Recuento del 2011: literatura costarricense




Esta es la nota de fin de año en la que repasamos la producción de literatura tica en el 2011, publicada en La Nación el 27 de diciembre. El original está aquí.

Recuento del 2011: literatura costarricense


Este año, los narradores costarricenses no produjeron, ni en lo estilístico ni en lo temático, obras que descollaran por su calidad inusitada o evidente importancia.

Entre las tendencias transformadoras de este año está la efervescencia visible de la ficción especulativa (fantasía, ciencia ficción, terror). Se editaron tres antologías: Objeto no identificado y otros cuentos de ciencia ficción, Aquelarre y Telarañas. En novela de fantasía se publicó Eterna, de Gustavo Zéfiro, y la segunda parte de El Símbolo de Cristal, de Fabián Porras, que fue el superventas de la literatura nacional este año.

Sobresale este año además la publicación de importantes compilaciones de poesía de autores nacidos después de 1965 cuyas voces se sienten ya definitivas, maduras –Luis Chaves, Alfredo Trejos, Joan Bernal– y que conforman la denominada “antipoesía” costarricense, un movimiento espontáneo que ha buscado alejarse de la poesía incomprensible para producir poemas más cotidianos y accesibles al lector promedio.

Además, como caja de resonancia al debate del matrimonio igualitario y los derechos de las minorías sexuales, en la temática LGBT ( lesbianas, gais, bisexuales y transgénero) se publicaron En la piel de la mentira, de José Otilio Umaña; Heterocity, del salvadoreño Mauricio Orellana Suárez, y Mundo cruel, del portorriqueño Luis Negrón.

Como todos los años, entre lo publicado en el 2011 hay altos y bajos.

Bajos:Capullito de alhelí, de Eduardo Avilés Montoya, es una novela sobre un hombre que nace sin pene. La premisa podía haberse desarrollado como exploración a través de la empatía de las consecuencias emocionales de esta situación, o un retrato simbólico de lo que sería la vida de un hombre sin pene en lo que el feminismo ha denominado la “falocracia”. Avilés en cambio opta por una sátira ligera que raya en la comedia fácil –incluye un polómetro, por ejemplo– cuyo comentario social es tan inane que ni indigna ni causa risa.

Bajo la lluvia Dios no existe, de Warren Ulloa, tiene un ritmo narrativo veloz y un final melodramático, pero también es en partes inverosímil, ingenua, monocorde o exagerada. Sus adolescentes de clase media alta son catálogos de xenofobia, rencor de clase, machismo, cinismo, crueldad y desprecio generalizado, o delincuentes juveniles con bocas como cloacas.

Esas desproporciones efectistas pretenden representar el espíritu rebelde juvenil, pero terminan propagando los prejuicios más enquistados y anacrónicos de nuestra sociedad en boca de la generación que podría cambiarlos.

Déjame morir, de Jacques Sagot, es una colección de microcuentos de terror que da la sensación de haber sido escrita a mediados de siglo XIX. El tema del horror decadentista, combinado con un estilo igualmente anticuado, produce como resultado un libro cursi que ignora el desarrollo de los horrores verdaderos del siglo XX que impide a los autores actuales tratar de espantar al lector con esta especie de diletantismo gótico de raquítico aliento.

Altos: 300, de Rafael Cuevas Molina, es una novela coral cuya estructura recuerda a Los detectives salvajes. Aporta literalmente múltiples voces que dan vida al esqueleto de los archivos descubiertos en Guatemala en el 2005 referentes a desapariciones, tortura y masacres. No interesarse por este tipo de libro es vivir en un túnel imaginario, precisamente la actitud que propicia que estas historias atroces se repitan.

Vehículos pesados y Cine en los sótanos, de Alfredo Trejos, dan testimonio de la voz madura, poderosa y personal de uno de los poetas más entrañables de Costa Rica en el mejor momento de su producción. Estos poemas personales, que no tienen pudor de hurgar en los defectos o carencias del poeta, más con humor negro que con patetismo, están escritos con sobrado ingenio en una combinación de lenguaje llano y referencias culturales pop.

El luto de la libélula, de Alfonso Chacón, es una novela que explora, con inteligencia y sin sentimentalismo, los conflictos que generan los roles de género tradicionales mediante una trama genérica. De estructura fragmentaria y estilo idiosincrático, es un refinamiento de un trabajo que Chacón viene desarrollando sin aspavientos desde los noventa. No es, como dice el escritor Froilán Escobar en la contratapa, “...avasallador. Desde que arranca”, pero sí es interesante y vale la pena acercarse.




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Contra Jonathan Franzen




Este era un comentario a la crítica de María Helena Barrera-Agarwal publicada en Hermano Cerdo sobre el árticulo de Franzen, pero como es algo que recurre y sobre lo que ya he comentado antes en otros lugares, lo voy a colgar acá.



Contra Jonathan Franzen


El artículo de Franzen sobre Edith Wharton, “A rooting interest” —del que viene está frase que posiblemente lo persiga hasta su tumba: “[Edith Warthon] podría muy bien ser más congenial para nosotros hoy si, además de sus otros privilegios, hubiese lucido como Grace Kelly o Jackeline Kennedy”— es fácilmente el peor de los incluidos en el New Yorker de Feb. 13 & 20.

Entre los otros artículos hay uno sobre un hombre que recibió un transplante de cara, uno sobre un plagiarista compulsivo y uno sobre un publicista mercenario que se dedica a hacer anuncios negativos para partidos políticos en EE.UU. -lo que se conoce allá como "character assasination". Todos estos textos tienen un tratamiento humano de los sujetos sobre los que versan. Todos, menos el de Franzen. Pareciera que en el New Yorker, deslumbrados por su celebridad, cuando Franzen les envía algo, nadie verifica si es o no una sandez que valga la pena imprimir; un privilegio que tiene, por suerte para los lectores del New Yorker, sólo Franzen.

Este no es su punto bajo, sin embargo. Ese honor está reservado para su artículo “Farther Away” en el que acusa a su difunto mejor amigo, David Foster Wallace, entre otras cosas horribles que nadie diría de un enemigo que acaba de morir, que su suicidio fue una movida para avanzar su carrera literaria, para luego explicar, increíblemente, que su decisión de dejar el antidepresivo cuya ausencia causó el episodio suicida, se debía al "deseo perfeccionista" de no ser dependiente de las drogas y a la "aversión narcisista" a verse a si mismo como enfermo mental.

En “Farther Away” vemos un extremo de insensibilidad y crueldad que de encontrarlo en una ficción nos parecería inverosímil. Lo irónico es que en ese mismo artículo Franzen se presenta a si mismo como un tipo sensible, citando en defensa de esta autopercepción su afición por ornitológica, su costumbre de llevar diarios y sus vacaciones exóticas en islas de fama literaria.

Lo que queda claro, tanto en el artículo de Wallace como en el de Wharton, es que Franzen carece de empatía para con los sujetos sobre los que escribe, y asume que sus lectores sufren de exactamente la misma deficiencia -un problema típicamente narcisista. A eso se debe el tema principal de este artículo: la simpatía. ¿Cómo obtener la simpatía del lector para con un sujeto de ficción despreciable? En Franzen esta investigación informa tanto su búsqueda de mecanismos efectivos para llevar a buen puerto la "novela del contrato", de la que es acólito, y cuyo propósito es hacer darle al lector lo que espera, hacerlo pasar un buen rato y no hacer literatura difícil, ni darle problemas, como dicen en su artículo atacando a William Gaddis, del 2002: “Mr. Difficult”.

La posición opuesta está perfectamente descrita en el prólogo de Steven Moore a su La Novela: una historia alternativa, donde, entre otros argumentos igualmente sólidos, cita a David Foster Wallace ("hay arte que merece el trabajo extra de superar todos los obstáculos a su apreciación") y a Donald Barthelme ("El arte no es difícil porque quiera ser difícil, sino porque quiere ser arte").

No sorprende, entonces, la preocupación de Franzen por encontrar los mecanismos con los que un autor que le parece antipático produce un libro con un protagonista moralmente cuestionable y que, sin embargo, él no logra dejar de leer -quizá en parte preocupado por lo repelente que resulta su propia emergente imagen pública para los que leemos sus artículos. Esta es también la preocupación central del sistema de ficción comercial norteamericana, en el cual -y esto es fácilmente constatable en las reseñas de lectores de Amazon- si el autor no logra que el protagonista le simpatice al lector, el libro ha fracasado.

Lo que resulta insólito aquí —o tal vez no tanto— es que un autor que ha alcanzado la fama que tiene Franzen argumente que la razón por la que nos identificamos con personajes repelentes es porque son "físicamente bellos" o, ya en un paroxismo de irreflexión, porque si el personaje quiere algo, el lector se contagia incontrolablemente y lo quiere también. El análisis tiene la profundidad de un ensayo de comprensión de lectura de un muchacho de colegio, aderezado además con las más rudimentarias técnicas del cine comercial (“pet-the-dog moments”) que parecieran indicar que para Franzen efectivamente la literatura es una básicamente el resultado de una receta para manipular las emociones del lector, que falla o tiene éxito según el lector le de su simpatía al protagonista o no.

No hay exploración, en Franzen, del arco narrativo, del tono, del estilo, de la construcción de las escenas, de la dinámica de personajes. No hay, en fin, discusión del arte literario de Edith Wharton. Sólo de su puntaje en el concurso de belleza que es la literatura para él, y los mecanismos que usaba, según Franzen, para embaucar a los lectores y hacer que se interesaran por sus despreciables personajes. No en vano, en el artículo sobre Gaddis, menciona brevemente a The House of Mirth de Wharton junto a Guerra y Paz, para sentenciar: “ustedes lo llaman arte, yo lo llamo entretenimiento”.

Caveat emptor: Eso es lo que se puede esperar de Franzen, cuyas esperanzas para la crítica literaria son este concepto de novela: "Piensa en la novela como un amante: quedémonos en casa hoy por la noche y pasemos un buen rato; solo porque te tocan donde te gusta que te toquen, no significa que seas corriente". (“Mr. Difficult”, 2002)




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