Antología de nuevo cuento costarricense



Aparece Antología de nuevo cuento costarricense, Historias de nunca acabar, compilada por Juan Murillo y Guillermo Barquero.


La Editorial Costa Rica acaba de completar la impresión de la compilación de cuentos Historias de nunca acabar que hicimos Guillermo Barquero y yo, la cual saldrá en estos días al mercado. El trabajo lo comenzamos en el 2008, con ocasión de que se cumplían 20 años de la publicación de Para no cansarlos con el cuento, la antología generacional de cuento realizada por Carlos Cortés, Rodrigo Soto y Vernor Muñoz, y luego de mucho trabajo y esfuerzo por fin lo vemos publicado. Después de investigar y leer mucho terminamos conociendo bastante bien la producción narrativa de los últimos 20 años y a todos los compañeros escritores, lo cual es en sí ya premio suficiente al esfuerzo realizado. En lo personal, espero que la antología cumpla como evidencia de la calidad de la narrativa nueva en nuestro país y que sirva para ubicar a los autores incluidos y a los mencionados dentro del canon de la narrativa nacional.

Abajo la presentación escrita por ambos que incluye la antología, en la que se explican los criterios y el proceso de selección, así como una breve descripción de las tendencias generacionales:


Historias de nunca acabar
Antología de nuevo cuento costarricense

Presentación

Juan Murillo y Guillermo Barquero


La efervescencia del periodo que nos toca vivir en la literatura costarricense es más que palpable: se publica, se debate, se hace uso de las tecnologías que permiten la inmediatez de comentarios en páginas virtuales dedicadas al tema literario —blogs, páginas de autor, periodismo cultural en la red informática. Con todo, se lee poco y, como asunto fundamental, se conoce poco del quehacer literario nacional, de sus creadores contemporáneos, de sus nuevas tendencias (si las hay). Los libros son gritos que se sueltan a un vacío público, en espera de oídos a los que lleguen esas vibraciones que generarán respuestas en ese que escucha; ¿qué son las antologías literarias? Reuniones de muchas gargantas que se unen en un grito más fuerte y sostenido que busca ser percibido clara y ordenadamente, marcas —arbitrarias, injustas, limitadas a veces— que dan cuenta de lo que se escribe en un periodo histórico, o bien registran una temática que ha sido abordada por diversos artistas, cada uno haciendo uso de sus armas narrativas o líricas: antologías del tema del amor, del tema policial, del abandono, la emigración, y tantos puntos de vista como antólogos haya dispuestos a sondear en los terrenos de la obra publicada por seres que muchas veces no se conocerán más que en las páginas de estos libros-reuniones.

¿Qué es, pues, habiendo dado estas fugaces definiciones, Historias de nunca acabar? Es un encuentro de nuevos autores de cuento costarricenses, un grito colectivo que presenta los actos de creación de 15 escritores que, aunque no constituyan la totalidad de quienes ven sus obras publicadas en el mundo editorial costarricense contemporáneo, son una muestra de lo que se escribe en estos tiempos y en esta latitud.

En Historias de nunca acabar encontramos a Heriberto Rodríguez, ganador de varias versiones de los premios de la Editorial Costa Rica; a Alí Víquez, avezado escritor con una sólida carrera como narrador; a David Eduarte, joven valor cuyos cuentos alcanzan altas cuotas de expresividad y dan mucho material para el pensamiento profundo, mediante el esperpento y lo kafkiano; a Luis Chaves, conocido y respetado por su papel de poeta, autor de una exquisita novela o Road poem, como el la llamó; a Mauricio Ventanas, autor de varios volúmenes de cuentos nacidos desde la observación aguda de la realidad que él transforma en imágenes lúdicas, con un desparpajo bien encauzado; a Manuel Marín, autor de varios libros de cuento que exploran la subjetividad y muestras la fragmentación de la realidad y que para ello utiliza un lenguaje selecto y preciso. Y así podemos seguir, hasta toparnos con Catalina Murillo y Jéssica Clark, dos sorprendentes escritoras, autora de culto la primera, novelista en ciernes de ciencia ficción la segunda, ambas autoras imprescindibles en el campo narrativo actual, en Costa Rica. La gama de propuestas es amplia y los abordajes son múltiples, lo que muestra que no solo las antologías son arbitrarias e incompletas: la realidad contemporánea es también constante ruptura, fragmentación y arbitrariedad, y estos cuentos no son más que el reflejo de las búsquedas que no están supeditadas a grupos o círculos (como ocurre en la poesía), sino a 15 particulares cosmovisiones y procesos creativos.

Historias de nunca acabar pretendió originalmente ser un muestreo de todos los autores costarricenses menores de 40 años que tuviesen algun título de narrativa publicado, especificamente en los géneros fictivos de novela o relato. Pronto nos dimos cuenta de que ese criterio cercenaba en dos a la generación de fin de siglo, que comprende autores nacidos entre 1965 y 1975 y que empezaron a publicar en los últimos 10 años del siglo pasado, dejando por fuera a algunos de sus más importantes exponentes. Esto nos llevó a desistir de la limitación de los 40 años de edad y ampliamos el criterio para incluir a todos los autores nacidos entre 1965 y 1985, que es la fecha de nacimiento del último autor de narrativa publicado a la fecha de la selección.

Ese nuevo criterio cubría la obra de las dos generaciones que quedan a horcajadas sobre el cambio de milenio. La primera, la generación de fin de siglo, incluye todos los autores nacidos entre 1965 y 19751 , la segunda, la generación del milenio, incluye a los autores nacidos después de 19752 , lo que nos daba un total de veinticinco autores. Entre estas y la generación que las precede hay un claro deslinde temático. En la generación de los sesenta o generación del desencanto3 , como fue denominada en la periodización propuesta por Alvaro Quesada4 , predomina una preocupación por la denuncia, la crítica social y las reivindicaciones de las minorías étnicas y sexuales visible en obras que rondan el desencanto originado en el fracaso de los proyectos revolucionarios de los sesenta y setenta y el surgimiento del neoliberalismo y políticas afines, y cuyas publicaciones inician en los años ochenta y aun se encuentran en plena producción literaria.

Distintos factores personales de los autores, de criterio editorial u otros incidieron en que la amplia selección tuviera que ser reducida a un muestreo más manejable y de un carácter más atento a las necesidades del público lector y menos a los aportes histórico-literarios. Esa difícil tarea de reducción nos ha dejado con una lista de quince autores, con obras de muy alta calidad, que presentamos a los lectores en esta ocasión. Pero no hemos querido dejar pasar la oportunidad sin incluir las listas completas de autores al pie de esta página o en los anexos bibliográficos que incluyen la producción literaria de los escritores pertenecientes a las generaciones comprendidas dentro del período escogido.

¿Cuál es, entonces, la realidad que viven estas nuevas generaciones de autores, que las ha llevado a producir ficciones escencialmente distintas a las de la generación anterior? El estado del arte, en lo que se refiere a los medios a disposición de los autores más jóvenes para publicar sus novelas y colecciones de cuento, no es sustancialmente distinto al de hace 20 años. La aparición de Internet ha fomentado el contacto entre los autores y la aparición de una nueva ola de crítica enfocada sobre la nueva producción nacional; sin embargo, esta plataforma no se ha convertido aún en un vehículo usual de publicación y distribución de las obras, más alla de la publicación informal para solicitar una retroalimentación incial de los lectores —ahí entran a jugar herramientas como los blog o bitácoras, las páginas de autor o los portales de difusión cultural. La Editorial Costa Rica (ECR) continúa siendo el bastión más importante para la publicación de autores jóvenes, muchas veces respaldados por el Premio Joven Creación de esta casa, y en otras por los Premios de Novela o Cuento o por la simple publicación en su catálogo. Las editoriales universitarias (EUNED, EUCR y EUNA) han también publicado obras de autores jóvenes e inéditos con una producción combinada similar a la de la Editorial Costa Rica. En proporción similar a las publicaciones realizadas por editoriales estatales está la tendencia a la publicación en editoriales privadas de menor tamaño, sea por medios propios o por financiación de la editorial misma; en esta modalidad, destaca el catálogo de Ediciones Perro Azul —en el cual figuran obras de muchos de los autores de estas generaciones—, y algunos proyectos como Tecnociencia o Uruk Editores. El punto débil del proceso editorial no es, como se puede ver, la producción misma de la obra publicada, sino, como siempre ha sucedido en nuestro país, la distribución, mercadeo y difusión del producto final, del libro como objeto de arte y de comercio. La limitada difusión, lectura y discusión de las obras ha ido reduciendo paulatinamente las expectativas del mercado en cuanto a la producción de ficción narrativa y consecuentemente haciendo necesarios tirajes de cada vez menos ejemplares. Este fenómeno ha también repercutido, paradójicamente de manera favorable, en nuestra opinión, en una carencia de directrices comerciales como las que constriñen a los mercados editoriales más fuertes, que limiten u orienten el proceso creativo hacia determinados cauces, algo que resulta evidente en la multiplicidad de enfoques que existe entre las obras de los antologados.

Este vacío de influencias y expectativas ha entonces propiciado muy distintos acercamientos al proceso creativo, lo cual pone en dramático entredicho el concepto de literatura nacional que parecería informar una antología como la que aquí se presenta. Las obras de los autores incluidos carecen de rasgos unificadores que permitan agrupar su conjunto formal o temáticamente, de modo que el calificativo ‘costarricense’ que utilizamos en la portada termina siendo tan arbitrario como cualquier otro de los que nos valimos para escoger los cuentos aquí reunidos, siendo que costarricense es simplemente la nacionalidad de los autores y no una característica de los textos. El imaginario mismo de los escritores se expande en estas generaciones más allá de los límites inmediatos de la patria y el locus de las narraciones se traslada al exterior, sea reflejando un desplazamiento entre periferia y metrópoli, o simplemente ubicando la narración en sitios urbanos no determinados y rehusando localizar físicamente la acción en sitios reconocibles del territorio nacional. Investidos de la ubicuidad que aporta la vivencia dentro de una cultura global que incluye la televisión satelital, el Internet y la proliferación de productos comerciales o intelectuales provenientes de otros sitios de la aldea global, la narraciones renuncian a habitar Costa Rica y se desplazan, en la mayoría de los casos, hacia afuera de las fronteras nacionales, o hacia el interior del individuo, lejos de lo inmediato del espacio geográfico.

Tenemos entonces que si espacialmente los límites se expanden o desvanecen, la edad de los autores repercute en las narraciones, circunscribiéndolas a la inmediatez temporal, desenvolviéndolas en la época actual, evitando la reinterpretación histórica —que es una tendencia reconocida de las literaturas contemporáneas centroamericanas—, y pasando de largo el problema de la cuestión tradicional de la definición de la identidad costarricense para adentrarse de lleno en el mundo como ciudadanos de lo estrictamente local, la nación de un único individuo o de la red globalizada e incorpórea donde a diario se lleva a cabo el comercio cultural de una nación nueva que no tiene territorio. Ante la carencia de requerimientos comerciales y bajo el influjo de la oferta inmensa de influencias culturales globales, es de esperar que el tratamiento de los temas no sea uniforme, y quizá en eso radique la verdadera riqueza de la obra de los autores de este período; su capacidad de abarcar una sorprendente amplitud de registros, temas y tonos que asemeja de algún modo a una explosión en un vacío cultural que se expande en todas las direcciones posibles y en completa libertad.

Historias de nunca acabar lleva en su título la justificación del trabajo emprendido por los antólogos de todas las generaciones: en el pasado algunos han agrupado y en el futuro otros tantos emprenderán una labor como la que hoy presentamos nosotros, algunos bucearán y analizarán, se sorprenderán y se convencerán de que la escritura de cuento y de narraciones en general —la mayor de las historias sin fin, condenada a repetirse— seguirán reflejando las vivencias o los intentos de fuga o la escisión o la fugacidad de lo que en el mundo y en nuestro territorio ocupe. Otros tomarán los instrumentos de grabación con manos firmes, resistiendo las tormentas virtuales y los cada día más estruendosos tumultos de los televisores y las páginas web, de los aparatos de reproducción de música y la alta fidelidad de los videos; así, entre los ruidos distractores, seguirán registrando los gritos aislados de quienes procuran que sus voces resistan la inclemente parafernalia de la posmodernidad, para presentarlas, ordenarlas, sorprenderse y sorprender.

1
La generación de fin de siglo incluye a Alí Víquez Jiménez, Mauricio Ventanas, Alfonso Chacón Rodríguez, Heriberto Rodríguez, Luis Chaves, Mario León Rodríguez, Catalina Murillo, Manuel Marín Oconitrillo, Jessica Clark Cohen, Juan Murillo, Laura Quijano, Marco Castro Rodríguez y Jose Rojas Alfaro.

2 La generación del milenio inlcuye a Camilo Rodríguez, Randall Roque, Laura Fuentes Belgrave, Guillermo Barquero, Alberto Jiménez, Antonio Chamu, Gustavo Adolfo Chaves, Carlos Alvarado Quesada, Jesus Vargas Garita, Warren Ulloa Arguello, Albán Mora, David Eduarte y Johann Schoenfeld.

3 La generación del desencanto incluye a Rafael Ángel Herra, Tatiana Lobo, Hugo Rivas (q.e.p.d), Jorge Méndez Limbrick, Rodolfo Arias, Ana Cristina Rossi, Alexánder Obando, Fernando Contreras, Carlos Cortés, Dorelia Barahona, Guillermo Fernández, Uriel Quesada, Rodrigo Soto, Sergio Muñoz, José Ricardo Cháves, Alfredo Aguilar, Vernor Muñoz y Jorge Ramírez Caro.

4 Álvaro Quesada Soto, Breve historia de la literatura costarricense, 1ª edición, San José Costa Rica, Editorial Costa Rica, 2008. pp 121-144. Véase también: Margaritra Rojas, Flora Ovares. 100 años de literatura costarricense, 1ª edición San José Costa Rica, Ediciones Farben, 1995. pp 207-252.



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Figuras en el espejo, Rodrigo Soto



Nota sobre la novela Figuras en el espejo, de Rodrigo Soto, leída durante la presentación de la edición definitiva de la novela el 17 de noviembre de 2009.



Imaginen estar en la sala de la casa de una pareja que uno no conoce. Uno se encuentra ahí acompañando a su novia o novio, en un acto de solidaridad, o tal vez es la anfitriona de una invitación hecha por su marido. La conversación deambula por los temas usuales entre las personas que no se conocen o se conocen poco. ¿Qué hacés? ¿Qué estudiaste? ¿Porque vivís en el extranjero? Esas preguntas usuales parecen inofensivas, y podrían serlo, pero realmente lo que pretenden es fijar la figura de el otro en nuestra mente. Lo que respondemos a ellas, la forma en que respondemos nos retrata en la mente del otro. Pero esa imagen que se forma el otro de uno nunca corresponde rigurosamente con la que tenemos de nosotros mismos. Y esto sucede generalmente por tres motivos, primero, porque la figura que somos nunca es completamente visible desde el punto de vista al que nosotros tenemos acceso, siempre hay partes ocultas que, como el centro de la espalda, nos resulta imposible alanzar; segundo, porque las palabras, por más útiles que sean para la comunicación, resultan siempre insuficientes para dibujar los trazos complejísimos y verdaderos de las personalidades humanas; y tercero, porque en nuestra mente existe un catálogo preconcebido de tipos en los que tendemos a encajar a la gente rápidamente cuando la estamos conociendo, algo que se conoce como reconocimiento de patrones, y que es una de las habilidades más destacadas del cerebro para sacar conclusiones rápidas y obtener resultados en tiempos razonables.

De modo que en esa sala, donde se enfrentan dos parejas, un hombre y una mujer frente a otro hombre y otra mujer más jóvenes, lo que uno entiende de la conversación tiene muchas veces más que ver con lo que uno es que con lo que es el otro. La vida, las experiencias, los prejuicios, las convicciones, filtran todo lo que escuchamos de otros para que podamos deducir rápidamente quienes son en un proceso que tiene mucho mas de adivinanza que de científico. Lo que vemos en los otros, suele ser, en primera instancia, un reflejo de lo que nosotros somos, un reflejo que oscurece al otro y que lo viste y lo distorsiona.

Figuras en el espejo es una novela centrada alrededor de un núcleo como el que acabamos de describir. La sección que lleva ese nombre es una única escena, una invitación a cenar entre dos parejas, narrada desde cuatro puntos de vista que se traslapan y cuyas introspecciones evidencian la distancia insalvable que hay entre lo que uno quiere decir, lo que dice y lo que otros le entienden. Esta sección podría haber existido como un cuento corto de gran calidad, pero Rodrigo certeramente ha optado por evidenciar la profundidad y la distancia verdadera que nos separa de los otros mostrándonos los cuatro mundos gigantescos y complejos que se tocan en ese punto de reflexión momentáneo en el que inciden años, o incluso vidas completas, en este caso las vidas de Airel, Gina, Marcela y Oswaldo.

Tras leer Figuras en el espejo no es difícil imaginar como detrás de cada palabra que decimos y cada gesto que la acompaña se apalanca el peso de todas nuestras vivencias, como también lo hace cuando interpretamos cada palabra que escuchamos decir a los demás. Para hablar y para escuchar se utiliza siempre un punto de vista inaccesible al otro y llegar a la compresión del otro implica una fusión de horizontes, una suma de puntos de vista que no sólo es difícil de lograr, sino que muchas veces es simplemente imposible con la mera conversación y para la cual entonces debemos recurrir a la literatura.

Tomemos el caso de Oswaldo, por ejemplo, que es parte de esta cena que es el centro de la madeja de la novela y que protagoniza la sección titulada El tigre frente al aro de fuego. Ya el título es sugerente de lo complejo del personaje, Oswaldo se lanza a relaciones de pareja con una alegría salvaje, a sabiendas de que terminará saboteándolas y saboteándose a sí mismo, en busca de un castigo y un perdón que no comprende bien por qué necesita. La oscilación de Oswaldo entre la indolencia y la desesperación producen en esta novela unas de las páginas más líricas, pero a la vez de las más oscuras. De entre los personajes de la novela, el que menos entiende que lo mueve es Oswaldo. Como podrá entonces entender a los demás, a las mujeres que cruzan su vida interminablemente, o a Ariel que le hace un par de comentarios hirientes en la cena sin poder comprender de dónde viene la ira de Oswaldo o a Gina esposa de Ariel, cuya vida de madre que ha renunciado a una carrera la resulta tan remota, o a su misma amiga, Marcela, cuyo narcisismo casi no le permite ver más allá de ella misma. A Oswaldo lo habitan verdaderos demonios que ni conoce ni comprende. En algún momento se pregunta si uno puede pasar su vida buscando algo sin saber que es, en otro se pregunta como puede uno recién reconocer demonios que sin embargo han estado con uno toda la vida. Este personaje es opaco, sus sentimientos son un enigma para los otros, pero especialmente para sí mismo. No son sorprendentes entonces los equívocos que generan lo que dice y como lo dice.

Su pareja, Marcela, que alguna vez fue una mera fantasía de Oswaldo y que ha accedido a ser su amiga con derechos, por decirlo de algún modo, es un reflejo opuesto a la opacidad del muchacho. Marcela es extremadamente conciente de sí misma, de su cuerpo, de lo que piensa, de lo que cree, se encuentra fascinante y se explora constantemente. Sabe que es apasionada o impulsiva. Piensa que su signo zodiacal es magnífico y la representa bien. Le molesta resultar indiferente, le gusta agradarle a los demás. Piensa que su causa, la única causa verdadera, es el amor. No tiene sexo, siempre hace el amor, y su erotismo es imperativo y directoral y es más una búsqueda, quizá de ella misma, que una unión con otro. Para Marcela el amor es bienestar, un estado interno, algo que se construye a lo interno de cada persona, y no un puente. A diferencia de Oswaldo, sin embargo, Marcela es consciente de su egocentrismo y busca, literal y simbólicamente, puentes hacia los demás, pero estos son siempre puentes que no la comprometan en modo alguno, por ejemplo, gritar con la barra en un partido, o fundirse con los demás en una pista de baile, para luego terminar huyendo de nuevo.

En la cena notamos como Marcela revela, con un dejo de orgullo que Oswaldo es escritor, algo que a él le resulta incómodo y le molesta, y a lo cual le resta importancia. Marcela está haciendo gala de él como quien luce un accesorio interesante, Oswaldo en cambio es consciente de que el título, algo ostentoso, de escritor, lo pone en una posición de observador, investigador y comentador de las emociones humanas, algo que está evidentemente más allá de sus capacidades.

Oswaldo y Marcela son en muchos sentidos opuestos, pero lo son a la manera de un reflejo, que invierte lo que reproduce. Ambos son personas cuya conexión con los demás esta mediada pesadamente por la relación que sostienen, primariamente, con ellos mismos. Y esa absorción, opaca o transparente, con uno mismo, es sin duda, una de las aristas más sobresalientes de las generaciones que llegaron a la madurez durante o después de la caída del socialismo soviético. Marcela piensa que los Estados Unidos son el enemigo a nivel político y, sin embargo, piensa vivir ahí el resto de sus días. Oswaldo se pasa los días oscilando entre la desidia y el temor. No tienen compromisos políticos serios, aunque conocen los discursos alternativos que son pan de cada día en los círculos universitarios. No tiene contactos con grupos de amigos, o siquiera grupos de personas en general, que les permita conocer algo más allá de la realidad inmediata en la que viven.

Gina y Ariel, en cambio, pertenecen a una generación anterior, una generación a la cual le tocó vivir los enfrentamientos de Alcoa, las guerras revolucionarias centroamericanas y fundar cátedras en las universidades. Algunos, como Ariel, han transitado las márgenes de grupos radicales, un poco como iniciación, como se esperaba de ellos. Otros, como Gina, han sentido la ira revolucionaria y han tenido enfrentamientos y compromisos verdaderos con causas políticas reales más allá de las aulas de la universidad.

El dilema de Gina y de Ariel claramente no es el mismo que él de Oswaldo y Marcela. Más allá de no haber conocido nunca la idea de un verdadero compromiso con los demás, la generación de Gina y Ariel asumió ese compromiso para luego abandonarlo o fingió asumirlo para luego vivir el recuerdo falso de una militancia que no se ejerció. En ese sentido, Ariel y Gina son un reflejo contorsionado de Oswaldo y Marcela que no conocieron, ni renunciaron a compromisos que se consideraban ineludibles y que por tanto pueden vivir un ensimismamiento libre de culpas. Durante la cena en casa de Ariel y Gina, gracias a la narrativa interna, nos queda claro el menosprecio que siente los unos por los otros. Ariel, que proviene de Orotina pero estudió en Francia, descalifica a Marcela inmediatamente en cuanto oye que ella estudió en la Lincoln. Luego descuenta a Oswaldo porque usa zapatos finos, lo cual, según Ariel, lo hace indigno de tener una postura crítica hacia los círculos de poder. Gina, por otra parte, se siente avergonzada de haber renunciado a su carrera para ser madre, sin saber que Marcela, que es menor que ella ya anda considerando esa misma idea, que será su destino final, en contraposición del escape final de Gina que es en cierto modo el plan inmediato de Marcela. Ante algún comentario radical de Oswaldo, Gina declara que antes hubiera concordado, pero que con el tiempo uno cambia, a lo cual Oswaldo le responde sarcásticamente que sí, pero que lo importante es hacia dónde cambie uno.

Como si el espejo del otro fuera un límite intransitable (en este caso los limites de la edad, el sexo, el origen, el destino) las cuatro figuras se acercan y tocan esa superficie fascinante sin querer o sin poder romperla, y lo que ven del otro lado les repugna, les parece incomprensible, lejano, falso, ingenuo o débil. Sin embargo, ninguno de los personajes aplíca este tipo de juicio contra sí mismo. El error, el daño, la traición y lo falso están siempre en el otro, y los propios defectos resultan siempre invisibles o se transforman inexplicablemente en virtudes.

Al lector, que en cierto modo también corresponde el papel de juez de los personajes, guiado por la evidencia que aporta el autor, le resulta fácil juzgar y criticar a estas personas demasiado humanas que habitan las páginas de Figuras en el espejo. Está claro, sin embargo, que estas figuras que van surgiendo de la lectura son reflejos de nosotros mismos, que vamos cambiando de posición conforme avanzamos en nuestra vida, habitando diferentes roles y papeles que antes nos resultaban o lejanos, o indignos o imposibles.

La nota que les acabo de leer peca probablemente de analítica o formalista, pero el texto de Figuras en el espejo, ejecutado con una mano más firme y más sabia, se apega directamente al nivel humano de la experiencia cotidiana, de la detallada observación de las emociones y no divaga innecesariamente en las sutilezas de la estructura o la manipulación de conceptos. Pocos autores como Rodrigo Soto tienen una preocupación tan preponderante por retratar de forma realista la vida interna, la intimidad de los costarricenses contemporáneos. En este caso, la de los habitantes de ese submundo que es la universidad: profesores, alumnos, profesionales, y en explorar los lugares, fuerzas, momentos y experiencias de las que surgen nuestras peculiares contradicciones, en el punto donde la emoción se convierte en un accionar a veces incomprensible. Adentrarse en el mundo de Figuras en el espejo es entrar en el mundo de cuatro personas, sus vidas, sus amores y tristezas y las de aquellos que las rodean, es tender puentes al verdadero otro, a personas más completas de lo que normalmente llegamos a conocer en los demás. Abrir esas puertas y mostrarnos que no estamos solos y que somos muchos los que vibramos con las mismas emociones es el mayor logro de una buena novela, y esta novela de Rodrigo Soto, una novela humana, una novela de gente común y a la vez extraña, como lo somos todos nosotros, es, sin duda, una gran novela.



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La interpretación de los signos, Juan Murillo



Cuento a publicarse próximamente en la antología San José Oculto 3.



Los editores de San José Oculto tuvieron a bien incluir un cuento mío en la próxima edición de su ya famosa antología, lo cual les agradezco. Adicionalmente la revista en línea La Otra publicó mi cuento, junto con otros tres de Guillermo Barquero, Guillermo Fernández y Alfonso Peña en su número más reciente, a modo de muestrario de la cuentística nacional, lo cual es un honor adicional. Les dejo el link, el cuento está dedicado a todos los fans de Oscar Arias.

La interpretación de los signos


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Laura Casasa, Premio UNA Palabra 2009



Laura Casasa gana el concurso UNA Palabra para el 2009 en la rama de cuento.


Laura Casasa Nuñez (Costa Rica, 1976) obtuvo el premio UNA Palabra 2009 con su colección de cuentos Parque de diversiones. El premio fue declarado desierto en la rama de poesía. El premio UNA Palabra, otorgado por la Universidad Nacional de Costa Rica tiene una dotación de $1500 e incluye la publicación de la obra por parte de la Editorial de la Universidad Nacional (EUNA). Las bases del UNA Palabra se encuentran aquí. Algunos poemas de Laura Casasa se encuentran publicados en Afinidades Electivas.


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