Vamos para Panamá, Rodolfo Arias



Vamos para Panamá, reseña de la novela de Rodolfo Arias, con notas sobre su primera novela, El Emperador Tertuliano y la legión de los superlimpios.


Vamos para Panamá
Rodolfo Arias Formoso
130 páginas
Ediciones Perro Azul, 2000

El año 1991 vio la publicación de una novela que fue un golpe de timón para la narrativa costarricense. La primera novela de Rodolfo Arias Formoso, El Emperador Tertuliano y la legión de los superlimpios, no era una novela normal; para los estándares literarios costarricenses incluso era una novela con cierto tufillo de ofensiva irreverencia, hacia el lector, hacia la literatura, hacia Costa Rica misma. Tanto así que, cuando El Emperador Tertuliano concursó por el Premio EDUCA, el voto determinante para que no se le otorgara el primer lugar vino de la única costarricense del jurado, que arguyó que la novela era poco más que un compendio caprichoso de lenguaje chabacano y ramplón, burla innecesaria y poco edificante y poco más que nada en lo que al aporte literario se refería. Releyendo El Emperador Tertuliano es fácil comprender como alguien para quién la literatura costarricense era un asunto a tomarse en serio, no podría más que ofenderse con la propuesta de Arias.

Nosotros, estudiantes en esa época, nos deleitábamos con el humor inteligente y sardónico de la novela, nos encantaba su naturaleza poco seria y caótica, su burla insistente pero cariñosa que ridiculizaba los patéticos modismos de nosotros los costarricenses, y en particular de los burócratas citadinos. Afrontaba el horror del claustro burocrático en una ciudad de pocas cualidades con humor, dejando atrás las técnicas, pero no la critica de fondo, que de un modo más gris, denso y menos grato al lector había abarcado quince años atrás Carmen Naranjo con obras como Los perros no ladraron. En esta novela los personajes reales se codeaban, buscando una salida del horror cotidiano, con caricaturas efectivísimas como El Roco Estándar o El Típico Calvo con Bigote. El protagonista escribía poesía en el techo de su jeep, buscaba el amor como una salida del infierno, filosofaba sobre su sordido día a día mientras a su alrededor en la novela se vaciaba un alud gigantesco de graffiti, anuncios, discursos evangelizantes, chistes e insultos que parecían representar la prisión de una ciudad que no daba respiro. Esta novela inauguraba un subgénero de novela paródica que hasta entonces había sido impensable entre los horrores de las guerras vecinas y la convicción pueblerina del costarricense de que aquí todo era muy importante y había que tomarlo en serio. En la brecha que abrió El Emperador Tertuliano luego transitaron novelas como Mundicia de Rodrigo Soto, Única Mirando al Mar y Los Peor de Fernando Contreras y más recientemente parte de las novelas de Alexander Obando.

Teníamos, nos dijimos los jóvenes, un héroe entre nuestros escritores. Alguien que podía decir las cosas como eran y con todo el inevitable humor que suscitaba la disparidad entre lo que debía ser el mundo y lo que en realidad era. Esperábamos todos con ansias su siguiente novela, pero tuvimos que esperar nuevos años, hasta el 2000, para que apareciera Vamos para Panamá, ya en un espíritu más maduro y menos contestatario que el Emperador. No había pasado en vano el tiempo; la segunda novela de Arias era totalmente diferente a la primera. Ya no había estructura collage, ni personajes de chiste y faltaba la ira subyacente que permeada el humor burlista del Emperador. Pero también habían subsistido muchos de los rasgos principales de la narrativa de Rodolfo Arias. Su humor estaba ahí, si bien un poco más ecuánime y adecuado a lo que se estuviera narrando, basado en la ocurrencia graciosa en medio del monólogo interior. También encontramos el impecable oído de Arias para reproducir el habla de los costarricenses, mostrando su maestría en los matices de la conversación cotidiana más que en una curiosidad catalogadora que busca la peculiaridad lingüística del habla popular que había dañado tanto a los cuentarios de Alfonso Chase: Ella usaba bikini y Ojos de santo, uñas de gato. Además, encontrábamos de nuevo la observación certera de los detalles comunes que unen nuestras vidas y nos hacen reconocernos en sus personajes: la estirazón de la camiseta de dormir, las medias secándose detrás del refrigerador, el pan que se rompe cuando la mantequilla esta tiesa, el punto bajo la barbilla que no se deja rasurar, etc. Eso en cuanto a lo que ya sabíamos que contaba Arias entre sus dotes narrativos, pero también descubrimos con alegría que esta nueva novela era además mucho poderosa en estructura, simbolismos y profundidad emocional que la anterior.

Panamá fue por muchas décadas antes de la liberalización de la economía, y aún es para muchos costarricenses, el lugar en donde podía obtenerse artículos 'americanos' a precios centroamericanos. Un viaje a Panamá era una aventura con final de botín cuya sensación de recompensa por los trabajos sufridos aún es palpable hoy en la memoria colectiva de los costarricenses mayores. Para no ir muy lejos por un ejemplo, hace un par de décadas, durante un connato de naufragio que sufrimos en una panga díscola durante un viaje de pesca, la preocupación de mi primo fue primordialmente salvar sus 'tenis de la frontera' y no a sus hermanos menores. Afortunadamente no hubo muertos y los hermanos de mi primo no se lo resintieron porque comprendían que ellos hubieran actuado exactamente igual.

El viaje de la familia en la novela de Arias no es diferente. Es un viaje lleno de esperanza, de la certeza de que un viaje así es un premio, quizá un nuevo inicio. Panamá de pronto se perfila para los personajes no sólo como un destino inmediato, sino como uno simbólico de hacia donde quieren que vayan sus vidas, a un futuro más holgado económicamente, lejos de la zozobra del día a día, no con lujo pero si con comodidad, una comodidad ganada con el esfuerzo y los sacrificios de todos. La novela, sin embargo, inicia con el viaje trunco, con el jeep varado por un eje roto en medio del Cerro de la Muerte y alrededor de ese suceso se desenvuelve toda la acción. La trama se desarrolla con los personajes enfrentando el problema con cierta molestia pero con el valor y la esperanza con los que se imagina uno que enfrentan también la vida, siempre con la certeza de que el futuro inmediato o lejano tendrá un premio a resguardo para ellos. La situación se complica cuando, en medio de los trajines usuales de estas situaciones, la familia descubre que ha perdido uno de los hijos en la carretera y se ven de pronto enfrentados con una situación amenaza con destruir ya no el viaje, sino a la familia misma. Durante toda la segunda mitad de la novela asistimos a los esfuerzos desesperados de los padres y hermanas por recuperar al hijo perdido. De pronto la amenaza de la desgracia inmediata carcome la confianza en el futuro, el viaje a Panamá puede que ya no suceda, que nunca ocurra. Los personajes de cara a la adversidad, reiteran desesperadamente su fe en que todo saldrá bien. El cuerpo de la novela se va en estos esfuerzos, la lucha de la familia costarricense por hacerle frente a lo que venga, unida por el amor y con la esperanza de un futuro mejor.

El final de la historia es donde Arias demuestra su verdadero calibre como escritor. La novela tiene un final feliz: el hijo, Migue, en medio de la noche cerrada, el agotamiento, el frío y la neblina es recuperado. Escucha la voz de su padre en la noche, se orienta, recupera el camino, sale a la carretera, ya no está perdido. En ese momento se les unen la madre y sus hermanas que han venido a buscarlos por entre la neblina, ateridas de frío en medio de la noche inhóspita del Cerro de la Muerte. El libro cierra con la familia unida en un comprensible abrazo de alivio y de amor renovado por la bendición que es mantenerse intacta, de que todo esté y estará bien y el futuro traerá cosas buenas. En las últimas líneas vemos como el padre, siempre bromista, da un paso, aún atrapado en el abrazo múltiple, y luego otro y otro, arriesgando hacer caer a toda la familia, pero llevándola hacia adelante, y mientras hacen ese camino lleno de obstáculos que es su tránsito común por la vida, escuchamos la voz de uno de ellos, que bien podría cualquiera, diciéndonos: "Ahorita amanece. Ya casi no soplan el viento y el frío. Damos más y más pasos, sin soltarnos. Vamos para Panamá."

Es un final conmovedor, bonito, positivo; quizá algo fácil, dirá alguno; complaciente final feliz estilo Hollywood, dirá un critico ya más bien antipático. Pero resulta que no todo esta bien cuando cerramos el libro. Queda una sensación desagradable de que el final que tanto nos ha hecho sentir bien y sonreír puede no ser el verdadero final. El lector, desconfiado, se devuelve algunas páginas para descubrir que antes de partir hacia donde el padre aguarda, la madre y las tres hijas se han quedado dormidas. El padre, acurrucado en un caño mientras espera que aparezca su hijo, se ha quedado dormido también. El hijo perdido en la montaña cae varias veces en la oscuridad y en una de esas ocasiones 'se queda dormido' y nos dice que en el sueño "No me pude mover, nada, ninguna parte de mi cuerpo. Tenía la cabeza vuelta y todo el cuerpo torcido y por eso mi garganta era como la manguera de regar el patio cuando se dobla y no pasa casi nada de agua.(...)Por fin el aire dejó de hacerme falta, ya no necesitaba tener fuerza para poderme levantar. Fue como si hubiera salido a la superficie de una piscina. Me sentía liviano como una pluma (...) Volví suavemente la cabeza, fue de lo más rico, como si tuviera el cuello aceitado." El horror de este nuevo, espantoso final se apodera del lector: En el encuentro conmovedor del final toda la familia está, de un modo u otro, dormida, en distintos lugares, y sueñan, sueñan que están juntos, que se aman, sueñan que todo estará bien, y que van para Panamá.




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Los Salvajes, Jessica Clark Cohen



Los Salvajes, reseña de la colección de cuentos.


Los Salvajes
Jessica Clark Cohen
140 páginas
Editorial Costa Rica, 2005.


Los Salvajes de Jessica Clark es uno de los dos mejores libros debut que se han publicado en Costa Rica en lo que va del siglo. El otro es La ruta de los bárbaros de José Rojas.

Suelo, para los libros que pienso reseñar, marcar las páginas donde encuentro aciertos o pifias lingüísticas, descubrimientos felices en el giro de la frase, peculiaridades en la voz narrativa, localismos u erratas tipográficas o semánticas. En el caso de Los Salvajes, acercándome ya al final me di cuenta que no tenía marcada ni una sola de sus páginas, algo que no me había ocurrido antes con ningún otro libro de un autor costarricense. El narrativa de Jessica Clark esta escrita con ese legendario estilo que es quizás el más difícil de dominar, aquel que suena natural a todo quien lo lee. En la prosa de Clark, sin duda por diseño y no por casualidad, están ausentes todos los localismos ticos, el vernáculo, la innovación muchas veces vana y fútil y cualquier otro artefacto que no ayude a verter el sentido estricto de lo que ella desea comunicar. Este logro no es poca cosa. Habla de una comprensión profunda de lo que son los presupuestos escenciales de la narrativa, sacrificando la vanidad del autor que gusta de oír su propia voz en beneficio de la historia. Sin demérito de los estilos más elaborados de otros autores, el estilo natural de Clark es materia de estudio para los demás escritores jóvenes (y algunos no tan jóvenes) y será, sin duda, uno de los factores que ayudará a que su obra tenga la acogida que se merece entre el público lector.

La otra característica sobresaliente de la obra de Clark es su temática, y la ambientación y parafernalia en las que se apoya. La temática, ya se sabe, no es un criterio estético, sino una cuestión de preferencia, inclinación y, en algunos casos, obsesión. Cada autor decide que merece la pena ser escrito, sobre que desea hablar y quiere que sus lectores oigan. En el caso de Clark, la temática ronda siempre temas universales y, no pocas veces, con ambientaciones en países evidentemenete no son Costa Rica. Adicionalmente es importante mencionar que la parafernalia utilizada por Clark para construir las metáforas centrales que hacen de pivote a sus historias son, en su mayoría, eminentemente globales y en algunos casos, simplemente extranjeras: el jazz, la música clásica, el ajedrez, las fractales de Mandelbrot, las ilustraciones del libro de Kells, Jack The Ripper, Hollywood y los Poetry Jams.

Entre los temas de sus cuentos podemos mencionar al arte y su significado social y personal; específicamente en cuentos como Conspiracy Theory II, que versa sobre el secreto del genio musical de los grandes compositores; Veinticuatro, que nos muestra la conexión ambivalente entre artistas que se admiran, envidian e inspiran mutuamente; y Ricochet, el infernal destino de todo poeta verdadero, sufrir para crear. Otros versan sobre el amor y las relaciones de pareja, pero siempre con buenas dosis de sarcasmo, humor negro y sin sentimentalismo, alejado del tratamiento que se ha querido identificar con esa tendencia llamada Literatura Femenina y que es, en el fondo, poco más que una estrategia de mercadeo. Entre estos cuentos encontramos al que le da nombre a la colección, Los Salvajes, que habla la libertad que nace de la renuncia de la decencia. Memo Personal, es una pequeña joya que habla de la fuerza invencible de los amores predestinados; Enroque, que describe los incomprensibles giros de las relaciones en una sociedad monogámica que no se resigna a serlo; y La Femme, la habilidad innata que tienen algunas mujeres para escoger siempre al hombre que no les conviene. Otros cuentos como Mandelbrot, que trata sobre la posible demostración de la existencia de dios por vía de la ciencia o La Tala, que dramatiza el significado profundo de la relación entre el hombre y el resto de los seres vivos, son quizá de los mejores que se incluyen en la colección y enfrentan las grandes preguntas con inteligencia y habilidad narrativa. Ripper, una reelaboración de la historia de Jack The Ripper, es sin duda una historia que cualquier lector percibirá como familiar, tanto que quizá no genere suficiente interés y que, aún así, Clark ejecuta impecablemente.

Además de este libro, Jessica Clark publicó en el 2007 la novela de ciencia ficción Telémaco, de la cual, nos cuenta Guillermo Barquero en su propia reseña de Los Salvajes, pronto se publicará una continuación. Con Telémaco pasa Clark a engrosar las filas de un pequeño círculo de escritores nacionales que se dedican a la literatura genre con obras de ciencia ficción, terror y fantasía, del que forman parte autores como Iván Molina, Laura Quijano y Antonio Chamu. La ficción especulativa, en los últimos veinte años a logrado ascender de los sótanos del oprobio donde habitaba a mediados del siglo pasado en versiones de publicaciones pulp, para convertirse lentamente en un arma más del arsenal de los narradores modernos. Entre los autores de primer nivel que han visitado los géneros están Cormac McCarthy, Kazuo Ishiguro, Phillip Roth o Margaret Atwood (Premio Príncipe de Asturias y probablemente futura Premio Novel), por mencionar solo algunos.

Los Salvajes merecía haber sido premiado con el Premio Nacional de Cuento en el 2005 si no fuera por la coincidencia, ese año, con la publicación del también interesante Infinita razón de los sueños de un autor con más trayectoria como es Vernor Muñoz. Reconocimientos oficiales aparte, con la publicación de Los Salvajes, Clark se ha ganado su ingreso a la vanguardia de la narrativa de nuestro país y con su estilo natural y sus impecables cuentos no es imposible que pronto la veamos seduciendo a los lectores del resto de Hispanoamérica.




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Entrevista a Alexander Obando



Video de la entrevista realizada en Canal 7 de Costa Rica al autor Alexander Obando.


Gracias a la bitácora de William Eduarte tenemos noticia del video de la entrevista realizada a Alexander Obando en relación con su recientemente publicada novela Canciones a la muerte de los niños.







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