La ruta de su evasión, Yolanda Oreamuno



"Para Dn. Joaquín, con respetuoso
agradecido afecto, Y Oreamuno.
16.2.40"
Reseña de La ruta de su evasión, de Yolanda Oreamuno, para La Nación.

La ruta de su evasión
Yolanda Oreamuno
394 pp., Editorial Costa Rica 2010

La ruta de su evasión, de Yolanda Oreamuno, es la piedra fundacional sobre la que se levanta el edificio de la novela moderna costarricense.

En el marco del 55.° aniversario de la muerte de su autora, la publicación de La fugitiva, la biografía novelada escrita por Sergio Ramírez, ha despertado la pasión del público por su leyenda personal. Buen momento, por lo tanto, para que podamos acercarnos y reconocer el insólito logro literario de Oreamuno: la primera novela de calibre mundial escrita por un autor nacido y educado en Costa Rica.

La ruta de su evasión sobrepasó completamente la temática realista y social que predominaba en Costa Rica hasta entonces, enfocándose por primera vez de lleno en el mundo interior de sus personajes, en sus emociones y sus pensamientos. Para esto hizo acopio de técnicas que Faulkner usó en Mientras agonizo y Las palmeras salvajes, y que este, a su vez, había aprendido de Joyce. Esas mismas técnicas de Faulkner (el monólogo interior, flujo de la conciencia, fragmentación del tiempo) influenciarían, 15 años después de la publicación de La ruta de su evasión, a Gabriel García Márquez, a Carlos Fuentes y a Mario Vargas Llosa, haciendo de Yolanda Oreamuno una precursora del boom y la nueva novela latinoamericana.

La ruta de su evasión es sorprendente además porque aborda precisamente los problemas que hicieron de la vida de Yolanda Oreamuno un calvario: es una exploración profunda de los roles tradicionales del hombre y la mujer, y de cómo estos pueden causar la degradación personal o de la familia.

La elocuencia emotiva de Oreamuno permite que la acción avance impulsada casi exclusivamente por la introspección de los personajes en sus monólogos interiores.

Los hombres de la familia Mendoza son todos, aunque de distintos modos, incapaces de comprender y expresar sus emociones, de brindar amor o mostrar solidaridad.

Las excepciones solo se dan cuando un hombre es o se muestra débil, entregándose generosamente a la mujer, acto que siempre termina implicando su autodestrucción. Las mujeres, por otra parte, o viven en lo que Oreamuno llama un “oscurantismo místico”, “un medioevo del amor”, sumisas y adorantes del hombre como un ser divino y todopoderoso, o procuran usurpar ese rol, renunciando a su sensibilidad y asumiendo el cinismo varonil de las “mujeres no-importa”. La novela tiene uno de los estilos más ingeniosos, frescos y alegres de su generación, a pesar de la trama y sus temas dolorosos. La escenificación es trepidante: pasamos de una capilla ardiente al voyerismo infantil, de una borrachera de prostíbulo a una disección de cadáver, de la masturbación descubierta al vandalismo colérico de los celos. Hay amortajamientos, temblores, partos, arrestos, suicidio asistido. Hay liberación.

En fin, si uno pudiera leer solo una novela escrita por un costarricense, la recomendación tendría que ser siempre La ruta de su evasión, una novela que, como su autora, merece toda nuestra admiración y respeto, y no la oscuridad relativa en la que ha pasado desde su publicación en 1949.




(Foto del Archivo García Monge, restaurada por Eugenio García para el blog Cosas de Jota)

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On the sloppiness of sort of pinning things on people



On Maud Newton article on Foster Wallace in the New York Times and how easy it is to pick fights with the dead.

On the sloppiness of sort of pinning things on people 

There is always a perverse sort of pleasure in revealing the inner workings of other people’s argumentative rhetoric –“see, its not necessarily true, it just sounds convincing”. 

This, I’m inclined to think, motivated by her love of directness, is the main reason behind Maud Newton’s Another thing to sort of pin on David Foster Wallace


This piece ostensibly tries to “pin” on Wallace the widespread adoption by slackers and opinion-mongers of a sloppy, imprecise, slangy, self-qualifying style whose major fault would be that it refuses to make a straightforward argument on the topics it deals with. This pinning attempt, though, fails to dig up any evidence to support itself and therefore becomes a piece on Newton’s opinion on Wallace’s style, rather than an argument on how, because sloppy blog posting is somewhat similar, although vastly inferior, to DFW style, the former must be a descendant of the latter.


It also fails to account for the fact that, of all writers, DFW would be the one expected to be hyperconscious about the style he was using on his own non-fiction pieces, as he usually was about any subject he broached and in particular about his own writing. I would argue that there is nothing sloppy or imprecise in DFW writing and that the slanginess, the “aw-shucks, I-could-be-wrong-here” approach is a deliberate attempt at not sounding superior while fully “unpacking the argument”, in Wallace’s own words. This style makes his hyper cerebral, omniscient prose approachable to most readers who, if confronted with these ideas on a colder more authoritative style, would probably refuse to read past the first paragraph. 


Whereas the typical style of a blog post sounds sloppy because it is sloppy, DFW style sounds casual while at the same time dealing with multiple aspects of an argument and the possible contentions against it. Similarity does not breed kinship. Failing to see the distance here is not the problem -Newton sees how distant one’s writing is from the other- the problem is claiming that the casualness or sloppiness of blogs can somehow be pinned on a writer like DFW. Analogies come to mind so silly that I refuse to write them down.


I suspect Newton knew DFW was deliberate in his style because she opens her piece citing DFW essay on usage, Tense Present, on his definition of Ethical Appeal: “a complex and sophisticated ‘Trust me,’ [...] requires the rhetor to convince us not just of his intellectual acuity or technical competence, but of his basic decency and fairness and sensitivity to the audience’s own hopes and fears.” She knows this is exactly what accounts for DFW style, and therefore embeds this possible answer to her own argument at the top to get it out of the way –which is amusing if you consider this is one of the things being pinned on Wallace in the Newton piece.


The soothing, chummy style, as acutely observed by Newton, also has to do with DFW concern with being liked, something that is clear to anyone who has read enough of his work, and understandable as much as it is explicit in many places. Being liked, finding a closeness with the reader, somehow bridging the impossible gap and making friends with the person on the other side of the page is what drives Wallace to sincerity. This is not a defect; this is a central point of Wallace’s reasons for writing and probably his own most influential contribution to literature. Some writers, like her, can try to make a point while risking being disliked, others cannot. It makes no sense to expect that from Wallace unless you really haven’t read him enough.


Now, to the heart of the matter: Newton just doesn’t like Wallace’s style. Had she argued that from the start and then given all the reasons she did, I would have respected this as an honest opinion piece, instead, it tries, somewhat embarrassingly, to explain blog writing style by attacking DFW style, so that he can be accused of a major sin (ruining the style of a whole generation) and making her piece both worthwhile and publishable and newsworthy. 


To her credit, though, she hints, albeit indirectly, that this is just her opinion, by bringing up a legal background that has taught her that directness is a virtue, but finally has no bearing on the point she is trying to make about Wallace's own style.  Deploying the "argument from authority" stance is a rhetorical move not unlike Wallace’s ethical appeal.  We need, when we write, to convince people of what we say, otherwise why write. I don’t like her move, but hey, that’s just my opinion.


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Rodrigo Soto sobre En contra de los aviones



Rodrigo Soto: Foto de Luissiana Naranjo


Rodrigo Soto amablemente se apuntó a discurrir sobre mi último libro de cuentos, En contra de los aviones, en la presentación del mismo. Con la gratitud y cariño que me merece, aquí dejo su texto para que lo conozcan los que no estuvieron presentes.



La Luz sitiada 

Un vistazo a los últimos cuentos de Juan Murillo
Rodrigo Soto
Como sin duda todos los aquí presentes sabemos, “En contra de los aviones” es el segundo libro de cuentos de Juan Murillo. El primero, “Algunos se hacían dioses”, fue publicado por la Editorial de la Universidad de Costa Rica en el remoto año de 1996. Leí el libro en su momento y recuerdo que me causó una buena impresión. Luego pasaron muchos años en los que, literariamente hablando, no volvimos a saber nada de Juan, hasta hace algún tiempo, cuando regresó con renovados bríos: reseñando libros en medios electrónicos e impresos, promoviendo iniciativas literarias diversas, fundando con Guillermo Barquero Ureña una atractiva editorial… Y, por supuesto, escribiendo…

Digo “por supuesto” porque, aunque eso no lo sabíamos con certeza, era fácil de suponer. Juan es uno de esos bichos que lleva la literatura en su sangre, y difícilmente alguien como él podría contentarse con leer, reseñar y publicar libros ajenos.

Este segundo libro de cuentos que nos ofrece Juan ahora, incluye siete narraciones. Leyéndolas, es fácil concluir que fueron escritas en diferentes momentos, incluso con años de distancia, algo que el autor me confirmó personalmente. Se trata, entonces, de una recopilación de cuentos que presumiblemente da cuenta de la producción cuentística de Juan desde la publicación de su anterior libro, hasta el día de hoy. Si los dedos de mi mano no me fallan, pasaron 15 años desde 1996. Quince años de los cuales Juan nos ofrece aquí una cosecha de siete cuentos.

A pesar de ser una recopilación de trabajos escritos en tan dilatado tiempo, los cuentos incluidos en el libro tienen una sugestiva y sutil unidad, de la que hablaré más adelante. Diría que, salvo en un caso, estamos ante cuentos que sin dificultad podemos calificar de “realistas”, y que, salvo en otro caso, podemos afirmar sin temor que se trata de “literatura de ficción”, para retomar la clasificación al uso en los Estados Unidos. El cuento que llamamos “no-realista” está escrito en clave simbólico-alegórica, como algunas narraciones de Kafka y otras de Wilde, por citar a dos autores tan disímiles como bien conocidos. El cuento que consideramos “de no ficción” es el que da título al libro y, aunque tiene elementos indiscutiblemente ficcionales, se acerca mucho a una diatriba (así lo anuncia ya la preposición “Contra” del título), y en él Juan recrea y analiza el célebre accidente de aviación en el que murieran los escritores Manuel Scorza, Jorge Ibargüengoitia, Marta Traba y Ángel Rama. Por último, en dos de las narraciones del libro el autor nos propone de entrada una clave realista que, al finalizar el relato, da un giro hacia lo surreal o fantástico.

En tres de los relatos que integran el libro, el personaje principal -a veces también narrador- es un niño o un adolescente; en tres de los relatos, el personaje principal es un ser arrinconado en los márgenes difusos y a la vez dolorosamente precisos de la sociedad. En todos los cuentos -salvo el que hemos considerado “simbólico-alegórico”, los personajes y el escenario son clara e inequívocamente costarricenses, tanto por su forma de expresarse como por la mención de referencias y de sitios que así nos lo confirman.

Esto último, desde luego, no es importante, o tiene apenas una importancia secundaria.

Lo interesante, lo valioso, lo bueno de los cuentos de Juan, es que siendo profundamente costarricenses (en este sentido de la referencialidad) son al mismo tiempo profundamente universales, pues las temáticas y los conflictos en los que nos sumergen, los son también.

Los cuentos que nos ofrece Juan Murillo en este libro hablan de la insoportable precariedad de lo humano, de la dicha siempre amenazada, de lo ominoso y oscuro que acecha a las puertas de lo cotidiano y en apariencia banal. Los textos están atravesados por una tensión permanente entre la luz y la oscuridad, entre la dicha entrevista o apenas acariciada y el zarpazo de la desgracia y de la muerte que se ceban con nosotros a la vuelta de un instante o de una esquina cualquiera. La visión de la vida que se asoma en estos cuentos se acerca mucho a aquella según la cual “los hombres somos como juguetes en manos de los dioses”; entre las ideas clásicas del destino y de la libertad como factores determinantes de la existencia humana, los cuentos de Juan nos dicen que son el destino y su contracara -lo fortuito- los agentes de nuestra dicha y de nuestra desdicha, y que contra ellos de nada valen nuestras pretensiones de libertad ni nuestros anhelos de dicha.

Varios de ellos -en particular los que están narrados por o desde la perspectiva de niños o de jóvenes-, están escritos de una manera que -si el término no estuviera tan manoseado y aún significara algo- me parecería justo llamar “impresionista”, en el sentido de que el texto recoge y transmite las impresiones sensoriales de los personajes, muchas veces en un lenguaje poético y cargado de tropismos. Este “impresionismo” (o quizás mejor “sensasionismo”, para evitar mayores confusiones) abunda, casualmente, en referencias al sol y a la luz, a la oscuridad y a la noche.
Considérense, a modo de muestra, un par de ejemplos:

“En la oscuridad húmeda de la tierra negra bajo el suelo de madera de la casa podía fingir que todo era una película…” (El final del día). “Esos violentos polígonos sobre la pared son su luz por tres días concentrada, seccionada por las franjas oscuras de las vigas. Tras ellas se ve el cielo que a mediodía es blanco hirviente y a medianoche un oleaje negro.” (Desde algún lugar de parajes).

Así pues, la polaridad DÍA/NOCHE, LUZ/OSCURIDAD es una de las claves no solamente interpretativas y simbólicas, sino incluso descriptivas y referenciales, que atraviesan y organizan el libro de Juan.

Traigo a colación esto pues, como nos muestra Gilbert Durand en su fascinante obra “Las estructuras antropológicas del imaginario”, esta polaridad es una de las más profundas de la conciencia humana y de las que organizan toda su actividad.
Quizás sea esta capacidad de interpelarnos a un nivel profundamente humano, una de las claves del atractivo del libro.

Otra, sin duda, es la destreza narrativa del autor, la importancia que concede tanto a la estructura de los relatos, como a su escritura, es decir, a lo propiamente textual.

En cuanto a la estructura, Juan Murillo da muestras de haber aprendido bien la lección de los grandes maestros de la narrativa breve, a saber, que un cuento no es otra cosa que el relato de una sola situación transformadora; una situación en la que el personaje principal muta o se transforma cualitativamente. Saber reconocer o inventar esas situaciones es el primer requisito de un cuentista; el segundo es relatarlas sin que pierdan intensidad ni sorpresa. En los siete textos de este libro Juan Murillo evidencia estas dos cualidades.

En cuanto a lo textual, los cuentos de “En contra de los aviones” están tratados esmeradamente. Como ya se anotó, hay cierta tendencia hacia lo poético en la descripción de las impresiones sensoriales de los personajes. Y cuando ello no es así (como en el cuento que da título al libro), el autor da muestras de gran solvencia y dominio del lenguaje.

Por todo lo dicho, no puedo menos que celebrar la aparición de este segundo libro de cuentos de Juan Murillo, que viene a enriquecer con personajes atractivos y convincentes, imágenes sugestivas y palabras precisas, la reciente producción literaria de Centroamérica.

San José, agosto 2011




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Presentación de En contra de los aviones




El jueves 18 a las 7pm en el Instituto México (Los Yoses, de la Subarú 300 sur) presentamos mi libro de cuentos En contra de los aviones junto con la Editorial Costa Rica, Rodrigo Soto y Gustavo Adolfo Chaves. Habrá vino servido por coquetas aeromozas y, luego del vino, demostraciones espontáneas de las mejores posiciones para aterrizajes de emergencia.

Las Malas Juntas publicó el primer cuento del libro aquí:  La soledad de la batalla

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La Fugitiva, Sergio Ramírez




Reseña de La Fugitiva, de Sergio Ramírez, biografía novelada de la vida de Yolanda Oreamuno, escritora costarricense, publicada en La Nación aquí.

La Fugitiva
Sergio Ramírez
310 páginas, Alfauara 2011

Lo que le debemos a Yolanda

La Fugitiva, una biografía novelada de la vida de la escritora costarricense Yolanda Oreamuno, escrita por el novelista nicaragüense Sergio Ramírez, hizo un debut explosivo en su reciente presentación al público costarricense.

La novela contiene tres grandes secciones narradas por amigas de Amanda Solano, el personaje basado en Oreamuno, en las cuales se relatan los sucesos dramáticos que componen el mito trágico de Yolanda Oreamuno: su belleza y elegancia etéreas y su cultura y renuencia a ajustarse al molde de mujer que dictaba la época, el rencor, envida y fascinación que despertaba en el pueblerino San José de la primera mitad de siglo XX, su rapto por parte de un novio despechado, el abuso sexual por parte de su padrastro, la supuesta sífilis y posterior suicidio de su primer esposo, su fracasado segundo matrimonio y traumático divorcio, el secuestro de su hijo, la pérdida de sus novelas, sus terribles enfermedades y operaciones, su exilio voluntario y su muerte en el abandono y el olvido.

Ramírez ha insistido, como advierte el libro deliberadamente también, que La Fugitiva es una novela y no una biografía. Esta advertencia elimina de un tajo los riesgos legales y la necesaria verificabilidad de los hechos de las biografías. A pesar de eso, las logradas voces de las narradoras, basadas en Vera Tinoco, Lilia Ramos y Chavela Vargas, respectivamente, se complementan o corrigen para contar una única historia que a todas luces fue exhaustivamente investigada. Poco importa qué tan ficticia sea la novela, ya se sabe que en la práctica la verdad y la historia están compuestas en gran parte por el mito.

Se echa de menos en esta novela, considerando la licencia novelística que asume Ramírez, que no se escuche la propia voz de Yolanda Oreamuno, o más aún, su interioridad, como ella misma lo hiciera magistralmente con sus propios personajes de novela. Tampoco se explora su faceta de escritora, que es, finalmente, el mérito en el que debería descansar su fama. Centrarse en su mito, que ella misma despreciaba, ayuda sin embargo a generar interés por su obra. Hay que reconocer que Ramírez no tenía obligación de abordar estos temas. Él no le debe nada a Yolanda Oreamuno, y manifiestamente se propuso escribir una novela basada en una mujer que por insólita resulta naturalmente un personaje novelesco. Somos nosotros, los costarricenses, los que le debemos la recuperación de su obra a Oreamuno; homenajes, también; pero más importante aún, le debemos, como patria, una sentida disculpa pública por el gran infierno de pueblo pequeño por el que la hicimos pasar toda su vida.




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