande en el que se diluye nuestro yo: “un viaje por mar, transcurso que no es caza, sino amparo” y “Pertenecemos a la tierra” y “Ella puede transformarlo todo/.../Todo depende de ella/ Verla, tocarla”
Este panteísmo está presente a través de toda su obra, en la que el hombre y su ambiente inmediato eventualmente aparecen tímidamente. En su tercer libro, por ejemplo, aparece por fin el yo del hablante, siempre con pudor y en relación con las cosas: “Los colores ardían./Todo se dio vuelta. /El mundo y yo dimos un salto el uno hacia el otro”.

Los símbolos persistentes en toda su obra evocan la iluminación a través de lo material. Las casas agrupadas, solitarias y vacías y coches y barcas en perpetuo tránsito dentro del movimiento majestuoso de lo natural hablan de los cascarones en los que se contiene algo susceptible de ser iluminado por su otro símbolo recurrente, el sol, el rayo de luz: “Cada persona es una puerta entreabierta/que lleva a una común habitación”.

Ahora Tranströmer está paralizado por un derrame, mudo, pero la imagen que de él nos queda es la de un joven marino navegando en silencio entre los jeroglíficos de las islas, tratando de leer en las grises aguas del Báltico la verdad más profunda de la existencia, a sabiendas de que “lo salvaje no tiene palabras/.../Lenguaje, pero no palabras”.





Lo anterior es un resumen, haga click aquí para mostrar la nota completa>>

Bajo la lluvia Dios no existe, Warren Ulloa



Esta es la reseña de la primera novela de Warren Ulloa, publicada en La Nación el 13 de octubre de 2011.


Bajo la lluvia Dios no existe 

Warren Ulloa  
184 pp., Uruk 2011

La primera novela de Warren Ulloa, Bajo la lluvia Dios no existe, contiene dos personajes inolvidables: Mabe, poeta incipiente y chica mala de todo tiro, y Bernal, estudiante fracasado y novato predeciblemente obsesionado con el sexo. La novela relata el noviazgo prosaico de estos dos adolescentes que en su atolondrada inmadurez se unen al descabellado plan de Ratatás, metalero y narcotraficante de poca monta, para distribuir hongos alucinógenos entre los estudiantes del colegio.

La historia está narrada por Bernal en una voz pocas veces usada en la literatura costarricense. Bernal habla un vernáculo pachuco fluido que en complejidad y estridencia es el opuesto de su rudimentario, blando y a veces deficiente español estándar.

Con estas herramientas se dedica a denunciar y criticar básicamente todo lo que lo rodea: sus padres, su país, a las personas que conoce y a las que no conoce, siempre convenientemente ciego a sus propias deficiencias.

Más allá de las drogas, el alcohol y el sexo casual, que abundan en la novela, los vicios que aquí se catalogan son los de la falta de carácter, la inmadurez egoísta y ensimismada que alternativamente enternece, exaspera u ofende al lector. Cercados por nociones deformes sobre la lealtad, la compasión, la responsabilidad, entre muchas otras, y versados en generalizaciones y prejuicios tan absurdos como comunes, Bernal y Mabe carecen de herramientas para dimensionar sus actos o los de los demás, y por lo tanto no tienen límites cuando de lo que se trata es de buscar la satisfacción personal.

Es a esa falta de un marco de referencia a la que hace alusión Mabe cuando declara que “la vida es chingue”, para luego explicar que el nombre de su poemario, Bajo la lluvia Dios no existe, tiene que ver con una noción de un dios con de minúscula, devaluado, que no puede ayudar a nadie y que más bien necesita ayuda de sus desamparados. Las cosas inevitablemente se complican cuando Mabe revela terribles secretos familiares que luego se agravan cuando, improbablemente, el padre de Mabe se casa con la madre de Bernal.

Estas revelaciones explican a Mabe; con Bernal, en cambio, los motivos de sus deficiencias éticas solo se pueden adivinar. Lo que les escandaliza de sus mayores, en ellos parece paradójica y convenientemente permisible.

Ulloa ha logrado, en este retrato del nihilismo adolescente costarricense, un ritmo narrativo fluido, dosificando las revelaciones para que la lectura resulte interesante y eventualmente conmovedora. Ciertamente, lo nuevo aquí no es la compilación de giros coloquiales, iniciada por Aquileo Echeverría y aplicada luego magistralmente a lo urbano por Alfonso Chase y Rodolfo Arias.

Lo nuevo es esta leyenda admonitoria que, evitando todo tipo de prédica o moralina, narra cómo las ideas absurdas, la hipocresía y la ceguera autoinducida del egocentrismo juvenil pueden llevar a las consecuencias más nefastas.










Lo anterior es un resumen, haga click aquí para mostrar la nota completa>>

El ruido de las cosas al caer, Juan Gabriel Vázquez




Mi reseña de la novela ganadora del Premio Alfaguara 2011, El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vázquez. Publicada en La Nación el 28 de octubre.

El ruido de las cosas al caer  
Juan Gabriel Vázquez
253 pp., Alfaguara 2011 

Cuando Juan Gabriel Vázquez, novelista colombiano, presentó su última obra al concurso que le otorgaría el Premio Alfaguara 2011 de novela, no fue casualidad que lo hiciera con el título de Todos los pilotos muertos. Reminiscente de cierta novelística norteamericana –Warren, McCarthy–, este título de trabajo resume las claves centrales de esta exploración de la historia reciente de Colombia mejor que el definitivo, El ruido de las cosas al caer.

En esta novela, las cosas que caen son casi siempre aviones: caídas que destruyen sueños, familias y, eventualmente, la identidad nacional colombiana.

Estos son los daños en que incurren los pilotos, literales o simbólicos, de la novela, cuya obligación primordial era la de conducir a un destino seguro a quienes les habían confiado su vida.

El protagonista, Antonio Yammara, conoce en los billares de Bogotá a un hombre lleno de remordimientos cuya sola proximidad termina arrastrando a Yammara ha-cia el torbellino contemporáneo de la violencia colombiana y sus secuelas sicológicas. Este hombre, Ricardo Laverde, alguna vez fue un joven y ambicioso piloto, heredero de un legado de pilotos legendarios, que en los años ochenta se casa con una voluntaria de los cuerpos de paz y tienen una hija. En el presente de la novela, Yammara se casa y tiene un hija también.

Las decisiones de estos dos hombres están siempre respaldadas por buenas intenciones y una falsa ingenuidad, deliberadamente ciega. Ambos asumen con gusto paternalista la dirección total de las vidas de sus familias. A ambos los esperan, sin embargo, eventos transformadores que les impedirán llevar a buen puerto sus promesas, y sus vidas familiares terminarán viniéndose abajo con el estrépito al que hace alusión el título.

La arrogancia de Laverde, que desencadena su propio castigo, y el miedo de Yammara, la enfermedad principal de su generación, son los polos opuestos entre los que se mueve la novela.

El estilo meditabundo de Vázquez, basado en la reconstrucción y corrección constante del recuerdo, tiene la función de superponer la ficción de la memoria personal a la verdad fría de la reconstrucción histórica. Esta es la historia de Colombia narrada en clave íntima por quienes la vieron transformarse de la sociedad poscolonial que en sus héroes veía lo mejor de sí a la sociedad paralizada por el terror a los reyezuelos narcotraficantes locales.

En el accidente de Avianca a causa de un error humano de los pilotos; en la avioneta que adornaba la entrada a la hacienda de Pablo Escobar y con la cual se hizo millonario; en el avión de pasajeros que hizo explotar Escobar en un intento de matar a César Gaviria; en la soberbia del piloto que causa el accidente durante la exhibición aérea de Santa Ana en 1938; y en el Cessna de Laverde, suspendido en la oscuridad del Caribe rumbo a Miami, está cifrada la historia reciente de Colombia.

El diagnóstico final no es bueno. Los personajes de Vázquez, después de atravesar el umbral del sufrimiento, parecen rehusarse a aprender de su dolor y buscar deliberadamente su destrucción y la de los que los rodean.

La aparente inocencia inicial de sus acciones, de su estilo de navegar la vida, no los releva, entonces, de su responsabilidad. Resulta que no basta la autocompasión; las segundas oportunidades son para quienes se las merecen.





Lo anterior es un resumen, haga click aquí para mostrar la nota completa>>

Tañido, Tomas Tranströmer




Traducción al español del poema Tañido de Tranströmer, del inglés de Robin Fulton.






Tañido

El chamón silbaba su tonada en los huesos de los muertos.
De pie bajo un árbol sentíamos el tiempo hundirse y hundirse.
El patio de la escuela y el patio de la iglesia se encontraban y ensanchaban
como dos arroyos en el mar.

El tañido de las campanas de la iglesia se elevó a los cuatro vientos llevado por el suave
sosten de planeadores.
Dejó atrás en tierra un silencio más poderoso
y los quedos pasos de un árbol, los quedos pasos de un árbol.



.

Lo anterior es un resumen, haga click aquí para mostrar la nota completa>>

Cara a cara, Tomas Transtömer




Traducción al español del poema Cara a cara de Tomas Transtömer, traducido orignalmente al inglés por Robin Fulton, de la colección El cielo a medio hacer (1962).




Cara a cara

En Febrero la vida se detuvo.
Los pájaros volaban sin quererlo y el alma
rozaba contra el paisaje como un bote
roza contra el muelle al cual está amarrado.

Los árboles de pie me daban la espalda.
La nieve profunda se medía con juncos muertos.
Las huellas envejecían en la superficie.
Bajo una lona languidecía el lenguaje.

Un día algo vino a la ventana.
El trabajo se detuvo, yo lo miré.
Los colores resplandecieron. Todo se dió vuelta.
La tierra y yo saltamos el uno hacia el otro.




Lo anterior es un resumen, haga click aquí para mostrar la nota completa>>

Los árboles y el cielo, Tomas Transtömer



Traducción al español del poema Los árboles y el cielo de Tomas Transtömer, traducido originalmente al inglés por Robin Fulton, contenido originalmente en la colección El cielo a medio hacer (1962)



Los árboles y el cielo

Hay un árbol caminando bajo la lluvia.
Pasa a prisa junto a nosotros entre el gris que cae
Tiene un encargo. Recoje la vida
de la lluvia como un cuervo en un huerto

Cuando la lluvia se detiene también lo hace el árbol.
Ahí está, quieto en las noches claras
esperando como nosotros por el momento
en el que los copos de nieve florezcan en el espacio.



.

Lo anterior es un resumen, haga click aquí para mostrar la nota completa>>

La pareja, Tomas Tranströmer



Traducción del inglés con fuentes varias del poema La pareja de Tomas Tranströmer

La pareja

Apagan la lámpara y su globo blanco brilla
un instante y luego se disuelve, como una pastilla
en un vaso de tinieblas. Luego hacia arriba.
Las paredes del hotel se alzan entre la oscuridad del cielo.

Los movimientos del amor han cesado, y ellos duermen
pero sus pensamientos más secretos se encuentran
como dos colores que se topan y se cruzan
en el papel mojado de la pintura de un niño.

Está oscuro y silencioso. La ciudad se ha recogido.
Extinguiendo sus ventanas. Las casas se han acercado.
De pie en grupo, esperando muy cerca,
una multitud con caras vacias. 





Lo anterior es un resumen, haga click aquí para mostrar la nota completa>>

Gustavo A. Chaves sobre En contra de los aviones



Este es el texto que materializa el comentario que hizo Gustavo A. Chaves sobre mi libro En contra de los aviones en la presentación del pasado 18 de agosto. Pasada la presentación, abusando de la amabilidad de Gustavo y haciendo gala de la falta de vergüenza que me caracteriza en todo lo que no involucre decirle cosas a un micrófono, le pedí que lo escribiera para ponerlo en este blog. Aquí lo cuelgo con orgullo y doblemente agradecido. 

En contra de Juan Murillo



"Buenas noches.

Cuando Juan me pidió que presentara su libro, se me ocurrió que lo más justo que podría hacer era escribirle a todos los autores a los que Juan, como crítico, ha reseñado de manera negativa y, con las quejas que recibiera de vuelta, hacer una especie de reivindicación de esos autores que se han visto acribillados por la pluma de Juan, ahora que Juan vuelve a publicar cuentos y se ha convertido en un blanco fácil. Así que esto que les voy a leer lleva por título “En contra de Juan Murillo”.

(Esa fue una broma fácil para romper el hielo con la audiencia; mi manera de dar las gracias y reconocer su presencia. En realidad yo no leí nada esa noche. Había empezado esa tarde a redactar lo que iba a decir luego en la presentación del libro de Juan, y de pronto recordé lo que me cuesta seguirle el hilo a la gente que lee en público. La elocuencia de la frase mil veces revisada casi nunca le llega bien a la gente cuando uno está más preocupado por no saltarse una línea del documento que por mirar directamente las caras que nos siguen y reconocer en sus gestos el aburrimiento o el acuerdo con lo que uno dice (ejemplo: esta última oración). Es mi experiencia, nada más. Yo, igual que Nabokov, soy un niño cuando hablo; pero al menos soy un niño que trata de hacerse entender, no un adulto solipsista. Por eso y muchas cosas más, estas notas que el lector tiene en su pantalla son apenas el recuerdo de lo que dije aquella noche ayudado por una hojita amarilla, y la puesta en Calibri-punto-once de lo que quise decir respecto al nuevo libro de Juan Murillo, ahora que de todo aquello me separan muchos días.)

Esa noche de la presentación había empezado como un cuento de Juan Hernández: Me había quedado de ver con una chica en un café de Los Yoses. Todo el día me la pasé texteando, confirmando lugar y hora. Al final, nada. La chica no apareció. La velada tuvo entonces un vuelco guillermobarquereano: La chica estaba enferma. Una rara enfermedad estomacal que le echó a perder las últimas horas de esa tarde lluviosa; un acceso de perfidia biliar que ni el mismo doctor Semmelweis hubiese entendido y que ningún libro rojo ha explicado hasta la fecha. Mandé todo a la mierda, como un personaje de Warren Ulloa, y me fui a la presentación del libro de Juan bien portado, del brazo de A., que tiene hacia mí la paciencia y la distancia de una amante heribertorodrigueana. Por eso fue que al final de la velada salí huyendo, sin despedirme de nadie. Me escabullí y regresé a casa, donde A. y yo nos bebimos en silencio nuestra angustia y nuestros paisajes. Hoy pienso en todo aquello y quisiera ser Juan Murillo para tener los adjetivos y los símiles suficientes para explicarles lo que llevaba en mi alma esa noche. Espero que esta confesión no esté prohibida.

Todo esto para decir esto otro: a diferencia de aquella chica que no llegó, el cuento en Costa Rica goza de buena salud. No lo amarran ni el egocentrismo generalizado de la poesía, ni la gran ambición que tiene la novela por ser un lienzo de la realidad política, psicológica o cultural de nuestro Ser Histórico. El cuento no sufre la presión comercial de ser un éxito de ventas, ni tampoco las fuertes ansiedades de influencia oficialista (mientras los poetas pierden el tiempo insultando tribalmente a Laureano Albán, los cuentistas están en casa tomando aguadulce y galletas maría con Salazar Herrera. Debe ser por eso que se les ve tan alentados). Sobre todo, lo que más me satisface es que casi que no hay dos cuentistas que se parezcan en su trabajo (valga el indiscreto ejem-ejem, dirigido otra vez a los poetas).

Al cuento costarricense parece que lo patrocina el INS: Libre, Crezca, Fecundo. Y bueno, cuando uno está asegurado, vale la pena soltarse un poco la faja y tomar algunos riesgos. Debe ser de ahí que saca el cuento esa pinta actual de galán en convertible.

Parece una tontería decirlo, pero el riesgo que más frecuentemente se toma el cuento, y que lo hace sobresalir de entre los otros géneros, es el de no temerle a la imaginación. Porque es imaginación, sobre todo, lo que se necesita para salir de uno mismo y contar historias más envolventes y precisas, menos constreñidas por la propia personalidad y más enriquecidas por la propia sensibilidad e inteligencia. Después de tantos poemas sobre botellas vacías y novelas autobiográficas en las que los protagonistas son siempre escritores o la trama va de aquella-vez-que-fuimos-allá-y-tú-me-dijiste–que-no-me-amabas, hay que dar gracias cuando uno lee un cuento que no se parece tanto a la vida de los autores (que es la vida de todos, en este tiquísimo valle entre Alajuela y Cartago).  

Es la imaginación la que expande la realidad en cuentos como “La interpretación de los signos” y en el mismo “En contra de los aviones” que le da título al nuevo libro de Juan Murillo. De hecho, “En contra de los aviones” es, a mi juicio, uno de los cuentos mejor ejecutados de la ficción reciente del país. Es una mezcla de historia, especulación narrativa y drama, con un humor y una solvencia al mezclar los registros que me hizo pensar en el mejor Alessandro Baricco. En este cuento, Juan Murillo logra un equilibrio envidiable entre las acciones y pensamientos que narra y el lenguaje que utiliza. Por su parte, “La interpretación de los signos” es un cuento que logra esa tan perseguida quimera: hacer interesante una ciudad como San José. Es un cuento que, sin llegar a probar lo que propone, sugiere una realidad urbana mucho más compleja y excitante que la que se ofrece a simple vista. El narrador omnisciente es efectivísimo aquí a la hora de aportar la rapidez psicológica que necesita el cuento. Ambos son cuentos de una imaginación alegre, con grandes intuiciones, arriesgados y al mismo tiempo inteligentes. Además, son cuentos de entre catorce y veinte páginas—no es fácil mantener esa tensión verbal por tanto tiempo, y Juan Murillo lo logra con éxito.

“Pájaros negros” es un magnífico cuento-testimonio. A pesar de estar escrito en clave de leyenda (con personajes que se llaman Segua, Cadejos, Tule), lleva por dentro el retrato de una pérdida generacional profunda. Se puede leer como un homenaje al bajo fondo, pero más que nada hay una observación solidaria del descontento, la revisión de cierta edad vista sin idealismos y cada vez más hundida en la violencia y la enfermedad. La noche de la presentación dije que, en este cuento, Juan Murillo quizá había encontrado el tono para la novela que escribe actualmente sobre David Maradiaga. Tal vez, como me dijo Juan días después, sea imposible tocar una canción tan larga con tan pocas notas. Pero en “Pájaros negros” hay un germen vasto. Lean el cuento “Ríos que van al mar”, del primer libro de Juan, Algunos se hacían dioses, y podrán notar la ardua indagación que Juan ha emprendido para narrar cierta época reciente y las actitudes existenciales que hemos heredado de ella. A diferencia de otros relatos del libro como “La soledad de la batalla” o “Desde un lugar de parajes”, la cercanía del autor con la historia narrada no es obstáculo, en “Pájaros negros”, para que el lector se sienta cercano e involucrado de algún modo con lo que sucede en la página.

A propósito de estos últimos dos cuentos, los riesgos narrativos que se toma Juan Murillo tienden a menudo hacia la desproporción. Esta desproporción está íntimamente vinculada con la aparición de un narrador introspectivo que a menudo, como en “La soledad de la batalla”, puede terminar ahogando al lector lo mismo que al personaje. No era broma lo que escribí antes sobre los adjetivos y los símiles en Juan Murillo. De verdad pesan y dan la sensación de un artificio obvio, literario. Hay que reconocer, sin embargo, que a menudo Murillo acierta con los símiles: “La abuela dormía esa siesta que era como una batalla” (del cuento “El final del día”). Pero en otros cuentos, sobre todo en “Desde un lugar de parajes” se nota un paroxismo de adjetivos y vaguedades. El narrador nos madruga (en la línea diez) con esta letanía: “tus largas piernas blancas tersas” (moraleja: el acento predominante del español es el grave).  Luego el narrador disfraza un adjetivo y lo hace pasar como sustantivo, pero igual califica todo lo que existe: “oscuridades preñadas de posibles y tus piernas blancas y tus ojos negros” (por si se les había olvidado: las piernas son blancas). No faltan breves homenajes al truco más viejo del trascendentalismo: “los vagos aromas de la nostalgia” y “el vidrio astillado de su angustia” (“ficticios goces”, los llamaba Gombrowicz en un artículo que hace un tiempo puso a circular Juan Murillo contra los poetas).

Estos excesos no tienen que ver sólo con el estilo. De hecho, afectan la eficacia de los relatos y ocultan con niebla verbal la casi siempre precisa construcción dramática de los cuentos. El lenguaje de estos relatos termina convirtiéndose en una barrera entre el narrador y el lector, y dejan en el texto una capa oscura de improbabilidad. “La soledad de la batalla” es un cuento hermoso, pero el lenguaje que el niño de la historia utiliza para narrar su muerte por ahogo (y justificarla con un vuelvo estético en la última frase del relato), tendría más sentido si el cuento se llamara “Emil Cioran en Aquamanía”, tal es la desproporción entre la experiencia y los medios verbales para narrarla.

Hay una cierta indiferencia o soledad cósmica que rodea a los personajes de En contra de los aviones. Está muy claro en los relatos “El final del día” y “La soledad de la batalla”. Algunos personajes van acompañados, pero casi siempre respiran abandono. Estos no son ambientes fáciles de describir ni de entender. Juan Murillo ha asumido riesgos en estos cuentos y los resultados han sido diversos. Sin embargo, quiero insistir en que la salud de un buen relato depende en gran medida de los riesgos que asuma. En las distintas formas de la exuberancia y la imaginación es donde veo sus mayores logros, y en En contra de los aviones veo uno de los libros que mantendrá vigente el cuento en nuestro país por mucho rato.

Pues nada: ha hablado mi memoria. Gracias por haberme escuchado hace unos días, o por haberme leído hoy en este sitio."


Lo anterior es un resumen, haga click aquí para mostrar la nota completa>>

Las sombras de Lisandro, Rodrigo Soto



Reseña de la novela La sombra de Lisandro de Rodrigo Soto, publicada en La Nación.

Las sombras de Lisandro

Rodrigo Soto
120 pp., EUNED 2011

¿Qué caminos llevan a un hijo a matar a su padre? En Las Sombras de Lisandro, Rodrigo Soto explora uno de los conflictos originarios del orden social, según Freud, con una sorprendentemente sucinta novela. Alfredo es un hijo de madre soltera que crece a la sombra de un padre ausente. La concepción de Alfredo ocurre en un encuentro fugaz entre su madre, una secretaria asidua a la lectura y al teatro y Lisandro Silva, dramaturgo chileno que se encuentra de paso por San José con su troupe de teatro callejero.

El encuentro es casual, caprichoso. El embarazo, una casualidad remota. Elena, la madre de Alfredo, calla el nombre del padre, Lisandro Silva simplemente nunca se entera. Alfredo crece sin saber quién es su padre, contemplando esta ausencia de una manera compulsiva: “pensamientos que no eran míos porque yo no los decidía, yo no los pensaba y más bien me hacían sentir que yo era su espejismo”.

Con la prosa diáfana y fluida que lo caracteriza, Rodrigo Soto transforma imperceptiblemente esta simple historia doméstica de un hijo sin padre, de una madre soltera y de un dramaturgo de la diáspora chilena, en una historia mucho amplia y quizá más personal. Alfonso descubre que Lisandro Silva es su padre, y que recientemente ha publicado una nueva novela: Las Sombras. En ella hay un pasaje en el que un personaje llamado Rodrigo Soto, escritor costarricense, narra el descubrimiento del embarazo de su novia, chilena también, quién le explica que el niño no es suyo y la aceptación conveniente de Soto de esta explicación.

Se abre entonces el laberinto de espejos de la autoficción, en la que los límites entre realidad y ficción autorial se desdibujan para que, en este caso, Soto explore la idea de la paternidad despreocupada que comporta crear personajes literarios, que usualmente tienen mucho de real, para luego abandonarlos, condenarlos a vidas miserables o matarlos. Alfredo, en un giro que recuerda a Niebla de Unamuno, se dirige en uno de los capítulos directamente al autor y lo reta a escribir la historia, percibiendo que en ella él podría perfectamente morir. ¿Quién es el autor al que se dirige aquí Alfredo?¿Rodrigo Soto? ¿Lisandro Silva? ¿Es menos real un hijo si su padre no sabe que existe? ¿Obliga esa situación de algún modo al hijo a defenderse?

Es significativo que la obra que representa Lisandro la noche de la concepción de Alfredo es Orestes, en la que Orestes mata al usurpador y asesino de su padre. Esta puesta en abismo aleja la trama de otras posibilidades (Karamazov, Edipo Rey) y apunta directamente al ajusticiamiento del usurpador del rol paterno(Orestes, Hamlet), alguien que ha venido a suplantar una sombra, un inesperado padre o un autor, cuya aparición sume en sombras y predetermina la vida del hijo.

No deja de sorprender que Rodirgo Soto logre en extensión tan corta ecos cervantinos, de Shakespeare, de Eurípides, Sófocles, de Las Meninas de Velázquez, de Unamuno, Dostoievski y Freud. Esta novela es apenas la primera parte de una trilogía sobre la paternidad, cuyas siguientes entregas sin duda generaran contra Las Sombras de Lisandro sus propias, complejas resonancias.



Lo anterior es un resumen, haga click aquí para mostrar la nota completa>>