100 palabras por minuto

Figuras en el espejo, Rodrigo Soto

Nota sobre la novela Figuras en el espejo, de Rodrigo Soto, leída durante la presentación de la edición definitiva de la novela el 17 de noviembre de 2009.



Imaginen estar en la sala de la casa de una pareja que uno no conoce. Uno se encuentra ahí acompañando a su novia o novio, en un acto de solidaridad, o tal vez es la anfitriona de una invitación hecha por su marido. La conversación deambula por los temas usuales entre las personas que no se conocen o se conocen poco. ¿Qué hacés? ¿Qué estudiaste? ¿Porque vivís en el extranjero? Esas preguntas usuales parecen inofensivas, y podrían serlo, pero realmente lo que pretenden es fijar la figura de el otro en nuestra mente. Lo que respondemos a ellas, la forma en que respondemos nos retrata en la mente del otro. Pero esa imagen que se forma el otro de uno nunca corresponde rigurosamente con la que tenemos de nosotros mismos. Y esto sucede generalmente por tres motivos, primero, porque la figura que somos nunca es completamente visible desde el punto de vista al que nosotros tenemos acceso, siempre hay partes ocultas que, como el centro de la espalda, nos resulta imposible alanzar; segundo, porque las palabras, por más útiles que sean para la comunicación, resultan siempre insuficientes para dibujar los trazos complejísimos y verdaderos de las personalidades humanas; y tercero, porque en nuestra mente existe un catálogo preconcebido de tipos en los que tendemos a encajar a la gente rápidamente cuando la estamos conociendo, algo que se conoce como reconocimiento de patrones, y que es una de las habilidades más destacadas del cerebro para sacar conclusiones rápidas y obtener resultados en tiempos razonables.

De modo que en esa sala, donde se enfrentan dos parejas, un hombre y una mujer frente a otro hombre y otra mujer más jóvenes, lo que uno entiende de la conversación tiene muchas veces más que ver con lo que uno es que con lo que es el otro. La vida, las experiencias, los prejuicios, las convicciones, filtran todo lo que escuchamos de otros para que podamos deducir rápidamente quienes son en un proceso que tiene mucho mas de adivinanza que de científico. Lo que vemos en los otros, suele ser, en primera instancia, un reflejo de lo que nosotros somos, un reflejo que oscurece al otro y que lo viste y lo distorsiona.

Figuras en el espejo es una novela centrada alrededor de un núcleo como el que acabamos de describir. La sección que lleva ese nombre es una única escena, una invitación a cenar entre dos parejas, narrada desde cuatro puntos de vista que se traslapan y cuyas introspecciones evidencian la distancia insalvable que hay entre lo que uno quiere decir, lo que dice y lo que otros le entienden. Esta sección podría haber existido como un cuento corto de gran calidad, pero Rodrigo certeramente ha optado por evidenciar la profundidad y la distancia verdadera que nos separa de los otros mostrándonos los cuatro mundos gigantescos y complejos que se tocan en ese punto de reflección momentáneo en el que inciden años, o incluso vidas completas, en este caso las vidas de Airel, Gina, Marcela y Oswaldo.

Tras leer Figuras en el espejo no es difícil imaginar como detrás de cada palabra que decimos y cada gesto que la acompaña se apalanca el peso de todas nuestras vivencias, como también lo hace cuando interpretamos cada palabra que escuchamos decir a los demás. Para hablar y para escuchar se utiliza siempre un punto de vista inaccesible al otro y llegar a la compresión del otro implica una fusión de horizontes, una suma de puntos de vista que no sólo es difícil de lograr, sino que muchas veces es simplemente imposible con la mera conversación y para la cual entonces debemos recurrir a la literatura.

Tomemos el caso de Oswaldo, por ejemplo, que es parte de esta cena que es el centro de la madeja de la novela y que protagoniza la sección titulada El tigre frente al aro de fuego. Ya el título es sugerente de lo complejo del personaje, Oswaldo se lanza a relaciones de pareja con una alegría salvaje, a sabiendas de que terminará saboteándolas y saboteándose a sí mismo, en busca de un castigo y un perdón que no comprende bien por qué necesita. La oscilación de Oswaldo entre la indolencia y la desesperación producen en esta novela unas de las páginas más líricas, pero a la vez de las más oscuras. De entre los personajes de la novela, el que menos entiende que lo mueve es Oswaldo. Como podrá entonces entender a los demás, a las mujeres que cruzan su vida interminablemente, o a Ariel que le hace un par de comentarios hirientes en la cena sin poder comprender de dónde viene la ira de Oswaldo o a Gina esposa de Ariel, cuya vida de madre que ha renunciado a una carrera la resulta tan remota, o a su misma amiga, Marcela, cuyo narcisismo casi no le permite ver más allá de ella misma. A Oswaldo lo habitan verdaderos demonios que ni conoce ni comprende. En algún momento se pregunta si uno puede pasar su vida buscando algo sin saber que es, en otro se pregunta como puede uno recién reconocer demonios que sin embargo han estado con uno toda la vida. Este personaje es opaco, sus sentimientos son un enigma para los otros, pero especialmente para sí mismo. No son sorprendentes entonces los equívocos que generan lo que dice y como lo dice.

Su pareja, Marcela, que alguna vez fue una mera fantasía de Oswaldo y que de algún modo a accedido a ser su amiga con derechos, por decirlo de algún modo, es un reflejo opuesto a la opacidad del muchacho. Marcela es extremadamente conciente de sí misma, de su cuerpo, de lo que piensa, de lo que cree, se encuentra fascinante y se explora constantemente. Sabe que es apasionada o impulsiva. Piensa que su signo zodiacal es magnífico y la representa bien. Le molesta resultar indiferente, le gusta agradarle a los demás. Piensa que su causa, la única causa verdadera, es el amor. No tiene sexo, siempre hace el amor, y su erotismo es imperativo y directoral y es más una búsqueda, quizá de ella misma, que una unión con otro. Para Marcela el amor es bienestar, un estado interno, algo que se construye a lo interno de cada persona, y no un puente. A diferencia de Oswaldo, sin embargo, Marcela es consciente de su egocentrismo y busca, literal y simbólicamente, puentes hacia los demás, pero estos son siempre puentes que no la comprometan en modo alguno, por ejemplo, gritar con la barra en un partido, o fundirse con los demás en una pista de baile, para luego terminar huyendo de nuevo.

En la cena notamos como Marcela revela, con un dejo de orgullo que Oswaldo es escritor, algo que a él le resulta incómodo y le molesta, y a lo cual le resta importancia. Marcela está haciendo gala de él como quien luce un accesorio interesante, Oswaldo en cambio es consciente de que el título, algo ostentoso, de escritor, lo pone en una posición de observador, investigador y comentador de las emociones humanas, algo que está evidentemente más allá de sus capacidades.

Oswaldo y Marcela son en muchos sentidos opuestos, pero lo son a la manera de un reflejo, que invierte lo que reproduce. Ambos son personas cuya conexión con los demás esta mediada pesadamente por la relación que sostienen, primariamente, con ellos mismos. Y esa absorción, opaca o transparente, con uno mismo, es sin duda, una de las aristas más sobresalientes de las generaciones que llegaron a la madurez durante o después de la caída del socialismo soviético. Marcela piensa que los Estados Unidos son el enemigo a nivel político y, sin embargo, piensa vivir ahí el resto de sus días. Oswaldo se pasa los días oscilando entre la desidia y el temor. No tienen compromisos políticos serios, aunque conocen los discursos alternativos que son pan de cada día en los círculos universitarios. No tiene contactos con grupos de amigos, o siquiera grupos de personas en general, que les permita conocer algo más allá de la realidad inmediata en la que viven.

Gina y Ariel, en cambio, pertenecen a una generación anterior, una generación a la cual le tocó vivir los enfrentamientos de Alcoa, las guerras revolucionarias centroamericanas y fundar cátedras en las universidades. Algunos, como Ariel, han transitado las márgenes de grupos radicales, un poco como iniciación, como se esperaba de ellos. Otros, como Gina, han sentido la ira revolucionaria y han tenido enfrentamientos y compromisos verdaderos con causas políticas reales más allá de las aulas de la universidad.

El dilema de Gina y de Ariel claramente no es el mismo que él de Oswaldo y Marcela. Más allá de no haber conocido nunca la idea de un verdadero compromiso con los demás, la generación de Gina y Ariel asumió ese compromiso para luego abandonarlo o fingió asumirlo para luego vivir el recuerdo falso de una militancia que no se ejerció. En ese sentido, Ariel y Gina son un reflejo contorsionado de Oswaldo y Marcela que no conocieron, ni renunciaron a compromisos que se consideraban ineludibles y que por tanto pueden vivir un ensimismamiento libre de culpas. Durante la cena en casa de Ariel y Gina, gracias a la narrativa interna, nos queda claro el menosprecio que siente los unos por los otros. Ariel, que proviene de Orotina pero estudió en Francia, descalifica a Marcela inmediatamente en cuanto oye que ella estudió en la Lincoln. Luego descuenta a Oswaldo porque usa zapatos finos, lo cual, según Ariel, lo hace indigno de tener una postura crítica hacia los círculos de poder. Gina, por otra parte, se siente avergonzada de haber renunciado a su carrera para ser madre, sin saber que Marcela, que es menor que ella ya anda considerando esa misma idea, que será su destino final, en contraposición del escape final de Gina que es en cierto modo el plan inmediato de Marcela. Ante algún comentario radical de Oswaldo, Gina declara que antes hubiera concordado, pero que con el tiempo uno cambia, a lo cual Oswaldo le responde sarcásticamente que sí, pero que lo importante es hacia dónde cambie uno.

Como si el espejo del otro fuera un límite intransitable (en este caso los limites de la edad, el sexo, el origen, el destino) las cuatro figuras se acercan y tocan esa superficie fascinante sin querer o sin poder romperla, y lo que ven del otro lado les repugna, les parece incomprensible, lejano, falso, ingenuo o débil. Sin embargo, ninguno de los personajes aplíca este tipo de juicio contra sí mismo. El error, el daño, la traición y lo falso están siempre en el otro, y los propios defectos resultan siempre invisibles o se transforman inexplicablemente en virtudes.

Al lector, que en cierto modo también corresponde el papel de juez de los personajes, guiado por la evidencia que aporta el autor, le resulta fácil juzgar y criticar a estas personas demasiado humanas que habitan las páginas de Figuras en el espejo. Está claro, sin embargo, que estas figuras que van surgiendo de la lectura son reflejos de nosotros mismos, que vamos cambiando de posición conforme avanzamos en nuestra vida, habitando diferentes roles y papeles que antes nos resultaban o lejanos, o indignos o imposibles.

La nota que les acabo de leer peca probablemente de analítica o formalista, pero el texto de Figuras en el espejo, ejecutado con una mano más firme y más sabia, se apega directamente al nivel humano de la experiencia cotidiana, de la detallada observación de las emociones y no divaga innecesariamente en las sutilezas de la estructura o la manipulación de conceptos. Pocos autores como Rodrigo Soto tienen una preocupación tan preponderante por retratar de forma realista la vida interna, la intimidad de los costarricenses contemporáneos. En este caso, la de los habitantes de ese submundo que es la universidad: profesores, alumnos, profesionales, y en explorar los lugares, fuerzas, momentos y experiencias de las que surgen nuestras peculiares contradicciones, en el punto donde la emoción se convierte en un accionar a veces incomprensible. Adentrarse en el mundo de Figuras en el espejo es entrar en el mundo de cuatro personas, sus vidas, sus amores y tristezas y las de aquellos que las rodean, es tender puentes al verdadero otro, a personas más completas de lo que normalmente llegamos a conocer en los demás. Abrir esas puertas y mostrarnos que no estamos solos y que somos muchos los que vibramos con las mismas emociones es el mayor logro de una buena novela, y esta novela de Rodrigo Soto, una novela humana, una novela de gente común y a la vez extraña, como lo somos todos nosotros, es, sin duda, una gran novela.

Lo anterior es un resumen, click aquí para mostrar la nota completa>>

La interpretación de los signos, Juan Murillo

Cuento a publicarse próximamente en la antología San José Oculto 3.



Los editores de San José Oculto tuvieron a bien incluir un cuento mío en la próxima edición de su ya famosa antología, lo cual les agradezco. Adicionalmente la revista en línea La Otra publicó mi cuento, junto con otros tres de Guillermo Barquero, Guillermo Fernández y Alfonso Peña en su número más reciente, a modo de muestrario de la cuentística nacional, lo cual es un honor adicional. Les dejo el link, el cuento está dedicado a todos los fans de Oscar Arias.

La interpretación de los signos
Lo anterior es un resumen, click aquí para mostrar la nota completa>>

Laura Casasa, Premio UNA Palabra 2009

Laura Casasa gana el concurso UNA Palabra para el 2009 en la rama de cuento.


Laura Casasa Nuñez (Costa Rica, 1976) obtuvo el premio UNA Palabra 2009 con su colección de cuentos Parque de diversiones. El premio fue declarado desierto en la rama de poesía. El premio UNA Palabra, otorgado por la Universidad Nacional de Costa Rica tiene una dotación de $1500 e incluye la publicación de la obra por parte de la Editorial de la Universidad Nacional (EUNA). Las bases del UNA Palabra se encuentran aquí. Algunos poemas de Laura Casasa se encuentran publicados en Afinidades Electivas.
Lo anterior es un resumen, click aquí para mostrar la nota completa>>

Herta Müller, Premio Nobel de Literatura 2009

Herta Müller recibió hoy el Nobel de Literatura 2009.


Este año el premio se lo dan de nuevo a una autora de la cual no había oido hablar jamás antes de ver que estaba empatada en las posibilidades por el Nobel con Amos Oz, posibilidades que este año se inclinaban, en general, por que el premio fuera a un poeta, lo cual sucedió: Herta Müller, alemana nacida en Rumania, poeta y ensayista, gana el Noble por "retratar el paisaje de los desposeidos con la conentración de la poesía y la franqueza de la prosa", según la Academia Sueca. El premio a la alemana que publicó obras censuradas en su nativa Rumanía durante la dictadura de Ceauşescu se otorga días después de la declaración de Englund, Secretario Permanente de la Academia Sueca, de que el panel que escoge los premios Nobel es demasiado eurocéntrico y que también hay candidatos dignos en EE.UU. y el resto de "las Americas"(sic).

Lo anterior es un resumen, click aquí para mostrar la nota completa>>

Hilary Mantel, Man Booker Prize 2009

Hilary Mantel obtuvo hoy el premio Man Booker para el 2009 con su novela Wolf Hall.


Hilary Mantel, cuentista, novelista y crítica inglesa fue la preferida y finalmente la ganadora de entre una lista corta que incluía al ganador del premio Nobel, Coetzee, además de A.S. Byatt, Adam Foulds, Simon Mawer y Sara Waters. El Man Booker es el premio más importante de Inglaterra y los libros premiados son invariablemente buenos. Hilary Matel ha escrito 12 novelas y ganado 11 premios con ellas, (para los premios ingleses no se concursa, como en España, sino que se otorgan a obras ya publicadas). Wolf Hall era la favorita para ganar el Man Booker desde que se publicó.

Wolf Hall es una novela historica protagonizada por Thomas Cromwell, ministro de Enrique VIII, de sangrienta fama, encargado del rompimiento con la Roma papal y la disolución de los monasterios ingleses, de limpiar el camino para el matrimonio del Rey divorciado con Ana Bolena y autor de la posterior persecución de Tomás Moro.
Lo anterior es un resumen, click aquí para mostrar la nota completa>>

Melvyn Aguilar - Textos homenaje y audio inédito de Felipe Granados

Melvyn Aguilar, poeta, publica un texto y una grabación de Felipe Granados leyendo su poesía en su blog LA RATONERA.



Grabación de Felipe Granados leyendo en un bar.
Texto de Melvyn Aguilar
Texto de Alfredo Trejos
De Puño y letra de Felipe Granados
Lo anterior es un resumen, click aquí para mostrar la nota completa>>

Jacques Sagot - "Me ha sucedido sentirme anacrónico... tal vez porque lo soy"

Jacques Sagot, cuentista, articulista y músico, hace declaraciones en Punto y Coma que evidencian un elitismo sintomático en ciertos círculos culturales conservadores de Costa Rica: "No cualquiera tiene credenciales para ser enemigo mio. Yo sé que lo quisieran, pero no tienen el palmarés, no tienen los títulos, como para calificar como enemigos mios".


En el más reciente artículo sobre porque los ticos no leen Sagot dijo que era muy simple el problema: "Costa Rica no progresará intelectualmente en tanto haya más cantinas que bibliotecas y librerías". Me faltan las palabras... Ese non sequitur simplista denota en Sagot no sólo falta de perspicacia o poder analítico, sino ya de lleno falta de inteligencia de cualquier tipo, o una anuencia a sacrificar la inteligencia para repetir lo que sus "lectores" quieren escuchar. Tenía más cosas que decir pero me encontré este artículo de Barahona que retrata bastante bien a Sagot: Sagot posmoderno.

Si alguien merece enemigos a nivel intelectual en este país, ese es Jacques Sagot.


Lo anterior es un resumen, click aquí para mostrar la nota completa>>

Otras disquisiciones, Victor Hurtado

Reseña de el libro de ensayos Otras disquisiciones de Victor Hurtado Oviedo publicado en mi otro blog El Arte de la Mentira.


"Otras disquisiciones de Víctor Hurtado Oviedo es un libro extraordinario, literalmente. No existen otros libros como el de Hurtado en Costa Rica y nadie escribe ensayos como los que vienen en este libro. Una de las razones evidentes para esa soledad es que en Costa Rica prácticamente nadie escribe ensayo literario –entendiendo este como el ensayo crítico que se vale de las armas de la literatura para proponer una visión personal." (leer todo el artículo aquí)

Lo anterior es un resumen, click aquí para mostrar la nota completa>>

David Foster Wallace, entrevista, crónica y ensayo

Recordando a David Foster Wallace, a un año de su muerte: un video de entrevista, uno de DFW leyendo una crónica suya y el texto de su ensayo E Unibus Pluram: Television and US Fiction. Aquí esta el artículo de Rolling Stone sobre sus vida y últimos días.

David Foster Wallace sobre su clasificación como escritor posmoderno. DFW es quizá el autor más preocupado por asuntos morales que yo haya leído, una postura diametralmente opuesta a la supuesta lúdica despreocupación "light" de la literatura posmoderna.



David Foster Wallace leyendo una de sus famosas crónicas sobre actividades "all-american"; en este caso, un concurso de bastoneras.



E unibus pluram: television and U.S. fiction: Ensayo sobre posmodernismo literario, la influencia de la televisión en la literatura actual y el deber del escritor de resistir la autorelexividad, ironía, cinismo y desconexión de lo importante que implica la postura "cool" contemporánea.

david foster wallace - act natural e unibus pluram and u


Lo anterior es un resumen, click aquí para mostrar la nota completa>>

61 essential postmodern reads: an annotated list

61 essential postmodern reads: an annotated list

Posted using ShareThis Lo anterior es un resumen, click aquí para mostrar la nota completa>>

Felipe Granados - Sólo se hace amor de las cenizas

Felipe Granados leyendo su poesía en el Observatorio. Felipe, estamos con vos.


Video de Floriella Rivas.

Lo anterior es un resumen, click aquí para mostrar la nota completa>>

A medida que nos vamos conociendo, Alí Víquez Jiménez

Reseña de la colección de cuentos A medida que nos vamos conociendo de Alí Víquez Jiménez


A medida que nos vamos conociendo
Alí Víquez Jiménez
San José: Editorial Costa Rica, 1998, 90 páginas

En 1994, para la publicación Algunos se hacían dioses, le pedí a David Maradiaga el favor de que prologara mi libro, que yo mismo encontraba un poco difícil, para que los futuros lectores tuvieran una voz cuerda que los guiara de algún modo en la lectura de semejante espécimen. David leyó los cuentos y me hizo algunas sugerencias de viva voz, todas válidas pero tardías, y algunas reconvenciones en el texto del prólogo, la principal de las cuales era lo tibio que lo dejaba la primera pieza del libro, que se llamaba El Laberinto y que consideraba una "introducción borgiana". No se lo dije, porque nada hubiese cambiado, pero yo no había aún leído nada de Borges, una grotesca deficiencia en mi educación literaria que solvente luego a causa de su comentario. Mi vergonzosa excusa no resolvía nada, de todos modos, porque resultaba que los laberintos, desde mediados del siglo veinte, le pertenecían todos a Borges. Lo mismo sucedía con las historias policíaco metafísicas, las reseñas literarias falsas, las bibliotecas, los espejos, los tigres, las máscaras, las peleas a cuchillo, el nombre de dios y los adverbios quizá y acaso. Las colecciones de cuento El Aleph y Ficciones yacen en el centro del siglo XX como un inmenso hoyo negro que atrapa ideas y símbolos que ya nunca logran escapar. Si la idea del laberinto remitía originalmente a Minos, luego de Borges el laberinto remite primero que nada a Borges, y, por la estatura e influencia de Borges, no saber eso hoy, desafortunadamente, es una ingenuidad literaria.

Borges es, según parte de la crítica, uno de los autores fundantes de la tradición posmodernista y es, sin duda, un autor que ha influenciado a casi todos los grandes escritores latinoamericanos posteriores a él. Tan grande se había hecho Borges que cuando Gombrowicz se iba de Argentina, gritó desde la borda del barco:"Maten a Borges", como advirtiendo que sin ese parricidio inicial, la literatura latinoamericana ya no lograría avanzar.

Alí Víquez, no es diferente en esto a otros autores latinoamericanos, Borges lo había impactado, pero menos ingenuo de lo que uno podría esperar en un autor novato, en su primer libro de cuento, A medida que nos vamos conociendo, Víquez reconoce la deuda desde el epígrafe y se cura en salud con un irónico divertimiento borgesiano que trata, precisamente, sobre Borges.
El narrador del cuento decide que debe ir a Buenos Aires a conocer a Borges. Viaja, tiene un encuentro cercano con la muerte en el vuelo de ida y ya en Buenos Aires, conoce a Borges, pero no del modo que esperaba, sino de uno mejor, más apropiado para el autor de Las Ruinas Circulares y de Borges y Yo, y lo que nos sorprende de este pequeño cuento, que es un homenaje, no es la competente revista de la temática borgesiana1, sino el acercamiento al lado humano de Borges, que finalmente es lo que Borges nunca enseño en sus cuentos herméticos, perfectos.

La deuda es notable también en Algunas revelaciones en torno a la resolución del caso de Alberto Cortés, en la que un improvisado detective libresco deduce la verdad sobre el homicidio de su amigo y catedrático Alberto Cortés (sin relación con el actual que en ese entonces era apenas un estudiante) por medio de la revisión de los manuscritos del muerto. En este cuento también se visitan temas cercanos al bibliotecario ciego como la investigación de la naturaleza del tiempo y como las ideas son la rubrica más inimitable de un hombre, además de incluir una somera reseña de un tres libros inexistentes, pero Víquez, pupilo avanzado, utiliza el formato para investigar sus propias ideas sobre el absurdo de la vida humana. Estas ideas ya son totalmente lejanas a Borges y se circunscriben más bien en el existencialismo francés que nada tiene que ver con aquel, pero que en Víquez resultan sumamente importantes. Lo mismo sucede con el cuento Desencuentro en el que se trata el tema del doble (inmediatamente surge la referencia a Borges y Yo) y los universos paralelos, pero aquí también las preocupaciones de Víquez terminan siendo de tipo existencial, a pesar de sus discusiones, nuevamente, sobre la naturaleza del tiempo.

Uno se imaginaría que A medida que nos vamos conociendo es, permeado de ideas existencialistas, un libro amargo. No lo es. De los cuentos aquí reunidos el único que es protagonizado por un misántropo es el delicioso cuento homónimo que da inicio a la colección, y cuyo bien logrado personaje quizá hubiera resultado apropiado para un texto más extenso. Ni el cuento final sobre suicidas (Conferencia del Lic. Morales), ni el cuento sobre la imposibilidad del amor (Destinatarios), ni el cuento de ciencia ficción sobre la separación y distancia que inevitablemente nace de la tecnología que nos enmascara (Anonimátic) y que reelabora el tema de la máscara, logran disminuir un humor de bajo impacto que se percibe a través de toda la obra. Alí Víquez escribe como si nada fuera terrible, como si en efecto viviéramos uno de muchos universos posibles, todos los cuales eventualmente sucederán o suceden en este momento, como si eso vaciara de sentido e importancia la vida humana. Uno poco como El Inmortal, los eventos humanos ya no lo sorprenden y todo lo narra con una desafección simpática e irónica.

Sorprende este libro, que prefigura sus otros excelentes libros de cuentos (A lápiz y especialmente el magnífico Biografía de hombres ilustres), de una sofisticación inusual en nuestras letras, ejemplo de que la influencia de los maestros no tiene porque ser un defecto. En 1990 ganó el premio Joven Creación de la Editorial Costa Rica, bien otorgado, como no siempre sucede, y con este libro se inauguró la generación de fin de siglo, la cual Alí Víquez indiscutiblemente lidera.


1. Según el liguista peruano Rodríguez-Mondoñedo el adjetivo correcto es borgiano y no borgesiano -abajo un link a su interesante explicación- pero como aquí mando yo y como estamos hablando de Jorge Luis y no de César, en este artículo el lector encontrará el reblede, indómito "borgesiano" a diestra y siniestra. Como dijo Borges cuando escuchó el vocablo "vikingo" la primera vez, ahora sólo falta que empiecen a hablar de Kiplingo.
( http://ficcionesborges.blogspot.com/2005/05/borgiano-y-no-borgesiano.html )
Lo anterior es un resumen, click aquí para mostrar la nota completa>>

Ficción y Verdad

Ficción y Verdad, sobre las reprecusiones políticas de los conceptos de literatura y las escuelas de crítica literaria.


Ficción y Verdad

Toda obra literaria es un diálogo entre autor y lector. Para poder comprender la obra y apropiarse de ella, el lector se pone en los zapatos del autor, como lo haría en una conversación, y tratar de abarcar, desde su perspectiva, la historia que se le cuenta y comprenderla. A esto se le llama interpretar la obra.

Esta afirmación tajante tiene necesariamente que chocar a los lectores de formación académica, en vista de que va en contra un gran grupo de teorías literarias, pero el lector usual la entiende y probablemente la comparte. Ahora bien ¿por qué debe el lector de ponerse en los zapatos del autor? El lector claramente no le debe nada a nadie y puede leer como le de la gana. Sin embargo, en todo acto comunicativo se requiere una reunión de voluntades que quieran entenderse, y el lector usual se acerca a la obra literaria con el afán de comprenderla como fue escrita, y en busca del cumplimento de ese contrato tácito entre él y el autor que dice que en el libro esta plasmada la voz de alguien que quiere contarle algo, asume y ejecuta esa unión imaginativa en la que el texto que él lee es la voz del autor, revelando la perspectiva del autor, diciendo lo que el autor quiso decir.

La crítica literaria ha pasado, desde el romanticismo, que vio el nacimiento de los conceptos de literatura, novela y autor como hoy los conocemos, por tres posiciones distintas en cuanto a lo que es la literatura en cuanto a objeto de estudio. Durante el romanticismo se gestó la idea de que la literatura nacía del genio y la inspiración del autor, que el autor y la literatura eran una sola cosa. Durante el final de siglo XIX y primera mitad del veinte, bajo el influjo del positivismo, la mercantilización de la cultura y el cientificismo se propició un cambio de definición de la literatura en la que la literatura era el texto y en la cual el autor y lector eran asuntos a ignorarse a la hora de interpretar. Entre las escuelas que siguieron esta ruta están la crítica fenomenológica, el formalismo ruso, el new criticism norteamericano, el estructuralismo y algunos exponentes de posestructuralismo. Posteriormente en la teoría de la recepción, que es una extensión de la hermenéutica literaria, se ha propuesto una idea de literatura como lo que sucede en el lector cuando durante el acto de lectura.

En verdad es impresionante ver la cantidad de material y esfuerzo desarrollado en los últimos doscientos años para defender ideas de la literatura que van directamente en contra de la literatura como acto comunicativo. Vamos aquí a repetir lo obvio y que una gran parte de la teoría literaria parece empeñada en olvidar: si de la ecuación literaria escritor > texto > lector se sustrae cualquiera de los componentes, la literatura deja de existir. ¿Por qué entonces pretendería alguien comprender la literatura únicamente desde uno de los tres componentes e ignorar a los otros? La respuesta tiene que ver más con practicas sociales y académicas, ideología y ejercicio del poder que con la literatura misma.

La interpretación de una obra debe necesariamente ocuparse de la intención del autor, que puede ser, como ya dijimos clara o confusa, exacta o contradictoria pero que finalmente está plasmada en el texto como vehículo que es de un acto comunicativo. La primera lectura se debe hacer buscando abarcar la posición del autor en un acto de comunión de ideas, historia, emociones. El texto, por otra parte, esta construido con un conjunto ordenado de palabras, cuyo propósito inicial es evocar significados precisos, pero que como parte de un lenguaje que a su vez es una creación social e histórica que está en constante cambio y flujo, se prestan para evocar múltiples significados y no uno sólo. Finalmente, no hay interpretación ni literatura sin el lector, cuya lectura es siempre específica de sí mismo, hecha desde su realidad y vivencia histórica, con su personalidad y prejuicios, bagaje cultural y lecturas.

De modo que ese ponerse en los zapatos del autor que mencionábamos antes no significa rendirse sumisamente a la expresión del autor, como tampoco sucede durante cualquier conversación entre iguales, sino un escuchar lo que el otro quiere decir, con consciencia de que podemos concordar o no, pero que en cualquier caso la comprensión e interpretación de lo escrito estará mediada por el lenguaje que es abierto y fluido, y por la convención literaria de que los textos literarios pueden evocar múltiples significados y admiten múltiples lecturas.

La interpretación de una obra, por lo tanto, debe incluir los factores históricos y culturales que envuelven tanto al lector como al autor, que son los que han determinado los significados que inicialmente se buscaron plasmar en el texto y los que finalmente surgen de él respectivamente. Esto abarca tanto la biografía del autor, como la del interpretador, incluyendo posición ideológica, preferencias literarias, circunstancias vivenciales y cualquier otro tipo de asuntos que hayan influido al momento de escribir y leer, incluyendo otras críticas y lecturas. El texto se convierte en un puente, un puente entre dos realidades históricas y entre dos individuos.

Ya establecida la viabilidad de una interpretación totalizante que abarque todo lo que pueda influir, desde el punto de unión de ambas perspectivas, hay que hablar de lo que dice o cuenta la obra propiamente, porque finalmente en eso radica la importancia de incluir al autor como origen del texto que se lee.

La división de los textos entre ficción y no ficción es, como el concepto de lo literario, una invención relativamente reciente. Con el romanticismo, lo literario comenzó a entenderse como lo exclusivamente imaginativo, ficticio o por lo menos intangible y no comprobable, en el caso de la poesía. Las narrativas, lo que se contaba en las obras literarias, debían ser simples entretenimientos que el lector condescendía a considerar durante un rato que se le dedicaba al entretenimiento o gozo artístico. Los artistas, así mismo, se refugiaban en la creación imaginativa proponiendo utopías o retratando la época de manera crítica, pero ya despojados del poder de presentar su narrativa como alternativa frente a una esa otra narrativa que se venía gestando como la realidad verdadera a través de los textos que se consideraban no literarios, con lo cual se vieron entonces recluidos al simpático e inofensivo reino de la imaginación que actualmente es la ficción literaria.

Aquí vale la pena preguntarse ¿por qué se acepta esta división?, o más exactamente, ¿por qué es importante decir que tal o cual obra es ficción?, aplicando un criterio de verdad que es comprensible, digamos a nivel legal, pero incomprensible e indefendible a nivel cultural o ideológico. La verdad como correspondencia con lo real, con lo que se puede confirmar o probar científicamente tiene aplicaciones prácticas valiosas, específicamente en la ciencia y en el derecho, pero no es, ni puede ser, el criterio de verdad que use el hombre para imaginar su forma de organizarse, para imaginar su futuro, y comprender su relación con lo otros y consigo mismo.

La versión de la Historia y la realidad social que nos rodean y en las que creemos con la misma fe con la que creemos en la verdad de estas manos que escriben este texto o los ojos que lo leen, son construcciones sociales, narrativas, historias que hemos consentido en aceptar como verdades, o sea, verdades por consenso. La obra literaria, al proponer nuevos significados invocados por medio de historias, que es la forma en la que comprendemos lo que sucede a nuestro alrededor, está siempre proponiendo alternativas a esta otra realidad e Historia que son las que aceptamos como reales y verdaderas por defecto. La lectura de la realidad en la obra literaria es una alternativa a la realidad aceptada convencionalmente. En el tanto que esta narrativa alternativa es útil para el lector, por el motivo que sea, ¿por qué no puede este aceptarla como verdadera, y como tal, dejarla que repercuta en sus acciones?

En el tanto que la nueva narrativa proponga una verdad útil al lector puede competir con otras narrativas como la Historia y la visión del presente. La interpretación de la obra por parte del lector buscará entonces completar el diálogo con el autor para evaluar la validez, para el que lee, de esa verdad propuesta. La verdad en cuanto a lo literario es entonces, no necesariamente aquello que corresponde con lo “real”, en vista de que la realidad comprendida desde la mente humana es en su mayor parte otra narrativa. Tampoco tiene que ver con su coherencia dentro de esa narrativa anterior y previamente aceptada como verdadera a la cual se presenta como alternativa. La verdad es finalmente lo que aceptamos como algo en lo que podemos creer como propuesta del futuro o lectura del presente y pasado y que podemos defender porque nos parecen útil en nuestra vida.

La utilidad para el lector es entonces el criterio que determina el éxito entre las narrativas que compiten en el ámbito cultural por instaurarse como versión aceptada de la realidad única. En este sentido compiten por la verdad tanto la novela, el cuento o el poema como la crónica noticiosa, el testimonio o el artículo de opinión.

La noción de verdad como posible producto de la obra de ficción nos lleva de lleno al campo de la política, que es de dónde se le ha querido excluir desde el romanticismo. En la medida que la obra literaria pueda proponer una visión de mundo alternativa a la dominante, tanto esa propuesta narrativa (escritura) como la interpretación y evaluación de la verdad contenida en esta narrativa (lectura) son actos políticos. Pero aún y siendo actos políticos, no requieren de un compromiso político de parte del lector o autor, o, dicho de otro modo, son políticos a pesar de la posición del lector y el autor en cuanto a la política.

¿Hace falta entonces un lector o autor “comprometido” con una causa política para que esto suceda? En definitiva, no. Esta noción de verdad no es una propuesta o un objetivo a alcanzarse, sino una descripción de la forma en la que la literatura afecta el ámbito social en el que aparece. No hace falta que el autor o el lector crean en lo que aquí se dice, basta con que la lectura de una obra afecte la visión de mundo del lector para que se cumpla lo propuesto arriba. De modo que no es importante que el autor o lector concuerden con estas ideas, sino simplemente que representen sus papeles -que escriba uno y que lea el otro- para que efectivamente se siembre la posibilidad de cambio.

Si aceptamos la tesis de Rodrigo Soto de que la literatura costarricense es esencialmente contrahegemónica, crítica y no complaciente, sería entonces fácil de explicar porque se le ha aplicado a la literatura nacional una política oficial de invisibilización y desestímulo. La literatura, en su papel de agente de cambio político, es peligrosa para el status quo y es de esperar que no sea estimulada en el tanto se encuentre inscrita vertientes que critican o proponen alternativas a los proyectos políticos dominantes.

Existe, por otro lado, la literatura que se dedica a la belleza pura, a las formas clásicas, a la elevación de la imagen nacional y el engrandecimiento del mito de excepcionalidad en el cual todos somos iguales a lo interno y diferentes de los demás, o la literatura que se dedica a hablar de nada, que renuncia a concretizar la lectura de los valores del autor y se limita a presentar un producto que guste, elaborando temas humanos generales sobre formas narrativas convencionales. En ese gesto de abdicación de la autoría y renuncia a los propios valores del autor en favor de un lector imaginario y conservador, que proponen las editoriales transnacionales como mercado meta, el autor se neutraliza a sí mismo e impide que el lector que hubiese podido aprovechar su obra encuentre esa propuesta en el mercado. Por otro lado, no es imposible que este tipo de literatura responda directamente a un deseo de algún autor particular por mantener el status quo, concordando plenamente con su visión del presente y encontrándose, de pronto, sin temas sobre los cuales escribir.

En general, solo es importante el reconocimiento de la importancia de todos los elementos de la ecuación literaria por parte de la crítica. El lector común entiende perfectamente que alguien le está hablando a través del libro y ya con eso se completa la triada comunicativa. El autor, a oscuras ante el futuro lector de su obra, tiene que escribir lo que le parece importante, pero difícilmente olvida que escribe libros para que lo lean. La crítica, sin embargo, alentada por modas académicas y presiones ideologicas, es la que insiste con una miopía escalofriante en encerrarse en debates, que nacen ya alejados de la literatura, sobre por qué alguno de los elementos se debe privilegiar sobre los otros durante el acto interpretativo. La interpretación debe abocarse a comprenderlo todo y usar cualquier arma metodológica que se preste para cumplir ese objetivo. Cualquier reducción excluyente del campo de interpretación o de las herramientas a usar deviene en dogma y neutraliza, total o parcialmente, a la literatura. El deber del crítico es abrir las compuertas de la literatura para que inunde el presente, y para esa labor debe librarse de todas las cadenas que lo retienen.
Lo anterior es un resumen, click aquí para mostrar la nota completa>>

Hipotermia, Álvaro Enrigue

Reseña de la colección de cuentos Hipotermia, de Álvaro Enrigue.


Hipotermia
Álvaro Enrigue
México, México D.F.:Anagrama-Colofón, 2005, 187p.

1995 me encontró viviendo en Cayo Hueso, Florida. Recién había perdido el trabajo por faltar de una reunión mañanera de staff en Clancy´s, el bar operado por la mafia en el que aprendí a ser mesero, por culpa de una fiesta bravísima la noche anterior en la que por motivos que no recuerdo terminé improvisando una coreografía en el escenario de un concurso de imitadores. Para obtener trabajo de mojado el mecanismo que nos habían explicado los veteranos ingleses que habitaban el albergue juvenil era simple, inventarse un número de seguro social, que debía tener tres, dos y cuatro dígitos, y fingir, con cara seria, que uno era gringo. No duré mucho en la búsqueda y pronto me estaban entrevistado un gerente japonés aficionado al strip club que quedaba al lado del restaurante y que se avergonzaba cuando las chicas venían a comer sushi y lo saludaban por el mote que le habían puesto y que terminaba con un diminutivo poco halagador y por el chef chino que manejaba la cocina, que parecía tener mil años y que duraría por lo menos otros mil en pagar sus deudas de apuesta. Yo hablaba mejor inglés que ambos, de modo que no tuvieron objeción o sospechas sobre mi aseveración de que yo era gringo y pronto andaba sin zapatos entre los tatamis vistiendo una camiseta que leía Kyushu bajo un grabado de un tsunami como una garra inmensa que amenaza a unos ínfimos pescadores nipones en un bote como una cáscara de plátano. Los otros empleados incluían a un chef japonés graduado tras cinco años de universidad sobre química orgánica y anatomía de los peces venenosos comestibles, una bartender de la campiña galesa idéntica a Phoebe la de Friends, una sudafricana llena de historias tangencialmente eróticas, una mexicana que era la mamá de todos nosotros y así en sucesión inverosímil hasta el infinito. Como yo era el único “gringo”, los chef decidieron que si caía la migra todos corrían menos yo, que me haría cargo de las explicaciones. El gerente japonés estuvo muy de acuerdo y se felicitó por la buena contratación que había hecho. Todo lo que gané en esa temporada, menos los taxes que me quitaba el gobierno a cambio de mi ficticia ciudadanía, lo invertía rigurosamente en cerveza, o bourbon cuando estaba muy empachado del lúpulo. Poco después me enteré que en la isla vivía otro tico, que se dedicaba a trabajar las nasas para la pesca de langosta. Intenté contactarlo y que nos viéramos y nos tomáramos algo y cantáramos la patriótica, pero nunca lo logré. Sospecho que me despreciaba porque mi “mojazón” era para mí, claramente, una aventura, mientras que para él tal vez fuera una última opción y oportunidad.

Hipotermia de Álvaro Enrigue (México, 1969) es una colección de cuentos que elabora el significado de este tipo de viaje. Los personajes de Enrigue, que en general son versiones veladas de sí mismo, emigran a Estados Unidos. Son usualmente intelectuales venidos a menos, digamos que proletarios del intelecto, pero nunca simplemente proletarios, nunca forzados a emigrar, siempre emigrantes voluntarios. En varios casos hay un matrimonio de por medio, un matrimonio que siempre se siente como una especie de imposición, de condena. A veces un matrimonio con una norteamericana – el libro está dedicado a la güera Huntington – que es el camino a la ciudadanía y al green card. De ese matrimonio nacen hijos que amarran al personaje sin que este se pueda explicar bien como a llegado a esa situación, como alguien que de pronto se da cuenta que esta atrapado en medio del mal clima. Este personaje, que es todos los personajes del libro, tiene algo de salvaje, de indómito, o por lo menos, en los casos en que es menos evidente, trata de convencerse a sí mismo de que lo es. Para estos personajes el sexo y la caza son el estado natural del hombre, y la familia y el matrimonio son obstáculos para ese estado natural, como ejemplifica impresionantemente Meteoros. Pero a la vez, también son hombres románticos que idealizan y creen en el bien supremo de la familia, que imaginan, con temor, a los hombres solitarios como náufragos de razas que se extinguen, los últimos salvajes que terminan sus vidas como piezas de museos, como en la sección Grandes Finales. Hay, en los cuentos de Enrigue, una dialéctica constante entre lo salvaje y lo doméstico. Añorar los salvaje que llevamos dentro, que nos lleva al sexo, que a su vez es la salvación (Retorno a la ciudad del ligue), y añorar la compañía de la familia y el amor verdadero y profundo, que cuando se pierde, mata (Salida de la ciudad de los suicidas). Esa visión antagónica y terrible del sexo la encapsula Enrigue en algunas frases:

“Las suizas, como las gringas, tienen una noción infantil de la belleza: quieren ser bonitas, no letales. (…) No saben que el cuerpo es un puro tránsito a cadáver y la seducción un juego de asesinos.” p.153

Aquí hay que aventurar, por la insistencia de los temas, en cuentos que abarcan ocho años (1996-2004) y que se conectan en una cronología que abarca el romance, matrimonio, emigración, procreación, divorcio y regreso, que Enrigue es de los escritores que se apoyan para escribir en la memoria y no necesariamente en la imaginación –se entiende que aquí lo que hay es preferencia y no divorcio-. El mismo Enrigue nos dice en dos ocasiones: “Contar es dibujar con el dedo en la ceniza que dejan los fuegos de la experiencia”[p. 47] y “Recordar, como narrar, es poner orden donde nunca hubo”[p. 23]. Más allá que la invención de la historia, lo que le interesa es usar la historia para investigar los problemas que le atañen íntimamente, los de la vida cotidiana de un hombre casado o divorciado. Hablar de cosas que le importan a uno tiene la ventaja de que sin mucho esfuerzo se gana la atención y empatía del lector, cosa que es difícil lograr con el mero artificio, el final sorpresa o las otras tramoyas que en la actualidad se hacen pasar por cuentos y que difícilmente cumplen con los requisitos mínimos del más craso entretenimiento. El que no escribe de lo que siente, de lo que ha visto o vivido o de las cosas que le importan no busca la verdad profunda que ofrece la ficción y el arte en general y es, finalmente, más un saltimbanqui que un escritor.

Una de las cosas que descubre un personaje del cuento Mugre es que los gringos no lo consideran “blanco”, por mucho que en su tierra sea criollo y blanco, en Estados Unidos no lo es, por mucho que sea de clase media alta y que lo hayan criado su chofer y las sirvientas, por mucho que haya escuchado música en inglés toda su vida, un mojado es un mojado, y un latino es un latino y ninguno de los dos son un gringo. Ese personaje, que se extraña de ver con que facilidad viven unos gordos mexicanos más simples que él, que enfrentan la vida sin preguntas con naturalidad y los filma extrañado de su comportamiento en la nieve, sumido en la autorreflexión, es un candidato perfecto para la hipotermia. Los otros, en cambio, serán mexicanos siempre, estén donde estén, el frío no los afecta.

Durante mi periodo en Kyushu solo la más obtusa ignorancia lingüística podía crear la ilusión, dentro la burbuja políglota y confundida del personal, de que yo era gringo. Los gringos en cambio, estaban seguros de que no lo era, podía ser un pirata borracho, un native american, un spic, un costarrican, pero nunca gringo. Cuando regresé, pedí un tax return y el gobierno gringo, en una última, inexplicable concesión, me devolvió los impuestos que me había cobrado. No querían nada de mí; propenso como era a la hipotermia, no era material para el melting pot. Comprendí finalmente que las nacionalidades no son un criterio de aglutinamiento, sino uno de exclusión. El otro tico, arreglando nasas para pescar el Surf and Turf que servirían en el Marriot por la noche, y yo, que escribo estás líneas sobre él, seríamos, para siempre, irremediablemente ticos, como Enrigue es mexicano.

Lo anterior es un resumen, click aquí para mostrar la nota completa>>

El sentido de la vida - David Foster Wallace

David Foster Wallace en su discurso inaugural para la graduación de 2005 en Kenyon College; sobre cómo la educación lo que busca es darnos capacidad para la compasión y la empatía y sobre cómo vivir significativamente implica escoger constantemente a qué se le presta atención y como se construye el sentido desde la experiencia vivida.


Este texto, de apenas cinco cuartillas, ejemplifica perfectamente el tipo de escritor que demuestra ser Foster Wallace en casi toda su obra escrita. En la era del cinismo y la ironía, siendo la punta de lanza de la generación postmoderna, cuyo estandarte es la burla y la distancia y la pirueta, Foster Wallace continuamente se arriesgaba a hablar sobre las emociones humanas que conforman la gran literatura, sobre nuestros deberes morales como seres humanos y sobre el sentido de nuestra vida. En nuestra época esa es la verdadera postura rebelde, la postura que requiere valor. Entenderlo, como sólo lo puede entender alguien que sabe sufrir, y decirlo -porque si no se comparte, nada vale saberlo- para que nuestra vida no se pierda en el espectáculo deslumbrante, superficial y frío que es el desfile de imágenes y datos de la contemporaneidad.

David Foster Wallace, May 21, 2005

(If anybody feels like perspiring [cough], I'd advise you to go ahead, because I'm sure going to. In fact I'm gonna [mumbles while pulling up his gown and taking out a handkerchief from his pocket].) Greetings ["parents"?] and congratulations to Kenyon's graduating class of 2005. There are these two young fish swimming along and they happen to meet an older fish swimming the other way, who nods at them and says "Morning, boys. How's the water?" And the two young fish swim on for a bit, and then eventually one of them looks over at the other and goes "What the hell is water?"

This is a standard requirement of US commencement speeches, the deployment of didactic little parable-ish stories. The story ["thing"] turns out to be one of the better, less bullshitty conventions of the genre, but if you're worried that I plan to present myself here as the wise, older fish explaining what water is to you younger fish, please don't be. I am not the wise old fish. The point of the fish story is merely that the most obvious, important realities are often the ones that are hardest to see and talk about. Stated as an English sentence, of course, this is just a banal platitude, but the fact is that in the day to day trenches of adult existence, banal platitudes can have a life or death importance, or so I wish to suggest to you on this dry and lovely morning.

Of course the main requirement of speeches like this is that I'm supposed to talk about your liberal arts education's meaning, to try to explain why the degree you are about to receive has actual human value instead of just a material payoff. So let's talk about the single most pervasive cliché in the commencement speech genre, which is that a liberal arts education is not so much about filling you up with knowledge as it is about quote teaching you how to think. If you're like me as a student, you've never liked hearing this, and you tend to feel a bit insulted by the claim that you needed anybody to teach you how to think, since the fact that you even got admitted to a college this good seems like proof that you already know how to think. But I'm going to posit to you that the liberal arts cliché turns out not to be insulting at all, because the really significant education in thinking that we're supposed to get in a place like this isn't really about the capacity to think, but rather about the choice of what to think about. If your total freedom of choice regarding what to think about seems too obvious to waste time discussing, I'd ask you to think about fish and water, and to bracket for just a few minutes your skepticism about the value of the totally obvious.

Here's another didactic little story. There are these two guys sitting together in a bar in the remote Alaskan wilderness. One of the guys is religious, the other is an atheist, and the two are arguing about the existence of God with that special intensity that comes after about the fourth beer. And the atheist says: "Look, it's not like I don't have actual reasons for not believing in God. It's not like I haven't ever experimented with the whole God and prayer thing. Just last month I got caught away from the camp in that terrible blizzard, and I was totally lost and I couldn't see a thing, and it was fifty below, and so I tried it: I fell to my knees in the snow and cried out 'Oh, God, if there is a God, I'm lost in this blizzard, and I'm gonna die if you don't help me.'" And now, in the bar, the religious guy looks at the atheist all puzzled. "Well then you must believe now," he says, "After all, here you are, alive." The atheist just rolls his eyes. "No, man, all that was was a couple Eskimos happened to come wandering by and showed me the way back to camp."

It's easy to run this story through kind of a standard liberal arts analysis: the exact same experience can mean two totally different things to two different people, given those people's two different belief templates and two different ways of constructing meaning from experience. Because we prize tolerance and diversity of belief, nowhere in our liberal arts analysis do we want to claim that one guy's interpretation is true and the other guy's is false or bad. Which is fine, except we also never end up talking about just where these individual templates and beliefs come from. Meaning, where they come from INSIDE the two guys. As if a person's most basic orientation toward the world, and the meaning of his experience were somehow just hard-wired, like height or shoe-size; or automatically absorbed from the culture, like language. As if how we construct meaning were not actually a matter of personal, intentional choice. Plus, there's the whole matter of arrogance. The nonreligious guy is so totally certain in his dismissal of the possibility that the passing Eskimos had anything to do with his prayer for help. True, there are plenty of religious people who seem arrogant and certain of their own interpretations, too. They're probably even more repulsive than atheists, at least to most of us. But religious dogmatists' problem is exactly the same as the story's unbeliever: blind certainty, a close-mindedness that amounts to an imprisonment so total that the prisoner doesn't even know he's locked up.

The point here is that I think this is one part of what teaching me how to think is really supposed to mean. To be just a little less arrogant. To have just a little critical awareness about myself and my certainties. Because a huge percentage of the stuff that I tend to be automatically certain of is, it turns out, totally wrong and deluded. I have learned this the hard way, as I predict you graduates will, too.

Here is just one example of the total wrongness of something I tend to be automatically sure of: everything in my own immediate experience supports my deep belief that I am the absolute center of the universe; the realist, most vivid and important person in existence. We rarely think about this sort of natural, basic self-centeredness because it's so socially repulsive. But it's pretty much the same for all of us. It is our default setting, hard-wired into our boards at birth. Think about it: there is no experience you have had that you are not the absolute center of. The world as you experience it is there in front of YOU or behind YOU, to the left or right of YOU, on YOUR TV or YOUR monitor. And so on. Other people's thoughts and feelings have to be communicated to you somehow, but your own are so immediate, urgent, real.

Please don't worry that I'm getting ready to lecture you about compassion or other-directedness or all the so-called virtues. This is not a matter of virtue. It's a matter of my choosing to do the work of somehow altering or getting free of my natural, hard-wired default setting which is to be deeply and literally self-centered and to see and interpret everything through this lens of self. People who can adjust their natural default setting this way are often described as being "well-adjusted", which I suggest to you is not an accidental term.

Given the triumphant academic setting here, an obvious question is how much of this work of adjusting our default setting involves actual knowledge or intellect. This question gets very tricky. Probably the most dangerous thing about an academic education -- least in my own case -- is that it enables my tendency to over-intellectualize stuff, to get lost in abstract argument inside my head, instead of simply paying attention to what is going on right in front of me, paying attention to what is going on inside me.

As I'm sure you guys know by now, it is extremely difficult to stay alert and attentive, instead of getting hypnotized by the constant monologue inside your own head (may be happening right now). Twenty years after my own graduation, I have come gradually to understand that the liberal arts cliché about teaching you how to think is actually shorthand for a much deeper, more serious idea: learning how to think really means learning how to exercise some control over how and what you think. It means being conscious and aware enough to choose what you pay attention to and to choose how you construct meaning from experience. Because if you cannot exercise this kind of choice in adult life, you will be totally hosed. Think of the old cliché about quote the mind being an excellent servant but a terrible master.

This, like many clichés, so lame and unexciting on the surface, actually expresses a great and terrible truth. It is not the least bit coincidental that adults who commit suicide with firearms almost always shoot themselves in: the head. They shoot the terrible master. And the truth is that most of these suicides are actually dead long before they pull the trigger.

And I submit that this is what the real, no bullshit value of your liberal arts education is supposed to be about: how to keep from going through your comfortable, prosperous, respectable adult life dead, unconscious, a slave to your head and to your natural default setting of being uniquely, completely, imperially alone day in and day out. That may sound like hyperbole, or abstract nonsense. Let's get concrete. The plain fact is that you graduating seniors do not yet have any clue what "day in day out" really means. There happen to be whole, large parts of adult American life that nobody talks about in commencement speeches. One such part involves boredom, routine, and petty frustration. The parents and older folks here will know all too well what I'm talking about.

By way of example, let's say it's an average adult day, and you get up in the morning, go to your challenging, white-collar, college-graduate job, and you work hard for eight or ten hours, and at the end of the day you're tired and somewhat stressed and all you want is to go home and have a good supper and maybe unwind for an hour, and then hit the sack early because, of course, you have to get up the next day and do it all again. But then you remember there's no food at home. You haven't had time to shop this week because of your challenging job, and so now after work you have to get in your car and drive to the supermarket. It's the end of the work day and the traffic is apt to be: very bad. So getting to the store takes way longer than it should, and when you finally get there, the supermarket is very crowded, because of course it's the time of day when all the other people with jobs also try to squeeze in some grocery shopping. And the store is hideously lit and infused with soul-killing muzak or corporate pop and it's pretty much the last place you want to be but you can't just get in and quickly out; you have to wander all over the huge, over-lit store's confusing aisles to find the stuff you want and you have to maneuver your junky cart through all these other tired, hurried people with carts (et cetera, et cetera, cutting stuff out because this is a long ceremony) and eventually you get all your supper supplies, except now it turns out there aren't enough check-out lanes open even though it's the end-of-the-day rush. So the checkout line is incredibly long, which is stupid and infuriating. But you can't take your frustration out on the frantic lady working the register, who is overworked at a job whose daily tedium and meaninglessness surpasses the imagination of any of us here at a prestigious college.

But anyway, you finally get to the checkout line's front, and you pay for your food, and you get told to "Have a nice day" in a voice that is the absolute voice of death. Then you have to take your creepy, flimsy, plastic bags of groceries in your cart with the one crazy wheel that pulls maddeningly to the left, all the way out through the crowded, bumpy, littery parking lot, and then you have to drive all the way home through slow, heavy, SUV-intensive, rush-hour traffic, et cetera et cetera.

Everyone here has done this, of course. But it hasn't yet been part of you graduates' actual life routine, day after week after month after year.

But it will be. And many more dreary, annoying, seemingly meaningless routines besides. But that is not the point. The point is that petty, frustrating crap like this is exactly where the work of choosing is gonna come in. Because the traffic jams and crowded aisles and long checkout lines give me time to think, and if I don't make a conscious decision about how to think and what to pay attention to, I'm gonna be pissed and miserable every time I have to shop. Because my natural default setting is the certainty that situations like this are really all about me. About MY hungriness and MY fatigue and MY desire to just get home, and it's going to seem for all the world like everybody else is just in my way. And who are all these people in my way? And look at how repulsive most of them are, and how stupid and cow-like and dead-eyed and nonhuman they seem in the checkout line, or at how annoying and rude it is that people are talking loudly on cell phones in the middle of the line. And look at how deeply and personally unfair this is.

Or, of course, if I'm in a more socially conscious liberal arts form of my default setting, I can spend time in the end-of-the-day traffic being disgusted about all the huge, stupid, lane-blocking SUV's and Hummers and V-12 pickup trucks, burning their wasteful, selfish, forty-gallon tanks of gas, and I can dwell on the fact that the patriotic or religious bumper-stickers always seem to be on the biggest, most disgustingly selfish vehicles, driven by the ugliest [responding here to loud applause] (this is an example of how NOT to think, though) most disgustingly selfish vehicles, driven by the ugliest, most inconsiderate and aggressive drivers. And I can think about how our children's children will despise us for wasting all the future's fuel, and probably screwing up the climate, and how spoiled and stupid and selfish and disgusting we all are, and how modern consumer society just sucks, and so forth and so on.

You get the idea.

If I choose to think this way in a store and on the freeway, fine. Lots of us do. Except thinking this way tends to be so easy and automatic that it doesn't have to be a choice. It is my natural default setting. It's the automatic way that I experience the boring, frustrating, crowded parts of adult life when I'm operating on the automatic, unconscious belief that I am the center of the world, and that my immediate needs and feelings are what should determine the world's priorities.

The thing is that, of course, there are totally different ways to think about these kinds of situations. In this traffic, all these vehicles stopped and idling in my way, it's not impossible that some of these people in SUV's have been in horrible auto accidents in the past, and now find driving so terrifying that their therapist has all but ordered them to get a huge, heavy SUV so they can feel safe enough to drive. Or that the Hummer that just cut me off is maybe being driven by a father whose little child is hurt or sick in the seat next to him, and he's trying to get this kid to the hospital, and he's in a bigger, more legitimate hurry than I am: it is actually I who am in HIS way.

Or I can choose to force myself to consider the likelihood that everyone else in the supermarket's checkout line is just as bored and frustrated as I am, and that some of these people probably have harder, more tedious and painful lives than I do.

Again, please don't think that I'm giving you moral advice, or that I'm saying you are supposed to think this way, or that anyone expects you to just automatically do it. Because it's hard. It takes will and effort, and if you are like me, some days you won't be able to do it, or you just flat out won't want to.

But most days, if you're aware enough to give yourself a choice, you can choose to look differently at this fat, dead-eyed, over-made-up lady who just screamed at her kid in the checkout line. Maybe she's not usually like this. Maybe she's been up three straight nights holding the hand of a husband who is dying of bone cancer. Or maybe this very lady is the low-wage clerk at the motor vehicle department, who just yesterday helped your spouse resolve a horrific, infuriating, red-tape problem through some small act of bureaucratic kindness. Of course, none of this is likely, but it's also not impossible. It just depends what you what to consider. If you're automatically sure that you know what reality is, and you are operating on your default setting, then you, like me, probably won't consider possibilities that aren't annoying and miserable. But if you really learn how to pay attention, then you will know there are other options. It will actually be within your power to experience a crowded, hot, slow, consumer-hell type situation as not only meaningful, but sacred, on fire with the same force that made the stars: love, fellowship, the mystical oneness of all things deep down.

Not that that mystical stuff is necessarily true. The only thing that's capital-T True is that you get to decide how you're gonna try to see it.

This, I submit, is the freedom of a real education, of learning how to be well-adjusted. You get to consciously decide what has meaning and what doesn't. You get to decide what to worship.

Because here's something else that's weird but true: in the day-to day trenches of adult life, there is actually no such thing as atheism. There is no such thing as not worshipping. Everybody worships. The only choice we get is what to worship. And the compelling reason for maybe choosing some sort of god or spiritual-type thing to worship -- be it JC or Allah, bet it YHWH or the Wiccan Mother Goddess, or the Four Noble Truths, or some inviolable set of ethical principles -- is that pretty much anything else you worship will eat you alive. If you worship money and things, if they are where you tap real meaning in life, then you will never have enough, never feel you have enough. It's the truth. Worship your body and beauty and sexual allure and you will always feel ugly. And when time and age start showing, you will die a million deaths before they finally grieve you. On one level, we all know this stuff already. It's been codified as myths, proverbs, clichés, epigrams, parables; the skeleton of every great story. The whole trick is keeping the truth up front in daily consciousness.

Worship power, you will end up feeling weak and afraid, and you will need ever more power over others to numb you to your own fear. Worship your intellect, being seen as smart, you will end up feeling stupid, a fraud, always on the verge of being found out. But the insidious thing about these forms of worship is not that they're evil or sinful, it's that they're unconscious. They are default settings.

They're the kind of worship you just gradually slip into, day after day, getting more and more selective about what you see and how you measure value without ever being fully aware that that's what you're doing.

And the so-called real world will not discourage you from operating on your default settings, because the so-called real world of men and money and power hums merrily along in a pool of fear and anger and frustration and craving and worship of self. Our own present culture has harnessed these forces in ways that have yielded extraordinary wealth and comfort and personal freedom. The freedom all to be lords of our tiny skull-sized kingdoms, alone at the center of all creation. This kind of freedom has much to recommend it. But of course there are all different kinds of freedom, and the kind that is most precious you will not hear much talk about much in the great outside world of wanting and achieving and [unintelligible -- sounds like "displayal"]. The really important kind of freedom involves attention and awareness and discipline, and being able truly to care about other people and to sacrifice for them over and over in myriad petty, unsexy ways every day.

That is real freedom. That is being educated, and understanding how to think. The alternative is unconsciousness, the default setting, the rat race, the constant gnawing sense of having had, and lost, some infinite thing.

I know that this stuff probably doesn't sound fun and breezy or grandly inspirational the way a commencement speech is supposed to sound. What it is, as far as I can see, is the capital-T Truth, with a whole lot of rhetorical niceties stripped away. You are, of course, free to think of it whatever you wish. But please don't just dismiss it as just some finger-wagging Dr. Laura sermon. None of this stuff is really about morality or religion or dogma or big fancy questions of life after death.

The capital-T Truth is about life BEFORE death.

It is about the real value of a real education, which has almost nothing to do with knowledge, and everything to do with simple awareness; awareness of what is so real and essential, so hidden in plain sight all around us, all the time, that we have to keep reminding ourselves over and over:

"This is water."

"This is water."

It is unimaginably hard to do this, to stay conscious and alive in the adult world day in and day out. Which means yet another grand cliché turns out to be true: your education really IS the job of a lifetime. And it commences: now.

I wish you way more than luck.

Lo anterior es un resumen, click aquí para mostrar la nota completa>>