La estirpe de Penélope



Artículo publicado ayer en el suplemento Áncora de La Nación sobre los personajes literarios que esperan y sobre la espera, el tedio, la esperanza y la iluminación en la vida cotidiana.

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Sobre la desaparición de la Asociación de Autores de Costa Rica



Carta abierta a Delia McDonald declinando mi designación como jurado de los premios nacionales de literatura y solicitando explicaciones sobre la inevitable desaparición de la Asociación de Autores de Costa Rica en vista que se encuentra en violación de la ley desde hace 6 años. Ver aquí.

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Sobre la desaparición de la Asociación de Autores



Nota publicada en RedCultura con ocasión de mi declinación de mi nombramiento como jurado para los premios nacionales en vista de la completa ilegalidad bajo la cual están operando algunos en nombre de la Asociación de Autores.

Carta abierta a Delia McDonald sobre mi nombramiento como jurado a los Premios Nacionales de Literatura y la desaparición de la Asociación de Autores*

Señora Delia McDonald:

En enero de este año Jorge Treval, actuando por la Asociación de Autores, propuso mi nombre ante el Ministerio de Cultura como jurado a los premios nacionales de literatura.   En esa ocasión le comunique a Jorge Terval que, a pesar de mi interés en ver que esa labor se llevara a cabo de forma correcta y mi anuencia a ayudar, yo no podía aceptar esa designación porque él no tenía capacidad legal para actuar en representación de la Asociación, visto que la última junta directiva se venció en el 2004 según certificación del Registro de Asociaciones y no había ninguna otra inscrita después de eso. (adjunto la carta enviada a Treval abajo)

Lo mismo aplica para usted y los otros directivos que hayan emitido este nuevo oficio que publicó usted en su blog (ver aquí) y que envió al Ministerio de Cultura designándome como jurado de literatura:  ustedes no tienen capacidad legal para nombrar jurados, y por lo tanto me resulta imposible aceptar esa designación porque es ilegal y contraria a la ética.

El Ministerio está al tanto de su falta de personería y está buscando como proceder a cumplir con el proceso de premiación sin la participación de la Asociación.

Más grave aún es esto:  Al no haberse inscrito nunca la junta que usted dice constituir y al no haberse convocado en seis años a asambleas o elegido nuevas juntas directivas, la Asociación se encuentra actualmente en causal de extinción, según la Ley de Asociaciones.  Bastaría que cualquier interesado solicite su disolución en vía judicial para que un tribunal la declare y la Asociación desaparezca.  Me parece además que usted está también al tanto de que esto no tiene remedio, según el criterio del Registro de Asociaciones, o sea, que el daño causado a la Asociación es irreversible.

Esto se lo expongo públicamente porque veo que insisten usted y otros en actuar en representación de la Asociación como si no pasara nada, nombrando jurados de forma irregular, como lo han venido haciendo durante los seis años anteriores.   Don Claudio Monge, ante mis cuestionamientos, insiste en que él nunca firmó ese oficio que usted envió al Ministerio de Cultura.

Me parece que ante la inexorable disolución de la Asociación que se avecina, y las consecuencias que eso tendrá en los premios nacionales y la Editorial Costa Rica, le deben usted y los otros involucrados explicaciones a los autores de este país.

Abajo adjunto las explicaciones que hizo circular Jorge Treval.

Saludos,

Juan Murillo


*Cuando se hable de Asociación de Autores se está haciendo referencia a la Asociación de autores de obras literarias, artísticas y científicas de Costa Rica, creada por ley y constituida en 1980.

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Primera carta declinando la designación como jurado (16-2-10):









Memorando de Jorge Treval explicando el estado en el que está la Asociación de Autores (6-4-10):









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Pan, Bruno Schulz (traducción)



Traducción de el relato Pan, de Las tiendas color canela, de Bruno Schulz.




Yo no conocía el trabajo de Schulz. Alguna vez leí algo de él en el diminuto Cult Fiction -un manual de bolsillo de autores de culto que Guillermo Barquero me encargó durante un viaje a Londres y del cual compré los últimos tres ejemplares-. La historia de Schulz era, para ese volumen lleno de dementes, relativamente poco notoria. Maestro de arte y pintor y escritor aficionado en un pueblito del imperio austro-hungaro, escribió un poco, pintó un poco y luego fue asesinado por los Nazis a sangre fría. No era una historia inusual y no me llamó demasiado la antención. Luego emepcé a encontrar su nombre en comentarios de grandes escritores y todos, sin excepción, decían que la prosa de Schulz era incomparable. Me pareció raro que no se hablara más de él, que sus libros no se vieran en las librerías.   Mande a traer por Amazon The Street of Crocodiles, que es la traducción de Celina Wieniewska del polaco al inglés de Sklepy cynamonowe, o Las tiendas color canela. El libro es pequeño y está compuesto de relatos cortos, conectados únicamente por el tema, que se supone componen una novela. Aparentemente estos textos formaban parte de cartas que Schulz le enviaba a una amiga, poeta, describiendo su vida en el pueblito de Drohobych. Los relatos no tienen casi trama y no son cuentos en el estricto sentido de la palabra, así como no son capítulos de una novela tampoco. No suena muy prometedor, pensé.  Luego leí la primera página del libro y me di cuenta, inmediatamente, de que yo nunca había leído prosa como la de Schulz. Mi asombro y mi admiración son tan grandes que no logro describirla y por eso opté por la traducción -traducción de la traducción de Wieniewska- que casi de seguro desmejora enormemente el texto, pero que me evita la imposible, desagradable tarea de tratar de describir su prosa y tener que fallar miserablemente.  Este relato está a la mitad del libro:



Pan
de Las tiendas color canela
por Bruno Schulz

En una esquina a espaldas de los cobertizos y bodegas había un callejón ciego que venía del patio; el más distante, último fondo, incrustado entre la letrina y el gallinero –un sitio lúgubre mas allá del cual no se podía ver nada más. Este era el fin de la tierra, el Gibraltar del patio, desesperadamente golpeando su cabeza contra la cerca de tablas horizontales, encerrando ese pequeño mundo con determinación. 


Debajo de la cerca salía un hilo de agua hedionda y negra, una vena de un grasoso lodo putrefacto que nunca se secaba –el único camino que atravesaba del límite de la cerca hacia el mundo más amplio. La desesperación del fétido callejón había empujado por tanto tiempo contra el obstáculo de la cerca que había aflojado una de sus tablas. Los niños nos encargamos del resto y la arrancamos, haciendo una brecha, abriendo una ventana hacia el sol. Poniendo un pie sobre la tabla que habíamos tirado como un puente sobre el charco, el prisionero del patio podía estrujarse por el hueco y entrar a un más ancho y nuevo mundo de brisas frescas. Abriéndose frente a él, había un amplio, enmontado jardín. Perales altos y anchos manzanos crecían profusamente, cubiertos de plateadas hojas susurrantes, de una resplandeciente red de blanca espuma. Espeso césped enredado, que nunca se cortaba, cubría el suelo ondulante con una alfombra afelpada. Ahí crecía el césped común de las praderas; perejil salvaje con su delicada filigrana; hiedra rastrera con sus bruscas hojas arrugadas y ortigas muertas que olían a menta. Plátanos nervudos y brillantes, moteados de herrumbre, se disparaban hacia arriba ofreciendo racimos de gruesas semillas rojas. Toda esta selva estaba bañada de aire tierno y llena de brisas azules. Cuando te recostabas en el césped yacías bajo un mapa azul celeste de nubes y continentes flotantes, inhalabas completa la geografía del cielo. A causa de esta comunión con el aire las hojas y briznas se habían cubierto de un delicado vello, con una capa de suave pelusa, un crudo encrespamiento de ganchos hechos, pareciera, para atrapar y sostener a las olas de oxigeno. Esa capa delicada y blancuzca emparentaba a la vegetación con la atmósfera, le daba el tinte gris plateado del aire, de los silencios penumbrosos entre dos vistazos del sol. Y una de las plantas, amarilla, inflada de aire, sus pálidos tallos llenos de jugo lechoso, producía de sus brotes vacíos solo aire puro, puro en la forma de esponjosas bolas de dientes de león esparcidas por el viento para disolverse insonoras en el silencio azul.


El jardín era vasto y cruzado de senderos, y tenía varias zonas y climas. Por un lado estaba abierto al cielo y al aire, y ahí ofrecía la más suave, más delicada cama de afelpado verde. Pero en donde se extendía por un sendero bajo y se sumergía en la sombra de la tapia trasera de una fábrica de refrescos abandonada, se volvía más brusco, enmontado y salvaje por el descuido, desordenado, fiero de cardos, erizado de ortigas, cubierto por un salpullido de malasyerbas, hasta que, al final entre las paredes, en una apertura rectangular, perdía toda moderación y se precipitaba a la locura. Ahí, ya no era un manzanal sino un paroxismo de la demencia, un brote de ira, de desvergüenza cínica y de lujuria. Ahí, bestialmente liberadas, dando rienda suelta a su pasión, mandaban las vacías y enmarañadas cabezas de repollo de los abrojos –brujas enormes, mudando sus voluminosas enaguas a plena luz del día, tirándolas al suelo, una a una, hasta que sus hinchados trapos, susurrantes y llenos de huecos enterraban toda su raza bastarda y pendenciera bajo su extensión demente. Y esas enaguas se hinchaban y empujaban, apilándose unas sobre otras, esparciéndose y creciendo siempre – una masa de hojas metálicas alzándose hacia los aleros bajos del cobertizo.


Fue ahí donde lo vi por primera y única vez en mi vida, durante un medio día enloquecido por el calor. Era un momento en el que el tiempo, demente y salvaje, se libera del molino de los eventos y, como un vagabundo en fuga, huye gritando por entre los campos. Luego el verano crece sin control, regándose por todos los puntos con un ímpetu salvaje, duplicándose y triplicándose en una dimensión lunática y desconocida.


A esa hora, me sometía al frenesí de la caza de mariposas, a la pasión de perseguir estos puntos titilantes, estas hojuelas errantes, tiritando en torpes zigzags en el aire ardiente. Y sucedió que uno de estos puntos de luz se dividió durante el vuelo en dos, y luego en tres –y el resplandeciente, cegador triángulo de puntos me llevó, como un fuego fatuo, a través de la jungla de espinas, abrasadas por el sol.


Paré al borde de los cardos, sin atreverme a avanzar hacía el abismo silencioso.


Y luego, de repente, lo ví.


Sumergido hasta las axilas en los matorrales, se agazapaba frente a mí.
Vi su ancha espalda en una camisa sucia y el costado mugriento de su saco. Estaba sentado ahí, como esperando a abalanzarse, sus hombros contraídos como bajo una carga tremenda. Su cuerpo jadeaba de tensión y el sudor corría por su cara de cobre, brillando en el sol. Inmóvil, parecía estar haciendo un gran esfuerzo, batallando bajo un gran peso.


Yo estaba parado, clavado al sitio por su mirada, cautivo de ella.

Era la cara de un borracho o un vago. Un mechón de cabello sucio se erizaba sobre su ancha frente, redonda como una piedra lavada por un rio, una frente que ahora se arrugaba en surcos profundos. Yo no sabía si era el dolor, el calor incendiario del sol, o el esfuerzo sobrehumano lo que había carcomido esa cara y estirado esas facciones al punto de reventar. Sus ojos oscuros penetraban en mi con la fijeza de la desesperación suprema o del sufrimiento. Me miraba sin mirarme, me veía sin verme del todo. Eran ojos a punto de estallar, presionados por el trance del dolor o la exaltación salvaje de la inspiración.


Y de pronto sobre esas facciones tensas se expandió una mueca terrible. La mueca se intensificó, tomando de la locura previa y la tensión, ensanchándose, haciéndose más y más amplia, hasta que reventó en un rugiente, ronco grito de risa.


Profundamente afectado, vi como, aún rugiendo su risa, se levantaba lentamente de sus cuclillas y jorobado como un gorila, sus manos en los bolsillos rotos de su andrajoso pantalón, comenzó a correr, cortando a grandes saltos a través del aluminio crepitante de los abrojos –Pan sin una flauta, huyendo a sus dominios privados.






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