Fragmentos de la tierra prometida, Fernando Contreras




El microrrelato, como la poesía, es un género para maestros y el vehículo natural del microrrelato es el tuit, no el libro.

Fragmentos de la tierra prometida Fernando Contreras
Editorial Legado, 2012
120 pp.


Advertencia: Tengo un serio prejuicio en contra de los "microrrelatos", tanto en teoría como en la práctica.

En la práctica, pienso que, al igual que la poesía, son un género para los maestros, y que cuando no son geniales, son catastróficos.

En teoría, el microrrelato no es, no debería ser, para merecer ese nombre nuevo, un chiste, un poema, un aforismo o un eslogan -esto lo dice Contreras en su Proemio-. Sin embargo, la mayoría de las veces eso es lo que son. Muchas otras, cuando el chiste sale mal o el poema no cuaja, lo que queda es como un tuit de cuando uno está de goma. Hasta ahora la imposibilidad de definir explícitamente el microrrelato y de separarlo de otras categorías genéricas recuerda la definición que hacen Harmon y Holman del poema en prosa: "El punto parece ser que un escrito en prosa, aún el más prosaico, es un poema si el autor dice que lo es." Igualmente parece ser que un escrito en prosa de poca extensión es un microrrelato si su autor dice que lo es. Este tipo de invento genérico es innecesario y va en detrimento de la lectura de la prosa fragmentaria porque predispone al lector hacia la narratividad y hacia la elipsis y casi la totalidad de los casos resulta ser publicadad engañosa.

En el caso de Fragmentos de la tierra prometida, desde el inicio se nos advierte que estos son microrrelatos, y así los empezamos a leer, con desilusión: algunos son lapidarias sentencias borgianas, otros son slogans ideológicos, otros boutades o puyas ingeniosas. El efecto es desparejo, pero finalmente, con la lectura de la primera mitad se deja entrever la verdadera intención del libro. Los fragmentos -porque verdaderamente eso es lo que son- van formando una historia corta sobre un futuro distópico en el que las políticas y el sistema actual nos han llevado a cumplimiento de todas las profecías apocalípticas que conocemos: calentamiento global, efecto invernadero, militarización de la lucha de clases, alimentos transgénicos venenosos, epidemias causadas por las prácticas agrícolas, etc.

Ese es quizá el resultado más satisfactorio del libro: tenemos un panorama fraccionado de una historia sobre un futuro cercano posapocalíptico. Queda claro entonces que esto no es un libro de microrrelatos, sino un cuento largo contado en fragmentos, sin trama, un cuento atmosférico, digamos. Ya eso es bueno porque podemos abandonar la incómoda pretensión de que los títulos al principio de cada página nueva y una declaración de principios liminar convierten a unos párrafos en unidades narrativas separadas.

En cuanto al relato de ciencia ficción que nace de los fragmentos se podría decir lo siguiente: Tenemos el escenario, las premisas del mundo, que es algo que toda historia de ciencia ficción debe proveer, pero no tenemos historia, ni a los personajes. Hay anécdotas, sí, le pasan cosas terribles a mucha gente, pero no a alguna en particular y resulta entonces que las historias no logran mayor repercusión emocional.


Recientemente leí Oryx y Crake, de Margaret Atwood, que se sitúa en un futuro distópico cercano, en un mundo muy parecido al de este libro: hay enclaves privilegiados protegidos por militares, grupos nómadas, modificación genética de alimentos, etc. En la novela de Atwood, sin embargo, la construcción de este mundo es apenas el comienzo de la novela, es apenas la utilería y el tinglado. La novela en sí tiene que ver con un sobreviviente que le cuenta a los nuevos humanos sobre el "viejo mundo" y que trata de sobrevivir en ese mundo, para él terrible. Tiene que ver también con un triángulo amoroso entre el "creador" de esa nueva raza, su amigo, y la novia de ambos.

En literatura toda comparación es injusta, y que cada libro se evalúa por sus propios méritos, pero en Oryx y Crake se ve lo que se puede hacer con ideas como las que contiene, en forma de anotación, Fragmentos de la tierra prometida.

Uno se queda pensando cómo habría sido esta historia si un grupo de esos fragmentos se hubiera usado para narrar, aunque fuera oblicuamente, la historia de algún personaje específico atrapado en ese mundo. Finalmente el efecto que logra Fragmentos es el de "predicarle a los convertidos": sí, ya sabemos qué resultado tendrá el calentamiento global; sí, ya sabemos la fragilidad que producen las prácticas agrícolas contemporáneas. Nos hubiera gustado saber a profundidad, sin embargo, que se siente vivir en un mundo así; ser humano en ese futuro terrible. La ideología, por sí sola, no es literatura; y el microrrelato es como el adjetivo de Huidobro, cuando no da vida, mata.


6 Comments:

Alexánder Obando said...

Juego, tentativamente, de abogado del diablo. Juan: ¿qué pasaría con una novela como "Diario de una multitud" de Carmen Naranjo ante una crítca como la que le hacés al libro de Contreras? ¿Podemos decir que la obra de Carmen es también una suerte de conjunto de fragmentos sin narración central y sin personajes desarrollados? Recuerdo que esa novela (la leí en el 76) tiene una gran cantidad de fragmentos que son, en el mejor de los casos, monólogos de unas cuantas páginas. Y los personajes y sus historias no se repiten. Es un concierto de muchas voces donde ninguna es central ni sirve de marco de referencia para crear una fábula o historia primaria que nos guíe a lo largo de la novela.

Pregunto lo anterior porque me parece --según lo que nos describís-- que Fernando Contreras ha intentado un experimento que podría no ser tan inane para otros. Obviamente conjeturo porque no he leído el texto, pero quería hacer este contraste a ver qué pensás, dado que ya ha pasado en Costa Rica que un jurado de algún concurso de monta le ha negado el premio a una novela aduciendo que no tiene una temática central, que no cuenta una historia.

Saludo.

juan murillo said...

Sí, el Diario de una multitud, como muchas otras novelas y muchísimos cuentos está compuesta de fragmentos. Ahí no hay ningún problema.

El problema es que la narración total se queda en lo que en CF se llama la "creación del mundo", que es una etapa preparatoria. Considerando que el mundo creado es una extrapolación directa de lo que son amenazas presentes, tampoco hay mucho trabajo especulativo, que digamos.

El problema de los fragmentos como tales, si uno quisiera considerarlos individualmente, es que muchos no logran superar un cierto umbral de calidad.

Un ejemplo de un fragmento que no lo logra:

"Logró vivir un par de días de sus ahorros: se comió los billetes que guardaba en una caja fuerte."

También hay algunos fragmentos memorables y que incluso podrían calificar de microrrelato (como narración elíptica):

"Viendo las fotos que guardo y defendería con mi vida, me pregunto, ¿en verdad son mios estos recuerdos?"

La primera categoría es más abundante que la segunda.

juan murillo said...

Adicionalmente, Álex, me gustaría mencionar que la falta de desarrollo -y aquí me refiero a la literatura costarricenses como un todo- no es intrinsecamente una virtud, es una restricción autoimpuesta, en ocasiones, y en otras un defecto o una incapacidad.

Conmover o convencer a un lector en tres líneas es notoriamente más difícil que hacerlo con cuarenta o con cuatrocientas. Hacerlo sin personajes, ni historia -en sentido lato, incluso-, es notoriamente más difícil que hacerlo usando todas las herramientas a disposición de los narradores.

Notoriamente, el modo de lograr esto es escribiendo poesía, de la cual siempre hay mucha fallida, por esas mismas razones.

Hacer algo genial, o incluso bueno, en narrativa, en extensiones muy reducidas, es algo que se ve muy, muy de vez en cuando.

Guillermo Ávila Colina said...

Me queda la duda sobre la verdadera intención del libro. ¿Es realmente un experimento sobre fragmentación de una historia más grande? ¿Será simplemente un conjunto de microrelatos, agrupados bajo el criterio de pertenecer a un mundo que no es descrito sino descubierto en dichos fragmentos?

Imagino trozos de arcilla, sean vasijas, ídolos, decoraciones de paredes, pedazos recogidos por un arqueólogo para reconstruir la historia. En arqueología, la historia reconstruida puede que no tenga trama. En ese caso, se reconstruye el mundo, y con sólo eso el arqueólogo es feliz.

Dando ese beneficio, el de la duda sobre la intención del conjunto de fragmentos, sólo queda revisar cada fragmento y sabor de boca al final de la lectura. ¿Será que la calidad variopinta de los fragmentos tiene un propósito? ¿O será que hay más fragmentos de los que deberían estar?

Sentenciero said...

Ponés la palabra "prejuicio" al inicio de la reseña, pero, seamos claros: el microrrelato bueno escasea ostensiblemente, suele ser producto de la pereza, la chapucería y el descuido. Eso es menos prejuicio que estadística. Y, claro, como que ha habido una horrible moda de malos escritores que no pueden desarrollar un par de párrafos con alguna ilación. Para qué, si pueden escribir un parrafito ingenioso, y listo. No me refiero a este libro que no he leído, sino a lo que sí he leído.

juan murillo said...

Imposible de saber a menos que uno le pregunte a Fernando Contreras, Guillermo Ávila, de otro modo solo queda esa especie de arqueología que es la lectura, con el beneficio de que los lectores, finalmente, no necesitamos estar de acuerdo.

Pasa mucho últimamente, Guillermo, por pereza, pareciera, y entonces uno se pregunta, ¿para que fatigar las prensas con obras compuestas de líneas sueltas?, si para eso existe Twitter.