Notas sobre premios literarios



Los premios literarios no son lo que la gente cree. Notas sobre mi participación como jurado expuestas en la presentación del I Premio de Novela Corta CCE, 2011.

Notas sobre premios literarios


1. En los concursos hay requisitos mínimos, pero cumplirlos no es suficiente para ganar un premio:

Es cierto, como dijo Jacinta Escudos, compañera jurado, en la presentación del premio ayer, que existen parámetros formales que ayudan a definir a cada género, en este caso, a la novela corta. Los escritores deben conocer estos parámetros, debería su existencia ser visible en el corpus de obras analizadas, debería ser un mínimo fundamento del cual partir. Que el certamen sea de novela corta no tiene que ver con una extensión de cuartillas, sino con ciertos criterios que definen el género. Sin embargo, si bien se espera siempre que los autores conozcan y manejen estos criterios a la hora de crear sus obras, resulta finalmente tan factible crear una obra de calidad literaria respetando como subvirtiendo estos criterios.

La literatura ha sido siempre un viaje al que el lector se presta a ojos cerrados, sin saber bien a dónde lo llevará el autor. Muchas veces, en lecturas que se vuelven inolvidables, ese lugar a dónde el lector es llevado no se parece en nada al que esperaba. Muchas otras ese lugar es un lugar a donde no quería ir, o a donde no hubiese ido si hubiese sabido lo que le esperaba.


2. Los premios literarios no son sistemas para escoger la "mejor novela":

Este polimorfismo que hace a la literatura tan sorprendente y tan rica es a la vez uno de los principales obstáculos para evaluar obras en un certamen, puesto que esta evaluación requiere siempre una escogencia de una o dos obras de entre muchas otras, y esa escogencia promueve en el público la idea de que una obra es mejor que otra, como si todas las obras pudieran ser comparadas colocándolas en un espectro cuantitativo de calidad que va de peor a mejor, o en su versión tecnocrática escolar, de 0 a 100.

La verdad es que ese tipo de evaluación sistemática no solo es imposible, sino que casi con certeza si se intentara daría resultados poco estimulantes. Se espera de los autores de un concurso que conozcan los rudimentos del oficio, pero también se busca un cierto carácter personalísimo de la obra, una excepcionalidad que a la hora de leer todo el conjunto haga a una o unas pocas resaltar como esencialmente diferentes a las demás, como obras inolvidables. Esa excepcionalidad puede desarrollarse sobre una infinidad de vectores creativos y precisamente por ser excepcional resulta imposible generar criterios prescriptivos para descubrirla e identificarla sistemáticamente, de modo que hay que proceder, una vez verificados los requerimientos mínimos, por medio de una especie de intuición literaria que tiene mucho que ver con la estimulación emocional, intelectual o estética que una obra le produce al jurado como lector.

3. Los premios los otorgan unas cuantas personas, los jurados, sin importar como se llame el premio:

Parece mentira que haya que decir esto, pero hace falta. Los premios llevan a veces títulos determinados por la grandilocuencia y el capricho, Premio Nacional de Novela Aquileo J. Echeverría, por ejemplo, o por necesidades técnico-organizativas, como el Premio de Novela Corta CCE, pero finalmente, para realizar la labor de lectura, análisis y decisión que se requieren para fallar un concurso literario se ocupa siempre delegar en un grupo usualmente reducido de personas, los jurados. La composición de un jurado es determinante del resultado de un premio. Las lecturas, formación, experiencia vital e ideas sobre la literatura de cada jurado entran en juego a la hora de fallar un premio. De modo que fácilmente un premio que a través de los años lleva el mismo nombre puede cambiar tanto de un año al otro debido a sus jurados que casi debería ser requisito ponerle de apéndice a cada premio otorgado los apellidos de los jurados responsables de otorgarlo.

4. Los jurados tienen la obligación de explicar sus fallos:

Ese principio delegatorio de los premios tiene como corolario la posibilidad de que los jurados falten a la ética y premien basándose en criterios extraliterarios. Es deber de los jurados justificar y explicar públicamente lo que vieron en las obras que premiaron y a qué se debe su entusiasmo, para de ese modo garantizar que no hubo motivaciones de carácter personal en sus decisiones. Esto lo estaré haciendo pronto con las obras que premiamos este año en el I Certamen de Novela Corta CCE, 2011.

Los premios deberían ser siempre secretos para evitar que en las motivaciones de los jurados entre ningún otro criterio personal que no tenga que ver con la literatura. En el Premio de Novela Corta CCE, 2011, este problema no existe debido a que sus procedimientos garantizan que los autores se mantengan en secretos hasta que el fallo no sea emitido. En los premios otorgados a obras publicadas o en las que se conoce el autor de cada obra, sin embargo, el otorgamiento basado en la amistad o conveniencia personal equivale a traicionar la confianza del organizador del premio, del público lector, de los participantes en el concurso, manchar la dignidad propia y denigrar al autor que lo recibe, menospreciar su obra y destruir la credibilidad del premio. No es imposible que un premio lo gane un amigo de un jurado, pero en esos casos los deberes de transparencia y explicación pública se duplican o triplican y la necesidad de autoexaminación de la opinión propia antes de tomar la decisión es infinitamente más importante.





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Monumentos ecuestres, Luis Chaves



Ayer La Nación publicó en su suplemento Áncora esta reseña mía del nuevo libro de Luis Chaves, Monumentos ecuestres.  La presentación del libro será este jueves 17 de noviembre, a las 7:00 p.m. en restaurante Valicha (av.2 calle 25), frente a la Intaco de Barrio La California. Leerá Chaves y habrá música en vivo con Monte.  Lleguén temprano porque estás lecturas de Chaves se llenan.  Nos vemos allá, birrita en mano.


Monumentos ecuestres
Luis Chaves
58 pp., Editorial Germinal 2011

Un "arte menor"

“Literatura en paños menores” decía el afiche que Teorética hizo circular en agosto del 2009. Contra toda probabilidad, Virginia Pérez Ratton había logrado reunir, en un foro público, a los elusivos Javier Payeras, María Montero y Luis Chaves. El foro era improbable tanto por lo que declararon esa noche como por la aversión reconocida de estos poetas a la idea del escritor-celebridad, pipa en comisura y bufanda de seda, posando de importante en un sillón de cuero frente a su voluminosa biblioteca.

Escuchamos por primera vez la defensa pública de la “literatura menor”, una literatura de borradores que se escribe desde las limitaciones de los escritores, más que a pesar de ellas. Hacían suya una tradición latinoamericana a la que pertenece Parra, esclarecida por Arlt y luego por Gombrowicz: “Todos prefieren lamentarse de su condición inferior de menores y peores, en vez de aceptarla como un nuevo y fecundo punto de partida”. A través de Deleuze, vino a colación Kafka, quien escribía en un idioma que no era el suyo en un país que tampoco era el suyo. En rigor, fue una declaración de independencia poética.

Ahora aparece Monumentos ecuestres, de Luis Chaves, un libro compuesto de poemas dispersos que no lograron en su momento incorporarse al diseño definido para sus libros anteriores, poemas solitarios o extraños que aquí se agrupan con la organicidad de los objetos en el fondo de un maletín de playa, alejados de la planificación literaria explícita, conectados tan solo por repeticiones que recuerdan estribillos de canciones.

Los poemas de la primera parte transmiten notablemente esa sensación de agrupación casual a través de procedimientos usuales en Chaves, como la exposición de ideas como un grupo de viñetas reunidas en una especie de álbum de familia. En este, como en otros de sus libros, “la poesía es la voz del recuerdo”. “Todo periodo se puede reducir a una simple enumeración”, nos dice el autor.

Esa enumeración de recuerdos sirve a la vez como rescate de lo ínfimo, lo sórdido, lo simple; de las minucias que son el detritus que aún soporta la erosión del tiempo, apuntalado por las emociones de quien recuerda. Ese rescate de las mínimas ruinas del pasado es además, por substracción, un testimonio de todo lo perdido. “Tengo fotos que antes tuvimos”, dice Chaves y añade: “En algún lugar están las personas que fuimos”.

Mitos y recuerdos. De esa nostalgia profunda por lo que se ha perdido con el transcurso irreparable del tiempo está hecha la obra de Luis Chaves; pero, alternando con esta nostalgia, aparece siempre la ironía como mecanismo corrector que le impide caer en la cursilería y la autocompasión.

Esa oscilación entre ironía posmoderna y nostalgia romántica ha sido definida como “metamodernismo” por Vermeulen y van den Akker, presente en el escenario mundial en manifestaciones tan diversas como el edificio Aqua, en Chicago; la música de CocoRosie o Devandra Banhart; el cine de Wes Anderson y Michael Gondry, o la literatura de Miranda July y David Foster Wallace.

En Chaves, la oscilación metamoderna rescata, de la ironía alienante y total del posmodernismo, un saludable escepticismo y lo usa para darle una columna vertebral al sentimentalismo que en obras de otros autores locales es poco más que un infierno meloso.

La ironía en Chaves adopta siempre la forma de un ingenio mordaz contra lo propio. No solo abunda en la autocensura de sus dolencias sentimentales, sino que, además, de paso, derriba metarrelatos como el de la idea de nación, que hace tiempo en nuestro país necesita revisiones.

El apropiadamente titulado poema “Monumentos ecuestres” es un retrato de país que nos encuentra posando de turistas bajo la sombra de nuestros monumentos, “avanzando hacia un destino sin valor para la Historia”, llenos de fe en una solución que vendrá de Dios o de la Virgen.

En su artículo para la revista Orsai, Chaves había desarmado el mito de la nación costarricense para reemplazarlo por la idea de los amigos cercanos como entorno definitorio de la identidad, lo que en otra parte llamó “familia molecular”.

Eso es esencialmente este libro: una carta a los amigos. Poesía cercana, de gestos menores, celebra la enternecedora desproporción que hay entre los sueños y las aspiraciones que tenemos, y los humildes medios o la defectuosa voluntad disponibles para cumplirlos.

Esta poesía no está escrita para ser declamada en bajos estentóreos y cadenciosos a través de sistemas de amplificación. Está escrita a lápiz en un cuaderno y guardada en el armario con los abrigos olvidados y los juguetes de los niños, para sacarse, como dice el prólogo, en alguna reunión de unos pocos, buenos amigos, y leerse sin ceremonia, entre una copa y la siguiente, para que de ella luego solo quede un cariñoso recuerdo que el tiempo quizá finalmente se encargue de borrar.


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El cielo a medio hacer, Tomas Tranströmer



Mi reseña en La Nación de El cielo a medio hacer de Tomas Tranströmer.

El cielo a medio hacer

Tomas Tranströmer
269 pp., Nórdica Libros

La poesía del sueco Tomas Tranströmer, Nobel de Literatura 2011, es el equivalente de la Fosa de Las Marianas de la poesía contemporánea, los accesos más profundos de los océanos terrestres. En una lección crucial sobre las capacidades del lenguaje para acercarnos a lo inefable, su poesía es además relativamente simple y accesible. Una poesía para todo mundo, fácil de leer, cuya lectura nos coloca rápidamente ante el misterio de que más allá de lo inmediato y evidente hay algo de lo que somos parte, pero no logramos comprender; algo que no se deja asir con el lenguaje.
El cielo a medio hacer, traducido por Roberto Mascaró y publicado por Nórdica Libros, junto con un volumen que lo acompaña, Deshielo a mediodía, abarcan la totalidad de la obra del sueco. En el primer volumen se incluyen muchos de los poemas más impactantes de esta obra de por si sorprendente, abarcando desde su estrofas sáficas iniciales a poemas en prosa e incluso los finales, diminutos haikus de un hombre viejo y paralizado que ha descubierto que “Lo único que quiero decir/resplandece fuera de alcance/como la plata/en la casa de empeños.”

En 17 poemas, su primer libro, publicado cuando tenía 23 años, la presencia humana esta reducida a la insignificancia, el poeta se invisibiliza y el hombre, cuando aparece del todo, lo hace tangencialmente como viajero, marino, una sombra que es parte del movimiento colosal de los elementos. En Tranströmer el paisaje, como en la poesía japonesa, busca la integración del ánimo humano, pero de manera convulsa. La naturaleza protagonista está en movimiento constante, se alza, sube, asciende o se hunde y cae, el amanecer se golpea contra rocas, las nubes ruedan, la tierra y el agua se transportan. Hay una personificación, siempre lejos de lo humano, de los elementos que asumen actitudes animales: las constelaciones piafan y la montaña muje y el ocaso se escurre como un zorro. El tumulto y la violencia del movimiento natural produce una atmósfera titánica, una majestad previa a lo humano que nos reubica ante el cosmos; parte, sí, pero parte trivial, no central.

Esta es una poesía de ruptura con la obsesión del yo, un llamado a reubicarnos y observar el todo más grande al que pertenecemos. Más que un objeto a manipular, lo natural es lo que nos envuelve en nuestro ligero tránsito dentro de un viaje más grande en el que se diluye nuestro yo: “un viaje por mar, transcurso que no es caza, sino amparo” y “Pertenecemos a la tierra” y “Ella puede transformarlo todo/.../Todo depende de ella/ Verla, tocarla”
Este panteísmo está presente a través de toda su obra, en la que el hombre y su ambiente inmediato eventualmente aparecen tímidamente. En su tercer libro, por ejemplo, aparece por fin el yo del hablante, siempre con pudor y en relación con las cosas: “Los colores ardían./Todo se dio vuelta. /El mundo y yo dimos un salto el uno hacia el otro”.

Los símbolos persistentes en toda su obra evocan la iluminación a través de lo material. Las casas agrupadas, solitarias y vacías y coches y barcas en perpetuo tránsito dentro del movimiento majestuoso de lo natural hablan de los cascarones en los que se contiene algo susceptible de ser iluminado por su otro símbolo recurrente, el sol, el rayo de luz: “Cada persona es una puerta entreabierta/que lleva a una común habitación”.

Ahora Tranströmer está paralizado por un derrame, mudo, pero la imagen que de él nos queda es la de un joven marino navegando en silencio entre los jeroglíficos de las islas, tratando de leer en las grises aguas del Báltico la verdad más profunda de la existencia, a sabiendas de que “lo salvaje no tiene palabras/.../Lenguaje, pero no palabras”.





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